viernes, 11 de febrero de 2011

El Impulso de la Tormenta Parte X

Todo se había parado ante esa voz angelical. La lluvia cesó. Los árboles, muertos antes, con aspectos lóbregos y tétricos de antaño, ahora lucían verdes y hermosos como si estuvieran en plena primavera, las marchitas flores, mostraban una alfombra multicolor de diversas tonalidades donde abundaba el rubí de las amapolas que destacaban sobre el esmeralda de la hierba donde yacían como si fueran heridas de la tierra.

Y ella estaba ahí, con su semblante serio pero angelical, con sus manos blancas de porcelana y su alta y delgada figura dándole a todo un hermoso brillo que las cosas no tenían antes, y a eso, hay que sumarle que todo cuanto se observaba a su alrededor, estaba seco... ¡seco! a pesar de la gran tormenta que había caído.

El dorado de sus cabellos proporcionaba una luz más celestial que la del propio sol, que la luna llena, que las huestes celestiales bajando de los cielos. Era una luz que insuflaba fuerza y tranquilidad, que proporcionaba descanso y seguridad a todo aquél que se veía embriagado por la fragancia y el aroma de la mujer de la que emanaba dicha maravilla lumínica.

-¿Quién eres?.-Preguntó Alexander.
-¿Quién lo pregunta?.-Contestó ella.
-Alguien que os ama.-Respondió Alexander convencido.
-¿Amáis lo incorpóreo y lo intangible? ¿Tenéis predilección por lo imposible? Dadme vuestro nombre, caballero, y os prometo, os daré el mío.-Alegó la joven con una hermosa sonrisa en la cara.

Salían de su boca, las palabras más bellas que jamás hubiera escuchado el barón. Cada sílaba representaba una nota musical, y cada palabra, era una melodía de ensueño... Y mirándola a los ojos, a esos bellos pozos azules sin fondo alguno, Alexander dio respuesta a la pregunta de la joven.

-Yo, me llame Alexander Van Wescher y soy el barón de estas tierras que pisáis. ¿Y vos? ¿Quién sois?
-Me llaman Sturm en la tierra de los anglos, Isla de los Poderosos y antigua Britania, en España, me denominan Tormenta, y aquí, donde vos vivís y de donde os proclamáis barón, me llaman Sturm.
-¿Tormenta? ¡Extraño nombre para una mujer! ¿De dónde sois?
-De un reino que supera todas las posesiones que puedas acaparar, Alexander.
-¿A qué os referís? ¡Me tenéis confundido!
-No soy de este mundo.
-¿Sois diablo? ¿ángel tal vez? -Preguntó Alexander con mucho interés.
-Ni lo uno, ni lo otro.-Contestó ella riendo-Soy un espíritu, noble Alexander, y mi reino no es de este mundo. Yo, vivo allá donde me lleva la tormenta, donde las nubes se levantan y las gotas de agua caen. ¡Ése! ¡Ése es mi hogar! Ninguna parte.-Añadió sonriendo.
-¡Extraño lugar ése del que habláis! Mas, siendo un espíritu, me resulta raro que tengáis un nombre, y más, uno tan feo como Tormenta siendo la damisela más hermosa que mis ojos hayan podido ver.
-¿Quién os dijo que tenía nombre? Os he dicho como me llaman, mas, yo no tengo nombre.-Dijo la Dama divertida.
-¿Me permitís entonces que os ponga uno?.-Dijo interesado Alexander.
-¿Cómo te gustaría llamarme?
-Ángela...-Contestó Alexander saboreando el nombre.
-¿Por qué Ángela, Alexander?.-Quiso saber ella.
-Por que vuestra faz se asemeja a la de los ángeles del Señor, y es por ello, por lo que os deberíais de llamar Ángela, si no os importa.
-No me importa, me gusta el nombre y tus halagos... pero dime ¿Qué es un nombre sino una palabra que se lleva el viento? No importan los nombres, Alexander... sólo los sentimientos y el corazón.
-Entonces, dejadme que os llame Ángela, por que es lo que mi corazón ansía y lo que mis sentimientos me llevan a deciros...

Y en esto estaba Alexander cuando una duda apesadumbró su corazón y nublo su mente todo recuerdo de la Dama... ¿Sería un sueño eso que vivía? No lo sabía... pero lo que sí sabía, es que pasaría por el mismo calvario noche sí y noche también con tal de vivir este hermoso sueño que parecía más real que imaginario, aunque, para él, aquéllo parecía más un sueño que una vivencia... Era todo tan perfecto... Tan perfecto...

lunes, 7 de febrero de 2011

El Impulso de la Tormenta Parte IX

Caminaba Anna indecisa por el vestíbulo del castillo a pocos metros de la entrada principal. Su semblante se presentaba nervioso a pesar de que se había arreglado en demasía para recibir a los ilustres invitados que no tardarían en llegar a la casa de los barones Wescher.

Afuera, arreciaba un temporal enrarecido por las lluvias y la abundante humedad del ambiente. Las gotas que caían del cielo, golpeaban las piedras negras del castillo y la gran puerta del mismo produciendo un eco ensordecedor en el vestíbulo que poseía amplios ventanales con vidriera incluida representando, esta vez, paisajes más idílicos y armoniosos, pero, como era habitual en aquel castillo, seguía los preceptos mitológicos de la Biblia, y, a la derecha, fielmente representado, quedaba un Cristo con las manos abiertas que no cesaba de mirar al frente, y a la izquierda, una representación de la Virgen María ascendiendo a los cielos.

En frente de la puerta, había una gran escalera de granito recargada a lo gótico con dos gárgolas; una a cada lado de la escalera que tenían la forma de dos dragones con la boca abierta y con una fiel apariencia demoniaca que solía causar pudor y respeto a los que osaban adentrarse en la morada de los barones de Röcken.

Se produjeron tres sonoros golpes en la puerta que interrumpieron el sonido de la lluvia al estrellarse en las paredes. Anna, dudó en sobremanera si abrir o no la puerta y se quedó unos segundos meditando y observando indecisa la puerta; ni cabe decir, que, Anna, a pesar de no ser una mujer miedosa, sí que lo era discreta y segura. Su cabeza comenzó a barajar posibilidades...-Podría ser la visita, pero el camino está embarrado... O igual, mi padre y el gran barón que vienen ya e su caza-. Una nueva ráfaga de golpes, llamó su atención y se dirigió con paso firme pero indeciso hacia la puerta. Acarició el tirador de bronce que aparentaba ser el cuerpo de un cisne que era bañada por la tenue luz de unas antorchas que yacían debajo de los ventanales, al lado de las puertas, bajo las gárgolas al principio de la transitada escalera, y otras dos al final, junto a la pequeña puerta. La criada estiró su brazo y la puerta empezó a abrirse. De las sombras, salieron dos figuras empapadas y encapuchadas con sus capas que entraron como el rayo en la sala, una de ellas, era una mujer de pelo negro y ojos verdes como el campo en primavera, y el hombre que estaba al lado suya, representaba las mismas facciones que su acompañante, si acaso, más endurecidas, mas, ambos poseían rasgos felinos que embellecían su rostro: eran Ángela Christel Van Thiele y su hermano, Hans Van Thiele.

-¡Santo Dios! ¿Dónde estabas Anna?-Dijo Ángela con aires de superioridad-¿Es qué querías que nos muriéramos haya fuera?
-Fue un desliz, señora, estaba alejada del vestíbulo y no os oí llegar.-Mintió Anna para evitar represalias por parte de su amo.
-Presta más atención, Anna, estamos empapados y todo por tu culpa, pero olvidemos este pequeño incidente.-Pronunció Hans de forma firme, tajante y potente- Dime, ¿dónde está mi amigo Alexander?
-Salió a cazar con mi...-Anna, meditó su respuesta y continuó con una ligera variación-con su criado, Otto.
-¡Vaya! ¿Tardará en llegar? ¡Estoy empapada! ¡Quiero un poco de calor! ¡Sentarme al fuego!-exclamó Ángela.
-No, no tardarán, es de noche ya y hace un temporal malísimo, seguramente, ya estará de vuelta.
-Más te vale, porque sino...-Comenzó Hans que se vio interrumpido por un golpe en la puerta ahciendo que éste girase en redondo para recibir a un nuevo e inesperado invitado; Otto, que jadeaba incesamente y cuyo rostro, mojado por la lluvia, presentaba facciones preocupantes y nerviosas.

-¿Qué?-preguntó Hans-¿Qué demonios? ¿Dónde está Alexander? ¡Dime! ¿Dónde está mi amigo?
-¡Alexander está en el bosque! ¡Se ha perdido! ¡Se ha perdido!-Gritó Otto llevándose las manos a la cara y comenzando a llorar.

Anna, se precipitó sobre su padre y abrazó a aquél con amor y ternura propias de una hija. Hans y Ángela, por su parte, se miraban consternados y confusos. ¿Sería aquélla la última noche que verían a Alexander?

miércoles, 2 de febrero de 2011

El Impulso de la Tormenta Parte VIII

Alexander cabalgaba, literalmente, entre las nubes. La neblina impedía cualquier visión correcta del peligroso camino y no veía más allá de la cabeza de su montura.

Trotaba inmerso en sus pensamientos, alejado de todos y todo cuanto lo rodeaba, tratando de comprender el porqué de tantas cosas que azotaban su cuerpo y alma que le pareció casi inexplicable la quietud y la tranquilidad que se respiraba en el cargado ambiente... ¡Caminaba tan ajeno a todo! que no se dio cuenta de que se había separado de Otto y alterado su destino de forma considerable, mas, ni aún así conseguía salir de su ensimismamiento.

Pensaba en la Dama de la Tormenta, en el ente que bajaba de los cielos cada vez que llovía, y en la única mujer que conseguía cautivar su corazón hasta la fecha.

Conservaba en su recuerdo, la hermosa cabellera dorada que parecía tejida por hilos divinos por la propia Afrodita, de sus hermosas y blancas manos que parecían de blanca porcelana, de su faz resplandeciente en medio de una oscuridad que a él le parecía perpetua... de sus ojos: un lago sin fondo alguno, un océano de ternura, un mar de sensaciones.

Cuando pensaba en ella el tiempo parecía ralentizarse hasta el punto que parecía que la noche jamás llegaría, que no saldría la luna, que no cantaría el ruiseñor su alegre melodía... Moría por ella, realmente... Pero algo le sacó de su ensimismamiento y se enrabietó con el caprichoso destino que le privaba de pensar en su amada cuando sintió una sensación extraña pero reconocida a la vez: estaba lloviendo; sin embargo, la neblina seguía en el suelo y no se divisaba disipamiento alguno.

Su corazón comenzó a latir con fuerza, a rugir como si el de una bestia enjaulada se tratase. Miró al cielo con renovado interés y buscó entre su cielo empañado por la niebla, alguna señal, algo que pudiera delatar que Ella había bajado, que la Dama estaba en tierra y que se disponía a ir a su encuentro cuando entonces lo vio; el rayo de luz nocturno había cruzado el cielo y se había hundido en el suelo terráqueo a apenas unas decenas de metros de donde se encontraba Alexander, quien, con fuerza y esperanza sobrenaturales, espoleo con violencia su caballo que sintió en las tiernas carnes de su tripa el clavo de los estribos que llamaba a una carrera veloz.

Corrió el caballo con su caballero, y el caballero a por su Dama entre árboles grisáceos cuyas ramas no alcanzaban a verse por culpa de la niebla y cada vez llovía con mayor potencia, igual que latía el corazón del joven barón de Röcken.

Galopaba el caballo con toda fuerza, y con más fuerza espoleaba Alexander a su montura para que se diera prisa en llegar: tenía unas ganas intensas de verla otra vez, de espiarla entre los verdes arbustos y las firmes rocas del lugar. Atravesó una gran arboleda que le hicieron costar varios arañazos en el rostro, y tuvo que sortear un pequeño riachuelo; parecía que esa noche todo había de jugar en su contra... ¡y él tan entusiasmado! pero el tiempo corría y corría, y el caballero no daba con su dama y cada vez andaba más desesperado. Las lágrimas resbalaban por su rostro y se mezclaban con las perlas de la lluvia intensa y un rezo acudía a su pensamiento.

Corría tanto y tanto, y su carrera daba tan pocos frutos.

Pasaban las horas y él, ya con la esperanzas perdidas, aminoró el paso del animal hasta quedar en un leve trote que se traducía en descanso para su exhausto corcel.

Estaba empapado y desesperanzado: la misma lluvia que mojaba su ropa entristecía su corazón y su alma, y el fino velo de agua cayendo ante él, nublaba y disipaba de su vista toda fe de volver a verla. -¿Por qué todo tiene que ser tan difícil?- pensaba Alexander- ¿Por qué no vienes a mí?

-¿Por qué no quieres venir a mí?. -Grito Alexander que bajo su rostro apenado mientras daba la vuelta a su montura para emprender un funesto camino a casa...

-¿Por quién clamas, viajero sin rumbo, que su mera presencia quiebra tu voz, nubla tu vista, causa tus lágrimas, y te cautiva el corazón?

lunes, 31 de enero de 2011

El Impulso de la Tormenta Parte VII

La noche extendía su negra mano por entre la maleza y la arboleda del bosque donde Otto y Alexander se habían dispuesto a cazar.

Fuera de la linde del sendero, trotaban sendos caballos de belleza sin igual, ambos blancos pero con manchas distintivas uno del otro, y sobre su grupa llevaban a los dos pintorescos cazadores que traían varias presas pequeñas cazadas, conejos en su mayoría y alguna que otra paloma que, junto con la gallina y el cordero sacrificado hace unos días, tendrían una menesterosa cena digna de la mesa de los reyes antiguos, o incluso un banquete similar a las antiguas bacanales romanas.

Andaban ambos sobre sus caballos en un silencio casi sepulcral marcado, tan sólo, por el relincho y resoplido de los caballos y de la respiración ante la cargada atmósfera neblinosa que envolvía todo cuanto podía verse en una especie de manto grisáceo con aspecto de algodón y que humedecía el ambiente. Tan espesa era esta niebla que no alcazaban a ver nada más allá que quedara fuera del hocico de sus gallardas montura, aunque, no obstante, no dejaba de ser un espectáculo bello aunque sobrenatural: pocas veces había visto Otto echarse una niebla como ésa en medio de aquel bosque frondoso haciendo que, dicho fenómeno, carente de interés para muchos, resultara misterioso e inquietante para el veterano criado de los Wescher quien contemplaba atónito la situación.

Alexander, en antítesis, quedaba absorto en sus más profundos pensamientos haciendo que la imagen de la muchacha a la que sólo había visto dos veces, se dibujara con claridad en su mente.-Tan perfecta... tan hermosa- pensaba Alexander-y tan inalcanzable que sólo Dios y el viento pueden acariciarte el rostro y colarse por el laberinto dorado que son tus cabellos.

Mas, por un instante, ambos perdieron la visión del que tenían al lado y el horror se apoderó de la faz de Otto, quien comenzó, desesperadamente, a llamar a su señor y a espolear al caballo para dar con él.

Pero en aquel instante, comenzó a llover.

Era la primera vez que Otto veía llover aún cuando las nubes de neblina y vapor reposaban en la tierra... También fue la primera vez que vio irrumpir en el cielo un misterioso haz de luz que cayó a varios cientos de metros más allá de su posición. Pero si de algo estaba seguro el fiel Otto, es que era la primera vez que veía aquel extraño fenómeno lumínico que lo dejó, si cabe, más aterrado pero también maravillado, pero no sería la útlima vez que sus ojos oscuros contemplasen aquel espectáculo que sólo aparecía cuando llovía.

miércoles, 26 de enero de 2011

El Impulso de la Tormenta Parte VI

El impaciente Otto recorría las estancias del castillo vigilando que todo estuviera en orden mientras su hija continuaba limpiando las cocinas y demás dependencias del emplazamiento.

Tras finalizar su ronda particular por el que había sido su hogar desde siempre, se aproximó a la vidriera del salón.

Todo estaba más luminoso gracias al Sol del amanecer cuyos rayos traspasaban la vidriera creando una especie de cuadro de luces en el suelo gracias a los vistosos colores de la apocalíptica pero bella vidriera.
No estaba la chimenea encendida como era habitual en aquellos días tan gélidos y la mesa aún no estaba predispuesta para el abundante desayuno del barón quien había vuelto a salir la noche anterior.
Otto lo sabía y cada vez que lo volvía a ver le echaba una dura reprimenda a pesar de que sabía que el rebelde noble volvería a pecar de inocente y desecharía sus consejos una vez más, así, el tiempo le había dado la razón a su sabiduría y cordura y no había vuelto a mencionar nada más del asunto después de la cuarta salida pues, sabía del empeño de Alexander en encontrar a una dama que nadie más había visto y que había bajado del cielo en forma de rayo.

Estaba cansado ya de las mismas palabras y de la misma contestación insolente, mas, él también había sido joven y soñador y en el fondo de su corazón entendía al barón de Röcken y comprendía sus absurdas y frecuentes bravatas nocturnas. Todo para encontrar a algo que no yacía entre los vivos y que muy probablemente fuera producto de su imaginación... O eso pensaba Otto.

Escudriñando la vidriera, se percató de la presencia de una sombra de ropajes oscuros y caballo blanco que se movía a la velocidad del suspiro y que entraba por la puerta principal: era él, Álexander van Wecher, el barón de Röcken que volvía de otra de sus aventuras bajo el lluvioso manto de la noche.

Otto contempló impasible como el dueño del castillo dejaba al corcel en la caballería con mucho cuidado y como tras ello subía deprisa las escalinatas que conducían al vestíbulo del salón donde descansaba Otto.

Apenas unos minutos más tarde, el barón entró por la puerta grande del vestíbulo totalmente empapado pero con una sonrisa de oreja a oreja.

-¡Buenos días, Otto! -Dijo el entusiasmado Alexander.
-Gratos son, mi señor. Ya veo que volvéis contento de vuestra andadura nocturna, ¿Puedo preguntar a qué se debe?-Preguntó Otto mientras se encaminaba a una silla y se sentaba de forma lenta.
-Sí; la he visto esta noche. ¡Estaba tan hermosa como siempre!-Dijo el barón colocándose justo al lado de su criado.
-Interesante.
-¿No me crees?-Masculló Alexander a medio camino entre la voz y el susurro mientras se sentaba al lado de su criado.
-No puedo creer en lo que no veo, señor.-Contestó Otto.
-Entonces dime, Otto ¿Cómo es que creemos en Dios si no lo vemos?-Dijo Alexander con una sonrisa diabólica que pillo de improvisto a Otto.
-Es fe. Es por fe en lo que creemos.-Respondió con sequedad.
-Entonces, por el Altísimo, Otto, amigo mío, te suplico que me creas: ¡la he visto y es tan real como tú o yo!-rebatió con vehemencia-Si fuera una diosa de la antiguedad, sería Afrodita.
-¡Blasfemáis!
-¡Para nada! Acompáñame esta noche si quieres y te la mostraré.-Dijo Alexander.
-Tengo mejores cosas que hacer que perseguir mujerzuelas.-Declaró Otto rotundamente.
-Salgamos a cazar pues; las despensas están vacías, según me comentó Anna, y necesito de un fuerte y experimentado brazo que me acompañe. ¿Qué me dices a eso, Otto?.
-Si lo veis con buenos ojos... Tendré que ir, además, esta noche nos visitarán vuestro amigo Hans Thiele y su hermana, la señorita Ángela Christel y sería descortés no ofrecerles una buena comida recién cazada.
-¡Toda la razón, Otto! Nos veremos abajo dentro de media hora si así lo véis bien: quiero ponerme ropas secas antes de partir.-Exclamó Alexander mientras se levantaba y caminaba en dirección hacia sus aposentos con cierta alegría en el cuerpo.
-Bien lo veo si así lo precisáis.

Tras la retirada del joven nobilita, Otto contempló el cielo desde donde estaba sentado y se fijó en los nubarrones que se dirigían hacia el castillo de forma lenta pero ininterrumpida... Habría que darse prisa o les llovería, aunque algo dentro de su corazón, le decía que la intención de Alexander no era la de cazar... Y mucho menos, la de volver por la noche.

lunes, 24 de enero de 2011

El Impulso de la Tormenta Parte V

Y era otra noche lluviosa más aunque esta destacaba por ser bastante más cerrada y neblinosa.

Las gotas de lluvia golpeaban delicadamente los hombros de Alexander quien vagaba sin rumbo fijo por el tenebroso mar de hierba y árboles de aquel bosque, buscando una y otra vez señales que pudieran delatar la posición de La Dama de la Tormenta, como él la llamaba. Buscaba un resplandor amarillento, un aura dorada, unos pasos, unas marcas características de ellas... Aunque sólo fueran unas vagas pisadas en la tierra húmeda que poco a poco e iba haciendo fango, o alguna señal o indicio que mostrara que ella había estado por aquellas lúgubres sendas.

Era la sexta noche que el barón de Röcken salía sin consentimiento de su criado Otto y con Heracles, el mejor caballo de sus caballerizas, y por sexta vez regresaría sin frutos a su hogar.

No había cesado de contemplar el cielo cubierto de nubes durante esos seis días y los seis días había visto ese relámpago lumínico tan delicado, dulce y característico de esa mujer a la que no logró encontrar.

Estaba ya el barón de Röcken al límite de sus fuerzas cuando decidió dar la vuelta de nuevo y marcharse a dormir cuando de repente, desde el cielo, sin previo aviso, cayó un nuevo haz de luz a unos metros suyas y entonces la vió.

Se quedó tan blanco como la cal y su rostro dibujó una semisonrisa de felicidad con la que iluminó las facciones de su cara. Ya era tarde para pedirle algo porque se marchaba ya. Ya se había transformado en polvo dorado pero al menos, esa noche, la había vuelto a ver tras seis días de búsqueda continuada. La larga expedición había resultado ser fructuosa aquella noche y al día siguiente estaba dispuesto a volver. Después de aquella noche, estaba dispuesto a lo que fuera con tal de que aquel ente maravilloso fuera suyo, pero ¿Quién sería de quién? Alexander había conseguido robarle la mirada... Pero la Dama de la Tormenta le había robado el corazón...

viernes, 21 de enero de 2011

El Impulso de la Tormenta Parte IV

Andaba Otto de un lado para otro totalmente nervioso mirando a ambos lados del sendero que conducía del castillo al extenso bosque embarrado. Una joven mujer de cabellos castaños y ojos expresivos y marrón claro seguía al criado con la mirada mientras mantenía las manos unidas sobre su delgado vientre.

-Padre -dijo la hermosa joven con voz dulce- habrá salido, no os lo toméis a mal, es joven y...
-¡Es joven, es joven!-exclamó Otto- ¡Anna, por el Altísimo, tiene labores que atender, y le juré a su madre, que Dios la tenga en su seno y gracia, que cuidaría siempre de él!
-¿Cuándo acaeció eso?-Preguntó un tanto atemorizada Anna.
-¿Qué? ¡En su lecho de muerte, hija mía! ¡Ni si quiera habías nacido! Pero nacerías pronto, angelito mío.

El padre se colocó delante de su hija y la miró con mirada tierna, pero aún nerviosa. Anna se dedicó a sonreír tímidamente y a mirar al suelo cuando adivinó en la linde del bosque, una extraña figura que surgía de entre los matorrales con un hermoso corcel blanco con una mancha en su hocico. El gallardo animal se dirigía con decisión y trote ligero a la posición en la que se encontraban padre e hija, criado y criada.

Anna hizo un tímido gesto con la mano señalando a su señor que se acercaba mientras su padre se giraba de forma enérgica y veloz para recibir y reprimir el comportamiento del joven e impulsivo barón de Röcken. La hermosa Anna, a penas puedo articular un susurro ante la presencia de su señor ante el que bajó la cabeza haciendo que su padre tuviera el honor y privilegio de abrir la conversación y darle una pequeña reprimenda al alocado Alexander van Wescher.

-¡Señor! ¡Señor! ¡A buenas horas llegáis! ¡Ya temíamos por vuestra vida!-Gritó enérgicamente Otto mientras acariciaba la cabeza del caballo y sujetaba las riendas del animal.
-¡Otto! No te esperaba, la verdad. Contestó el joven con una sonrisa a la vez que desmontaba de su ilustre montura.
-¿Qué no me esperabais? ¡Señor! ¡Nos habéis dado un susto de muerte! Espero que tengáis buen motivo para justificar vuestro comportamiento y haber realizado esta especie de aventura que habéis vivido.
-La tengo; ya sé qué es el rayo. -Dijo Alexander mientras sonreía y comenzaba a quitarle la montura al caballo.

Otto miró boquiabierto a su señor y durante unos segundos pareció quedarse sin palabras; como si su mente no estuviera ni allí, ni en condiciones de pensar, pues, aún estaba meditando las palabras de su señor barón cuando, con una leve negación, empezó a hablar con un leve toque de ironía.

-¡Qué misterio! ¡Un rayo de luna os enturbia la mente! Decidme pues, ¿Qué es ese rayo de luz? ¿Lucifer o un solitario haz de luz lunar?
-Ni lo uno, ni lo otro, Otto. -El joven sonrió complacido al dejar sin palabras a su criado y reanudo inmediatamente su parlamento tras contemplar, divertido, la cara de confusión que ponía su siervo-Es una mujer. Un ángel caído del cielo y con gallarda hermosura.
-¿Qué? ¡Deliráis! ¡La lluvia os ha trastornado sin lugar a dudas! ¿Qué clase de mujer podría caer del cielo y andar sola a esas oscuras horas?
-Un ángel.-Respondió Alexander con suma tranquilidad.

Mientras andaba con la montura a cuestas hacia el castillo, Alexander relataba y discutía su comportamiento y lo que vio anoche con el incrédulo Otto que no daba crédito a lo que sus oídos escuchaban. Le parecía todo una blasfemia y pensaba que el cansancio y la lluvia habrían hecho enfermar a su señor, y así, pues, se adentraron hacia el patio del castillo con esa especie de conversación matutina.

Anna, se quedó rezagada, y, como era habitual en ella, se quedó observando el suelo.

Muchas cosas la ruborizaban, y, a pesar de no creer todo lo que había salido de boca de Alexander, pues, parecía más un cuento de hadas que una historia verídica, ella estaba segura de que allá dentro, en el tenebroso bosque, habría visto algo que lo había trastornado, y no sólo la mente; también el corazón.

Ella, como mujer, se había dado cuenta. Sus ojos mostraban un brillo característico y parecía que nada pudiera enfadarle ni herirle a pesar de vivir ahora en una eterna herida de la que mucho costaba cicatrizar, pero pocos salían de ahí.