lunes, 23 de abril de 2012

El lobo de Orleans

Dos ojos brillantes miraban todos y cada uno de los rincones de la penumbrosa catedral, aunque a aquel gigantesco animal parecía no importarle demasiado la falta de luz. Sólo la claridad de la luna, penetrando por las diversas ventanas del lugar sacro hacían que aquel sitio no se quedase a oscuras en su totalidad, dándole aspecto de una iglesia tétrica y fría.

Allí dentro se podía respirar el miedo. Se podían escuchar pasos y voces hacia ninguna parte, buscándole. Se dejaban ver algunas antorchas pasando de un lado para otro. Veloces. Agarradas por hombres esbeltos que portaban consigo la indumentaria militar típica de los gallardos caballeros medievales. 

-¿Está por ahí?-Gritó uno.
-No, por aquí no está. ¡Busquemos por la sacristía y el altar! ¡Vamos!-Gritó otro. 

Pasos que lo perseguían. Pasos que no darían con él nunca. En un rincón de la catedral, el lobo se relamía y mostraba su sonrisa maléfica. Se movía con el sigilo de los espíritus, y su presencia no dejaba pista alguna para perseguirlo. Parecía que estuviera cazando, esperando una presa que asesinar con sus colmillos afilados. Un miembro que desgarrar. Sangre que sentir cayendo por su garganta, inundando su paladar. Pero no. El lobo no buscaba hoy saciar su sed de sangre. Sus objetivos eran distintos. 

Se encaminó por una escalera larga. Los soldados aún proferían gritos, órdenes de búsqueda, carreras de un lado a otro, peinando cada nave de la catedral sin encontrar al animal. 

Sigiloso, subió las escaleras que daban al alminar, allí donde se encontraban las campanas. No escuchó pasos a su espalda. Nadie le seguía. Nadie sabía que estaba allí. 

Soplaba el viento con fuerza en la torre de la catedral. Llovía con violencia y sus gotas se estrellaban en las campanas. Todo un pueblo cuchicheaba a los pies del santo lugar, en una plaza mayor tomada por los soldados que corrían de un lado para otro comunicándose cosas, controlando a la bulliciosa población.

-Mi señor, esta noche es rara. ¡Mirad como luce la luna y la lluvia tan fuerte que cae! ¡Es obra del demonio, sin duda alguna!-gritaba un joven clérigo-¡Y la culpa de todo la tiene ese lobo, símbolo del mal, que se ha adentrado en mi catedral! ¡El final de los tiempos se acerca! ¡Lo dicen las Sagradas Escrituras! ¡La bestia será liberada! ¡Mirad los presagios!
-Jean, no hay que ponerse así por unos años de malas cosechas.-Intentó tranquilizarlo el noble.-Seguro que hay una explicación razonable para todo lo que está pasando. 
-¿Una explicación razonable, mi señor? ¿Qué veis de razonable que un monstruo marino se haya dejado ver en las costas de las Galias? ¿Y qué me decís de las crónicas de Glaber en la Borgoña? ¡Un dragón surcó los cielos, mi señor! ¡Un dragón voló sobre la Borgoña! ¿Y qué me decís de las calamidades que pasamos? ¡Hambrunas, epidemias, miseria! El mal ha tomado el corazón de los hombres. Los ejércitos del Anticristo están aquí. ¡Mirad cómo destrozan nuestras aldeas esos magiares! ¿Y esas poblaciones a las que llaman húngaros? ¿Qué me decís? ¡Son paganos! ¡Veneran al diablo y celebran cultos contra nuestro Señor Jesucristo! ¡Por favor, mi señor! ¿No lo veis? ¡La población está aterrorizada!
-Calmaos, noble Jean, soy consciente de los apuros en los que estamos metidos. Dios proveerá, estoy seguro. Buscaremos una solución y...
-¡Santa María! ¡Señor! ¡Mirad, arriba, en el campanario!-Una mueca de terror se apoderó del clérigo mientras señalaba hacia la torre de la catedral. 

El lobo miraba espectante aquel episodio de terror. El panorama le resultaba excitante. Un grito le llamó la atención. Una figura en la plaza señalaba hacia el lugar en el que se encontraba. Un relámpago tras de si iluminó su figura, extendiendo su sombra por toda la plaza. Profirió un aullido de victoria que retumbó en toda Orleans. La población enmudeció mientras miraba con horror al lobo pasearse con parsimonia sobre la torre. Caminaba lentamente, saboreando el momento, para, segundos más tarde, agarrar con sus dientes una cuerda y tirar de ella. Las campanas de la catedral sonaron con el estruendo de los truenos. 

El pueblo de Orleans comenzó a gritar aterrorizado. Corría de un lado para otro buscando algún lugar en el que esconderse de la vista del Maligno. Algunos se arrodillaban y lanzaban oraciones al cielo. Gritos de misericordia respondidos por la lluvia. Los ladrones saqueaban los comercios ahora que no había nadie para atenderlos. El caos había tomado la ciudad. Los soldados se lanzaron contra la población intentando controlarla, mientras el noble comenzó a correr hacia la entrada de la catedral.

Subía como una gacela los escalones de la torre. Corría, como si el mismo diablo le azotara con su látigo. Llevaba la espada en la mano, preparado para lo que pudiera ocurrir. Llegó a la parte de arriba. No había nada. Sólo se veía a la población correr y a los soldados conteniéndolos. Suspiró. ¿Habría bajado ya el lobo? No lo sabía. Se apoyó en su espada unos segundos, a espera de recuperar el aliento antes de volver a bajar cuando escuchó tras de sí un gruñido. Se giró inmediatamente. Dos ojos amarillentos le miraban desde el lado opuesto al que se encontraba. La oscuridad camuflaba su pelaje negro. El noble se puso en guardia inmediatamente a espera de que el animal atacase. Se alejó lentamente del borde de la torre mientras se dirigía a las escaleras, donde estaría más resguardado de cualquier golpe que le hiciera caer al vacío. El lobo mostró sus dientes. Gruñía. Rugía mientras avanzaba hacia el señor de Orleans. Se paró en seco durante unos segundos, mientras estudiaba cuidadosamente a su rival. El noble pareció relajarse. Bajó la espada. El lobo no estaba por la labor de atacar. Seguramente estaría cansado. En esos pensamientos andaba enfrascado cuando sintió un fuerte dolor en el hombro izquierdo y el impulso de un golpe le hizo precipitarse hacia atrás, rodando por las escaleras hasta dar con un rellano. El lobo se había lanzado contra él y le había propinado un fuerte mordisco. Consiguió ponerse en pie mientras se presionaba fuerte en el hombro para aliviar el dolor. Miraba por la escalera. El lobo descendía con sigilo y lentitud. Volvió a mirarlo unos escalones más hacia arriba. Sus dientes, su boca... estaban llenas de sangre. De su sangre. No espero. Con rabia descargó su espada contra el animal, que logró esquivarlo y abalanzarse, de nuevo, sobre él. Cayeron los dos rodando varios peldaños más hasta dar con el siguiente rellano. La espada, en cambio, quedó tendida en el rellano anterior al golpe. El noble no lo dudó. Agarró su daga y, sin tan siquiera pensarlo, se la clavó al animal en el pecho. Estaba muerto. Se quedó observando durante varios segundos al hermoso ejemplar que había asesinado. Era un lobo fuerte, de un pelaje negro brillante. 

El señor de Orleans se sintió mareado. Necesitaba aire. Se ahogaba allí dentro. Con paso firme, sujetándose el hombro herido, logró subir las escaleras una vez más. El panorama que se observaba en Orleans era más tranquilo ahora. La gente parecía calmada, pero no había dejado de llover. Se apoyó en una de las paredes del campanario y se dedicó a ver la ciudad, respirando fuerte, tranquilizándose. 

Unos pasos metálicos se escuchaban por la escalera que daba al campanario. El noble se giró de inmediato para ver el rostro de quien perturbaba su descanso. Una luz se dejó ver en las paredes de la torre, y, tras ella, surgió un soldado, portador de una antorcha. Su rostro, pálido, reflejaba consternación. Era la viva imagen del miedo. 

-Mi señor... señor de Orleans... traigo malas nuevas.
-Habla soldado, os escucho. 
-El Cristo crucificado del monasterio mi señor...-el soldado bajó la cabeza y trago saliva. Se veía incapaz de seguir.
-¿Sí? ¿Qué ocurre hijo? ¡Habla, vamos!

El soldado elevó la vista y clavo sus ojos en los del señor de Orleans.

-Mi señor... el Cristo del monasterio... está llorando sangre.

Dedicado al Día del Libro. Basado en las crónicas del monje Raúl Glaber. Todo lo que se cuenta aquí es, en su mayoría ficticio. Las crónicas de Raúl Glaber recogen que en Orleans se divisó a un lobo tocando las campanas en la catedral, símbolo del mal. También queda recogido el relato del dragón sobre Borgoña y el monstruo marino, que resultó ser una ballena enorme. Lo del Cristo llorando, también queda recogido, aunque, para darle mayor dramatismo, se decidió que el Cristo llorara sangre. Las epidemias, las hambrunas, y el ataque de sarracenos, magiares (vikingos) y húngares también es cierto y forman parte del contexto histórico de las segundas invasiones en Europa. El resto de la historia, es pura invención.

Dedicado a mis lectores. Gracias. Feliz Día del Libro. Disfrutadlo. 

jueves, 12 de abril de 2012

Rima XI

Eres tú del día la portentosa
Estrella roja y brillante,
Y de la noche la pálida luna
Que sola tiembla al contemplarte.

Eres tú del sediento el agua fresca
Que al beber calma su sed,
Y eres del enamorado el fuego
Que te ansia con todo su ser.

Tú eres en la tormenta el fuerte trueno
Que el silencio rompe,
Y eres el fugaz rayo que en la noche
Penumbrosa al beso responde.

Eres tú del mar las frágiles olas
Que a morir van a las costas,
Y eres del gran océano la vida
Que en profundo silencio brota.

Eres tú del oscuro universo
Esa luz tenue y serena,
Y de la celestial corte de Dios
Canto que del Arcángel suena.

Eres tú de los árboles el fruto
Que anuncia la primavera,
Y eres el manantial de las montañas
Que alegre cae, y feliz resuena.

Eres tú de la Tierra el verde prado
Que en mayo la vida llena,
Y eres la vida alevosa y alegre
Que las flores de mayo llevan.

Eres tú de la bóveda celeste
Lo que divino supone,
Y eres tú del inmenso orbe humano
Lo infinito, el horizonte.

Tú lo eres todo, y en mi alma
Eres del amor el dolor forjado,
El dulce suspiro agónico
En la mirada del enamorado.

Dedicado a Loli Soriano Aguirre y a María Rodríguez López. 

sábado, 10 de marzo de 2012

Obsesión

Obsesión es estar detrás de esa mujer que te tranquiliza aún cuando mueres por dentro. Cuando sólo mirarla a los ojos te late el corazón fuerte y parece que estás atrapado en un sueño del que no quieres despertar.

Obsesión es morir cada vez que ella te recorre el pecho con sus manos suaves de ángel. Cuando se despierta dentro de ti un infierno interno que no podría ser apagado ni siquiera con las lágrimas de Dios.

Obsesión es que ella te bese en el cuello y tu averno sea un paraíso de fuego, donde el ave fénix renace una y otra vez de las cenizas del destino sacando a relucir sentimientos contrapuestos y encontrados. Sentimientos que no recordabas. Sentimientos que añoras. Sentimientos que inundan tu pecho y hacen latir tu corazón con violencia.

Obsesión es sentir arder tu alma de deseo. Sentir que cada segundo que pasa con ella es largo como una edad en la tierra, pero tan corto como una milésima de segundo.

Obsesión es estar tan cerca de ella que respirar sus suspiros, y te envenenas, poco a poco, el espíritu y el cuerpo con sus palabras y su tierna respiración.

Obsesión es entrar en un estado de somnolencia mientras la ves y no puedes dejar de mirarla. Es ver cómo la realidad supera cualquier ficción, pero parecerte que vives un sueño profundo sin verdad alguna, donde lo onírico y lo real se entremezclan formando un momento único y arduo que queda grabado a fuego en tu corazón y deja una huella imborrable.

La obsesión es amor, y amor eres tú...

Dedicado a Estrella Cardoso Paz. 

martes, 28 de febrero de 2012

Andalucía: historia del nacionalismo andaluz.

EL INICIO DE LAS IDEAS NACIONALISTAS ANDALUZAS: LOS MOVIMIENTOS CANTONALES Y LA SOCIEDAD DE ANTROPOLOGÍA DE SEVILLA.

Las primeras ideas del nacionalismo andaluz surgen ligadas a los movimientos cantonales que se dieron en la I República de España en el año 1873, muy ligadas al federalismo que caracterizó a la República en sus primeros meses de gobierno.

El movimiento cantonal está englobado dentro del federalismo. Se podría definir como un movimiento federal tan extremista que busca la máxima autonomía de una ciudad, llegando incluso a rayar la independencia. Las ciudades podrían federarse libremente si quisieran. Cabe resaltar que, a raíz del movimiento cantonalista, los movimientos obreros, en especial, el anarquismo, comenzarían a ganar apoyos en España. Encontraremos la mayor expresión en el cantón de Cartagena dentro del Estado español, siendo los de Sevilla, Tarifa, Cádiz y Málaga los cantones más importantes dentro de Andalucía.

En 1871 (aún bajo la monarquía de Amadeo I de Saboya en España) se funda la Sociedad de Antropología de Sevilla que dedicará gran parte de sus investigaciones a encontrar las señas de identidad que caracterizan al pueblo andaluz, destacando dos nombres por encima de todos: Antonio Machado Núñez y Antonio Machado Álvarez, abuelo y padre respectivamente de los poetas sevillanos Antonio y Manuel Machado.

Eran los primeros pasos para formar las ideas del nacionalismo andaluz que se desarrollaría en las tres primeras décadas del siglo XX en la persona del malagueño Blas Infante, el "Padre de la Patria Andaluza".

EL INICIO DEL NACIONALISMO ANDALUZ: BLAS INFANTE.

La necesidad de una existencia política y regional en Andalucía hicieron hincapié en "El Liberal" que en 1912 publicó un artículo donde promovía la constitución de una Asamblea Andaluza que encontró su máxima actividad dentro del Ateneo de Sevilla. Ya al año siguiente, en los Juegos Florales, el tema principal tratado fue el del regionalismo andaluz. Mientras, en Ronda, se celebraba un congreso donde Blas Infante realizó su primera intervención para, en 1915 publicar "El ideal andaluz", que lo catapultaría a ser el ideólogo por excelencia del movimiento nacionalista andaluz y líder del mismo hasta su muerte en 1936 a manos del ejército franquista en los primeros meses de la Guerra Civil.

A pesar de que la ideología nacionalista andaluza ya estaba formada, no sería hasta la Asamblea de Córdoba en 1919 cuando se fijara la realidad nacional de Andalucía: se pedía una República federal como forma de gobierno que diera el máximo de autonomía a las comunidades que conformaban el Estado español, y aparece la figura de Andalucía como "realidad nacional" y "Patria", lo que llevará a Blas Infante a ser la figura clave del nacionalismo andaluz y a proclamarlo como "Padre de la Patria Andaluza", "título" que ostenta hasta la actualidad.

EL NACIONALISMO ANDALUZ: BASES CULTURALES.

El nacionalismo andaluz asentó sus bases en la cultura islámica, la cual, tuvo muchísima importancia en la zona regional de Andalucía, destacando monumentos como la Giralda de Sevilla, la mezquita-catedral de Córdoba  y la Alhambra de Granada que se convirtieron en símbolos de identidad nacional para Andalucía.

Hasta tal punto llegaría la influencia islámica en el nacionalismo andaluz que la propia bandera andaluza adquirió colores propios de la cultura islámica: el verde y el blando.
El verde es el color de la dinastía Omeya, a la que pertenecería Abd al-Rahman I, el último Omeya vivo tras la destitución de estos por la dinastía de los abasíes con Abu-l-Abbas en el 750, proclamándose "príncipe de los creyentes" en la mezquita de Kufa y trasladando la capital del califato a Bagdad.
Abd al-Rahman I conseguiría huir a al-Ándalus, emirato dependiente del califato abasí de Bagdad, el cual, consiguió independizar en el 756 conformando el "emirato independiente de Córdoba". Se iniciaría así una etapa de esplendor en la Península Ibérica bajo el gobierno de los Omeyas que, pronto conseguirían el Califato (929 con Abd al-Rahman III) y que perduraría hasta el 1031, cuando, tras una serie de crisis, el Califato de Córdoba se desmiembra y da lugar a lo que conocemos como "Reinos de Taifa" donde hay que destacar, en esta ocasión, la taifa de Sevilla que encontró en al-Mutamid, su rey poeta, el principal período de esplendor.

Tras este período de decadencia e independencia, llegarían a España los almorávides, procedentes del Sahara que se adueñaron de los reinos de taifas y volvieron a reunificar los reinos en el Califato de Córdoba. Su pendón era blanco y decían ser "monjes-soldados".

En los últimos compases de la dominación islámica de la Península, encontraremos que gran parte de los reinos de taifas y provincias del Reino Nazarí de Granada (último reino musulmán de la Península) tienen el pendón de sus banderas verde y blanco, y sólo el Reino de Granada lo tiene rojo (color de los almohades que vendrían inmediatamente después de los almorávides) por lo que se barajó la posibilidad de que el color de la bandera andaluza fuera el rojo y el blanco, aunque, finalmente, se optó por estos colores ya que, según parece, tras la victoria de Alarcos en 1195, los almohades colocaron sobre la Giralda de Sevilla dos banderas: una blanca en señal de victoria, y otra verde, símbolo del Islam.

Para acabar, el escudo de Andalucía, que muestra un Hércules custodiado por dos leones y dos columnas, no es más que el uso de la mitología grecorromana. Según la mitología, Tarifa y el Norte de África estarían antes unidas formando una gran montaña, y Hércules, con su fuerza, consiguió separar ambas y formó el estrecho de Gibraltar, antes denominada como "las columnas de Hércules", conviertiéndose también el Hércules en el escudo de Cádiz. Como curiosidad, hay que destacar que es el único escudo dentro del Estado español que no emplea armas, sino ideas y muebles.

domingo, 5 de febrero de 2012

Lucano

Caía la noche en Roma. La luna y algunas antorchas iluminaban una habitación vacía de todo objeto posible. Sólo la luz gozaba de la compañía de un hombre ataviado con una toga blanca que sujetaba, entre sus manos, una especie de hoja escrita.

Caminando de un lado a otro de la sala, totalmente tranquilo, repasando una y otra vez el texto con sus iris marrones brillantes, vidriados por el llanto, por el amargor de una noche que nunca acababa. Sigilosamente, se acercó a un balcón que daba lugar hacia una calle. A lo lejos veía el foro romano. Blanco. Resplandeciente. Hermoso como sus ojos nunca lo habían visto. Firme y gallardo resaltando sobre toda Roma con su color blanco, completamente característico del mármol que recubría el edificio casi en su totalidad. La luna se reflejaba en aquel edificio blanco y dorado y caía directamente en el rostro moreno de su observador, colocado todavía sobre el balcón.

Se giró de inmediato al oír un ruido. Se aproximaba hacia él, un esclavo pálido, portando, entre sus manos, un pequeño cofre de madera de roble perfectamente tallado y con la representación de un dios. Tal vez Hades. Tal vez Marte. Tal vez Júpiter. La paupérrima luz no dejaba ver con claridad qué clase de dios era el que adornaba el cofre. 

Avanzó algunos pasos hasta el esclavo, el cual, una vez puesto a la altura de su amo, realizó una reverencia y abrió el cofre, entregando un objeto brillante a su señor, que, con un leve gesto de mano, le ordenó retirarse a sus humildes aposentos. 

Una vez solo, suspiró y leyó, por última vez, el extraño papel que tenía entre sus manos de forma lenta. Disfrutando cada frase que leía. Cada palabra que observaba. Cada letra que pronunciaba en un leve susurro. Después de tal gesto, volvió a andar hacia el balcón con paso vacilante y lento, como si cada segundo le pesase como si fuera un milenio. Como si cada pie fuera un bloque de mármol del foro.

Miró por última vez la luna. La miraba por última vez solitaria. Sin compañía de astro alguno. Reflejada en el dorado del foro. Como él en la habitación. 

Agachó la cabeza poco a poco y se dirigió al centro de la sala. No denotaba su cara expresión alguna. Agarró el objeto que reposaba entre sus manos y lo miró con odio. Cerró los ojos. Paseó el objeto por el largo de su antebrazo mordiéndose el labio y lanzando algún que otro grito ahogado conforme escuchaba rasgarse su carne y las primeras gotas de sangre comenzaban a deslizarse sobre su brazo dejando surcos rojizos que acababan por caer al suelo. La daga que sujetaba cayó también a causa del horrendo dolor provocado y, mientras respiraba nervioso elevó el papel de nuevo y comenzó a recitar en alto.

Su voz era dura y fuerte. Tan profunda que parecía salir de un tambor de guerra, aunque el vigor de su voz quedaba contrastada con su juventud que se escapaba poco a poco de sus venas. Le temblaba el brazo y algunas lágrimas rodaron por sus mejillas en el acto de reprimir un grito. 

Salían de sus labios versos. Versos sobre un soldado que tenía su mismo destino. 

Corría la sangre cada vez con menos velocidad, dejando un charco cada vez más amplio en el suelo, y la voz se iba apagando conforme la vida abandonaba su cuerpo. Estaba pálido. Su cara había adquirido el color blanquecino de la muerte. Su respiración se volvía dificultosa. Su corazón, se paraba. Las fuerzas le iban abandonando poco a poco mientras su vista comenzaba a verlo todo cada vez más borroso. Cada vez se volvía todo más oscuro y sombrío y las tinieblas iban tomando cara rincón de la sala. 

Cayó al suelo junto a la daga a la que observó mientras susurraba los últimos versos del poema. Notaba sus extremidades se iban helando. Como todo se volvió negro a su alrededor. No. No podía morir todavía. Quedaban versos que recitar. Su cuerpo, cada vez estaba más débil y cerraba los ojos poco a poco. El poema se acababa, su vida también. 

Apenas pudo susurrar los últimos versos. Pero sus pulmones, su corazón, se fueron junto con los del soldado del poema -¿y no era Lucano acaso ese soldado?-. Ese fue su último pensamiento. Su último latido se llevó también su última pregunta, y en la habitación, no quedó más que su cuerpo inerte reposando en una fría sala, con un inmenso charco de sangre en el suelo, una hoja con un poema en una de sus manos, y la luna iluminando su cara con la última expresión de la muerte. 




viernes, 30 de diciembre de 2011

Feliz Navidad

Una tenue luz despertó a María del letargo en el que andaba sumido. Sus bellos ojos azules se abrieron poco a poco, hasta que alcanzó a ver a la perfección una habitación en la que nunca antes había estado. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía allí? ¿Cómo había ido a  parar allí?  La habitación estaba completamente vacía, y la semipenumbra la convertía en un lugar sobrecogedor. No era capaz de ver nada más allá de la luz que irradiaba una bombilla colgada de un cable medio pelado en el centro de la alcoba que emitía destellos de forma intermitente, apagándose y encendiéndose sin previo aviso, dejando la habitación en la más completa de las oscuridades en intervalos de tiempo que le parecían eternos y que le causaban un profundo temor.

-¿Hay alguien ahí?-Gritó aterrorizada. No obtuvo mayor respuesta que el eco, seguido de un silencio espectral.

Sentía frío. Mucho frío. El aire, completamente helado, abrasaba sus pulmones, y el viento, gélido, pasaba por su garganta hiriéndola como si le estuvieran clavando miles y miles de puñales de hielo en su blanco cuello. Blanco, como la nieve. ¿Sería su corazón de la misma forma? El frío aterido causaba temblores en su pecho, mas, ¿temblaba por el frío, o por el miedo? Jamás había estado en esa situación, no obstante, algo había allí dentro que le llamaba la atención. Sentía que no estaba sola. Ese presentimiento, lejos de tranquilizarla, la aterraba aún más. Escuchaba pasos en la oscuridad. Ojos observándole. Ojos demoníacos. Ojos inyectados en sangre, rabiosos, que la miraban con odio. Ojos que, a cada mirada de aversión lanzada, sentía que le perforaban el alma. Un alma que, llena de pánico, comenzaba a sangrar miedo. Sentía cómo se le escapaba la vida muy poco a poco, sin embargo, sin saber por qué, una parte dentro de sí, se negaba a aceptar ese final. Tenía la esperanza de que alguien la escuchara. ¿Acaso no había nadie más en la habitación? ¿No era cierto su presentimiento?

-¿Hay alguien ahí? ¡Por favor! ¡Que alguien conteste!-Obtuvo la misma respuesta que antes. Silencio. Agónico silencio. Por sus mejillas, comenzaron a deslizarse lágrimas de la más infinita y amarga de las desesperaciones. Nada, ni nadie más que la tortuosa afasia respondía a sus gritos de socorro.

Intento, en vano, levantarse y buscar una salida de aquel sitio, sucio, mugriento, pero apenas consiguió dar unos pasos antes de sentir un obstáculo que impedía su esperanzador avance. En su tobillo derecho, casi dormido ya por las temperaturas glaciales de la habitación, desnudo por completo, colgaba una cadena gruesa y grisácea. Se agachó para intentar quitársela, pero las fuerzas le comenzaban a fallar. Fue entonces cuando escuchó unos pasos acercándose. No quería mirar. Sentía miedo. Mucho miedo. Por primera vez en su vida, sus ojos no querían elevarse para contemplar lo que pasaba, hasta que, su vista, anclada en un punto del suelo, alcanzó a ver unas botas completamente negras y, como movida por un resorte, su cuerpo se movió y se colocó de pie rápidamente, retrocediendo hasta chocar con la pared. Para su sorpresa, encontró a un hombre vestido de rojo, con larga barba blanca, y una sonrisa tranquilizadora

-¿Quién eres?-Preguntó. Nadie respondió. Volvió a formular la pregunta.- ¿Quién eres? ¡Contéstame, por favor!-Siguió sin obtener respuesta. Empezó a llorar nuevamente, y agachó la cabeza sobrecogida y como símbolo de impotencia. Hasta que, una voz, ronca y masculina, brotó como el agua brota de la fuente, mas, salió una voz amenazante y ello le hizo levantar la cabeza para contemplar la figura del Papa Noel que le miraba con una sonrisa satánica y un cuchillo largo en su mano derecha:
-Feliz Navidad, y próspero año nuevo.

El último recuerdo de María fue esa imagen del Papa Noel sonriendo. El último recuerdo de María fue en una sala, sucia y mugrienta cayendo de rodillas y sujetándose el cuello con ambas manos, mientras de su garganta salía un líquido rojo y caliente que la llenó por completo. El último recuerdo de María, fue ver su rostro desencajado y pálido en una hoja plateada con el filo manchado de sangre.

Para Ainhoa Alonso Chicharro. 

lunes, 14 de noviembre de 2011

A los pies de la Giralda

Pasos en la lejanía se escuchaban por entre las tortuosas calles de la Judería sevillana en una noche donde, si algo abundaba, era el olor al miedo y la lluvia incesante. Los truenos rompían el sonido monótono de los pasos sobre las calles, mientras el agua estallaba con violencia en el suelo, formando charcos similares a espejos, iluminados, cada cierto tiempo, por la palidez de algún relámpago que rasgaba el cielo durante unos segundos, y que quedaba reflejada en la mirada profunda y asustada de un hombre, cuyos ropajes, de cierta tonalidad oscura, eran dignos de un noble castellano, mas, sus facciones, duras como rocas, no podían evitar ocultar el creciente terror que se cocía en sus entrañas.

Apenas le quedaban ya fuerzas para seguir, cuando, a su vista, alcanzó a ver un hermoso almenar junto a una especie de mezquita almohade. Un almenar iluminado intermitentemente por rayos blanquecinos que sacaban a relucir el carácter tétrico de la bella estructura. Giralda, la llamaban los moros, y a ella fue a parar apenas unos segundos para recobrar el aliento, que, vigente quedaba que andaba falto de él en el continuo resuello de su pecho, y en la boqueadas que profería mientras buscaba, cabizbajo, y apoyado en la pared del almenar, un soplo de aire que llenase sus pulmones y le permitieran recobrar las escasas fuerzas que le quedaban antes de continuar su carrera hacia ninguna parte.

A penas estuvo parado unos segundos cuando algo llamó la atención tras su espalda. Una sombra cruzó por detrás suya. Otra más en los siguientes segundos. Se escuchaban los pasos venir y alejarse de él. De la frente mojada del castellano, comenzó a brotar un sudor frío, acompañado de un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Otra sombra volvió a cruzar tras su espalda, mientras éste miraba de reojo lo que acaecía tras de sí. Se giró tan deprisa como su cuerpo lo permitía, a la par que, con un hábil gesto de mano, sacó a relucir una espada con empuñadura de oro que fue iluminada por un nuevo rayo que rompió el cielo lluvioso. Nada. No había nada allí. El noble, aún con la espada en la mano, suspiró aliviado tras el breve fulgor del relámpago. "Habrá sido mi imaginación" pensaba, a la par que guardaba, tranquilizado, su espada en la vaina y avanzaba unos pasos hacia el frente, alejándose levemente de la pared de la Giralda.

Una sombra volvió a pasar tras su espalda, y, como movido por un resorte, el hombre volvió a sacar su espada y se giró lo más deprisa que pudo. Una nueva sombra volvió a verse a los pies de la Giralda para desvanecerse más tarde. Pasó otra por detrás suya. Una más. Otra por delante. Percibió algo que se movía por su izquierda. Algo corrió por su derecha y desapareció tras su espalda para, sin previo aviso, volver a aparecer por delante. El hombre, completamente aterrorizado, se giró y fue retrocediendo poco a poco hacia el almenar de nuevo, lanzando improperios y amenazas contra enemigos invisibles a los que tomó por entes sobrenaturales.

-¿Quiénes sois? ¡Dejaos ver!-Gritó desesperado.

Una sombra quedó parada en seco, a varios metros suya. La lluvia continuaba cayendo sobre el suelo, mojando la ropa del castellano, cuya mirada, se centraba en reconocer la extraña figura que permanecía inmóvil a lo lejos. Percibió una especie de destello lejano. Un destello plateado que se acercaba poco a poco y que, sin previo aviso, desapareció de su vista para hundirse en el hombro derecho, haciendo caer su espada contra el suelo, produciendo un ruido sordo y metálico que se perdió junto con el sonido ensordecedor del trueno. Se arrancó de su hombro el objeto culpable de su dolor cuando, en su rostro, se dibujó una expresión terrorífica, casi cadavérica. Sujetaba su mano un puñal pequeño, con una empuñadura negra y una hoja plateada cubierta con su sangre. Dejó caer el puñal al suelo, tal y como había hecho con su espada, para, dolorido, llevarse la mano izquierda hacia el punto donde se había clavado, de forma certera, el arma arrojadiza. Notó en sus dedos la calidez propia de la sangre, y, en su sangre, la frialdad propia de la muerte, a la cual, parecía estar sintiendo ahora mismo. Cerró los ojos para aguantar el dolor que se acentuaba mientras pasaban los segundos, mas, sin duda alguna, en aquel preciso instante, soñó con no haberlos
 abierto.

Se posicionaban delante de sí tres hombres, uno de ellos, jugueteando con una daga similar a la que había dejado caer, los otros dos, portando dagas más grandes que la de su compañero, una en cada mano. No podía mirarlos a los ojos. La oscuridad se lo impedía. Portaban una especie de capa con capucha negra, como sus ropajes, similares a los de él, mas, llevaban brazaletes y grebas de cuero propias de los militares.

El hombre continuó retrocediendo hasta chocar contra la pared de la Giralda mientras miraba, completamente asustado, a sus agresores, inmóviles los tres, de pie, observando como lobos hambrientos a su presa herida, pero sin moverse. Sólo la lluvia tenía la osadía de romper el tétrico silencio en aquella noche sevillana.

Una sombra más apareció tras estos, acercándose con el sigilo propio de un felino, con la misma vestimenta que estos, mas, sin portar, en apariencia, arma alguna con la que dañar su ya herido cuerpo. Se adivina bajo la capucha de este, un mentón fuerte y afilado de una tez un tanto morena, cubierto de una especie de barba incipiente, y, bajo la oscuridad de su capucha, se revelaban dos ojos verdes tan centelleantes como el fuego. Sus compañeros le abrieron paso, mientras le miraban. Uno de ellos asintió. El hombre, entonces, avanzó hasta el castellano sin hacer ningún comentario. Sus pisadas sonaban fuertes, como el martillo golpeando el hierro en el yunque, y sus pasos eran firmes y seguros, como los del diablo en el infierno.

Miró el noble desconfiado al hombre que quedaba delante suya, y, con un infinito desprecio, pronunció una palabras con una tonalidad hiriente y asustadiza.

-¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí?

No obtuvo mayor respuesta que un gruñido del hombre que tenía delante de sí. Intentó escapar, echar a correr, pero sus esfuerzos fueron en vano. El que acababa de llegar, con un gesto tan veloz como el rayo, lo había agarrado del brazo sano y lo había arrojado contra la pared.

-¡Iros al infierno, malditos!-Gritó con más fuerza que nunca el castellano.
-De allí venimos.-Respondió el recién llegado con una media sonrisa maléfica que heló la sangre del noble.

Hizo un leve gesto con el brazo derecho y, de la túnica del hombre, resbaló un cuchillo largo, cuya empuñadura, plateada, contenía rubíes engarzados, semejantes a gotas de sangre, en las cuales, se vio reflejado en rostro aterrado del castellano.

Un grito despertó a toda la plaza a primeras horas de la mañana. No había amainado el temporal, pero el grito bastó para alertar a todos los campesinos que iban a su trabajo. A los pies de la Giralda, descansaba un hombre con expresión de terror en su rostro, totalmente blanco, como el mármol, cuyos labios tenían un color morado y, sus ropas, de tonalidad oscura yacían sobre un charco de sangre enorme, sangre mezclada con el agua caída del cielo la noche anterior, y que se fundía con el líquido rojizo del hombre, de cuyo cuello, seguía saliendo la poca sangre que quedaba de su cuerpo a través de una herida espantosa.

Se congregó una gran multitud de personas para ver al noble castellano que, venido con el Rey Fernando III de Castilla, había muerto degollado a los pies de la Giralda.

Mientras, detrás de la multitud, quieto, con vestimenta negra, contemplaba la escena macabra un hombre custodiado por tres encapuchados más. Un hombre, sonriente, cuyos ojos, verdes, centellearon cuando un relámpago iluminó el cielo sevillano en aquella lúgubre mañana, de la misma forma que lo había hecho otro rayo poco tiempo atrás, durante la noche, en el mismo sitio en el que se posicionaba.