viernes, 29 de junio de 2012

Mary



ADVERTENCIA: EL CONTENIDO DE ESTA ENTRADA PUEDE RESULTAR VIOLENTO PARA CIERTAS PERSONAS DEBIDO A SU COMPONENTE SANGRIENTO.


-Vaya... veo que ya te has despertado.


Una voz grave entró por los oídos de Mary que intentaba abrir los ojos ante un foco que dañaba su borrosa visión del lugar. Estaba tendida. A duras penas podía moverse. La habían atado con correas a una camilla de hospital. No veía más allá de la luz cegadora de los focos, aunque discernía una silueta masculina que se movía con agilidad, pero presentaba una leve cojera. Parecía ser una persona mayor.


-¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?

-Doctor Diamond, señorita Black. Está usted en una sala de quirófano. Voy a intervenirla.

-¿Intervenirme? Creo que se confunde... yo no estoy mal, yo no tengo ninguna enfermedad. Yo estoy esperando para una operación de aumento de pecho.

-Exactamente por eso vamos a intervenirla. Necesita una operación con mucha urgencia.

-¿Qué está diciendo? ¡Le he dicho que no me encuentro mal! ¡Suélteme!-Gritó mientras intentaba zafarse de las correas que la mantenían prisionera.

-Grite todo lo que quiera. Nadie la escuchará. Ahórrese fuerzas para lo que viene. No forcejee, está usted débil, debe ser por la morfina...


Diamond agarraba en su mano derecha una especie de rotulador. Dibujó una línea recta desde el cuello hasta el vientre de Mary. Su torso estaba desnudo, y comenzaba a notar el frío del lugar. Seguidamente, el anciano dibujó dos rayas perpendiculares desde sus clavículas hasta el esternón, donde se juntaba con la línea vertical. La señorita Black se estremeció ante el contacto de la punta del rotulador y no pudo evitar sentir un escalofrío que le recorrió toda su espina dorsal. Un sudor frío resbala sobre su frente.


-Sois una mujer hermosa, decidme, ¿por qué queréis un aumento de pecho?-Preguntó el médico mientras soltaba el rotulador y cogía un bisturí.

-¿No lo ve? No estoy contenta con mi cuerpo.-Mary cerró los ojos en gesto de vergüenza.

-¿No estáis contenta con vuestro cuerpo, señorita Black? Es una verdadera obra de arte. Permitídme la descortesía, pero Dios os dotó muy bien, señorita Black. No necesitáis de ninguna operación. Ya sois lo bastante hermosa.

-¡No, no! ¡Mientes! Yo no soy hermosa. ¿Es que no habéis visto a esas modelos? ¡Ellas sí que lo son!

-Ya, claro... esos engendros cargados de botox no merecen la mirada de nadie, señorita Black. La belleza de la que yo os hablo no es exterior, de la que, ¿por qué no decirlo? No andáis escasa. No. La belleza a la que yo me refiero es interior. Es la esencia en sí del ser humano, ¡no su apariencia, señorita Black! ¿Lo entendéis? El interior, pero, oh... demasiado materialismo en este mundo para mirar más allá de un físico bonito y de un pecho precioso, ¿verdad, señorita Black? Usted no está descontenta consigo misma... lo que quiere es ser un calco de un modelo implantado por la sociedad. Usted está descontenta consigo mismo porque no sigue el patrón establecido por la sociedad. No es esa rubia de ojos azules, alta, delgada, de pechos exuberantes... No... usted es una persona de mediana estatura, pero sus ojos verdes... su pelo negro... son perfectos. Su interior es perfecto, señorita Black. Es usted increíblemente hermosa. Tantos años dedicado a algo tan hermoso con la enseñanza, siendo caritativa con la gente... ¿Por qué este cambio, señorita Black? ¿Por qué cambiar ahora? ¿Por qué cambiar una vida envidiable por la opinión de unos pocos?

-Por favor... suélteme... deje que me vaya.

-¿Iros? ¿Adónde pretendéis iros? No... vuestras andanzas acaban aquí, señorita Black. Para usted no hay mayor futuro que este quirófano.


Diamond cogió un bisturí y se aproximó lentamente hacia la garganta de Mary que comenzó a gritar y a lanzar improperios contra el médico.


-¡Usted está loco! ¡Loco! ¿Me oye? ¡Loco!

-¿Loco señorita Black? ¿Loco por querer construir una sociedad mejor?-El médico se apartó la mascarilla que le cubría la nariz y la boca... no poesía fosas nasales ni labios. Era una imagen realmente horripilante.-¿Sabe lo que es no poder mirar a una persona a la cara? ¿Sabe usted, señorita Black, lo que es ir con una máscara allá por donde vaya porque la gente lo ve como un monstruo? ¿Alguna vez un niño ha huido de usted, señorita Black, por su físico? De mí sí. Me ve como un monstruo, pero ninguno se ha parado a conocerme. No tengo amigos porque mi rostro causa terror. Os lo veo en vuestros ojos. Sí... soy un ser repulsivo... pero me acepto tal y como soy. Soy un monstruo, señorita Black. La sociedad me hace parecer ser un monstruo, ser un monstruo. Y voy a comportarme como tal. Todo porque era diferente. ¿Ve el impacto psicológico de mirar las apariencias? Yo era un joven con inquietudes, con vida... hasta aquel maldito accidente. La gente comenzó a juzgarme por lo que veía en vez de por lo que era. La gente empezó a verme con miedo, y mi comportamiento cambió. Degeneró. Me di cuenta de que yo estaba llamado a cambiar el mundo, ¿me entiende? Yo estaba llamado para hacer cosas grandes. Para enseñarles a las personas a ver con el corazón y no con los ojos...


Diamond rasgó la piel de Mary, quien no pudo reprimir un aullido de dolor insoportable. Sintió cómo el bisturí arrancaba su piel siguiendo las líneas abriéndola en canal. Se sentía desfallecer mientras suplicaba a su agresor que parase aquella locura, mas, el anciano no la escuchaba. Disfrutaba con lo que hacía. Disfrutaba con las palabras de clemencia de la señorita Black.


Varios minutos más tarde, dejó de sentir el bisturí sobre la piel, pero el dolor seguía sin irse. Entonces, tuvo la valentía de abrir los ojos. El anciano estaba delante de ella, agachado, cogiendo un espejo desde el suelo.


-Obsérvese, señorita Black. Mírese en el espejo.


Diamond le dio la vuelta al espejo y Mary se vio reflejada en él. Estaba abierta en canal, veía todos sus órganos. Escuchar su corazón palpitar, ver sus pulmones hinchándose y desinchándose de aire le causó repulsión y nauseas. Aquel espectáculo era insufrible. No debería de haber mirado. No.


-¿De qué se siente asqueada, señorita Black? ¿Acaso no son sus órganos? ¡Obsérvelos! ¡Mire cómo funcionan en perfecta armonía! Increíble, ¿verdad? El ser humano es la máquina más perfecta que existe sobre la Tierra. Sólo debe ver su funcionamiento... ¿Por qué no mira, señorita Black? ¿Es que tiene asco? ¿Es que acaso lo que usted tiene dentro de su cuerpo no es lo que tengo yo y lo que tiene cualquiera? Me repugna su actitud, señorita Black.

-¡Suélteme, maldita sea! ¡Suélteme! ¡Déjeme marchar!

-¿Dejarla marchar, señorita Black? Su vida acaba aquí.


Diamond aproximó el bisturí hacia el corazón. Los nerviosos latidos de Mary, y la fuerza que el anciano ejercía sobre el órgano bastaron para terminar con la vida de de la señorita Black.


domingo, 20 de mayo de 2012

Sólo es un sueño

No había ninguna luz en la habitación salvo la que había en su medio y tenía forma circular. El resto estaba oscuro. No había allí nadie más que yo. No se percibía ningún movimiento ajenos a los míos. Ningún sonido más allá de mis pasos por aquellos aposentos. Ninguna respuesta más allá del eco de mis pisadas. Decidí caminar hacia la luz. Notaba algo frío chocando por mi costado izquierdo. Lo palpé. Parecía una especie de cuchillo. ¿Para qué sería? Si aquello era un juego no tenía ninguna gracia.

Avanzaba con miedo hacia el círculo. Cada vez más cerca. Cada vez más temeroso. Ya me encontraba dentro, pero la situación no había cambiado. No sabía que hacer. Miré a ambos lados repetidamente sin encontrar nada más que oscuridad. En mi cabeza empezaban a encontrarse multitud de preguntas sin responder. Preguntas sobre qué hacía allí, solo, sin nada más que un cuchillo, y sin mayor compañía que la soledad. Todo era muy raro. La cabeza comenzó a darme vueltas y más vueltas buscando un por qué a aquella angustiosa situación... pero no encontraba nada más que hipótesis fundamentadas en un miedo irracional hacia aquella habitación. Necesitaba evadirme de aquello, olvidar que estaba allí y pensar con mayor claridad.

Bajé mi mirada hacia el suelo y me hice un pequeño masaje en las sienes. ¡Todo era tan raro! Me concentré en mantener la vista sobre mis zapatos, pero el dolor de cabeza comenzaba a ser insoportable, por lo que decidí cerrar los ojos momentáneamente para reflexionar. Así estaba más tranquilo. Podía pensar mejor, pero el miedo seguía acechando mi corazón y anulando cualquier juicio racional en mi cerebro. ¿Sería todo eso un sueño? ¿Tal vez una broma? Nada tenía sentido.

Suspiré. Elevé mi cabeza y, tras abrir de nuevo mis ojos, fijé mi vista en el frente. Algo perturbó mi ya escasa tranquilidad. Alguien estaba en el borde de aquel círculo. Sus zapatos... sus piernas... su cuerpo... estaban en la frontera que separaba la luz de la oscuridad... pero su rostro era imposible de ver porque formaban parte de la penumbra silenciosa de aquel lugar. 

Miré extrañado. Aquella persona no parecía tener expresión ninguna. No realizaba ningún gesto. No parecía respirar. Estaba absolutamente quieto. 

-¿Quién eres? ¿Qué es esto? ¿Qué hago aquí?-Le pregunté. No obtuve respuesta alguna. Eso me inquietaba aún más.
-Vamos... dime... ¿quién eres? ¿Dónde estoy?-Aquella figura seguía sin contestar. Comencé a mirar extrañado y nervioso a la persona que había enfrente de mí.
-¿Qué haces? ¿Eres tonto? ¡Te estoy preguntando! ¿Quieres decirme ya quién eres?-Nada. Ninguna respuesta. Ni siquiera un gesto que esclareciera algo aquella situación estresante

Negué con la cabeza mientras comenzaba a dar vueltas de un lado hacia otro sin alejarme mucho del círculo. Mis brazos estaban cruzados e intentaba buscarle una explicación al comportamiento de aquel hombre. No se me ocurría nada.

-¿No vas a ayudarme? ¡Quién eres! ¿Qué haces aquí? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde estoy? ¿Qué es todo esto?

La figura seguía sin hablar. Me traicionaron los nervios y, ante aquel acto de desmesurada ignorancia cogí el cuchillo con mi mano derecha y lo blandí cara al hombre, apuntando a su pecho, justo donde debía estar su corazón. 

-Estoy armado, ¿sabes? Sí... Estoy armado. ¿Qué vas a hacer ahora? Ahora vas a responder a mis preguntas, ¿verdad? Sí... Eso es... Ahora vas a responder a mis preguntas.-Pero seguía sin haber palabras. Seguían sin haber gestos, y mi paciencia se estaba agotando.
-¡Maldita sea! ¿Qué tengo que hacer para que hables, imbécil? ¡Te estoy diciendo que respondas a mis preguntas! ¡Habla ya si no quieres que te mate aquí mismo!.-Avancé y lo cogí de la camisa. La punta del cuchillo miraba hacia su garganta, pero seguía sin haber un ápice de expresión en su cuerpo. Parecía que estuviera muerto. Yo sudaba y empezaba a perder los estribos. Ya no controlaba la situación y comencé a temblar.
-¡Te estoy hablando! ¡Respóndeme! ¡Maldita sea, respóndeme! ¿Qué es todo esto? ¡Vamos!

No pude más. No recibía contestación ninguna. Lo miré durante unos segundos. Su rostro seguía sin ser visto, pero me daba igual. No me importó ver sus ojos cuando hundí el puñal en su cuello. Aún así, seguía sin hablar. No gritaba. No parecía dolerle. No parecía sentir nada. La sangre resbalaba por la hoja, caía sobre la empuñadura... embadurnaba mis manos. Saqué rápidamente el puñal de su garganta y retrocedí un paso asustado. Al quitar el arma de su esófago, salió sangre de su herida despedida manchando mi rostro. ¿Qué era aquello? Segundos más tarde aquel cuerpo se desplomó hacia atrás. Respiraba agitadamente mientras pensaba en todo lo que acababa de suceder. En todo lo que acababa de pasar. Escuché un chasquido a mis espaldas. Las luces se encendieron completamente. Miré al suelo para ver el rostro de mi víctima. No debería haberlo hecho. Me estremecí en lo más hondo y negué varias veces lo que acababa de ver. Aquella persona que yacía en el suelo era yo. Mis mismos ojos, mis mismas vestimentas completamente negras... y con un corte profundo en el cuello. No. ¡Aquello no podía estar pasando! ¡Era imposible!

Elevé la vista hacia el frente. ¿Qué era aquello? La sala estaba repleta de espejos. Comencé a mirar en todas las direcciones. Me veía a mí mismo. Mi rostro tenía salpicaduras de sangre. Mis manos estaban llenas de aquel líquido rojo, y la mano derecha sujetaba un cuchillo completamente rojo. 

Empecé a correr con horror hacia los espejos buscando la salida, pero no conseguía nada más que chocarme. Quería salir de ahí como fuera, pero me encontraba con mi propia oposición al otro lado del espejo. Allá donde mirase me veía. Todos corríamos. Todos nos perseguíamos. Todos chocábamos a la misma par contra nosotros para precipitarnos al suelo y buscar una salida. Me agobio era enorme. Mi corazón latía con muchísima violencia, como si fuera a salírseme del pecho. Fue entonces cuando escuché una risa infantil. Parecía de niña. ¿Provenía de los rincones? ¿De la sala? No... provenía de mi cabeza. 

Intenté serenarme y avancé hacia el centro de la sala. La risa aumentó su volumen y mi miedo se acrecentó ante lo inexplicable de la situación. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué significaba? Un nuevo ruido se sumó a aquella risa que empezó a parecerme diabólica. Era una voz masculina que me hacía preguntas. Se le sumó una femenina. Otra más. Y otra más. Y otra más. Así, sucesivamente, hasta que no logré saber cuántas voces había.

-¿Te sientes perseguido? ¿Sí? Perseguido... ¿Te sientes perseguido? ¡Ja, ja, ja! Perseguido... ¿Te sientes? Sí... Perseguido. ¿Te sientes perseguido? ¿Qué has hecho? Asesino... Perseguido... ¡Ja, ja, ja! Asesino... Asesino... ¡Asesino! ¡Ah! Perseguido... Sí... ¿Te sientes...?

Solté el cuchillo y me llevé las manos a la cabeza. Grité con toda mi alma con la esperanza de que alguien pudiera escucharme y me prestase ayuda. No recibí mayor contestación que la de mi cabeza.

-¡Yo no soy un asesino! ¡Vete! ¡Fuera de mi cabeza! ¡Iros!-Hice gestos con mis brazos y manos intentando disuadir aquellas voces de mi cabeza, pero ante mi máxima no encontraron más que risas jocosas y gritos mayores. La palabra asesino martilleaba mi cerebro como si fuese un yunque. Sus frases condenatorias y jocosas rebotaban en mis tímpanos sin llegar a salir al exterior. 

Me levanté y corrí de nuevo hacia los espejos. Conseguí chocarme otra vez y caí derrumbado. Comencé a llorar cuando me di cuenta de que una mano me levantaba por uno de mis brazos. Elevé la vista para ver quién era mi ayudante y mi rostro se llenó de horror. El brazo salía del espejo y, una vez a su altura, éste me empujó. Miles de figuras salían ahora del espejo. Yo retrocedía despacio, de espaldas al centro de la sala, mirándolos. Aquel al que me acercaba demasiado me propinaba un empujón violento mientras me arrastraban hacia el centro de la sala. Una vez allí, se estuvieron quietos. Algo les había detenido. Me giré temblando. Estaba en el mismo lugar donde me había matado, pero allí sólo quedaban restos de sangre. Elevé mi vista y me observé agarrando el cuchillo, pero no era yo... era mi víctima quien lo empuñaba ahora. Negué con la cabeza de nuevo... ¡No podía ser verdad! ¡No podía estar ocurriendo eso! ¡Era imposible! Mi víctima avanzó hacia mí y, tras agarrarme de la camisa hundió su cuchillo en mi garganta, de la misma forma que yo había hecho con él. Observé su boca llena de su sangre. Su herida aún manaba sangre. Sus manos empezaban a embadurnarse con la mía. Sentí un sabor metálico en mi boca. Mis miembros estaban ahora rígidos y fríos. No podía hablar. Al sacar el puñal de mi esófago, algo de sangre salió disparada hacia su rostro. Apenas duré unos segundos en pié cuando empecé a desplomarme hacia el suelo con la mirada clavada en mi asesino. En mi víctima. En mí mismo. Las voces habían cesado ya. 

Me levanté sobresaltado. Empecé a mirar de un lado para otro con la respiración entre cortada buscando una luz. Estaba ahogado. La luz iluminó una habitación y me quedé reflejado en un espejo. Respiré aliviado. No tenía ningún corte. La figura del espejo imitaba mis mismos gestos. Todo había sido un sueño... Sí... Todo había sido un sueño... Sólo eso... Un sueño...

lunes, 23 de abril de 2012

El lobo de Orleans

Dos ojos brillantes miraban todos y cada uno de los rincones de la penumbrosa catedral, aunque a aquel gigantesco animal parecía no importarle demasiado la falta de luz. Sólo la claridad de la luna, penetrando por las diversas ventanas del lugar sacro hacían que aquel sitio no se quedase a oscuras en su totalidad, dándole aspecto de una iglesia tétrica y fría.

Allí dentro se podía respirar el miedo. Se podían escuchar pasos y voces hacia ninguna parte, buscándole. Se dejaban ver algunas antorchas pasando de un lado para otro. Veloces. Agarradas por hombres esbeltos que portaban consigo la indumentaria militar típica de los gallardos caballeros medievales. 

-¿Está por ahí?-Gritó uno.
-No, por aquí no está. ¡Busquemos por la sacristía y el altar! ¡Vamos!-Gritó otro. 

Pasos que lo perseguían. Pasos que no darían con él nunca. En un rincón de la catedral, el lobo se relamía y mostraba su sonrisa maléfica. Se movía con el sigilo de los espíritus, y su presencia no dejaba pista alguna para perseguirlo. Parecía que estuviera cazando, esperando una presa que asesinar con sus colmillos afilados. Un miembro que desgarrar. Sangre que sentir cayendo por su garganta, inundando su paladar. Pero no. El lobo no buscaba hoy saciar su sed de sangre. Sus objetivos eran distintos. 

Se encaminó por una escalera larga. Los soldados aún proferían gritos, órdenes de búsqueda, carreras de un lado a otro, peinando cada nave de la catedral sin encontrar al animal. 

Sigiloso, subió las escaleras que daban al alminar, allí donde se encontraban las campanas. No escuchó pasos a su espalda. Nadie le seguía. Nadie sabía que estaba allí. 

Soplaba el viento con fuerza en la torre de la catedral. Llovía con violencia y sus gotas se estrellaban en las campanas. Todo un pueblo cuchicheaba a los pies del santo lugar, en una plaza mayor tomada por los soldados que corrían de un lado para otro comunicándose cosas, controlando a la bulliciosa población.

-Mi señor, esta noche es rara. ¡Mirad como luce la luna y la lluvia tan fuerte que cae! ¡Es obra del demonio, sin duda alguna!-gritaba un joven clérigo-¡Y la culpa de todo la tiene ese lobo, símbolo del mal, que se ha adentrado en mi catedral! ¡El final de los tiempos se acerca! ¡Lo dicen las Sagradas Escrituras! ¡La bestia será liberada! ¡Mirad los presagios!
-Jean, no hay que ponerse así por unos años de malas cosechas.-Intentó tranquilizarlo el noble.-Seguro que hay una explicación razonable para todo lo que está pasando. 
-¿Una explicación razonable, mi señor? ¿Qué veis de razonable que un monstruo marino se haya dejado ver en las costas de las Galias? ¿Y qué me decís de las crónicas de Glaber en la Borgoña? ¡Un dragón surcó los cielos, mi señor! ¡Un dragón voló sobre la Borgoña! ¿Y qué me decís de las calamidades que pasamos? ¡Hambrunas, epidemias, miseria! El mal ha tomado el corazón de los hombres. Los ejércitos del Anticristo están aquí. ¡Mirad cómo destrozan nuestras aldeas esos magiares! ¿Y esas poblaciones a las que llaman húngaros? ¿Qué me decís? ¡Son paganos! ¡Veneran al diablo y celebran cultos contra nuestro Señor Jesucristo! ¡Por favor, mi señor! ¿No lo veis? ¡La población está aterrorizada!
-Calmaos, noble Jean, soy consciente de los apuros en los que estamos metidos. Dios proveerá, estoy seguro. Buscaremos una solución y...
-¡Santa María! ¡Señor! ¡Mirad, arriba, en el campanario!-Una mueca de terror se apoderó del clérigo mientras señalaba hacia la torre de la catedral. 

El lobo miraba espectante aquel episodio de terror. El panorama le resultaba excitante. Un grito le llamó la atención. Una figura en la plaza señalaba hacia el lugar en el que se encontraba. Un relámpago tras de si iluminó su figura, extendiendo su sombra por toda la plaza. Profirió un aullido de victoria que retumbó en toda Orleans. La población enmudeció mientras miraba con horror al lobo pasearse con parsimonia sobre la torre. Caminaba lentamente, saboreando el momento, para, segundos más tarde, agarrar con sus dientes una cuerda y tirar de ella. Las campanas de la catedral sonaron con el estruendo de los truenos. 

El pueblo de Orleans comenzó a gritar aterrorizado. Corría de un lado para otro buscando algún lugar en el que esconderse de la vista del Maligno. Algunos se arrodillaban y lanzaban oraciones al cielo. Gritos de misericordia respondidos por la lluvia. Los ladrones saqueaban los comercios ahora que no había nadie para atenderlos. El caos había tomado la ciudad. Los soldados se lanzaron contra la población intentando controlarla, mientras el noble comenzó a correr hacia la entrada de la catedral.

Subía como una gacela los escalones de la torre. Corría, como si el mismo diablo le azotara con su látigo. Llevaba la espada en la mano, preparado para lo que pudiera ocurrir. Llegó a la parte de arriba. No había nada. Sólo se veía a la población correr y a los soldados conteniéndolos. Suspiró. ¿Habría bajado ya el lobo? No lo sabía. Se apoyó en su espada unos segundos, a espera de recuperar el aliento antes de volver a bajar cuando escuchó tras de sí un gruñido. Se giró inmediatamente. Dos ojos amarillentos le miraban desde el lado opuesto al que se encontraba. La oscuridad camuflaba su pelaje negro. El noble se puso en guardia inmediatamente a espera de que el animal atacase. Se alejó lentamente del borde de la torre mientras se dirigía a las escaleras, donde estaría más resguardado de cualquier golpe que le hiciera caer al vacío. El lobo mostró sus dientes. Gruñía. Rugía mientras avanzaba hacia el señor de Orleans. Se paró en seco durante unos segundos, mientras estudiaba cuidadosamente a su rival. El noble pareció relajarse. Bajó la espada. El lobo no estaba por la labor de atacar. Seguramente estaría cansado. En esos pensamientos andaba enfrascado cuando sintió un fuerte dolor en el hombro izquierdo y el impulso de un golpe le hizo precipitarse hacia atrás, rodando por las escaleras hasta dar con un rellano. El lobo se había lanzado contra él y le había propinado un fuerte mordisco. Consiguió ponerse en pie mientras se presionaba fuerte en el hombro para aliviar el dolor. Miraba por la escalera. El lobo descendía con sigilo y lentitud. Volvió a mirarlo unos escalones más hacia arriba. Sus dientes, su boca... estaban llenas de sangre. De su sangre. No espero. Con rabia descargó su espada contra el animal, que logró esquivarlo y abalanzarse, de nuevo, sobre él. Cayeron los dos rodando varios peldaños más hasta dar con el siguiente rellano. La espada, en cambio, quedó tendida en el rellano anterior al golpe. El noble no lo dudó. Agarró su daga y, sin tan siquiera pensarlo, se la clavó al animal en el pecho. Estaba muerto. Se quedó observando durante varios segundos al hermoso ejemplar que había asesinado. Era un lobo fuerte, de un pelaje negro brillante. 

El señor de Orleans se sintió mareado. Necesitaba aire. Se ahogaba allí dentro. Con paso firme, sujetándose el hombro herido, logró subir las escaleras una vez más. El panorama que se observaba en Orleans era más tranquilo ahora. La gente parecía calmada, pero no había dejado de llover. Se apoyó en una de las paredes del campanario y se dedicó a ver la ciudad, respirando fuerte, tranquilizándose. 

Unos pasos metálicos se escuchaban por la escalera que daba al campanario. El noble se giró de inmediato para ver el rostro de quien perturbaba su descanso. Una luz se dejó ver en las paredes de la torre, y, tras ella, surgió un soldado, portador de una antorcha. Su rostro, pálido, reflejaba consternación. Era la viva imagen del miedo. 

-Mi señor... señor de Orleans... traigo malas nuevas.
-Habla soldado, os escucho. 
-El Cristo crucificado del monasterio mi señor...-el soldado bajó la cabeza y trago saliva. Se veía incapaz de seguir.
-¿Sí? ¿Qué ocurre hijo? ¡Habla, vamos!

El soldado elevó la vista y clavo sus ojos en los del señor de Orleans.

-Mi señor... el Cristo del monasterio... está llorando sangre.

Dedicado al Día del Libro. Basado en las crónicas del monje Raúl Glaber. Todo lo que se cuenta aquí es, en su mayoría ficticio. Las crónicas de Raúl Glaber recogen que en Orleans se divisó a un lobo tocando las campanas en la catedral, símbolo del mal. También queda recogido el relato del dragón sobre Borgoña y el monstruo marino, que resultó ser una ballena enorme. Lo del Cristo llorando, también queda recogido, aunque, para darle mayor dramatismo, se decidió que el Cristo llorara sangre. Las epidemias, las hambrunas, y el ataque de sarracenos, magiares (vikingos) y húngares también es cierto y forman parte del contexto histórico de las segundas invasiones en Europa. El resto de la historia, es pura invención.

Dedicado a mis lectores. Gracias. Feliz Día del Libro. Disfrutadlo. 

jueves, 12 de abril de 2012

Rima XI

Eres tú del día la portentosa
Estrella roja y brillante,
Y de la noche la pálida luna
Que sola tiembla al contemplarte.

Eres tú del sediento el agua fresca
Que al beber calma su sed,
Y eres del enamorado el fuego
Que te ansia con todo su ser.

Tú eres en la tormenta el fuerte trueno
Que el silencio rompe,
Y eres el fugaz rayo que en la noche
Penumbrosa al beso responde.

Eres tú del mar las frágiles olas
Que a morir van a las costas,
Y eres del gran océano la vida
Que en profundo silencio brota.

Eres tú del oscuro universo
Esa luz tenue y serena,
Y de la celestial corte de Dios
Canto que del Arcángel suena.

Eres tú de los árboles el fruto
Que anuncia la primavera,
Y eres el manantial de las montañas
Que alegre cae, y feliz resuena.

Eres tú de la Tierra el verde prado
Que en mayo la vida llena,
Y eres la vida alevosa y alegre
Que las flores de mayo llevan.

Eres tú de la bóveda celeste
Lo que divino supone,
Y eres tú del inmenso orbe humano
Lo infinito, el horizonte.

Tú lo eres todo, y en mi alma
Eres del amor el dolor forjado,
El dulce suspiro agónico
En la mirada del enamorado.

Dedicado a Loli Soriano Aguirre y a María Rodríguez López. 

sábado, 10 de marzo de 2012

Obsesión

Obsesión es estar detrás de esa mujer que te tranquiliza aún cuando mueres por dentro. Cuando sólo mirarla a los ojos te late el corazón fuerte y parece que estás atrapado en un sueño del que no quieres despertar.

Obsesión es morir cada vez que ella te recorre el pecho con sus manos suaves de ángel. Cuando se despierta dentro de ti un infierno interno que no podría ser apagado ni siquiera con las lágrimas de Dios.

Obsesión es que ella te bese en el cuello y tu averno sea un paraíso de fuego, donde el ave fénix renace una y otra vez de las cenizas del destino sacando a relucir sentimientos contrapuestos y encontrados. Sentimientos que no recordabas. Sentimientos que añoras. Sentimientos que inundan tu pecho y hacen latir tu corazón con violencia.

Obsesión es sentir arder tu alma de deseo. Sentir que cada segundo que pasa con ella es largo como una edad en la tierra, pero tan corto como una milésima de segundo.

Obsesión es estar tan cerca de ella que respirar sus suspiros, y te envenenas, poco a poco, el espíritu y el cuerpo con sus palabras y su tierna respiración.

Obsesión es entrar en un estado de somnolencia mientras la ves y no puedes dejar de mirarla. Es ver cómo la realidad supera cualquier ficción, pero parecerte que vives un sueño profundo sin verdad alguna, donde lo onírico y lo real se entremezclan formando un momento único y arduo que queda grabado a fuego en tu corazón y deja una huella imborrable.

La obsesión es amor, y amor eres tú...

Dedicado a Estrella Cardoso Paz. 

martes, 28 de febrero de 2012

Andalucía: historia del nacionalismo andaluz.

EL INICIO DE LAS IDEAS NACIONALISTAS ANDALUZAS: LOS MOVIMIENTOS CANTONALES Y LA SOCIEDAD DE ANTROPOLOGÍA DE SEVILLA.

Las primeras ideas del nacionalismo andaluz surgen ligadas a los movimientos cantonales que se dieron en la I República de España en el año 1873, muy ligadas al federalismo que caracterizó a la República en sus primeros meses de gobierno.

El movimiento cantonal está englobado dentro del federalismo. Se podría definir como un movimiento federal tan extremista que busca la máxima autonomía de una ciudad, llegando incluso a rayar la independencia. Las ciudades podrían federarse libremente si quisieran. Cabe resaltar que, a raíz del movimiento cantonalista, los movimientos obreros, en especial, el anarquismo, comenzarían a ganar apoyos en España. Encontraremos la mayor expresión en el cantón de Cartagena dentro del Estado español, siendo los de Sevilla, Tarifa, Cádiz y Málaga los cantones más importantes dentro de Andalucía.

En 1871 (aún bajo la monarquía de Amadeo I de Saboya en España) se funda la Sociedad de Antropología de Sevilla que dedicará gran parte de sus investigaciones a encontrar las señas de identidad que caracterizan al pueblo andaluz, destacando dos nombres por encima de todos: Antonio Machado Núñez y Antonio Machado Álvarez, abuelo y padre respectivamente de los poetas sevillanos Antonio y Manuel Machado.

Eran los primeros pasos para formar las ideas del nacionalismo andaluz que se desarrollaría en las tres primeras décadas del siglo XX en la persona del malagueño Blas Infante, el "Padre de la Patria Andaluza".

EL INICIO DEL NACIONALISMO ANDALUZ: BLAS INFANTE.

La necesidad de una existencia política y regional en Andalucía hicieron hincapié en "El Liberal" que en 1912 publicó un artículo donde promovía la constitución de una Asamblea Andaluza que encontró su máxima actividad dentro del Ateneo de Sevilla. Ya al año siguiente, en los Juegos Florales, el tema principal tratado fue el del regionalismo andaluz. Mientras, en Ronda, se celebraba un congreso donde Blas Infante realizó su primera intervención para, en 1915 publicar "El ideal andaluz", que lo catapultaría a ser el ideólogo por excelencia del movimiento nacionalista andaluz y líder del mismo hasta su muerte en 1936 a manos del ejército franquista en los primeros meses de la Guerra Civil.

A pesar de que la ideología nacionalista andaluza ya estaba formada, no sería hasta la Asamblea de Córdoba en 1919 cuando se fijara la realidad nacional de Andalucía: se pedía una República federal como forma de gobierno que diera el máximo de autonomía a las comunidades que conformaban el Estado español, y aparece la figura de Andalucía como "realidad nacional" y "Patria", lo que llevará a Blas Infante a ser la figura clave del nacionalismo andaluz y a proclamarlo como "Padre de la Patria Andaluza", "título" que ostenta hasta la actualidad.

EL NACIONALISMO ANDALUZ: BASES CULTURALES.

El nacionalismo andaluz asentó sus bases en la cultura islámica, la cual, tuvo muchísima importancia en la zona regional de Andalucía, destacando monumentos como la Giralda de Sevilla, la mezquita-catedral de Córdoba  y la Alhambra de Granada que se convirtieron en símbolos de identidad nacional para Andalucía.

Hasta tal punto llegaría la influencia islámica en el nacionalismo andaluz que la propia bandera andaluza adquirió colores propios de la cultura islámica: el verde y el blando.
El verde es el color de la dinastía Omeya, a la que pertenecería Abd al-Rahman I, el último Omeya vivo tras la destitución de estos por la dinastía de los abasíes con Abu-l-Abbas en el 750, proclamándose "príncipe de los creyentes" en la mezquita de Kufa y trasladando la capital del califato a Bagdad.
Abd al-Rahman I conseguiría huir a al-Ándalus, emirato dependiente del califato abasí de Bagdad, el cual, consiguió independizar en el 756 conformando el "emirato independiente de Córdoba". Se iniciaría así una etapa de esplendor en la Península Ibérica bajo el gobierno de los Omeyas que, pronto conseguirían el Califato (929 con Abd al-Rahman III) y que perduraría hasta el 1031, cuando, tras una serie de crisis, el Califato de Córdoba se desmiembra y da lugar a lo que conocemos como "Reinos de Taifa" donde hay que destacar, en esta ocasión, la taifa de Sevilla que encontró en al-Mutamid, su rey poeta, el principal período de esplendor.

Tras este período de decadencia e independencia, llegarían a España los almorávides, procedentes del Sahara que se adueñaron de los reinos de taifas y volvieron a reunificar los reinos en el Califato de Córdoba. Su pendón era blanco y decían ser "monjes-soldados".

En los últimos compases de la dominación islámica de la Península, encontraremos que gran parte de los reinos de taifas y provincias del Reino Nazarí de Granada (último reino musulmán de la Península) tienen el pendón de sus banderas verde y blanco, y sólo el Reino de Granada lo tiene rojo (color de los almohades que vendrían inmediatamente después de los almorávides) por lo que se barajó la posibilidad de que el color de la bandera andaluza fuera el rojo y el blanco, aunque, finalmente, se optó por estos colores ya que, según parece, tras la victoria de Alarcos en 1195, los almohades colocaron sobre la Giralda de Sevilla dos banderas: una blanca en señal de victoria, y otra verde, símbolo del Islam.

Para acabar, el escudo de Andalucía, que muestra un Hércules custodiado por dos leones y dos columnas, no es más que el uso de la mitología grecorromana. Según la mitología, Tarifa y el Norte de África estarían antes unidas formando una gran montaña, y Hércules, con su fuerza, consiguió separar ambas y formó el estrecho de Gibraltar, antes denominada como "las columnas de Hércules", conviertiéndose también el Hércules en el escudo de Cádiz. Como curiosidad, hay que destacar que es el único escudo dentro del Estado español que no emplea armas, sino ideas y muebles.

domingo, 5 de febrero de 2012

Lucano

Caía la noche en Roma. La luna y algunas antorchas iluminaban una habitación vacía de todo objeto posible. Sólo la luz gozaba de la compañía de un hombre ataviado con una toga blanca que sujetaba, entre sus manos, una especie de hoja escrita.

Caminando de un lado a otro de la sala, totalmente tranquilo, repasando una y otra vez el texto con sus iris marrones brillantes, vidriados por el llanto, por el amargor de una noche que nunca acababa. Sigilosamente, se acercó a un balcón que daba lugar hacia una calle. A lo lejos veía el foro romano. Blanco. Resplandeciente. Hermoso como sus ojos nunca lo habían visto. Firme y gallardo resaltando sobre toda Roma con su color blanco, completamente característico del mármol que recubría el edificio casi en su totalidad. La luna se reflejaba en aquel edificio blanco y dorado y caía directamente en el rostro moreno de su observador, colocado todavía sobre el balcón.

Se giró de inmediato al oír un ruido. Se aproximaba hacia él, un esclavo pálido, portando, entre sus manos, un pequeño cofre de madera de roble perfectamente tallado y con la representación de un dios. Tal vez Hades. Tal vez Marte. Tal vez Júpiter. La paupérrima luz no dejaba ver con claridad qué clase de dios era el que adornaba el cofre. 

Avanzó algunos pasos hasta el esclavo, el cual, una vez puesto a la altura de su amo, realizó una reverencia y abrió el cofre, entregando un objeto brillante a su señor, que, con un leve gesto de mano, le ordenó retirarse a sus humildes aposentos. 

Una vez solo, suspiró y leyó, por última vez, el extraño papel que tenía entre sus manos de forma lenta. Disfrutando cada frase que leía. Cada palabra que observaba. Cada letra que pronunciaba en un leve susurro. Después de tal gesto, volvió a andar hacia el balcón con paso vacilante y lento, como si cada segundo le pesase como si fuera un milenio. Como si cada pie fuera un bloque de mármol del foro.

Miró por última vez la luna. La miraba por última vez solitaria. Sin compañía de astro alguno. Reflejada en el dorado del foro. Como él en la habitación. 

Agachó la cabeza poco a poco y se dirigió al centro de la sala. No denotaba su cara expresión alguna. Agarró el objeto que reposaba entre sus manos y lo miró con odio. Cerró los ojos. Paseó el objeto por el largo de su antebrazo mordiéndose el labio y lanzando algún que otro grito ahogado conforme escuchaba rasgarse su carne y las primeras gotas de sangre comenzaban a deslizarse sobre su brazo dejando surcos rojizos que acababan por caer al suelo. La daga que sujetaba cayó también a causa del horrendo dolor provocado y, mientras respiraba nervioso elevó el papel de nuevo y comenzó a recitar en alto.

Su voz era dura y fuerte. Tan profunda que parecía salir de un tambor de guerra, aunque el vigor de su voz quedaba contrastada con su juventud que se escapaba poco a poco de sus venas. Le temblaba el brazo y algunas lágrimas rodaron por sus mejillas en el acto de reprimir un grito. 

Salían de sus labios versos. Versos sobre un soldado que tenía su mismo destino. 

Corría la sangre cada vez con menos velocidad, dejando un charco cada vez más amplio en el suelo, y la voz se iba apagando conforme la vida abandonaba su cuerpo. Estaba pálido. Su cara había adquirido el color blanquecino de la muerte. Su respiración se volvía dificultosa. Su corazón, se paraba. Las fuerzas le iban abandonando poco a poco mientras su vista comenzaba a verlo todo cada vez más borroso. Cada vez se volvía todo más oscuro y sombrío y las tinieblas iban tomando cara rincón de la sala. 

Cayó al suelo junto a la daga a la que observó mientras susurraba los últimos versos del poema. Notaba sus extremidades se iban helando. Como todo se volvió negro a su alrededor. No. No podía morir todavía. Quedaban versos que recitar. Su cuerpo, cada vez estaba más débil y cerraba los ojos poco a poco. El poema se acababa, su vida también. 

Apenas pudo susurrar los últimos versos. Pero sus pulmones, su corazón, se fueron junto con los del soldado del poema -¿y no era Lucano acaso ese soldado?-. Ese fue su último pensamiento. Su último latido se llevó también su última pregunta, y en la habitación, no quedó más que su cuerpo inerte reposando en una fría sala, con un inmenso charco de sangre en el suelo, una hoja con un poema en una de sus manos, y la luna iluminando su cara con la última expresión de la muerte.