domingo, 23 de junio de 2013

Domingo sombrío

Hoy es un domingo triste. Miro por la ventana a la calle esperando, inútilmente, que vuelvas. Es algo que, tal vez, tengo asumido, pero que nunca aceptaré. No. No puedo pensar que ya no estás aquí, que tu retorno es imposible, que eras demasiado hermosa para este mundo, que Dios te quería junto con su corte celestial para ser un lucero más en el infinito firmamento.

Hoy es un domingo triste. Satanás te tenía envidia porque fuiste motivo de perdición para muchos, porque fuiste el precedente y la causa de mi descenso a la locura. Porque tu cuerpo se convirtió en el mayor sinónimo de pecado de mi universo, y el Ángel Caído no pudo soportar que una nueva reina le arrebatase su trono.

Hoy es un domingo triste. Me di cuenta de que todo es un mal sueño. Todo cuanto nos rodea. Todas las ilusiones son falsas. No hay un mañana que nos redima. Sólo existe el hoy, y para ti se acabó. Para mí se acabó.

Hoy es un domingo triste. Desde que te vi metida en el ataúd en tu funeral supe que había un solo cadáver, pero dos corazones habían dejado de latir. Uno estaba destinado a dormir para siempre. El otro a seguir cabalgando entre tempestades imperecederas a espera de reunirse contigo allá donde estés.

Hoy es un domingo triste. ¿Por qué te fuiste tan pronto? ¿Por qué me has dejado solo? Ya no oiré tu voz. No. Se me ha privado de ese privilegio tan pronto... ¿Me dejarías que te llevase flores? Te llevaré lirios blancos. Sé que eran tus favoritos, pero no puedo mentirte. Sólo el hecho de ver tu nombre grabado en una fría lápida de mármol me causa miedo. No sería capaz, mi alma, de visitarte sabiendo que ya no puedes salir a oler los brotes níveos.

Hoy es un domingo triste. El tiempo pesa sobre mi espalda. El tiempo desgarra mi corazón. Ya no estás. Ya no estás. Tu nombre se repite en mi cabeza, me nubla el juicio, me empaña los ojos de lágrimas, suelta perlas por mis mejillas, impactan en el suelo igual que impactó mi alma en tu féretro. Aún la veo, pálida y destrozada, con la cabeza apoyada sobre tu pecho, intentando devolverte a la vida inútilmente con sus sollozos. Llévatela contigo, por favor. No va a ser feliz aquí, en este mundo material, terrenal, en este mundo limitado por lo físico. No. Deja que vuele contigo allí donde los Arcángeles cantan, donde el tiempo se detiene, allí donde siempre seremos jóvenes.

Hoy es un domingo triste. Ya no puedo ver tus ojos. La vida me resulta tediosa. ¿Se enfadarían los ángeles si decido unirme a ti? ¿Se enfadarían si quiero dejar de soñar? Tengo ganas de despertarme junto a ti de nuevo. De abrazarte como te he abrazado en este largo sueño hasta que decidiste irte.

Hoy es un domingo triste. Miro por la ventana. No vuelves. Siento frío... pero necesito abrirla. Quiero sentir el aire, tus manos incorpóreas acariciando mi rostro por última vez. El cielo es precioso desde que estás allí, ¿lo sabías?

Hoy es un domingo triste. Es mi último domingo. Espérame despierta allí donde el sol y la luna juegan abrazados. Donde ninguno de los dos se pone. Espérame. Quiero verte. Espérame. Ya me voy contigo. No te vayas aún... Espérame...

Inspirada en la canción "Gloomy Sunday", popularmente conocida como "la canción húngara de los suicidios". Compuesta por el pianista Reszo Seress, escrita por el poeta Leszlo Javor, popularizada en 1941 por la cantante Billie Holiday. 

Versión de Sarah McLachlan





domingo, 2 de junio de 2013

Charles Baudelaire

Me señalan con el dedo, pero lo único cierto es que soy el vivo reflejo de una humanidad en decadencia. Estoy en un bar cualquiera de París en un naranja atardecer, bebiendo vino, esperando a que caiga la noche para disfrutar del solitario anonimato que otorga la oscuridad para entrar a cualquier fumadero de opio y olvidar que existo, mientras el mundo sigue su curso ajeno a mis sufrimientos, a sus propios sufrimientos. No soy más que el producto egocentrista de una sociedad enferma, jerarquizada en sus propias normas, donde el principal maestro de la moral se convierte, por detrás vuestra, en la viva imagen del pecado que condena. Sí. Ese mismo al que alabáis porque es respetuoso se mofa a vuestras espaldas con sus viles actos.

¿A cuántos como yo habéis marcado con el signo de Caín, y a cuántos habéis aplaudido mientras se reían de vosotros? No queráis saberlo. Lo cierto es que los mismos que me condenan, son los mismos que después me saludan afablemente, los mismos que frecuentan burdeles a deshora para desvirgar a cualquier jovencita indigente a cambio de un par de monedas con las que saciar su hambre, los que fuman hachís de madrugada para evadirse de los problemas, son los mismos que rechazan mis actos, pero también son los mismos que se deleitan leyendo mi poesía decadentista a espaldas del mundo mientras, de cara al universo, desprecian todas y cada una de las líneas escritas a pesar sus posteriores felicitaciones. No sean ingenuos: los mejores versos los he escrito entre las piernas de una puta sifilítica del peor antro de la ciudad después de dilapidar no sé cuántas monedas en jarras de vino y pipas de opio, pero, París, no te escandalices. El mejor placer no ha sido el de fumar hachís, ni el de embriagarme de vino. Tampoco el de acostarme con cualquier ramera de tres al cuarto. El mejor placer que he tenido ha sido el de probar unos labios que nunca llegaron a besarme, la misma mujer que yació junto a mí cada noche, pero nunca calentó mi cama, la única que, sin mirarme siquiera, ha provocado un incendio en mi corazón, y no existe suficiente agua en el mundo para extinguirlo, ni hay tantas mujeres en la tierra para saciar mi deseo de pasión carnal suscitado por ese Ángel Caído.

Pueda que ésa sea la mejor droga que nunca haya probado, y lo cierto es que no la he probado, pero ¿qué más da? Aún tengo tiempo de soñarte entre calada y calada, entre sorbo y sorbo, entre noche y noche, entre página y pagina. Pero, París, no te escandalices, al fin y al cabo, tú eres peor que yo, y, al fin y al cabo, la culpa de mi descenso a la locura la tienes tú. No te sientas celosa ni culpable, si a pesar de haberme impuesto la marca de los condenados sigo recorriendo tus entrañas cada noche, y cada noche vivo y muero en tus entrañas, amaneciendo día sí y día también en cualquier burdel de mala muerte con botellas y más botellas de vino tiradas por el suelo, apestando a hachís, con fatiga y dolor de cabeza, con el cuerpo destrozado y sin recuerdo alguno de la noche, tan sólo con unas líneas escritas en un papel manchado.

La noche ya está aquí, y el vino se ha apurado. París, es hora de que tu gente me vuelva a  señalar con el dedo con la más absoluta de las hipocresías mientras te recorro. Ha llegado la hora de repudiar la verdad en la oscuridad una vez más. París, no te escandalices, no te enceles. Voy a dedicarte los versos más hermosos esta noche entre las piernas de cualquier prostituta de tus suburbios.



Dedicado al poeta francés Charles Baudelaire (1821-1867) autor de "Las flores del mal". 

martes, 30 de abril de 2013

Tempus Fugit

No sé si lo que estoy viendo es un rojo crepúsculo o un lento amanecer escarlata. Sólo sé que esta es la sexta botella de alcohol que descorcho con el estruendo propio de un borracho y que parte del contenido cae en el suelo y que apenas me preocupo. Soy insensible a la algidez del cristal en mi boca, y al cálido sabor del alcohol pasando por mi garganta. Mi cuerpo está allí, pero mi mente anda perdida en alguna otra parte.

No recuerdo si lo que estoy viviendo es una rememoración confusa o una vaga realidad, o una especie de locura pasajera. El pasado parece mostrarse nítido hoy, ayer es caos, mañana... nada. Sólo sé que estoy explotando desgracias remotas que ya creía extintas para sentir que existo, aunque de una forma u otra sabía que nunca se acabarían de ir y en algún momento el dolor tendría que florecer de nuevo, de la misma forma que renacen los odios y rencores de antaño, porque las heridas del espíritu tienen la mala costumbre de ser antiguas y longevas, y de una memoria infinita, imposibles de olvidar, aunque el tiempo ayude a trasladarla de lugar en nuestro pecho. Hay cosas que pasan de la más absoluta de las nimiedades a la más importante de las razones de vivir, y lo que ayer fue una razón de vivir, mañana puede gozar de una indiferencia más pasmosa, y eso, al fin y al cabo, para todo ser humano consciente de las mutaciones que sufre el tiempo, es lacerante, pero no menos cierto es que acaba poniéndolo todo en su lugar, y al volver la vista atrás todo queda impregnado del matiz gris de la nostalgia que nos lleva a pensar que toda era pasada fue mejor. ¡Incluso los errores, los problemas parecen más pequeños que entonces! 

El tiempo pasa. Se agota. Y todo lo que se va, no vuelve. Reflexiono todo esto con un largo trago a la botella. Las oportunidades que dejaste pasar nunca volverán, pero su omisión siempre tendrá un peso sofocante sobre nuestra espalda, sobre nuestra conciencia, sobre nuestro corazón. La memoria siempre estará ahí para recordarte que has fallado, pero es de agradecer. Sin ella no me habría dado cuenta que es preferible la indigencia material a permanecer huérfano de corazón. Sin ella, no me habría dado cuenta de que estás siempre en mis pensamientos porque es inevitable. Ha pasado el tiempo, pero, imperecederamente, sigues habitando en lo más profundo de mi alma, y reniegas de irte. Eres la causa prima por la que estoy clavando mis pupilas en un disco dorado mientras, mentalmente, te dibujo entre las nubes con tu característica sonrisa. Así me doy cuenta de que hay cosas que nunca pasarán porque forman parte de nosotros, y que, por más que mueran, están condenadas a renacer eternamente, a existir en lo más hondo del recuerdo, como el hielo sobre una montaña cuando vuelve a soplar el frío invernal sobre sus picos rocosos, porque si algo odio de todo esto es que el momento se volvió estático cuando el instante se tornó gélido, como la botella que sujeto. Pero todo eso da igual. Al fin y al cabo, todo pasa, y, por desgracia, no serás una realidad, sino un recuerdo predilecto dentro de mis evocaciones mentales. 

El sol se apaga ya en la lontananza. El horizonte lo devora con lentitud. Los quejidos de los pájaros traen el rumor agonizante del astro gigantesco que pinta el cielo de rojo sangre. Las estrellas comienzan a salir a ver la solemne caída del día. Todo acaba. Todo pasa. Todo vuelve. La luz muere, pero mañana volverá a salir, aunque todo tenga su fin. De eso estoy seguro. El tiempo corre. Y bajo ningún concepto se detiene.

jueves, 14 de marzo de 2013

Charcos


Me gusta mirar en los charcos porque me parecen el reflejo de un mundo paralelo al de aquí. Allí todo cambia. Lo pequeño parece grande, lo lejano está más cercano, lo claro se vuelve más oscuro, lo secundario allí es único.

Cuando miras en él, a través de él, la realidad parece cambiar, y las verdades pasan a ser mentiras. Sólo tiene cabida la nostalgia de los recuerdos, la contradicción de un universo lleno de posibilidades y de sueños rotos que jamás podrán ya cumplirse.

Allí me veo reflejado. Te veo reflejada, dulce tormento, y converso contigo como si te tuviera delante de mí. Explícame, ¿por qué otro y no yo? Aún tengo la esperanza de oír una contestación de tus labios, pero tu rostro permanece inmutable. Dime, ¿en qué falle? Pero hoy decides parpadear y sonreír. Permaneces muda ante mis preguntas. Háblame, ¿qué hice mal? Ni si quiera hallo la respuesta en tus ojos opacos. No eres más que un fantasma del pasado incapaz de articular alguna palabra que alivie mi incertidumbre… Pero eres tan hermosa que la sola alusión de tus rasgos basta para alegrarme, para evocar los recuerdos más felices que he vivido contigo, junto a ti. Bella herida abierta… no te vas nunca de mi memoria. Te tengo siempre presente. Tal vez por eso te veo ahí reflejada. Tal vez es eso lo que quiero, que no te vayas nunca, que no me abandones jamás, pero no eres más que un espíritu, un aura incorpórea e intangible.

Todo es de una ilusión casi ofensiva, demasiado vano para ser verdadero, demasiado real para ser ficción, pero todo está impregnado de una esencia nostálgica que me resulta incluso irrespetuosa con el ayer. Y creo que se debe a que me parece un mañana, pero sé que no son más que reminiscencias de un tiempo pretérito que ya no volverá.

Me gusta mirar en los charcos, a través de los charcos, porque te veo, nos veo juntos, pero tantas esperanzas tan malévolamente auto infundadas hacen verdaderos estragos en cualquier corazón.

Me gusta mirar en los charcos, a través de los charcos porque desviando la vista se apaga una creación efímera que ya nunca volverá porque, realmente, nunca existió más que en el interior de cualquier conciencia, inducida por la esquizofrenia de un suceso ficticio aún latente en el presente, siempre vivo, siempre muerto… siempre agonizante, eterno, con un principio inexistente, con un final inventado.

Me gusta mirar en los charcos, a través de los charcos porque te veo, pero, ¿a quién quiero engañar? No me hacen falta gotas agua de lluvia acumuladas para pensarte porque siempre te tengo presente. Me gusta mirarte en los charcos, porque igual que el llanto de Dios; te evaporas y es como si nunca hubieras existido, pero dentro de mí, algo sabe que estás ahí, que siempre estuviste ahí, y que algún día volverás a tomar forma, como los pensamientos en los que te deseo. Como los charcos en los que te miro.

sábado, 2 de marzo de 2013

Habitación 134

Bruno estaba sentado sobre la silla de aquella lujosa habitación de un hotel de San Francisco. Llevaba una camisa blanca remangada, una corbata ancha roja, y un chaleco clásico negro, igual que los pantalones. Su pelo azabache y corto estaba repeinado hacia un lado, y sus ojos castaños oscuros estaban posados y absortos sobre un vaso de whisky que sujetaba con la mano derecha y que estaba apoyado sobre la mesa. No había iluminación mayor que las luces que procedían de las calles. Todo allí estaba en la más completa oscuridad y el más absoluto de los silencios. Fuera sólo se escuchaban coches. Ni si quiera el triste graznido de un ave. Aquella atmósfera le deprimía.

Suspiró y se levantó, no sin antes beber un largo trago de su vaso. Se paseó por la habitación dando vueltas  en círculos buscando algo con lo que entretenerse. Algo con lo que hacer desaparecer esa extraña tensión que le sobrecogía y que le oprimía el pecho. Necesitaba distraerse.

Reconoció en la penumbra una especie de tocadiscos sobre un pequeño escritorio caoba. Esparcidos a su alrededor había varios discos en vinilo de música jazz y blues. Se aproximó a ellos y comenzó a leer y observar sus nombres detenidamente: King Oliver, Eddie Condon, Duke Ellington… Los conocía a todos. Había tenido el placer y el privilegio de saborear su música en varias ocasiones. Alzó el brazo y acabó de beberse el último trago de whisky que quedaba. Ojeó de nuevo los discos y escogió uno de Louis Armstrong que colocó habilidosamente sobre el tocadiscos haciéndolo girar. Situó la punta del tocadiscos sobre el vinilo y se dirigió a la mesa en la que había estado bebiendo anteriormente. Agarró con fuerza una botella de contenido marrón y lo vertió cuidadosamente sobre su vaso cuidando de que no se cayera una sola gota fuera del recipiente. La música comenzó a sonar. Era un blues precioso. Lo había oído multitud de veces en pubs y bares de New York y Chicago. Depositó la botella de nuevo sobre la mesa y bebió un trago largo. Suspiró. y caminó hacia la ventana.

Esta vez el vaso recaía sobre su mano izquierda. La mano derecha estaba apoyada en el dintel de la ventana. Observó la ciudad. Era de noche, pero la ciudad no parecía dormir. Desde allí podía ver el Golden Gate Bridge, construido hacía poco tiempo, iluminado por las farolas y las luces que emanaban de los edificios. La ciudad bullía de vida aún en horas de somnolencia. Bebió contemplando ese hermoso paisaje urbano.

Notó unos brazos cálidos y húmedos envolviéndole la cintura. Sintió después unos labios recorriendo su cuello y miró de reojo hacia atrás. Era Giovannona, su amante. Tenía puesta una bata blanca de terciopelo que parecía ser cara. Sus ojos verdes centelleaban en la oscuridad como si fueran los de un gato callejero y su pelo castaño y mojado caía con sensualidad por sus hombros. Acababa de salir de la ducha.

-¿Ya has acabado de ducharte?-Preguntó Bruno.
-Sí. Ya he terminado.-Contestó. Paseó su dedo índice por el cuello de aquel fornido hombre y éste pareció no sentirse a gusto. Apartó su mirada de la calle e ignorando a Giovannona camino hacia el centro de la habitación. La puerta del cuarto de baño estaba abierta y Bruno miró al suelo mientras bebía un breve trago de su bebida.
-¿Qué te pasa?-Preguntó Giovannona.-Estás distante hoy.

-No me pasa nada.-Contestó Bruno de forma áspera. Sintió después las manos de su amante posadas sobre sus caderas y notó cómo el corazón se el aceleraba.-Para… por favor…
-¿Ya no me encuentras atractiva? ¿Es eso, Bruno?-Aquella hermosa mujer se encontraba ahora susurrando a su oído.
-No, no es eso, Giovannona.
-¿Entonces?
-No sé explicarte lo que me pasa exactamente.-Dijo mirando su vaso.
-Será que has bebido demasiado.
-Será… será... el alcohol nubla la mente del hombre.

La mujer masajeo suavemente los hombros de su amante mientras éste notaba cómo sus músculos se desataban y se relajaban poco a poco. Giovannona siempre había sido sinónimo de felicidad y alegría para él, pero aquella noche era distinta a todas las demás sin duda alguna. Sin previo aviso, sus manos dejaron de tocar los hombros de Bruno y ésta se encaminó a una cama totalmente desecha. Conforme avanzaba dejó caer la bata al suelo. Bruno se giró y contempló su cuerpo desnudo mientras ella se tumbaba en la cama. Sonrió mientras daba un nuevo trago de whisky. Conocía todas y cada una de las sensuales curvas de su bella anatomía. Todas y cada una de sus debilidades. Giovannona también conocía las suyas.

-Tendré que irme a dormir. Ya veo que hoy no estás por la labor de complacer a una dama.-Giovannona sonrió. Las sábanas cubrieron su cuerpo hasta la altura de su pecho y le dio la espalda a Bruno. Escuchó los andares del hombre que se aproximaba a ella lentamente. Sintió sus labios sobre su cuello y ésta se giró para besar suavemente su boca y acariciar su pelo. El corazón parecía que iba a estallarle en el pecho. Tenía el pulso acelerado.

-Voy al baño un momento si me disculpas.-Un último beso cayó por la garganta de Bruno mientras su amante miraba cómo se adentraba en el servicio aún con el vaso a medio acabar en su mano. El blues seguía oyéndose de fondo.

Bruno encendió las luces del servicio y se miró al espejo. No entendía cómo ni por qué había llegado a ese extremo. No sabía siquiera cómo había llegado allí. No se acordaba de casi nada. No se reconocía a sí mismo. Besar a Giovannona, a su Giovannona ayer habría sido motivo de júbilo donde hoy apenas quedaba una pasión gélida de un amor prohibido. Seguramente se debería a la propia naturaleza de su visita. Bebió un trago de whisky para envalentonarse y volvió a contemplar su reflejo. No veía vida en su rostro ojeroso. Apoyó ambas manos sobre el borde del lavabo y agachó su cabeza abatido, buscando una respuesta a todo aquello.- ¿Cómo he llegado a esto?-Se preguntaba. No entendía el origen de su nerviosismo. Había hecho aquello decenas de veces. Tal vez sería porque, lo que iba a hacer ahora, se lo iba a hacer a una persona que de verdad le amaba. Una persona que, para él, había tenido una importancia capital en su vida, había sido su punto de inflexión, su antes y su después. Sus ojos se posaron en el reflejo de su cara demacrada. Suspiró y bebió lo que quedaba de whisky en su vaso en dos sendos y largos y tragos. Dejó el vaso con fuerza sobre el lavabo y, metiéndose una mano en el bolsillo derecho de su pantalón salió del cuarto de baño.

Giovannona le miraba impaciente sentada sobre la cama.

-Has tardado mucho, ¿no crees?
-Demasiado poco, créeme. Demasiado poco.-Contestó con tono melancólico.  

Giovannona dirigió su vista hacia la mano derecha de su amante. Sujetaba una pistola Star de 7,65 milímetros.

-Ahora lo entiendo todo.-Dijo levantándose de la cama y poniéndose la bata de nuevo.- ¿Quién lo manda?
-Don Alessandro Cavaglieri.
-Entiendo.-Contestó agachando la cabeza.
-No deberías haber jugado con quien no debías, Giovannona. Tal vez las cosas hoy serían distintas.-La voz de Bruno se volvió más trágica y triste.
-Tal vez, Bruno, tal vez.-Giovannona se aproximó a él y le miró a los ojos mientras sonreía.
-Perdóname.
-Estás perdonado, amor mío. La culpa es mía. Como tú dices, no debí haber jugado con quien no debía. Si aún me quieres, acabemos con esto.

Giovannona agarró suavemente la cabeza de Bruno y comenzó a besar a su asesino tiernamente en los labios. Disfrutaba de su último beso. Bruno no se atrevió a pararla. Tampoco sintió la necesidad. Ése sería el último beso que daría a la persona que más adoraba en el mundo. Mientras aún andaban fundidos en el beso, Bruno elevó su mano derecha y puso el cañón de su pistola cerca de la sien de Giovannona. Mientras la acariciaba y su corazón ardía de lujuria, contó hasta tres en silencio y apretó el gatillo. Giovannona cayó al suelo totalmente fulminada. Su arma humeaba. Todo había acabado. De la sien de su amante corría un líquido rojo que se mezclaba con su pelo y caía al suelo manchando la habitación con su sangre. El blues había acabado. Aún muerta en medio de la habitación permanecía hermosa como una noche parisina.

Bruno se puso su chaqueta negra, colocó su sombrero sobre su cabeza, y se vistió con su gabardina gris oscuro. Antes de salir le dedicó una última mirada al único amor que había tenido en la vida.

-Hasta siempre, Giovannona.

Bruno cerró la puerta de la habitación 134. Un camarero se aproximó hacía la habitación portando varios platos de comida y una copa sobre una bandeja plateada. Cuando se dispuso a abrir la puerta, Bruno le paró interponiendo su brazo entre la puerta y el individuo trajeado.

-¿Es para la señorita Della Victoria?
-Sí, me ha pedido que le trajera la cena tarde y a su habitación, señor.
-Lamento importunarle, buen hombre, pero la señorita Giovannona Della Victoria se encontraba indispuesta y me ha pedido que le diga que cancele su cena. Ha decidido acostarse. Tenía un fuerte dolor de cabeza. Puede marcharse.
-Vaya…Gracias por avisarme, señor. Buenas noches.
-A usted.-Dijo elevando un poco su sombrero en señal de agradecimiento.

El camarero dio la media vuelta y desapareció por una de las esquinas del pasillo. Bruno bajó las escaleras con tranquilidad y salió a la puerta de aquel hotel, cerca del Golden Gate Bridge en la bulliciosa ciudad de San Francisco. Ya en la calle sacó un puro de su gabardina y lo encendió con una cerilla que traía en una cajita en su bolsillo izquierdo. Aspiró la primera bocanada de humo sin disfrutarla. Ya no tenía a Giovannona a su lado para disfrutar del aroma de su puro. Dirigió un último vistazo a la ventana que daba a la habitación 134. Suspiró y su corazón se llenó de dolor. Había perdido lo que más amaba en el mundo. Para siempre. La había matado con sus propias manos por capricho de don Cavaglieri porque había desobedecido y deshonrado a la familia. Con esos pensamientos y un hondo sentimiento de culpa se hundió en la oscuridad de las calles de San Francisco mientras fumaba y deseaba no haber nacido para presenciar aquella tragedia.-Giovannona.-Se repetía a sí mismo mientras negaba con la cabeza. Bruno agachó su cabeza y continuó andando sumido en el silencio de sus reflexiones mientras daba largas caladas a su puro pensando en qué haría ahora, en todo lo que dejaba atrás… en todo lo que había perdido.

martes, 1 de enero de 2013

La danza de los lobos

Se había hecho de noche. Selene había iniciado su viaje por el cielo, con un carro plateado tirado por bueyes sustituyendo a su hermano Helios que ya había terminado su habitual recorrido.

 Hacía frío. Mucho frío. Las nevadas de los días anteriores al 31 de diciembre habían dejado temperaturas glaciares. Las cumbres de las montañas lucían nevadas, el suelo estaba completamente blanco, y los ríos arrastraban un caudal cristalino abundante propio de las frías noches invernales. 

James miraba por la ventana. Sus hijos jugueteaban frente a una chimenea encendida cuyo fuego comenzaba a morir. No había más leña dentro de la casa. Tendría que salir a por madera para no morir congelados allí dentro. Se aproximó a la entrada de la puerta y cogió un hacha enorme aunque gastada por el tiempo. Sus hijos se aproximaron a él y le dieron sendos y sonoros besos en la mejilla. Su esposa, sonriendo, se acercó a él mientras limpiaba sus manos llenas de carne de pavo sobre el delantal. Había estado preparando la cena. Lo abrazó y le propinó un tierno beso en sus labios carnosos. Sus ojos se cruzaron.-Vuelve pronto, el año acabará enseguida.-Dijo ella.-Tranquila.-Añadió él.-Sólo cortaré un poco de leña en el bosque, creo que en media hora o así estaré ya aquí.-Ambos volvieron a sonreír con ternura y se besaron de nuevo. James abrió la puerta y se marchó.

Aquel hombre llegó al linde del bosque. Tras él, se alzaban, majestuosas, las cimas de las montañas completamente blancas. Sus piernas se hundían casi hasta la rodilla en la nieve. Tiritaba de frío. Lo único que tenía para darse calor era un abrigo grueso y marrón claro y el vaho que su boca despedía en aquella noche helada. En la lontananza, un lobo aulló rompiendo el silencio nocturno, elevando sus quejidos hasta la propia Luna que miraba, impasible, desde sus negros dominios, más allá de la bóveda celeste. Parecía tener hambre, pues, el bramido desgarrado, a pesar de la lejanía, se oía débil, casi moribundo. James no le dio importancia y se aproximó al primer abeto que vio bueno para sus propósitos y comenzó a hundir el hierro del hacha en el tronco del árbol. Los quejidos de aquellos perros salvajes comenzaba a multiplicarse, pero aún sonaban lejanos. Demasiado lejanos como para levantar cualquier sospecha de un ataque. 

James miró al cielo. Había varios trozos de madera repartidos sobre la nieve. Con eso sería suficiente para pasar lo que quedaba de noche. Al día siguiente volvería a por más, y se aseguraría de llenar el almacén de madera de nuevo para evitar cosas como la de esa noche. Miró hacia su casa. Aún salía humo de la chimenea. Sonrió y cogió los trozos de leña con sus dos fornidos brazos y colocó el hacha sobre estos. Mientras tanto, tras las sombras, unos ojos amarillos lo espiaban. Unas fauces de colmillos afilados emitían leves gruñidos tras los árboles mientras observaban a su presa que permanecía tranquila y ajena a cualquier peligro. Pasaban su lengua larga por entre sus dientes. Se relamían ante el distraído manjar que tenían delante. 

James comenzó a andar hacia casa cuando escuchó tras de sí un rugido que llamó su atención. Se giró rápidamente y allí observó una comitiva numerosa de lobos grises que lo miraban con gula. Comprendió de inmediato que él sería su cena. Arrojó los pedazos de madera hacia el suelo nevado y blandió el hacha por el mango agarrándola reciamente. Un nuevo quejido salió de entre los árboles, detrás de los lobos, y de ellos salió un hermoso ejemplar de pelaje blanco y ojos oscuros, de porte noble y de una mirada tan helada que congelaría al propio fuego. La frialdad de sus ojos sólo podían compararse a los glaciales antárticos, y sus colmillos, sus afilados colmillos, eran similares a dagas de marfil. Se paseó entre los lobos y quedó delante del aterrorizado James. Aquella bestia también expulsaba vaho de su hocico a la par que su garganta gruñía con fuerza. Se relamía mostrando su sonrisa maléfica e inquietante. Entonces, y sin previo aviso, el animal blanco, junto con el resto, comenzó a dar vueltas alrededor de su víctima atemorizada. James comenzó a ponerse muy nervioso. Mirase hacia donde mirase había lobos cortando su camino, observándole, calculando sus ataques y la situación en la que estaban. Eran perfectos cazadores que danzaban alrededor de James en plena armonía, como si fuera una coreografía. Ninguno alteraba su ritmo. Ninguno alteraba su monótono recorrido alrededor de su trofeo. Cada vez que James se movía, uno de los animales gruñía y le enseñaba las fauces. 

James perdió la noción del tiempo mientras, con su hacha, señalaba, amenazante hacia sus cazadores. Debía ser más de la medianoche. Su familia ya habría celebrado el fin de año sin él. En estos pensamientos estaba cuando su visión se cruzó con la del lobo blanco, visiblemente más grande que el resto de sus acompañantes. Éste lanzó un aullido y James sintió un profundo dolor a su espalda. Gritó y, con violencia, agarró a uno de los animales que se había enganchado a su espalda y lo lanzó contra el suelo. Su espalda comenzó a manar sangre que caía, caliente sobre la nieve. Varios arañazos y zarpazos eran ahora visibles en su cuerpo. Su pecho subía y bajaba con violencia. El dolor se apoderaba de sus músculos. La cacería había comenzado. La danza se había convertido ahora en una tormenta de saltos, bocados, gruñidos y heridas  para ambos contrincantes. James, la víctima, se negaba a ceder, pero el hambre de los lobos y la promesa de llenar sus estómagos era más fuerte que la esperanza de supervivencia de su presa moribunda. Un lobo gris corrió hacia él de frente y James se preparó para asestarle el golpe fatal con el hacha, pero, de imprevisto, el lobo giró hacia su izquierda y, por la derecha, otro de aquellos inteligentes animales saltó hacia la mano de James y le propinó un fuerte mordisco. El hacha cayó al lado de éste y su mano comenzó a sangrar. Se apretó el miembro afectado con fuerza para aliviar su creciente dolor. Los lobos estaban inmóviles. Sonreían. James dirigió su vista al suelo y comprendió que estaba perdido, aquel sería su final. No podía volver a coger el hacha. No podía bajar sus defensas y exponer sus heridas mortales. Sólo podía correr. Llenó de aire sus pulmones y lanzó un puntapié al primer lobo que vio y comenzó su huida. El lobo gimió de dolor, pero sus compañeros comenzaron una persecución contra su agresor. Se habían separado en dos grupos que corrían a ambos lados de su caza sin atreverse a atacar. James no entendía por qué.

Conforme pasaba el tiempo notó que los lobos aminoraban su marcha y volvieron a formar un solo grupo detrás de él. James vio su casa. Estaba cerca. Sus esperanzas aumentaron. Un esfuerzo más y estaría en casa pero... ¿dónde estaba el lobo blanco? ¿Dónde se había metido? Tras él sólo quedaban los ejemplares grises que continuaban mostrando sus dientes. James negó con la cabeza.-No pienses en eso. Tienes tu casa delante. Ya da igual. Se habrá quedado rezagado.-Pensó. 

Quedaban menos de veinte metros para llegar a su morada. Sonreía. Ya casi estaba... pero algo le hizo precipitarse hacia el suelo de espalda. La nieve helada se coló entre las heridas abiertas de su espalda y sintió un gran escozor. Abrió los ojos y el miedo se apoderó de su rostro. Allí delante estaba el lobo blanco, hundiendo sus garras en el pecho de James. Sus ojos centellearon y sus enormes fauces desgarraron el cuello de su presa. James no podía gritar ya. Sintió una fuerte presión sobre sus brazos y piernas y vio que el resto de lobos ya estaba festejando su festín comiéndose su carne cuando aún estaba vivo. Aquello era espantoso.

Ana se impacientaba. James aún no había vuelto y hacía más de dos horas que se había marchado a por leña. Dentro de la casa comenzaba a hacer frío y la fiel esposa decidió salir a buscar a su marido. Repitió el mismo proceso que su esposo había realizado a la hora de marcharse y observó, a menos de veinte metros de su casa un bulto gigante. Se aproximó hacia aquella masa fofa y no pudo, por menos, que contener sus lágrimas.-¡James!-Gritó mientras abrazaba a su inerte marido. Su rostro se llenó de la sangre procedente del pecho de su cónyuge. Tenía heridas en los brazos, en las piernas, en la garganta... todo su cuerpo estaba lleno de dentelladas. Ana se lamentaba de lo sucedido mientras lloraba sobre el cuerpo de su compañero cuando detrás de ella escuchó un gruñido. Se giró y contempló una manada de lobos grises presididas por un enorme lobo blanco. Sus hocicos estaban rojos. Entonces, sin previo aviso, comenzaron a andar en círculos alrededor suya. Sólo Selene era testigo de aquel baile macabro.

domingo, 2 de diciembre de 2012

The Slenderman

Tristán corría por el bosque sin mayor luz que la de una linterna. Se había perdido por el bosque y era de noche. La luz artificial apenas alcanzaba para iluminar un par de metros más allá de su posición. Miles de ojos le observaban entre la oscuridad, entre la niebla. Se sentía verdaderamente perseguido a pesar de que las miradas que se clavaban en él no eran más que la de animales curiosos, pequeños roedores que se habían sentido atraídos ya fuese por la luz, o ya fuese por la rara presencia de un niño humano de no más de once años. Tiritaba de frío y de terror. La noche invernal se cernía sobre su cabeza y el abrigo rojo que llevaba no era suficiente para aplacar las bajas temperaturas que le calaban los huesos. De su boca salía un vaho que se confundía con la niebla. No veía más que árboles. Árboles y más árboles. Árboles y más árboles. Ahora pensaba en las palabras de su madre -no te alejes mucho, que puedes perderte y no te vamos a buscar.-Decía con una sonrisa. ¿Qué debían estar haciendo sus padres ahora? Se imaginaba a su madre llorando desconsolada en el coche mientras su padre la abrazaba y le mentía diciéndole que todo iba a salir bien. 

Un aullido salió de boca de un lobo. Se oyó bastante lejano, pero Tristán ya se hacía la idea de que esa noche moriría bajo las fauces de alguna de aquellas bestias salvajes. Miraba hacia ambos lados desconcertado, buscando alguna pista que le llevase por el buen camino, pero todo le parecía igual. Los ojos seguían centelleando en la oscuridad, el miedo seguía tomando el corazón del niño, y el frío helaba su garganta y sus pulmones ahogando los escasos gritos que daba.

Entonces comenzó a fallarle la linterna. Un sudor frío recorrió la frente de Tristán que comenzó a golpear con violencia la linterna.

-No, por favor, ahora no, ¡no me falles, por favor!

Echó un nuevo vistazo al bosque. La tenue luz lunar sólo dibujaba rostros maléficos y escenas terroríficas entre las ramas del bosque. Apenas iluminaba el suelo a causa de la niebla que lo envolvía absolutamente todo. Todo parecía ahora más oscuro que antes, y el miedo aumentó en el pecho de Tristán que seguía golpeando la linterna, ahora contra el suelo y de rodillas. Pareció volver a funcionar y, elevándose, iluminó al grupo de árboles que tenía delante cuando vio una silueta que le resultó familiar. Sintió cómo el aire le faltaba en los pulmones. Abrió y cerró los ojos. Allí no había nada. Se tranquilizó. El miedo parecía haberle traicionado. 

-No existes... sólo estás en mi imaginación. No existes, no existes... Sí... eso es... no existes.-Murmuraba.
-¿Estás seguro de ello, Tristán?

El chico se giró de inmediato y cayó al suelo de espaldas. La linterna se desplomó varios metros más allá de donde estaba y su rostro palideció. Ante sus ojos se alzaba la figura de un hombre enorme, delgado, pálido, con un traje de chaqueta negra y sin rostro.

-¡No existes! ¡Déjame! ¡Vete!
-¿Seguro? ¿Si no existiese podría hacer esto?-Una mano de aquel hombre agarró la linterna y la hizo añicos.-Parece que todo es más real ahora, ¿no?
-No existes, no existes.-Tristán se arrastraba por el suelo mirando al monstruo que tenía delante. Su voz era ronca, e irradiaba maldad. Una risa maléfica salió de su garganta.
-Estoy aquí por eso, Tristán, porque dices que no existo. Te has burlado de mí durante años, de las historias que contaban. No les has dado credibilidad y has ridiculizado a los niños que la vivieron, como tú, perdidos en un bosque. ¿Crees que no sé que te reías de ellos cuando visitaban al psicólogo porque tenían pesadillas conmigo? Lo sé todo, Tristán. Lo sé y lo he visto todo. 
-No eres más que un producto de mi imaginación...
-Sigue convenciéndote de que no existo, así le darás emoción al juego. ¿Sabes a qué me gusta jugar, Tristán?-El niño negó con la cabeza.-Al escondite. El que pierde muere, ¿qué te parece si jugamos un poco? Esta noche es perfecta para jugar.-Una risa maléfica salió del hombre.

El niño comenzó a correr por el bosque como si fuera una gacela. Esquivaba los árboles con agilidad y se desplazaba con una velocidad impropia. Aquello no podía estar sucediéndole. No... Aquel ser no podía existir, aquel ser con el que habían intentado asustarlo desde pequeño para que no se escondiera en los bosques, aquel ser del que tanto se había reído no podía ser real. 

-Así que quieres esconderte tú, ¿eh? Está bien... contaré hasta diez, Tristán, y después te buscaré, ¿de acuerdo?-Una nueva risa inundó el bosque de miedo. Los roedores que se habían mostrado curiosos ahora huían a sus madrigueras, y los búhos, ante expectantes volaban sobre la cabeza de Tristán buscando algún agujero en el que refugiarse.
-Uno.-Tristán continuó corriendo sin parar. La respiración era cada vez más dificultosa a causa del aire helado que se colaba por su nariz y hería los pulmones.
-Dos... Tres...-La figura de aquel monstruo parecía estar en todos lados por los que corría y su risa embotaba sus sentidos.
-Cuatro... Cinco...-Tristán alcanzó a ver una casa a lo lejos. Parecía abandonada, pero  se convenció de que allí estaría seguro.
-Seis... Siete...-Tristán abrió la puerta y la cerró con gran estruendo. Allí estaría a salvo. Se colocó bajo una ventana para poder ver lo que pasaba en el bosque.
-Ocho... Nueve... Diez... ¡Allá voy Tristán!-Una risa diabólica salió de su garganta y se coló por todas las ramas del bosque. 

El infante temblaba de miedo, pero algo dentro de sí le decía que allí dentro estaría seguro hasta que amaneciese. Miró por la ventana y vio acercarse la figura del hombre, pero éste pareció no percatarse de su presencia y continuó su marcha en dirección opuesta a la casa. Pasados unos minutos, Tristán se atrevió a levantarse y a inspeccionar. El monstruo no volvería, al menos, por el momento. 

La vivienda estaba completamente a oscuras. No había luces, ni velas, ni nada para iluminarla. Tristán suspiró y continuó su exploración. Todas las habitaciones estaban vacías y el mobiliario era escaso: una cama en una habitación, una armario en otra... decidió subir, con cuidado, los peldaños de una escalera que daban a una planta superior. Allí siguió su búsqueda y dio con un cuarto de baño sucio y mugriento, así como dos habitaciones más similares a las de abajo. Suspiró y miró al techo cuando encontró una nueva habitación. No se había percatado antes de su existencia porque la puerta estaba casi cerrada y no había reparado en tal detalle. Con su mano derecha empujó suavemente la puerta y ésta se abrió no sin un chirrido molestó. Tristán dio dos pasos y su sangre se heló. Su corazón, nervioso, se aceleró hasta el punto de asfixiarse por la velocidad a la que corría su linfa por las arterias. Sus miembros paralizados, sus labios morados, su piel pálida... sus ojos... presenciando aquel terrible espectáculo. Decenas de cuerpos en putrefacción, huesos varios, miembros esparcidos por toda la habitación convertían aquel lugar en un espectáculo infernal. Sintió cómo la bilis le subía por el esófago y le hervía la laringe. Se giró para salir de ahí inmediatamente.

-Parece que has encontrado a tus nuevos amigos, Tristán.-El monstruo estaba delante suya. Tristán tropezó y cayó justo encima de los cuerpos muertos que resultaron ser de niños.- ¿Qué te parece si te unes a ellos? ¡Eso te enseñará a no volverte a reír de Slenderman! 

Unos tentáculos salieron de la espalda del monstruo y penetraron por la boca del chico hasta llegar a la garganta. Comenzó a ahogarlo mientras lo sostenía con sus dos huesudas manos y sus frágiles brazos a un metro alzado del suelo.

-Ya no parece todo tan gracioso, ¿verdad, Tristán? ¿Qué te pasa? ¿Por qué no te ríes ahora? Te noto como ahogado...-La risa tomó toda la habitación mientras los ojos de Tristán se iban vidriando poco a poco. Movía sus pies buscando el suelo y trataba de liberarse de aquel monstruo. Varias lágrimas salieron de sus ojos mientras sentía cómo sus pulmones no recibían el oxígeno necesario para vivir, cómo su sangre comenzaba a fluir lentamente y, como de su corazón descendía la velocidad de sus latidos. Comenzó a cerrar los ojos cuando cayó al suelo y una bocanada de aire penetró por sus pulmones que se ensancharon. Comenzó a toser y a respirar con dificultad. Miró a su alrededor... no había cadáveres y Slenderman tampoco estaba allí. Se levantó y salió al bosque corriendo. Atravesó los árboles con la misma velocidad que antes mientras lloraba. Estaba vivo que no era poco. Su corazón se llenó de esperanza cuando vio, a lo lejos, dos luces y escuchó a dos personas gritando su nombre. Las voces le resultaron familiares.

-¡Mamá! ¡Papá! ¡Estoy aquí!-Tristán aceleró su marcha hasta caer en brazos de su madre que tiró la linterna al suelo y lo abrazó tiernamente.
-Creíamos que te habíamos perdido para siempre. Prométeme que nunca más te escaparás así, ¿de acuerdo?-Tristán asintió.

Su padre le cogió en brazos mientras se dirigían hacia el coche que estaba fuera del bosque, unos cientos de metros más hacia delante en línea recta. Tristán dedicó una última mirada a la arboleda y lo vio allí una última vez. Postrado de pie al lado de un árbol. Mirándolo sin ojos. Llamándolo sin boca. Respirando sin nariz. Riéndose sin garganta... Slenderman...