miércoles, 19 de enero de 2011

El Impulso de la Tormenta Parte III

Heracles corría como si fuera un demonio impulsado por los latigazos del propio Lucifer por aquel austero y sombrío paisaje.

La noche, que todo lo tornaba en misterioso, estaba totalmente cerrada y tan siquiera el fulgor de alguna estrella podía notarse en el cielo porque los nubarrones de tormenta habían cubierto absolutamente todo el cielo y nada se dejaba ver entre su aura oscura y grisácea que despedía miles y miles de gotas de agua de forma continua y fuerte.

Los árboles dibujaban en la noche un sin fin de formas sepulcrales, muchas de ellas terroríficas y góticas, pero, al fin y al cabo, todas ellas siniestras. Todas las formas parecían sacadas de un libro de terror y donde había árboles secos que servían de leños, ahora parecía que todos eran rostros agónicos situados entre la inmediación de la vida y la muerte. Los silbidos del viento traían consigo los lamentos de muerte arrancados de las ramas de los árboles al pasar entre ellos, y de vez en cuando, se le sumaba al tétrico espectáculo el aullido de algún lobo o el chirriante sonido de alguna bestia nocturna.

A pesar de todo, Alexander seguía expectante a todo cuanto le rodeaba, sintiendo como la fría lluvia le mojaba sus ropas y su hermoso pelo despeinado por la velocidad hasta llegar a los huesos y despertar la confusión y la curiosidad hacia lo extraño en su corazón que se reflejaban en su fiero rostro cuya clara mirada no cesaba de posarse en todo cuanto se movía.

Anduvo perdido varias horas hasta que, lo que parecía ser el Sol del crepúsculo, empezó a despuntar y clareó un poco el oscuro paisaje nocturno.

La luna, dama de la noche, se iba a acostarse ya y el astro rey asomaba ya por entre alguna de las nubes de invierno; pero seguía lloviendo con una potencia sobrenatural y la tierra había comenzado a vomitar toda aquel agua que no había podido ser absorbida dejando un enfangado paisaje vespertino.

Mas, ya con toda esperanza perdida, siguió Alexander en su búsqueda y fue a topar con una especie de claro minúsculo, formado apenas por un par de metros y justo al lado suya, había una gran superficie de agua que el barón Wescher de Röcken había identificado con un estanque cercano a su casa, lo que le hizo suponer que estaba en el corazón del bosque... Pero su corazón se paró y su rostro perdió todo color ante la sorpresa que se llevó.

No, no fue el estanque revuelto cuyas aguas cristalinas estaban ahora ennegrecidas a causa del barro y de las gotas de lluvia que seguían cayendo sin cesar. No. no fue la lluvia ni el paisaje; fue una presencia que nunca antes había visto.

Esa persona era una mujer alta que portaba un vestido de seda blanco totalmente seco y que estaba acompañada por un aura mágica y dorada que destellaba en todo el paisaje haciendo que lo muerte pareciese vivo de una extraña forma. Sus cabellos dorados y semi rizados emitían un leve brillo que iluminaba y volvía cálida parte de la gélida y oscura atmósfera del amanecer, mientras que sus ojos... Sus ojos eran unas puertas del alma hermosas: eran de un azul profundo con más claridad que los luceros y de mayor profundidad que los amplios e infinitos mares, parecían unos lagos gemelos en calma, un pedazo de cielo en una mirada... Unos ojos que no parecerían ojos si no fuera por la pupila, pues el hermoso iris de aquella joven muchacha eran unos verdaderos zafiros que no le hacían falta las luces de nada para brillar ya que constituían un hermoso destello azulado por si mismos.

¿Era aquello un ángel, o un demonio? Sea lo que fuera, Alexander sintió especial atracción hacia ella y tras bajarse de su gallardo caballo avanzó unos pasos. Era aquello, sin duda, un ángel caído, y poco le importaba al barón que fuera un diablo con forma de mujer, que un bello guardián de las puertas del cielo o un alma en pena, pues, había quedado prendido de su belleza tan sólo mirándola.

-¿Quién eres?-preguntó Alexander.-¿Cuál es tu nombre?

Pero ella no contestó... Por que básicamente, ya no estaba allí. Se había evaporado. Se había ido, y lo había echo de una forma fantasmagórica pues, el rayo de luz que la había traído, también vino a buscarla como si propiedad suya fuese, y ella, sumisa, dejó que el haz de luz la transportase de nuevo hacia el cielo del que había caído. Y ella se alejaba amórfamente... El bello cuerpo de la mujer se transformaba ahora en una especie de vapor plateado que subía sin detenerse.

Miró Alexander, cómo se alejaba la hermosa fémina que acababa de ver, y, aunque no pudo saber su nombre, el asintió convencido mientras se subía al caballo y retomaba su camino de marcha a su castillo con la lluvia cayendo con violencia sobre él.

-Te llamaré... La Dama de la Tormenta, ángel caído. Tus ojos constituirán mi legado, tus cabellos, mi tesoro... Y tu aliento... Será mi único motivo de existencia. Volveré, Dama de la Tormenta, volveré a buscarte... Ángel Caído.

lunes, 17 de enero de 2011

El Impulso de la Tormenta Parte II

Aquella noche parecía que la cosa estaba algo más calmada. La lluvia no irrumpía con tanta fuerza en los techos del castillo de Alexander quien, por una noche más, no podía dormir y se quedó postrado en un amplio y cómodo sillón de tela roja en medio de un gran salón.

La estancia era iluminada por la luz de una moribunda chimenea casi sin leños que echar y la semipenumbra dejaba entre ver varias antorchas y candelabros predispuestos de forma ordenada por la habitación siendo todos ellos de cobre. En las inmediaciones del ya mencionado salón, descansaba una gran mesa rectangular que cubría un amplio espacio de la sala y quedaba custodiado por dos sillas; una a cada extremo siendo ambas de madera de roble muy delicadamente pulidas con hermosos adornos en los banzos que acababan en una especie cabeza de dragón y en los enormes espaldares de la silla sobresalía por la parte de arriba lo que parecía ser una cabeza de lobo con las fauces abiertas.

Había tres puertas en la sala; la principal, una puerta rectangular acabada en semicírculo y que presentaba un gigantesco picaporte de oro con la forma de un cisne que contrastaba con el elegante tono marrón oscuro de la puerta, y para acabar, dos humildes portecillas, una de las cuales, daba a la cocina y la otra a una estancia mayor que conducía al cuarto de los criados.

Custodiaban la puerta principal, dos tapices con la heráldica familiar bordado en él con hilo de oro y fondo azul, destacando también el hermoso tapiz que yacía arriba de la chimenea cuya figura era la de un dragón que parecía volar. Y si algo seguro hay, es que la familia de Alexander van Wescher era muy aficionada a los cuentos de trovadores y juglares y a la fantástica mitología germana, razón por la cual, en aquella habitación habían hecho al lado derecho una especie de vidriera que cubría una mínima parte y daba directamente al jardín del castillo.

La vidriera representaba un pasaje del Apocalipsis donde se veía un halo de luz bajando desde el cielo y varios ángeles descendiendo del mismo con una espada en ristre y bajo estos, una especie de herida en la corteza del suelo del que salía un dragón acompañado de algunas llamas y cuatro jinetes tras de sí.

Contemplaba Alexander absorto dicha imagen y reflexionaba sobre ella cuando de repente, y sin creerlo, vio bajar del cielo un haz de luz semejante al de la lujosa vidriera y su cuerpo se estremeció instantáneamente.

Relacionaba todo cuanto acababa de acaecer en su mente y a su cabeza venían varios versículos del Apocalipsis y se temió lo peor; tal vez los ángeles estuvieran bajando del cielo para librar una nueva batalla contra el mal y los demonios que se propagaban a través de las mentes y corazones de los hombres haciéndolos malvados y crueles con su prójimo. Pero algo dentro de sí llamó su atención y sintió plena curiosidad por saber que era aquello que sus ojos habían visto; si era un ángel o un demonio, quería verlo con sus propios ojos aunque ello le costase la vida.

Armose el valiente barón de Röcken y sin que nadie se percatara de su presencia por los pasillos, descendió deprisa como el haz de luz que acababa de ver y se precipitó corriendo hasta las caballerizas del castillo situadas justo en una esquina del patio donde estaban los jardines.

Allí, entre las pajas que comían las bestias y el relincho de los animales sorprendidos ante la presencia de su señor, buscó su corcel, un corcel blanco con una pequeña mancha marrón en su hocico y de crines larga y hermosas que era llamado cariñosamente por si amo como "Heracles", puesto así por la majestuosidad que mostraba en el trote el potente animal y por la velocidad que alcanzaba en campo través.

Una vez ensillado, golpeó suavemente la cabeza de su montura y se subió sigilosamente cruzando primero una pierna por encima del animal. Tras ésto, golpeó con los estribos a su montura y ésta, lejos de desbocarse, se colocó a dos patas para mostrar si cabe aún más la pureza de su sangre mientras lanzaba al aire un desgarrador relincho semejante a un fiero grito de guerra de los antiguos teutones.

-¡Corre Heracles! ¡Corre más raudo que el viento!-Animó Alexander a su montura.

sábado, 15 de enero de 2011

El Impulso de la Tormenta

I

Aquel joven robusto y de cabellos negros como la boca de una cueva miraba al exterior desde un pequeño ventanal situado a varios metros sobre la mojada superficie terrestre en un pequeño torreón de piedra grisácea.

Sus ojos marrón claro oteaban el horizonte buscando respuestas a los extraños fenómenos de la noche lluviosa a la par que la lluvia se estrellaba contra la superficie rocosa de la torre del castillo en que vivía. Y es que el joven barón de Röcken vivía espectante ese momento.

No había luna alguna en el cielo; todo era un cúmulo de nubes grisáceas tapando todo rayo de luz que pudiera provenir de los astros nocturnos. ¿Todo? No... Todos no.

En mitad de la noche, mientras la lluvia se veía reflejada los ojos claros de Alexander, el barón de Röcken, una especie de rayo plateadoo surcó los cielos hasta dejarse caer en un bosque de forma rápida pero delicada, como si el cielo quisiera depositar una muñeca de porcelana en la tierra de forma instantánea pero que esta no se rompiera.

¡Era tan extraño! Un haz de luz aquella noche tan negra, tan oscura, tan lluviosa... ¡Una noche mágica para todos! ¿Para todos? ¿O sólo para Alexander?

El joven barón se giró ipso facto al escuchar el singular ruido de unos zapatos por las cercanas escaleras que conducían de la torre a las inmediaciones del castillo y vicebersa.

El eco se hacía cada vez más evidente y cercano aunque seguía siendo igual de lento que en sus comienzos. Los truenos rompían con gran estruendo el eco de la  monórrima melodía de los zapatos al entrar en contacto con el suelo mientras que, muy de vez en cuando, un rayo partía el cielo en dos y su hermoso destello se colaba por el estrecho ventanal de la torre y la lluvia seguía muriendo al contacto con la roca mate del feudo y constituían una especie de fondo musical torpe que no cesaba ni un momento de sonar como si fuera un tambor repicando ante la ejecución de un reo bajo garrote vil.

Segundos más tarde, al caer un rayo e iluminar la fría estancia, una gruesa puerta de madera se abrió y dió paso a un hombre bastante mayor que lucía una frente despejada y que no tenía más pelo que el que le colgaba de la nuca y que no suponían más que un pequeño brote de cabellos blancos semejantes a una brizna de hierba alta en medio de un prado.

Los ojos marrón oscuro de aquel alma escueta que respondía al nombre de Otto escudriñaron la pequeña sala y estudiaban con precisión al hombre que reposaba cerca del ventanal.

Otto llevaba una especie de candelabro cuyas velas iban muriendo conforme pasaba el raudo tiempo y cuya anterior vida quedaba resumida a pequeñas gotas de cera que silvaban al caer al suelo frío del castillo.

-Señor... ¿Qué haceis aquí? ¡Vamos a dormir que ya es tarde! -Aconsejó Otto.
-No puedo dormir, Otto.
-¿Por qué causa?

Alexander miró por la ventana una vez más mientras pronunciaba unas palabras a su fiel y servicial criado:

-He visto caer del cielo un haz de luz, Otto, y esto ocurre cada vez que llueve.
-¿Y le dáis importancia a ello? ¡Será un rayo que cae del cielo! ¡Pasa siempre!
-¡No era un rayo! ¡Es imposible que fuera un rayo! ¡Ni serpenteaba ni fulgía de forma amenazante como él! ¡No! Era como una mujer...-Contestó Alexander mientras volvía lentamente su mirada hacia Otto.
-¿Qué? ¡Desvariáis! ¡Una mujer decís! -Exclamó Otto sorprendido llevándose su mano derecha libre hacia su costado.-Señor, vamos a dormir, es tarde y el cansancio le hace ver cosas que no son.
-Sí no es una meujer, entonces es un ángel caído.-Dijo convencido Alexander.
-Señor, el único ángel caído que existe es Lucifer y que Dios lo aleje de aquí. Está cansado. Vamos.

Otto hizo una señal para bajar y agarró de forma amistosa a su señor por el brazo mientras este caminaba de forma lenta cuando de repente, el barón de Röcken quedó petrificado ante su criado y le lanzó una pregunta:

-Dime pues, ¿Qué crees que es?
-Será un rayo de luna, señor.
-Sí... Un rayo de luna... Claro...

La decepción se apoderó del rostro de Alexander mientras bajaba cabizbajo tras la delgada figura de su criado y amigo. Pero dentro de sí, había algo que negaba las racionales palabras de Otto. -No. -Pensó Alexander- Tiene que ser otra cosa...

Y con este pensamiento, Alexander van Wescher, barón de Röcken, se dirigió lentamente hacia sus aposentos en el castillo para comenzar una larga e insómnica noche donde el pensamiento sería el principal protagonista... Y su principal tortura.

martes, 4 de enero de 2011

El Ocaso de los Sentimientos

Moría la luz en el reciente ocaso del Sol y se teñía el cielo de un cierto tono rojizo que contrastaba con el vaiven de las olas azules que encontraban su final apoteósico a los pies de un rocoso y fuerte acantilado de diversos tonos grisáceos.

Las nubes blancas habían comenzado a adquirir cierta tonalidad oscura dentro de su blanco inmaculado y quedaban reflejadas en la plenitud del mar cristalino que sobrepasaba los límites insospechados del conocimiento humano y se perdía más allá del horizonte, donde el ojo humano no alcanzaba a ver más que una fina línea abstracta donde mar y cielo se fundían y tocaban como el abrazo de dos amantes obligados a estar separados por la distancia y el tiempo de forma casi perpetua.

Quedaba en el recuerdo del Sol semi oculto, la imagen de una persona solitaria, con los brazos en cruz, disfrutando del momento y llenando sus pulmones con la brisa marina vespertina. Estaba peligrosamente cerca del borde del abismo y sus ojos cerrados y su boca sonriente parecían delatar aquel instante de gozo y placer. Aquel instante de libertad.

Sólo interrumpía el silencio el mar en constante movimiento, el choque de sus olas con el acantilado, el graznido de una bandada de gaviotas que cruzó el firmamento y, en menor medida, la respiración del extraño individuo cuyo pecho subía y bajaba al son de sus exhalaciones y al ritmo del choque de las olas.

Se mostraba tan complacido que parecía que nada en el mundo podría enturbiar su aparente calma, su libertad. Aquel espíritu libre se asemejaba al mástil de una bandera; tan solo y tan lleno de significado, tan libre como los pájaros del cielo, más inmenso que el mar en toda su magnitud. Tan minúsculo y tan grande... ¡Cómo si fuera el rey del mundo! Como si nada aconteciera a su alrededor, tan solo paz y tranquilidad, ansia de libertad y el disfrute de aquel breve, pero intenso momento que tenía el privilegio de vivir, como si fuera un barco pirata sin gobierno alguno, como si no tuviera más patria que el mar y más himno que entonar que el viento que se colaba entre sus semi largos y lacios cabellos masculinos de un negro intenso.

-¿Para qué tanta guerra y tanto por fiar si tenemos todo un océano de sensaciones? -Pensaba aquel alma en calma- ¿Para qué tanta lucha si no entienden la bondad de la humanidad? ¿De qué sirve tanto lujo si no saben apreciar los pequeños placeres?

Entornó los ojos mientras miraba como el anaranjada Sol comenzaba a darle paso a la joven Luna y como las primeras estrellas empezaban a minar el enrarecido cielo de tonalidades oscuras y anaranjadas. Parecían diamantes engarzados en el pecho de una hermosa mujer, y no eran más que luminosos puntos en el cielo que quedaban grabados en la retina de sus ojos verdes.

-¿Para qué tanta rebelión si no entendemos la libertad de la naturaleza?-Susurró mientras bajaba sus brazos a la par que una perla se resbalaba desde sus ojos hasta sus mejillas para acabar muriendo a los pies desnudos de aquel chico, mojando levemente una brizna de hierba tan verde como sus ojos. Tal vez no entendería nunca el significado de la palabra libertad, pero sin duda alguna, en aquel preciso instante, él se sintió libre, y anhelo ser la naturaleza para poder volar o ser agua para perderse en la lontananza, como una gaviota... O como una minúscula lágrima que engrandeciera el ya de por sí majestuoso mar.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Llanto bajo la aurora

Fulgía la luna nueva con renovado esplendor en el cielo mientras su constante y extraño brillo se veía interrumpido por el continuo ir y devenir de las nubes y sólo era eclipsada por las auroras boreales que pintaban el cielo de diversas tonalidades frías; azul, violeta, verde, celeste, y en los puntos donde éstas se unían se formaba un haz de luz blanco producido por el choque de los colores que embellecían a la luna en su punto más álgido haciendo parecer que las auroras no fueran más que una cama donde la luna se mecía y esperaba el venir de un nuevo día.

El hermoso cielo manchado contrastaba a su vez con el frío paisaje invernal que lo cubría todo con un velo blanco de nieve que no hacía sino relucir con el fulgor producido por las auroras y la luna convirtiendo el nevado ambiente en un espejo digno de los astros del cielo que adornaban la ya de por sí embellecida noche con sus pequeños destellos y sus uniformes figuras que manchaban la pulcritud del cielo.

Bajo este espectáculo de luces y colores, dos personas, un chico y una chica, ambos adolescentes, se miraban complacidos ante el evento presenciado. Ella era ojos expresivos y profundos, marrones como la corteza de un árbol y rasgados, muy rasgados con una pupila que se asemejaba a una esmeralda a causa de aquel brillo celestial. Sus largos y negros cabellos le caían por la espalda totalmente sueltos y lacios y su tez pálida contrastaba plenamente con el evento lumínico del momento. Él, por su parte, era de cabellos cortos y mirada tímida, aunque también sus ojos denotaban profundidad y su pelo no dejaba de ser más negro que la penumbra de una caverna.

Ella se le arrimó muy sigilosamente, buscando palpar con su mano la mano de su compañero y buscar en sus ojos algo más de calidez. Su corazón palpitaba como si se le fuera a salir del pecho y sabía que a cada segundo que no lo tuviera, era un segundo que permanecía muerta en vida. Necesitaba de su voz potente y anhelaba ser el beso que cayera por su garganta, la palabra que expiraba, el aliento que moría, el susurro que murmuraba, el sentimiento que debiera permanecer escondido en su pecho. Anhelaba su aroma, la frescura de su mirada y la calidez de su cuerpo. Se sentía completamente aprisionada en esa dolorosa cárcel de amor donde no gozaba ni de los grilletes de sus brazos, ni de la sentencia de sus palabras pues, él permanecía callado como si fuera una tumba que, de algún modo, a ella le daba sepultura en vida.

Él se levantó y se despidió sin más, premiándola con un simple y solitario beso en la mejilla y una sonrisa que, de haberla degustado, a ella le habría sabido a gloria.

Ella se sonrojó, y mientras se alejaba en la lontananza, no pudo evitar derramar lágrimas amargas, cargadas de tristeza y de celos por la distancia que se lo llevaba, llenas de furia por el tiempo que le privaba de él, llenas de melancolía, incertidumbre y nostalgia porque no sabía cuando lo volvería a ver...-¿Por qué tiene que ser tan complicado?- Se preguntaba mientras se hacía un ovillo y gemía en mitad de la noche como un cervatillo herido -¿Por qué no me quiere? ¿Por qué no me ama?- Se preguntaba una y otra vez mientras intentaba articular alguna palabra que pudiera perderse en la inmensidad del espacio.

-Te quiero.-Susurró ella mientras se secaba las lágrimas y se levantaba mientras miraba la luna que, de modo inconsciente, le traía el reflejo de su amado cuyo rostro era acariciado y besado por unas manos y bocas muy familiares: los suyos, contemplados ambos, en las estrellas y en la aurora que seguía emitiendo rayos de luz místico sobre su cabeza.

Fue en ese mismo instante en el que se sintió muerta, pero seguía viva, allí, en medio, postrada como una estatua de granito, sin pena ni gloria, sólo incomprendida ante tal adversidad que le parecía demasiado grande como para sortearla. Pero de la misma forma, sus ojos mostraban un brillo especial y esperanzador. Ella sabía que volvería y estaba dispuesto a esperarlo de por vida si era necesario. Sólo por un beso...

Por un triste beso...

sábado, 18 de diciembre de 2010

El Ruiseñor

Se encontraba el Sol en su crepúsculo y comenzó a rayar el fresco día en el verde campo que amaneció pintado con ciertos tonos rojizos de las flores que habían comenzado a abrirse y formaban dibujos abstractos en esa alfombra de hierba en plena quietud primaveral refrescada por unas incipientes gotas de rocío que colmaba el ambiente de cierta humedad agradable.

Lindaba este paraje con un camino de tierra algo pedregoso pero que aparecía y desaparecía de la vista conforme aparecían colinas verdes donde pájaros entonaban sus melodiosos cantos mientras iniciaban un vuelo sin rumbo hinundándolo todo con su ruido celestial a la vez que su oscuro plumaje contrastaba con el ambiente brillante de aquel idílico terreno de en sueño.

Caminaban por el sendero un grupo de hombres de actitud desafiante, fuerte complexión y perfectamente uniformados. Portaban a su espalda unos largos fusiles de culata marrón oscuro y un cañón negro que convinaban con el verde de sus camisas y con el negro de sus botas.

Caminaba delante de éstos, un hombre con un aspecto más fiero si cabe, con una mirada penetrante y una camisa también verde pero llena de condecoraciones en la parte derecha del pecho donde cabe destacar la presencia de una medalla con forma de ave; tal vez un águila imperial.

Y entre la maraña de autómatas sin nombres conducidos por el que parecía ser el líder de aquel pelotón, iba un hombre de camisa blanca y pecho descubierto, de treinta y pocos años y pelo negro intenso. Caminaba éste extraño personaje con la cabeza gacha por las inmediaciones del camino vigilado por los hombres de atrás cuando de repente todos se pararon y se metieron en medio de un campo donde la maleza les llegaba hasta los tobillos.

Caminaron durante varios minutos más, hasta que el sendero fue perdido de vista y quedaron solos los hombres y el campo. Empezó a mirar el hombre de camisa blanca, el campo con gran vehemencia, destacando todo cuanto podía por sus ojos; disfrutando del verde paisaje con un Sol crepuscular saliendo por el horizonte del panorama campestre mientras observaba maravillado como las flores recién florecidas hacían manchas y dibujos abstractos por toda la hierba y un pájaro aparecía de vez en cuando entonando una breve cancioncilla sin letra.

Resbaló una lágrima por el rostro de aquel hombre mientras daba la espalda al resto de su desagradable compañía quedándose sólo con la armoniosa naturaleza y entonando entre leves susurros, unos versos. Versos que comparaban aquel bello paisaje con la libertad hecha poesía mientras denotaba su rostro cierto aire nostálgico.

Escuchó a su espalda varios chasquidos y mientras seguía con el breve poema improvisado, cerró los ojos y llovieron de sus ojos muchas más lágrimas que antes. El tiempo se paró. La naturaleza se paró. Los pájaros ya no cantaban y miraban espectantes aquella situación. El Sol, había parado de ascender, y las flores habían dejado de mecerse con el viento que también había desaparecido.

Apuntaban los fusiles al hombre de blanco que les daba la espalda mientras un ruiseñor se posó en uno de los cañones ajeno al peligro que ésto traía como si de una rama se tratara.

El hombre de blanco cayó tras el clamor de los fusiles. Brotaban de su espalda unos pequeños riachuelos de agua opaca y roja que teñían la hierba como si fueran nuevas flores semejantes a las anteriores.

Acabó su poema tumbado en el suelo cerrando sus ojos cuando se fijó en la extraña presencia de un ruiseñor que se encontraba a escasos centímetros de su pálido rostro. El hombre sonrió para sí y el ruiseñor se elevó en un hermoso vuelo mientras retomaba la poesía finalizada por aquel hombre en forma de canto.

-Vuela, y llévale mis palabras al mundo.-Dijo el hombre... Tras cerrar los ojos.

Y en el horizonte cantando, se alejaba un hermoso pájaro. Tal vez un ruiseñor, que hacía salir de su pico la más hermosa poesía jamás pronunciada. Una poesía con ansia de libertad y un toque naturalista nostálgico, llevando unas ininteligibles palabras al resto del mundo que se estremecía ante el eterno canto del ave.

DEDICADO A: Ainhoa Alonso, a Manuel Díaz Vázquez y a Marta Pérez Villarán, por estar ahí cuando más falta me hacían y porque serán mis "ruiseñores" cuando yo me vaya. Dedicado también a tí, que estás leyendo ésto, y a todos los que de una forma u otra han sido un apoyo y supieron ser humildes y callados ya que sus acciones no han llegado hasta mis oídos y me han hecho un bien, les doy las gracias por ser mis "héroes del silencio", y por supuesto, a todo aquel que no para de soñar.

martes, 7 de diciembre de 2010

Un Sin-Corazón Entre Corazones

Ahí estaba mi fría mano, agarrando un bolígrafo de negra tinta y sujetando con supremo cuidado un papel blanquecino y vacío, como mi corazón en sí.

¿Cómo se puede sobrevivir sin sentimiento alguno en un mundo de sentimientos? Yo también me lo pregunto... Sería de las pocas personas a las que le habían arrebatado el corazón y se habían llevado consigo todo lo que éste acaparaba incluyendo mi propia alma y mi capacidad de sentir algo. Sí. Era un sin-corazón en el reino de los corazones. Un ánima atormentada en todo un paraíso de emociones que no podían ser sentidas por mí y que hacían aflorar dentro de mi cabeza los pocos resquicios imaginables de un recuerdo cada vez más menguante, como la luna de aquella noche.

Y bajo la luz del satélite soltar terráqueo en su punto más álgido, sin estrellas que la custodiasen y sola, como una amapola entre campos de trigo, sentí la necesidad de plasmar en aquel papel lo poco que ya sentía; quería dejar morir mis recuerdos en el papel a la par que moría mi alma inexistente dentro del hueco que había dejado mi corazón robado. Corazón perdido. Corazón partido.

Incliné la cabeza sobre el papel y lo observé mientras meditaba el inicio de mi última carta. De un testamento de sentimientos sin sentimientos, de palabras vacías e inconexas sólo entendibles por aquella persona que me robó mi vida, y por mí, la persona que estaba sufriendo ese cruel tormento.

El árbol que atrás mía estaba y hacía las veces de respaldo, susurró un leve siseo promovido por el paseo de la brisa entre sus ramas. Lo miré extrañado y tras fijarme en el reflejo de la luna en el ancho lago, comencé mi último calvario a lo que sería mi último aliento. Aliento que pondría de sobre manifiesto en aquel maldito papel si las fuerzas me permitían llegar hasta el final, pero ante todo ¿Cómo comenzar algo que es incomenzable? ¿A quién quería engañar? A nadie... Entonces, ¿Por qué escribir? Se apesadumbró mi mente ante esta duda, y volví a meditar en silencio mientras los prados plateados se reían de mi torturante soledad y la luna se mofaba de mi triste figura.

Elevé la vista al cielo para encontrar cobijo en el negro de la noche y mi mano se deslizó sola sobre el papel.

No era una historia. No era un testamento. Era una carta sin mayor destinatario que el que la encontrase y la leyese aunque dejé un nombre puesto en el inicio de esta especie de epístola de despedida.

El rasgar de mi bolígrafo con el papel llenaba mi mente como si se tratase de una armoniosa melodía mientras que cada frase que escribía era como si me clavaran puñales en el hueco donde anteriormente había tenido un corazón y este había latido a verdadero golpe de sentimiento antes de que ella se lo llevara. Se había acelerado con la presencia de aquella mujer, se había ralentizado al contacto con aquella mujer. Ella me lo había pedido. Yo se lo había entregado. Ahora, ella me lo había robado y muy probablemente, lo habría roto. Maldita sea mi suerte desde el día en que te vi y me enamoré de las verdes puertas de tu alma. De día en que tu pelo despedía olor a rosal y sus manos se mostraban delicadas como los pétalos de una flor y ahora me resultaban dañinas como las espinas de un rosal marchito. Maldita sea mi suerte por haberte querido, y más maldita sea por haberte amado y deseado como nadie más te deseó en este descolorido mundo de maldad.

Y fue en ese momento cuando ya echaba la firma y ésta adornaba mi papel, cuando mi mano soltó sigilosamente el bolígrafo y se deslizó lentamente hasta tocar con la punta de mis dedos la hierba mojada mientras que mi cabeza se echaba hacia atrás para ver el infinito de una eterna noche una vez más.

Mirando el lejano horizonte noté como todo había acabado, pero aún tuve fuerzas suficientes para recordarla una vez más y derramar una lágrima por ella aunque de poco me valiera ya.

Y ahí se quedó mi cuerpo, junto con mi mente, y un hueco al que aún osaba nombrarlo "corazón" y no era más que un agujero negro como la noche.

Y mientras cerraba los ojos, y la lágrima caía por mi mejilla, pronuncié su nombre una vez más...

¿Que cuál es su nombre?

Su nombre es...