Yuri y yo estábamos en la pequeña tienda de tela sobre dos sillas de madera. Detrás mía, al fondo, había un baúl donde reposaban nuestros enseres: dos puñales, dos escopetas y un solo revólver. El otro lo sujetaba Yuri. Lo miraba taciturno, casi somnoliento, encima de la mesa.
Era de noche, pero seguían escuchándose tiros y gritos de forma esporádica dentro del campamento ruso. Yuri me miró y suspiró.
-Otra derrota más. Ya he perdido la cuenta de las veces que los alemanes nos han aplastado. Esto se nos está yendo de las manos.-Dijo rompiendo el silencio.
-Sí. Tienes razón. Nuestras tropas apenas pueden hacer algo contra los alemanes, y cada día que pasa es un día más que están desmoralizados. Un día más de sufrimiento, hambre y frío para ellos. Creo que hicimos mal en meternos en esta guerra.
Escuchamos una explosión bastante lejana. La paupérrima luz que procedía de una vela situada en uno de los picos de la mesa titiló durante unos efímeros segundos. Yuri y yo miramos por la apertura de la tienda. No parecían haber sido nuestros soldados. Tampoco parecía haber ocurrido cerca de nuestras trincheras, porque dentro del campamento no se le dio mucha importancia, aunque todos preguntaban qué había sido aquel estruendo.
Yuri y yo nos miramos. Coloqué los dos brazos sobre la mesa y fui yo quien suspiró esta vez. Yuri negaba con la cabeza en repetidas ocasiones. Le vi abrir el revolver y comenzar a sacar balas del tambor. Sacó cinco de seis.
-¿Qué haces?-Le pregunté.
-Voy a recuperar mi honra.-Me contestó.
-¿Haciendo qué?
Yuri me observó. Cerró el revolver y prosiguió su diálogo con una voz dolorida.
-Se lo he visto hacer a numerosos cargos del ejército durante las derrotas que hemos tenido. Cogen un revólver y dejan dentro una bala. Le dan un golpe al tambor para que ruede un poco y, cuando se para, deben apuntarse a la sien y disparar. Si no hay bala, no ocurre nada y la pistola pasa al otro hombre que debe realizar el mismo gesto hasta que uno de los dos dé con la bala y muera. Puedes hacer dos cosas durante tu propio turno: apuntar y disparar a tu acompañante, o dispararte tú. En el caso de que decidas dispararle, tienes que dispararte tú después en tu mismo turno. ¿Me has entendido?
-Sí, te he entendido.-Contesté temiéndome lo peor.
-Lo llaman el "juego de la ruleta".
-Curioso juego, ¿no crees? Acabando con la vida de las personas.
-Nosotros también matamos personas en la guerra. Últimamente tengo la certeza de que todo es un juego. Un juego del destino que se dedica a burlarse de nosotros, y yo estoy cansado de que el destino se burle de mí.
-En un juego la gente gana algo, Yuri, ¿cómo puedes llamar a eso juego? ¿Cómo puedes llamar juego a la guerra?
-En la guerra hay victorias y derrotas, ¿se te ha olvidado? Hay vencedores y vencidos, como en todo juego. Aquí también salimos ganando, Mijaíl, aquí también.-Le miré sin comprender a dónde quería llegar.-El que no libere la muerte, tendrá el premio de la vida. En tal caso, el que pierda, verá limpiada su honra, o, como mínimo, no será pisoteada más. El otro puede hacerse con los bienes del que muera, y viendo la escasez de armas será un lujo, por parte del que sobreviva, tener dos escopetas, dos puñales, dos pistolas y el doble munición. Mijaíl, ganamos los dos, tanto el que muere como el que vive, ¿no lo ves?
Negué con la cabeza. No quería escuchar sus palabras. Aquello no podía estar pasando. Yuri me miró esperando una respuesta de mis propios labios. Me observaba como un lobo a su presa malherida esperando rematarla hincando sus dientes en la débil carne del moribundo. Pero yo me negaba.
-No, Yuri, no jugaremos. Guarda eso y vamos a dormir, mañana será otro día.
-¿Qué mañana, Mijaíl? ¿Qué mañana?-gritó estallando en ira, golpeando la mesa con la mano que tenía libre. La luz volvió a temblar de nuevo ante los puñetazos de Yuri. Parecía que ella también le tenía miedo.-¡Para nosotros ya no hay mañana! ¡Mira a tu alrededor! ¡No hay nada! ¡Nada! ¿Me oyes? ¡Nada! ¡La guerra está perdida! ¡Un día moriremos, tal vez a las puertas de la mismísima Moscú con dos tiros en la cabeza, pero moriremos! ¡Seremos pasto de los gusanos! ¡No tenemos mañana! ¡La guerra nos consumirá! ¡El campo de batalla será nuestra maldita tumba! ¿Quieres morir así? ¿Eh? ¿Como un perro tirado en el barro? ¿Como los animales? ¿Quieres eso, o morir como un hombre?-Su voz sonaba ahora más apagada, pero un frío sudor, y un temblor, recorrían la mano en la que sostenía el arma. Me miraba de forma inquisitorial. Me tendió la pistola esperando a que la cogiese.-Acabemos con esto, Mijaíl.-dijo con más tranquilidad.-Acabemos con esto, y el que gane, que prosiga su vida.
Suspiré. Tenía razón. Para nosotros no existía un mañana, y si lo había, no estaba carente de vergüenza, como si llevásemos la palabra "derrota" escrita con sangre en nuestra frente. Cogí el arma con ambas manos y la miré. No quería morir, pero tampoco quería la vida que llevaba. No quería que me señalasen como a un cobarde inútil y humillado. No quería que me recordasen por haber conducido a la derrota y la muerte a un pelotón de hombres inocentes. Tal vez por eso decidí jugar.
Temblando, puse el cañón sobre mi sien. Volví a mirar a Yuri. Puede que esa fuera la última vez que le viese. Cerré los ojos. Apreté el gatillo sigilosamente retrasando, todo lo que podía, el momento final. Se escuchó un chasquido. Nada. Suspiré aliviado y tendí el revólver a mi contrincante. Éste realizó los mismos gestos que yo. A pesar de todo, adiviné en su fría mirada azul que él tampoco deseaba abandonar este mundo. Apretó el gatillo. Nada. Seguía con vida...
Cerré los ojos. El sudor empapaba mi frente. Ambos habíamos superado el primer asalto, pero cuanto más pasaba el tiempo, más me pesaba el arma, y más se reducían nuestras posibilidades de vivir. Apunté con el cañón a mi sien de nuevo. Deseé con todo mi corazón que no estuviera la bala alojada en la recámara para el nuevo disparo. Apreté el gatillo. Nada. Respiré con alivio y le pasé la pistola a Yuri. La aceptó y no se mostró tan vacilante esta vez. Incluso me miraba con una sonrisa. Apretó el gatillo y... nada. Me tocaba a mí de nuevo...
Los nervios invadieron cada centímetro de mi cuerpo. El tiempo que pasó hasta que me volví a colocar el cañón de la pistola sobre mi cabeza me resultó eterno. Tras ello, me mostré bloqueado. No sabía que hacer. El miedo atenazaba mis músculos y provocaba convulsiones en todo mi ser. Miré a Yuri. Parecía impacientarse. El tiempo se había ralentizado para mí. Miré la tienda, otra vez. La propia lentitud con la que mi mente procesaba la imagen de los objetos me causaba mareos y vértigo. La tienda me pareció enorme en aquel momento. Observé a Yuri de nuevo. Parecía estar gritándome algo que no entendía. Golpeaba la mesa insistentemente con ambas manos mientras me miraba con odio. No escuchaba lo que decía. No existía el sonido para mí en aquel instante.
-¡Haz lo que tengas que hacer! ¡Hazlo ya, maldita sea! ¡Vamos! ¡Hazlo! ¡Te estoy diciendo que lo hagas! ¡Hazlo!
Mi muñeca se giró y el cañón se encontraba ahora apuntando a la cabeza de Yuri. Este contuvo la respiración. Le miré aún mareado. Mi dedo índice se deslizaba por el gatillo, echándolo cada vez más hacia atrás, cada vez más, cada vez más...
Se escuchó un chasquido. El humo salía del cañón del revólver. Yuri estaba tendido boca arriba. La bala le había perforado el lóbulo frontal. Su silla estaba tirada en el suelo. Yo estaba de pié. No recordaba en ningún momento haber hecho tal acción, pero ésa era la postura que tenía ahora. La luz se apagó. Caí rendido sobre la silla respirando con suma dificultad. Estaba vivo, como quería, pero me faltaba el aire. Miré el revólver. Yo podría haber sido el cadáver, pero la suerte, el destino, caprichoso, había querido que Yuri ocupase mi lugar. Arrojé el revólver al suelo y coloqué la cabeza sobre los brazos encima de la mesa ocultando mi rostro.
En Yuri no había un ápice de odio ni de ira. No. No había expresión en su rostro. La sangre emborrizaba su cara, pero sus ojos, aún abiertos, no irradiaban sentimiento alguno. Supuse que eso era así porque era lo que él deseaba desde un primer momento. Morir. Morir para evitar caer en la humillación. Para evitar que lo señalasen con el dedo y escupieran sobre su persona palabras como vergüenza o derrota. Y yo seguía vivo. Allí. Observando a Yuri. A un Yuri sin vida. Una vida que yo le había arrebatado con su propio revólver.
Suspiré. Yuri tenía razón. Aquello era un juego con vencedores y vencidos, y el destino, el cruel destino, se reía de nosotros una y otra vez. La vida era un juego de muerte, y Yuri había perdido la partida.
domingo, 26 de agosto de 2012
viernes, 10 de agosto de 2012
Una última llamada
Intentaba verla tras la ventana de su cuarto en aquella mañana gris de otoño. El frío atenazaba mis músculos y calaba mis huesos traspasando mi chaqueta marrón de cuero raída por el tiempo. A mis pies, descansaba Colmillo Blanco, un husky siberiano que había encontrado hace tiempo en la calle metido en una cajita de cartón. Recuerdo que le puse así porque estaba leyéndome "Colmillo Blanco", una novela del célebre escritor Jack London cuyo protagonista era un lobo que se llamaba igual que el título del libro. Si hubiera sido hembra, le habría puesto Kiche, como la madre de Colmillo. Estaba jugueteando con una mochila despintada, de mis tiempos en el instituto.
Pasaron las horas hasta que vi una figura femenina andar delante de la ventana que vigilaba. Era ella. La persona a la que esperaba ver. Suspiré, me armé de valor y me dirigí hacia una cabina telefónica que había justo delante de la puerta de su casa. Desde allí también se veía su ventana. Eché algunas monedas y comencé a presionar los números de su móvil. Me los sabía de memoria de la cantidad de noches que había pasado mirando aquellas cifras sin aparente coherencia entre ellas, pero de un gran significado para mí. El teléfono comenzó a emitir pitidos. Estaba comunicando. Observé por la ventana y la vi cogiendo su móvil, un Nokia blanco. Miró con cara rara el número. Suspiré y me mordí el labio inferior deseando que no pasara de él, que lo cogiera... pero en vez de eso, bajó el móvil y miró al techo. Miré hacia el suelo exhalando todo el aire que había en mis pulmones mientras dirigía el teléfono hacia la cavidad de la que lo había extraído. Estaba abatido. Cerré los ojos intentando pensar que no estaba allí y que eso no había ocurrido. Casi había colgado cuando escuché una voz femenina al otro lado del teléfono. Elevé rápidamente la mirada y mis ojos se dirigieron hacia la ventana donde estaba ella. Había cogido el móvil. Estaba sentada encima de su cama, como solía colocarse cuando la llamaban.
-¿Sí? ¿Quién es?
No podía responder. Me había quedado sin habla. Todo lo que le tenía que decir se había evaporado en el aire. Colmillo Blanco me dedicó una mirada tranquilizadora desde el suelo, pero de poco me sirvió. Mis labios no se separaban más que para tomar aire por la boca y no eran capaces de articular palabra.
-¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Tenía tantas cosas que decirle que no sabía por donde empezar. Se me trababa la lengua, las ideas se negaba a ordenarse, los pensamientos se escapaban... no era capaz de decir nada.
-¿Hola? ¿Hola? ¿Sí?
Seguí mirando por su ventana. Se despegó el móvil de su oreja y miró la pantalla extrañada. Colgó. Un pitido nuevo salió del auricular del teléfono. Ella depositó con cuidado su móvil sobre la cama. Se dirigió hacia el armario y cogió ropa. Acto seguido, salió de su habitación para cambiarse.
Suspiré. Agarré mi mochila y le hice un gesto a Colmillo Blanco. Éste se levantó con agilidad y caminó tras de mí casi sin despegarse. El olía mi decepción y mi nostalgia, mi amargura y mi soledad, mi tristeza y mi angustia... pero se negaba a irse de mi lado. Siempre había sido un perro muy bueno y fiel, y se lo agradecía. Suya era la mejor compañía en tiempos como éste. Era un alma pacífica y tranquila. Cada vez que me había echo falta alguien para que me escuchase, él estaba ahí, y sus lametones, a menudo, eran mejores que cualquier consejo, consuelo o abrazo de muchas personas con las que me había cruzado. Me quería más que a mucha gente a las que consideraba amigas Yo también le quería. Lo cierto es que teníamos una conexión especial.
Caminamos hacia un banco que había al otro lado de la calle, dentro de una especie de parquecito con muchos árboles, repleto de columpios para los niños pequeños que jugaban alegres desde muy temprano mientras sus padres, con caras largas y de somnolencia, los vigilaban de los peligros que pudieran acecharles.
La gente me miraba mal. La verdad, es que no era para menos. Tenía una ropa similar a la de un vagabundo, y a ello había que sumarle un pelo sin peinar y semilargo, y una barba de diez días sin afeitar y desigual. No me importaba, la verdad, a pesar de vivir en un mundo lleno de apariencias. Ella salió de su piso con una sudadera negra con capucha y el pelo recogido en una coleta. Dobló la esquina de su calle y no la volví a ver.
No sé cuánto tiempo pasé allí, mirando su piso, admirando su ventana, sólo sé que, cuando elevé la mirada, el sol estaba ocultándose y con una intensa tonalidad naranja y Colmillo Blanco jugueteaba, tumbado en el suelo, con una hoja marrón que había caído recientemente de un árbol... y ella estaba entrando en su casa. La observé por última vez en la ventana. Suspiré. Miré a Colmillo, quien también me dedicó una mirada, y no pude por menos que sonreír. Acaricié su cabeza mientras él movía las orejas como gesto de aprobación y placer.
Me levanté y cogí la mochila para colgármela del hombro derecho. Colmillo Blanco se quedó observando mis movimientos desde el suelo con gesto vigilante.
-Ven, Colmillo. Nos vamos. Tenemos que hacer un viaje muy largo.
Colmillo se levantó de un salto y caminó a mi izquierda.
Nos dirigíamos hacia el horizonte, donde el sol había comenzado a ocultarse ya de nuestra vista. Cuando estábamos ya alejados decidí volverme para mirar su ventana por última vez. La luz estaba encendida. No conseguía verla, pero sabía que estaba allí.
Ya no tenía nada que hacer en aquel lugar. Mi tiempo allí se había acabado. Continué andando. No sabía adónde iba. La verdad es que tampoco me importaba. Sólo sabía que teníamos que hacer un viaje largo. Muy largo. Sin fin. Siempre dirigiéndome hacia el horizonte, por donde el sol nace y el sol muere. Y Colmillo Blanco lo sabía, pero ahí continuaba. Al lado mía.
viernes, 29 de junio de 2012
Mary
ADVERTENCIA: EL CONTENIDO DE ESTA ENTRADA PUEDE RESULTAR VIOLENTO PARA CIERTAS PERSONAS DEBIDO A SU COMPONENTE SANGRIENTO.
-Vaya... veo que ya te has despertado.
Una voz grave entró por los oídos de Mary que intentaba abrir los ojos ante un foco que dañaba su borrosa visión del lugar. Estaba tendida. A duras penas podía moverse. La habían atado con correas a una camilla de hospital. No veía más allá de la luz cegadora de los focos, aunque discernía una silueta masculina que se movía con agilidad, pero presentaba una leve cojera. Parecía ser una persona mayor.
-¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? ¿Quién es usted?
-Doctor Diamond, señorita Black. Está usted en una sala de quirófano. Voy a intervenirla.
-¿Intervenirme? Creo que se confunde... yo no estoy mal, yo no tengo ninguna enfermedad. Yo estoy esperando para una operación de aumento de pecho.
-Exactamente por eso vamos a intervenirla. Necesita una operación con mucha urgencia.
-¿Qué está diciendo? ¡Le he dicho que no me encuentro mal! ¡Suélteme!-Gritó mientras intentaba zafarse de las correas que la mantenían prisionera.
-Grite todo lo que quiera. Nadie la escuchará. Ahórrese fuerzas para lo que viene. No forcejee, está usted débil, debe ser por la morfina...
Diamond agarraba en su mano derecha una especie de rotulador. Dibujó una línea recta desde el cuello hasta el vientre de Mary. Su torso estaba desnudo, y comenzaba a notar el frío del lugar. Seguidamente, el anciano dibujó dos rayas perpendiculares desde sus clavículas hasta el esternón, donde se juntaba con la línea vertical. La señorita Black se estremeció ante el contacto de la punta del rotulador y no pudo evitar sentir un escalofrío que le recorrió toda su espina dorsal. Un sudor frío resbala sobre su frente.
-Sois una mujer hermosa, decidme, ¿por qué queréis un aumento de pecho?-Preguntó el médico mientras soltaba el rotulador y cogía un bisturí.
-¿No lo ve? No estoy contenta con mi cuerpo.-Mary cerró los ojos en gesto de vergüenza.
-¿No estáis contenta con vuestro cuerpo, señorita Black? Es una verdadera obra de arte. Permitídme la descortesía, pero Dios os dotó muy bien, señorita Black. No necesitáis de ninguna operación. Ya sois lo bastante hermosa.
-¡No, no! ¡Mientes! Yo no soy hermosa. ¿Es que no habéis visto a esas modelos? ¡Ellas sí que lo son!
-Ya, claro... esos engendros cargados de botox no merecen la mirada de nadie, señorita Black. La belleza de la que yo os hablo no es exterior, de la que, ¿por qué no decirlo? No andáis escasa. No. La belleza a la que yo me refiero es interior. Es la esencia en sí del ser humano, ¡no su apariencia, señorita Black! ¿Lo entendéis? El interior, pero, oh... demasiado materialismo en este mundo para mirar más allá de un físico bonito y de un pecho precioso, ¿verdad, señorita Black? Usted no está descontenta consigo misma... lo que quiere es ser un calco de un modelo implantado por la sociedad. Usted está descontenta consigo mismo porque no sigue el patrón establecido por la sociedad. No es esa rubia de ojos azules, alta, delgada, de pechos exuberantes... No... usted es una persona de mediana estatura, pero sus ojos verdes... su pelo negro... son perfectos. Su interior es perfecto, señorita Black. Es usted increíblemente hermosa. Tantos años dedicado a algo tan hermoso con la enseñanza, siendo caritativa con la gente... ¿Por qué este cambio, señorita Black? ¿Por qué cambiar ahora? ¿Por qué cambiar una vida envidiable por la opinión de unos pocos?
-Por favor... suélteme... deje que me vaya.
-¿Iros? ¿Adónde pretendéis iros? No... vuestras andanzas acaban aquí, señorita Black. Para usted no hay mayor futuro que este quirófano.
Diamond cogió un bisturí y se aproximó lentamente hacia la garganta de Mary que comenzó a gritar y a lanzar improperios contra el médico.
-¡Usted está loco! ¡Loco! ¿Me oye? ¡Loco!
-¿Loco señorita Black? ¿Loco por querer construir una sociedad mejor?-El médico se apartó la mascarilla que le cubría la nariz y la boca... no poesía fosas nasales ni labios. Era una imagen realmente horripilante.-¿Sabe lo que es no poder mirar a una persona a la cara? ¿Sabe usted, señorita Black, lo que es ir con una máscara allá por donde vaya porque la gente lo ve como un monstruo? ¿Alguna vez un niño ha huido de usted, señorita Black, por su físico? De mí sí. Me ve como un monstruo, pero ninguno se ha parado a conocerme. No tengo amigos porque mi rostro causa terror. Os lo veo en vuestros ojos. Sí... soy un ser repulsivo... pero me acepto tal y como soy. Soy un monstruo, señorita Black. La sociedad me hace parecer ser un monstruo, ser un monstruo. Y voy a comportarme como tal. Todo porque era diferente. ¿Ve el impacto psicológico de mirar las apariencias? Yo era un joven con inquietudes, con vida... hasta aquel maldito accidente. La gente comenzó a juzgarme por lo que veía en vez de por lo que era. La gente empezó a verme con miedo, y mi comportamiento cambió. Degeneró. Me di cuenta de que yo estaba llamado a cambiar el mundo, ¿me entiende? Yo estaba llamado para hacer cosas grandes. Para enseñarles a las personas a ver con el corazón y no con los ojos...
Diamond rasgó la piel de Mary, quien no pudo reprimir un aullido de dolor insoportable. Sintió cómo el bisturí arrancaba su piel siguiendo las líneas abriéndola en canal. Se sentía desfallecer mientras suplicaba a su agresor que parase aquella locura, mas, el anciano no la escuchaba. Disfrutaba con lo que hacía. Disfrutaba con las palabras de clemencia de la señorita Black.
Varios minutos más tarde, dejó de sentir el bisturí sobre la piel, pero el dolor seguía sin irse. Entonces, tuvo la valentía de abrir los ojos. El anciano estaba delante de ella, agachado, cogiendo un espejo desde el suelo.
-Obsérvese, señorita Black. Mírese en el espejo.
Diamond le dio la vuelta al espejo y Mary se vio reflejada en él. Estaba abierta en canal, veía todos sus órganos. Escuchar su corazón palpitar, ver sus pulmones hinchándose y desinchándose de aire le causó repulsión y nauseas. Aquel espectáculo era insufrible. No debería de haber mirado. No.
-¿De qué se siente asqueada, señorita Black? ¿Acaso no son sus órganos? ¡Obsérvelos! ¡Mire cómo funcionan en perfecta armonía! Increíble, ¿verdad? El ser humano es la máquina más perfecta que existe sobre la Tierra. Sólo debe ver su funcionamiento... ¿Por qué no mira, señorita Black? ¿Es que tiene asco? ¿Es que acaso lo que usted tiene dentro de su cuerpo no es lo que tengo yo y lo que tiene cualquiera? Me repugna su actitud, señorita Black.
-¡Suélteme, maldita sea! ¡Suélteme! ¡Déjeme marchar!
-¿Dejarla marchar, señorita Black? Su vida acaba aquí.
Diamond aproximó el bisturí hacia el corazón. Los nerviosos latidos de Mary, y la fuerza que el anciano ejercía sobre el órgano bastaron para terminar con la vida de de la señorita Black.
domingo, 20 de mayo de 2012
Sólo es un sueño
No había ninguna luz en la habitación salvo la que había en su medio y tenía forma circular. El resto estaba oscuro. No había allí nadie más que yo. No se percibía ningún movimiento ajenos a los míos. Ningún sonido más allá de mis pasos por aquellos aposentos. Ninguna respuesta más allá del eco de mis pisadas. Decidí caminar hacia la luz. Notaba algo frío chocando por mi costado izquierdo. Lo palpé. Parecía una especie de cuchillo. ¿Para qué sería? Si aquello era un juego no tenía ninguna gracia.
Avanzaba con miedo hacia el círculo. Cada vez más cerca. Cada vez más temeroso. Ya me encontraba dentro, pero la situación no había cambiado. No sabía que hacer. Miré a ambos lados repetidamente sin encontrar nada más que oscuridad. En mi cabeza empezaban a encontrarse multitud de preguntas sin responder. Preguntas sobre qué hacía allí, solo, sin nada más que un cuchillo, y sin mayor compañía que la soledad. Todo era muy raro. La cabeza comenzó a darme vueltas y más vueltas buscando un por qué a aquella angustiosa situación... pero no encontraba nada más que hipótesis fundamentadas en un miedo irracional hacia aquella habitación. Necesitaba evadirme de aquello, olvidar que estaba allí y pensar con mayor claridad.
Bajé mi mirada hacia el suelo y me hice un pequeño masaje en las sienes. ¡Todo era tan raro! Me concentré en mantener la vista sobre mis zapatos, pero el dolor de cabeza comenzaba a ser insoportable, por lo que decidí cerrar los ojos momentáneamente para reflexionar. Así estaba más tranquilo. Podía pensar mejor, pero el miedo seguía acechando mi corazón y anulando cualquier juicio racional en mi cerebro. ¿Sería todo eso un sueño? ¿Tal vez una broma? Nada tenía sentido.
Suspiré. Elevé mi cabeza y, tras abrir de nuevo mis ojos, fijé mi vista en el frente. Algo perturbó mi ya escasa tranquilidad. Alguien estaba en el borde de aquel círculo. Sus zapatos... sus piernas... su cuerpo... estaban en la frontera que separaba la luz de la oscuridad... pero su rostro era imposible de ver porque formaban parte de la penumbra silenciosa de aquel lugar.
Miré extrañado. Aquella persona no parecía tener expresión ninguna. No realizaba ningún gesto. No parecía respirar. Estaba absolutamente quieto.
-¿Quién eres? ¿Qué es esto? ¿Qué hago aquí?-Le pregunté. No obtuve respuesta alguna. Eso me inquietaba aún más.
-Vamos... dime... ¿quién eres? ¿Dónde estoy?-Aquella figura seguía sin contestar. Comencé a mirar extrañado y nervioso a la persona que había enfrente de mí.
-¿Qué haces? ¿Eres tonto? ¡Te estoy preguntando! ¿Quieres decirme ya quién eres?-Nada. Ninguna respuesta. Ni siquiera un gesto que esclareciera algo aquella situación estresante
Negué con la cabeza mientras comenzaba a dar vueltas de un lado hacia otro sin alejarme mucho del círculo. Mis brazos estaban cruzados e intentaba buscarle una explicación al comportamiento de aquel hombre. No se me ocurría nada.
-¿No vas a ayudarme? ¡Quién eres! ¿Qué haces aquí? ¿Qué hago aquí? ¿Dónde estoy? ¿Qué es todo esto?
La figura seguía sin hablar. Me traicionaron los nervios y, ante aquel acto de desmesurada ignorancia cogí el cuchillo con mi mano derecha y lo blandí cara al hombre, apuntando a su pecho, justo donde debía estar su corazón.
-Estoy armado, ¿sabes? Sí... Estoy armado. ¿Qué vas a hacer ahora? Ahora vas a responder a mis preguntas, ¿verdad? Sí... Eso es... Ahora vas a responder a mis preguntas.-Pero seguía sin haber palabras. Seguían sin haber gestos, y mi paciencia se estaba agotando.
-¡Maldita sea! ¿Qué tengo que hacer para que hables, imbécil? ¡Te estoy diciendo que respondas a mis preguntas! ¡Habla ya si no quieres que te mate aquí mismo!.-Avancé y lo cogí de la camisa. La punta del cuchillo miraba hacia su garganta, pero seguía sin haber un ápice de expresión en su cuerpo. Parecía que estuviera muerto. Yo sudaba y empezaba a perder los estribos. Ya no controlaba la situación y comencé a temblar.
-¡Te estoy hablando! ¡Respóndeme! ¡Maldita sea, respóndeme! ¿Qué es todo esto? ¡Vamos!
No pude más. No recibía contestación ninguna. Lo miré durante unos segundos. Su rostro seguía sin ser visto, pero me daba igual. No me importó ver sus ojos cuando hundí el puñal en su cuello. Aún así, seguía sin hablar. No gritaba. No parecía dolerle. No parecía sentir nada. La sangre resbalaba por la hoja, caía sobre la empuñadura... embadurnaba mis manos. Saqué rápidamente el puñal de su garganta y retrocedí un paso asustado. Al quitar el arma de su esófago, salió sangre de su herida despedida manchando mi rostro. ¿Qué era aquello? Segundos más tarde aquel cuerpo se desplomó hacia atrás. Respiraba agitadamente mientras pensaba en todo lo que acababa de suceder. En todo lo que acababa de pasar. Escuché un chasquido a mis espaldas. Las luces se encendieron completamente. Miré al suelo para ver el rostro de mi víctima. No debería haberlo hecho. Me estremecí en lo más hondo y negué varias veces lo que acababa de ver. Aquella persona que yacía en el suelo era yo. Mis mismos ojos, mis mismas vestimentas completamente negras... y con un corte profundo en el cuello. No. ¡Aquello no podía estar pasando! ¡Era imposible!
Elevé la vista hacia el frente. ¿Qué era aquello? La sala estaba repleta de espejos. Comencé a mirar en todas las direcciones. Me veía a mí mismo. Mi rostro tenía salpicaduras de sangre. Mis manos estaban llenas de aquel líquido rojo, y la mano derecha sujetaba un cuchillo completamente rojo.
Empecé a correr con horror hacia los espejos buscando la salida, pero no conseguía nada más que chocarme. Quería salir de ahí como fuera, pero me encontraba con mi propia oposición al otro lado del espejo. Allá donde mirase me veía. Todos corríamos. Todos nos perseguíamos. Todos chocábamos a la misma par contra nosotros para precipitarnos al suelo y buscar una salida. Me agobio era enorme. Mi corazón latía con muchísima violencia, como si fuera a salírseme del pecho. Fue entonces cuando escuché una risa infantil. Parecía de niña. ¿Provenía de los rincones? ¿De la sala? No... provenía de mi cabeza.
Intenté serenarme y avancé hacia el centro de la sala. La risa aumentó su volumen y mi miedo se acrecentó ante lo inexplicable de la situación. ¿Qué era todo aquello? ¿Qué significaba? Un nuevo ruido se sumó a aquella risa que empezó a parecerme diabólica. Era una voz masculina que me hacía preguntas. Se le sumó una femenina. Otra más. Y otra más. Y otra más. Así, sucesivamente, hasta que no logré saber cuántas voces había.
-¿Te sientes perseguido? ¿Sí? Perseguido... ¿Te sientes perseguido? ¡Ja, ja, ja! Perseguido... ¿Te sientes? Sí... Perseguido. ¿Te sientes perseguido? ¿Qué has hecho? Asesino... Perseguido... ¡Ja, ja, ja! Asesino... Asesino... ¡Asesino! ¡Ah! Perseguido... Sí... ¿Te sientes...?
Solté el cuchillo y me llevé las manos a la cabeza. Grité con toda mi alma con la esperanza de que alguien pudiera escucharme y me prestase ayuda. No recibí mayor contestación que la de mi cabeza.
-¡Yo no soy un asesino! ¡Vete! ¡Fuera de mi cabeza! ¡Iros!-Hice gestos con mis brazos y manos intentando disuadir aquellas voces de mi cabeza, pero ante mi máxima no encontraron más que risas jocosas y gritos mayores. La palabra asesino martilleaba mi cerebro como si fuese un yunque. Sus frases condenatorias y jocosas rebotaban en mis tímpanos sin llegar a salir al exterior.
Me levanté y corrí de nuevo hacia los espejos. Conseguí chocarme otra vez y caí derrumbado. Comencé a llorar cuando me di cuenta de que una mano me levantaba por uno de mis brazos. Elevé la vista para ver quién era mi ayudante y mi rostro se llenó de horror. El brazo salía del espejo y, una vez a su altura, éste me empujó. Miles de figuras salían ahora del espejo. Yo retrocedía despacio, de espaldas al centro de la sala, mirándolos. Aquel al que me acercaba demasiado me propinaba un empujón violento mientras me arrastraban hacia el centro de la sala. Una vez allí, se estuvieron quietos. Algo les había detenido. Me giré temblando. Estaba en el mismo lugar donde me había matado, pero allí sólo quedaban restos de sangre. Elevé mi vista y me observé agarrando el cuchillo, pero no era yo... era mi víctima quien lo empuñaba ahora. Negué con la cabeza de nuevo... ¡No podía ser verdad! ¡No podía estar ocurriendo eso! ¡Era imposible! Mi víctima avanzó hacia mí y, tras agarrarme de la camisa hundió su cuchillo en mi garganta, de la misma forma que yo había hecho con él. Observé su boca llena de su sangre. Su herida aún manaba sangre. Sus manos empezaban a embadurnarse con la mía. Sentí un sabor metálico en mi boca. Mis miembros estaban ahora rígidos y fríos. No podía hablar. Al sacar el puñal de mi esófago, algo de sangre salió disparada hacia su rostro. Apenas duré unos segundos en pié cuando empecé a desplomarme hacia el suelo con la mirada clavada en mi asesino. En mi víctima. En mí mismo. Las voces habían cesado ya.
Me levanté sobresaltado. Empecé a mirar de un lado para otro con la respiración entre cortada buscando una luz. Estaba ahogado. La luz iluminó una habitación y me quedé reflejado en un espejo. Respiré aliviado. No tenía ningún corte. La figura del espejo imitaba mis mismos gestos. Todo había sido un sueño... Sí... Todo había sido un sueño... Sólo eso... Un sueño...
lunes, 23 de abril de 2012
El lobo de Orleans
Dos ojos brillantes miraban todos y cada uno de los rincones de la penumbrosa catedral, aunque a aquel gigantesco animal parecía no importarle demasiado la falta de luz. Sólo la claridad de la luna, penetrando por las diversas ventanas del lugar sacro hacían que aquel sitio no se quedase a oscuras en su totalidad, dándole aspecto de una iglesia tétrica y fría.
Allí dentro se podía respirar el miedo. Se podían escuchar pasos y voces hacia ninguna parte, buscándole. Se dejaban ver algunas antorchas pasando de un lado para otro. Veloces. Agarradas por hombres esbeltos que portaban consigo la indumentaria militar típica de los gallardos caballeros medievales.
-¿Está por ahí?-Gritó uno.
-No, por aquí no está. ¡Busquemos por la sacristía y el altar! ¡Vamos!-Gritó otro.
Pasos que lo perseguían. Pasos que no darían con él nunca. En un rincón de la catedral, el lobo se relamía y mostraba su sonrisa maléfica. Se movía con el sigilo de los espíritus, y su presencia no dejaba pista alguna para perseguirlo. Parecía que estuviera cazando, esperando una presa que asesinar con sus colmillos afilados. Un miembro que desgarrar. Sangre que sentir cayendo por su garganta, inundando su paladar. Pero no. El lobo no buscaba hoy saciar su sed de sangre. Sus objetivos eran distintos.
Se encaminó por una escalera larga. Los soldados aún proferían gritos, órdenes de búsqueda, carreras de un lado a otro, peinando cada nave de la catedral sin encontrar al animal.
Sigiloso, subió las escaleras que daban al alminar, allí donde se encontraban las campanas. No escuchó pasos a su espalda. Nadie le seguía. Nadie sabía que estaba allí.
Soplaba el viento con fuerza en la torre de la catedral. Llovía con violencia y sus gotas se estrellaban en las campanas. Todo un pueblo cuchicheaba a los pies del santo lugar, en una plaza mayor tomada por los soldados que corrían de un lado para otro comunicándose cosas, controlando a la bulliciosa población.
-Mi señor, esta noche es rara. ¡Mirad como luce la luna y la lluvia tan fuerte que cae! ¡Es obra del demonio, sin duda alguna!-gritaba un joven clérigo-¡Y la culpa de todo la tiene ese lobo, símbolo del mal, que se ha adentrado en mi catedral! ¡El final de los tiempos se acerca! ¡Lo dicen las Sagradas Escrituras! ¡La bestia será liberada! ¡Mirad los presagios!
-Jean, no hay que ponerse así por unos años de malas cosechas.-Intentó tranquilizarlo el noble.-Seguro que hay una explicación razonable para todo lo que está pasando.
-¿Una explicación razonable, mi señor? ¿Qué veis de razonable que un monstruo marino se haya dejado ver en las costas de las Galias? ¿Y qué me decís de las crónicas de Glaber en la Borgoña? ¡Un dragón surcó los cielos, mi señor! ¡Un dragón voló sobre la Borgoña! ¿Y qué me decís de las calamidades que pasamos? ¡Hambrunas, epidemias, miseria! El mal ha tomado el corazón de los hombres. Los ejércitos del Anticristo están aquí. ¡Mirad cómo destrozan nuestras aldeas esos magiares! ¿Y esas poblaciones a las que llaman húngaros? ¿Qué me decís? ¡Son paganos! ¡Veneran al diablo y celebran cultos contra nuestro Señor Jesucristo! ¡Por favor, mi señor! ¿No lo veis? ¡La población está aterrorizada!
-Calmaos, noble Jean, soy consciente de los apuros en los que estamos metidos. Dios proveerá, estoy seguro. Buscaremos una solución y...
-¡Santa María! ¡Señor! ¡Mirad, arriba, en el campanario!-Una mueca de terror se apoderó del clérigo mientras señalaba hacia la torre de la catedral.
El lobo miraba espectante aquel episodio de terror. El panorama le resultaba excitante. Un grito le llamó la atención. Una figura en la plaza señalaba hacia el lugar en el que se encontraba. Un relámpago tras de si iluminó su figura, extendiendo su sombra por toda la plaza. Profirió un aullido de victoria que retumbó en toda Orleans. La población enmudeció mientras miraba con horror al lobo pasearse con parsimonia sobre la torre. Caminaba lentamente, saboreando el momento, para, segundos más tarde, agarrar con sus dientes una cuerda y tirar de ella. Las campanas de la catedral sonaron con el estruendo de los truenos.
El pueblo de Orleans comenzó a gritar aterrorizado. Corría de un lado para otro buscando algún lugar en el que esconderse de la vista del Maligno. Algunos se arrodillaban y lanzaban oraciones al cielo. Gritos de misericordia respondidos por la lluvia. Los ladrones saqueaban los comercios ahora que no había nadie para atenderlos. El caos había tomado la ciudad. Los soldados se lanzaron contra la población intentando controlarla, mientras el noble comenzó a correr hacia la entrada de la catedral.
Subía como una gacela los escalones de la torre. Corría, como si el mismo diablo le azotara con su látigo. Llevaba la espada en la mano, preparado para lo que pudiera ocurrir. Llegó a la parte de arriba. No había nada. Sólo se veía a la población correr y a los soldados conteniéndolos. Suspiró. ¿Habría bajado ya el lobo? No lo sabía. Se apoyó en su espada unos segundos, a espera de recuperar el aliento antes de volver a bajar cuando escuchó tras de sí un gruñido. Se giró inmediatamente. Dos ojos amarillentos le miraban desde el lado opuesto al que se encontraba. La oscuridad camuflaba su pelaje negro. El noble se puso en guardia inmediatamente a espera de que el animal atacase. Se alejó lentamente del borde de la torre mientras se dirigía a las escaleras, donde estaría más resguardado de cualquier golpe que le hiciera caer al vacío. El lobo mostró sus dientes. Gruñía. Rugía mientras avanzaba hacia el señor de Orleans. Se paró en seco durante unos segundos, mientras estudiaba cuidadosamente a su rival. El noble pareció relajarse. Bajó la espada. El lobo no estaba por la labor de atacar. Seguramente estaría cansado. En esos pensamientos andaba enfrascado cuando sintió un fuerte dolor en el hombro izquierdo y el impulso de un golpe le hizo precipitarse hacia atrás, rodando por las escaleras hasta dar con un rellano. El lobo se había lanzado contra él y le había propinado un fuerte mordisco. Consiguió ponerse en pie mientras se presionaba fuerte en el hombro para aliviar el dolor. Miraba por la escalera. El lobo descendía con sigilo y lentitud. Volvió a mirarlo unos escalones más hacia arriba. Sus dientes, su boca... estaban llenas de sangre. De su sangre. No espero. Con rabia descargó su espada contra el animal, que logró esquivarlo y abalanzarse, de nuevo, sobre él. Cayeron los dos rodando varios peldaños más hasta dar con el siguiente rellano. La espada, en cambio, quedó tendida en el rellano anterior al golpe. El noble no lo dudó. Agarró su daga y, sin tan siquiera pensarlo, se la clavó al animal en el pecho. Estaba muerto. Se quedó observando durante varios segundos al hermoso ejemplar que había asesinado. Era un lobo fuerte, de un pelaje negro brillante.
El señor de Orleans se sintió mareado. Necesitaba aire. Se ahogaba allí dentro. Con paso firme, sujetándose el hombro herido, logró subir las escaleras una vez más. El panorama que se observaba en Orleans era más tranquilo ahora. La gente parecía calmada, pero no había dejado de llover. Se apoyó en una de las paredes del campanario y se dedicó a ver la ciudad, respirando fuerte, tranquilizándose.
Unos pasos metálicos se escuchaban por la escalera que daba al campanario. El noble se giró de inmediato para ver el rostro de quien perturbaba su descanso. Una luz se dejó ver en las paredes de la torre, y, tras ella, surgió un soldado, portador de una antorcha. Su rostro, pálido, reflejaba consternación. Era la viva imagen del miedo.
-Mi señor... señor de Orleans... traigo malas nuevas.
-Habla soldado, os escucho.
-El Cristo crucificado del monasterio mi señor...-el soldado bajó la cabeza y trago saliva. Se veía incapaz de seguir.
-¿Sí? ¿Qué ocurre hijo? ¡Habla, vamos!
El soldado elevó la vista y clavo sus ojos en los del señor de Orleans.
-Mi señor... el Cristo del monasterio... está llorando sangre.
Dedicado al Día del Libro. Basado en las crónicas del monje Raúl Glaber. Todo lo que se cuenta aquí es, en su mayoría ficticio. Las crónicas de Raúl Glaber recogen que en Orleans se divisó a un lobo tocando las campanas en la catedral, símbolo del mal. También queda recogido el relato del dragón sobre Borgoña y el monstruo marino, que resultó ser una ballena enorme. Lo del Cristo llorando, también queda recogido, aunque, para darle mayor dramatismo, se decidió que el Cristo llorara sangre. Las epidemias, las hambrunas, y el ataque de sarracenos, magiares (vikingos) y húngares también es cierto y forman parte del contexto histórico de las segundas invasiones en Europa. El resto de la historia, es pura invención.
Dedicado a mis lectores. Gracias. Feliz Día del Libro. Disfrutadlo.
jueves, 12 de abril de 2012
Rima XI
Eres tú del día la portentosa
Estrella roja y brillante,
Y de la noche la pálida luna
Que sola tiembla al contemplarte.
Eres tú del sediento el agua fresca
Que al beber calma su sed,
Y eres del enamorado el fuego
Que te ansia con todo su ser.
Tú eres en la tormenta el fuerte trueno
Que el silencio rompe,
Y eres el fugaz rayo que en la noche
Penumbrosa al beso responde.
Eres tú del mar las frágiles olas
Que a morir van a las costas,
Y eres del gran océano la vida
Que en profundo silencio brota.
Eres tú del oscuro universo
Esa luz tenue y serena,
Y de la celestial corte de Dios
Canto que del Arcángel suena.
Eres tú de los árboles el fruto
Que anuncia la primavera,
Y eres el manantial de las montañas
Que alegre cae, y feliz resuena.
Eres tú de la Tierra el verde prado
Que en mayo la vida llena,
Y eres la vida alevosa y alegre
Que las flores de mayo llevan.
Eres tú de la bóveda celeste
Lo que divino supone,
Y eres tú del inmenso orbe humano
Lo infinito, el horizonte.
Tú lo eres todo, y en mi alma
Eres del amor el dolor forjado,
El dulce suspiro agónico
En la mirada del enamorado.
Dedicado a Loli Soriano Aguirre y a María Rodríguez López.
sábado, 10 de marzo de 2012
Obsesión
Obsesión es estar detrás de esa mujer que te tranquiliza aún cuando mueres por dentro. Cuando sólo mirarla a los ojos te late el corazón fuerte y parece que estás atrapado en un sueño del que no quieres despertar.
Obsesión es morir cada vez que ella te recorre el pecho con sus manos suaves de ángel. Cuando se despierta dentro de ti un infierno interno que no podría ser apagado ni siquiera con las lágrimas de Dios.
Obsesión es que ella te bese en el cuello y tu averno sea un paraíso de fuego, donde el ave fénix renace una y otra vez de las cenizas del destino sacando a relucir sentimientos contrapuestos y encontrados. Sentimientos que no recordabas. Sentimientos que añoras. Sentimientos que inundan tu pecho y hacen latir tu corazón con violencia.
Obsesión es sentir arder tu alma de deseo. Sentir que cada segundo que pasa con ella es largo como una edad en la tierra, pero tan corto como una milésima de segundo.
Obsesión es estar tan cerca de ella que respirar sus suspiros, y te envenenas, poco a poco, el espíritu y el cuerpo con sus palabras y su tierna respiración.
Obsesión es entrar en un estado de somnolencia mientras la ves y no puedes dejar de mirarla. Es ver cómo la realidad supera cualquier ficción, pero parecerte que vives un sueño profundo sin verdad alguna, donde lo onírico y lo real se entremezclan formando un momento único y arduo que queda grabado a fuego en tu corazón y deja una huella imborrable.
La obsesión es amor, y amor eres tú...
Dedicado a Estrella Cardoso Paz.
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