domingo, 14 de agosto de 2011

El Maestro De Marionetas

No había más luz en la pequeña habitación, que la de unas velas mal dispuestas sobre una mesa vieja y tortuosa. Coja de una pata, la mesa rectangular presentaba un aspecto totalmente lamentable, sucia y con diversos manchones  rojizos y con un recipiente donde descansaban, amenazantes, un cuchillo afilado y ensangrentado cuyo mango, de madera marrón, sobre salía del ovalado contenedor negro donde reposaban, con la punta hacia arriba, varios clavos, largos listones de madera fina, y multitud de rollos de cuerda gruesa. Un silencio sepulcral y de ultratumba recorría toda la minúscula habitación casi en la más completa penumbra. A duras penas se podía ver más allá de un metro.

Irrumpió en la habitación un hombre alto y calvo, enfermizamente delgado y pálido, con unas ojeras negras, tan oscuras como sus ojos y con un ropaje semejante al de un enterrador. ¿Sería esa su profesión? Portaba sobre sus hombros una especie de saco grande y ancho que, con gran estruendo, arrojó sobre la mesa, a la par que comenzaba a abrirlo por uno de los laterales. El silencio quedó inmediatamente roto por el rasgar de la tela que, poco a poco, iba mostrando su contenido. Fue primero un brazo blanco, después, una cabeza rubia de mujer con labios amoratados y, finalmente, cuando ya estaba todo el saco abierto, apareció el resto del cuerpo. No llevaba la mujer más atuendo que el de un camisón largo y blanco, y no cesaba de temblar. Apenas podía moverse, y su rostro reflejaba el trance caótico del miedo. Sus ojos, desencajados. Sus manos, temblorosas. Su boca, entreabierta, dejaba escapar una especie de vaho, suspiros por donde la vida se le escapaba por momentos. Y su cuerpo, su hermoso cuerpo, quedaba totalmente rígido y paralizado, sin mayor movimiento que las leves convulsiones de sus temblores que recorrían cada centímetro de su anatomía.

La mano pálida del hombre agarró el cuchillo, y comenzó a pasear su ensangrentada hoja por el cuerpo de la mujer, la cual, se estremecía con el contacto del afilado puñal sacándola de su trance. Ella no cesaba de mirar de un lado para otro, buscando su salvación, algo que pudiera ayudarla a escapar, pero sus miembros continuaban rígidos. Deseaba correr. Gritar. Hacer algo para llamar la atención de alguien, pero, ¿quién la socorrería? ¿Serían vanos sus esfuerzos? No podía mover sus estáticas extremidades aún, y el frío de la habitación, con mucha humedad, impedía el grito de la mujer que respiraba con dificultad. Casi ni se elevaba su pecho. El aire gélido de la estancia helaba sus pulmones causando un horrendo dolor en sus costillas a cada bocanada de aire.

El hombre, ajeno a todo el dolor de la mujer, agarraba fuerte el cuchillo y se aproximaba a la mano derecha, la cual, fue cogida con delicadeza y, tras unos segundos, fue besada con delicadeza. Quedó aquel extraño totalmente extasiado ante los ojos azules de la mujer, ¿es que acaso la había deseado alguna vez? La lujuria era dueño de sus ojos… pero el dolor de su mente y, recobrando la noción del tiempo, el hombre, sin vacilar, hundió su cuchillo en la mano que sujetaba provocando un grito desgarrador. De la mano comenzó a brotar sangre de forma lenta pero continua, y él siguió hundiendo su cuchillo más y más, hasta que, finalmente, la punta se dejó ver después de haber atravesado de parte a parte la mano agarrada.

Grande era el deleite de quien se dedicaba a torturar a la mujer, y gran dolor era el de la mujer que no dejaba de gemir y gritar. En el éxtasis sádico de la acción, el hombre giró el cuchillo mientras lo sacaba de forma tranquila. Acto seguido, depositó el cuchillo de nuevo en el recipiente y cogió ahora dos clavos y un gran trozo de cuerda. Mientras gritaba la mujer y sus manos echaban sangre, el hombre ataba los clavos a la cuerda con una velocidad sobrehumana. Aproximó después los clavos hacia la mano de la mujer, quien, de nuevo, se estremeció con el contacto de la mano fría del hombre quien, poco a poco, introducía los clavos en la profunda herida hecha por el puñal. La mujer volvió a gritar de dolor mientras el hombre introducía los clavos en su mano hasta que pudo sacarlos por la palma de la misma, disponiéndolos ahora en cruz, quedando uno en horizontal y el otro en vertical mientras que la cuerda quedaba en la otra parte de la mano.

Mismo procedimiento siguió con los pies y la mano, cogiendo trozos de cuerda más o menos largos para las diferentes extremidades del cuerpo mientras se recreaba con los gritos de la mujer cuyo aspecto, ahora, parecía mucho más lastimero y lamentable que en momentos anteriores.

Cogió ahora dos listones de madera, los cuales, fueron unidos por varios clavos en su centro con la fuerza que el hombre ejercía a través del mango del puñal, usado antes para abrir las heridas a la mujer, usado ahora como martillo para hundir los clavos en la madera que, igual que los dispuestos en las extremidades, también quedó en forma de cruz. Apenas duró unos segundos este procedimiento cuando comenzó a atar los cabos sueltos de las cuerdas de las extremidades a los listones, quedando cada cabo en uno de los extremos de estos.

Cuando hubo acabado la operación, el hombre tiró de una cuerda y se elevó una mano. Realizó el mismo procedimiento con cada uno de los miembros del cuerpo que estaban atados a una de las cuerdas mientras la mujer chillaba de dolor. Los listones de madera quedaban por encima de la cabeza de la mujer y, usándolos de la manera adecuada, también podía moverla a su antojo.

Los ojos de la mujer, llenos de lágrimas, buscaban la respuesta en los ojos inertes del hombre. Los globos oculares muertos del hombre, se deleitaban ante el horror del rostro de la mujer. Incomprendida ella, él, tranquilo. Se quedó largo tiempo mirando el rostro bañado en lágrimas de la mujer y, elevando una de sus manos, con total delicadeza, le secó las lágrimas de sus ojos mientras negaba con la cabeza. La mujer se estremeció ante el contacto de la mano, fría como la de un muerto, y su corazón se aceleraba ante el odio y la rabia que le causaba esa sensación. No quería estar allí. No quería verle, pero… ¿qué hacer? Cerró los ojos mientras su garganta emitía un leve sollozo acompañado de no pocas lágrimas que seguían cayendo de sus glándulas lacrimales. Ahora parecía relajarse a pesar de que el dolor seguía ahí, acompañándola en sus extremidades maltratadas y agujereadas, como si fuera un Cristo recién crucificado, pero sin cruz alguna.

Sintió la mujer un tirón y al abrir los ojos, observó cómo el hombre la depositaba de nuevo sobre sus hombros y la llevaba hacia otro lugar. Sólo Dios y Lucifer sabían cual, y aquel extraño se parecía más a un enviado de las tinieblas. ¿Es qué no había tenido bastante con aquello? ¿Es qué necesitaba más dolor? El hombre la llevaba por una escalera de caracol, igual de fría, húmeda y mal iluminada que su habitación, la diferencia es que cada vez iba más hacía abajo, como si quisiera descender al infierno con ella. Una eterna bajada al abismo de las tinieblas y la oscuridad, donde el miedo y la rabia hacían que su corazón latiese con violencia debajo de su camisón blanco, el cual, tras la cruel tortura, presentaba ahora diversos manchones de sangre, igual que sus manos y sus pies, totalmente empapados en aquel líquido rojizo semejante a los rubíes y al sol del ocaso.
El hombre paró en seco y se dispuso a abrir una nueva habitación, mucho más grande que la anterior, pero igual de mal iluminada, aunque, esta vez, en vez de con velas, con antorchas. El hombre andaba ahora con tranquilidad y parsimonia mirando la pared, la mujer, mientras tanto, trataba de averiguar dónde la había traído, pero sus ojos llorosos no llegaban a ver más allá de dos metros detrás del hombre.

Tras unos minutos de espera y de sollozo, el hombre se paró bruscamente y bajó a la mujer de sus hombros, aproximándola poco a poco a una pared hasta que quedó colgada de una especie de percha por la parte de los listones, los cuales, habían sido arrastrados durante todo el camino hasta la nueva habitación. La mujer quedó suspendida en el aire durante unos segundos, hasta que sus pies tocaron el frío suelo. Allí olía a putrefacción y a muerte, y presentaba el mismo silencio sepulcral que la anterior habitación y el mismo frío propiciado por una pequeña ventana abierta al fondo de la habitación. Era de noche, mas, no alcanzaba a ver la luna.

El hombre, en ese momento, arrancó las primeras y únicas palabras que ella escucharía, mas, desearía no haber escuchado esa voz nunca. La voz penetrante, tranquila y dolorosa del hombre, penetraba por sus tímpanos provocando un insoportable dolor de cabeza. Una voz que rebotaba en las paredes y producía un eco sobrenatural y terrorífico que heló la sangre de la mujer una vez más.

-Debes de darme las gracias. Acabo de ofrecerte la inmortalidad. Serás mi marioneta preferida. Harás lo que yo te diga y como yo quiera. Serás tranquila y sumisa.

Tras decir estas palabras, el hombre abandonó la habitación. Ella había escuchado la palabra marioneta… ¿marioneta de qué? ¿Marioneta preferida? ¿Es que había más como ella? Cerró los ojos un momento intentando olvidar todo lo acaecido hasta el momento, pero le era imposible. El hedor a muerte de la sala no la dejaba pensar con claridad. Segundos más tarde, escuchó una especie de alarido a su izquierda. Por su derecha otro. Atrás suya varios, Dos por delante. Eran semejantes a los aullidos de lobos. Gritos desgarradores incapaces de pedir ayuda. La mujer decidió abrir los ojos, y estos se llenaron de espanto y horror cuando encontró la sala iluminada por la tétrica luz de la luna, tan pálida como los muertos, llenando de haces de luz la habitación.

Descansaba muerta, a menos de un metro suyo, el cuerpo de una mujer, de la que no quedaba más que el pelo y la calavera, y tanto las manos como los pies, presentaban también los clavos y heridas que ella poseía… casi parecía una marioneta macabra. Una marioneta que no dejaba de mirarla a través de unas cuencas oculares sin ojo alguno, pero sentía como si aquel esqueleto pudiera entrever los más oscuros entresijos de su alma. Los alaridos los provocaban más personas como ella, en su misma y penosa situación agonizante. Algunas estaban ya para morir. Otras, como ella, acababan de ser llevadas y tardarían aún en desaparecer y hundirse en el regalo de la muerte. El privilegio otorgado por el más allá. Un descanso eterno. Pero allí no sólo había mujeres: también había hombres y niños, a cada cual, más macabro y terrorífico.

Desde ese momento estaba condenada a permanecer allí hasta el fin de sus días. Como una marioneta macabra, sin vida propia, sumisa, obediente a cada movimiento, esperando la llegada de la Parca en un lugar donde la noche siempre se cernía sobre las cabezas de aquel enclave, donde no existía más luz que la de la esperanza, y donde no existía más esperanza que la de una muerte cercana, pero, por desgracia para muchos, esquiva. Ahora no era más que un alma en pena, condenada a vagar en aquella sala hasta el día de su trágico final. Tal vez eternamente, mientras el Maestro de Marionetas seguía presenciando aquel espectáculo sádico y sangriento y hacía de ellos lo que quería. ¿Acaso no eran sus marionetas? ¿Acaso no habían perdido sus vidas para dárselas a él?... ¿es que ahora tenían vida quizás? No. Ahora los vivos estaban muertos, y los muertos podían decir que estaban vivos. Ahora no era más que una pieza más de un rompecabezas, una diversión, una actriz en un teatro sin público ni escenario… no era más que una marioneta esperando su trágico final.