III
Ocaso
rojo.
Duele
el cielo naranja;
Junto
a mí... nadie
IV
Tiemblan
las aguas
sobre
el ancho mar; pero
su
fondo es calma.
III
Ocaso
rojo.
Duele
el cielo naranja;
Junto
a mí... nadie
IV
Tiemblan
las aguas
sobre
el ancho mar; pero
su
fondo es calma.
Lo siento. No me apetece sonreír ni poner buena cara.
Tampoco soy capaz de arrancar de mi pecho todo lo que me hace daño. No soy
capaz de que mi cabeza deje de rumiar. Quiero estar solo y en mi casa. O
paseando junto a la ría mientras escucho música. Pero quiero estar solo.
Perdóname. No quiero hacerte daño
ni hacerte sufrir. Pero es que no tengo ganas de nada. No es por ti y perdona
si te contesto mal. Siento si me muestro lacónico y taciturno. Pero no quiero
hablar.
Estoy aburrido y cansado. Pero mi
cansancio y mi aburrimiento no es el que dices que es. Es, más bien, algo
psicológico; de aquí, de la cabeza. Es una apatía mental. Es una incomprensión
hacia lo que me rodea. Es la sensación de que el mundo va demasiado deprisa
para mí. Y yo me veo más y más alejado de todo y de todos. Y a veces me siento
solo. Supongo que es normal.
Y no. Tampoco quiero hablar con
nadie de lo que me pasa. Ni siquiera sé lo que me pasa. Y tampoco sé qué lo
provoca. Así, aunque quisiera, no te lo podría contar. Y tampoco quiero hablar
de ello. Déjame en paz. Por favor.
Canta, que la pena ha echado raigambre
en la tez de guitarras andaluzas,
y las cuerdas ahora buscan excusas
para cantarle a la luna su hambre
y dar salida a
las notas reclusas.
Canta, que al alba el jilguero maldice,
sobre la arboleda, el salir del sol,
Que dice que
es opaco el resplandor
cuando quema todas las cicatrices,
reseca la boca y daña la voz.
I
Como la brisa
hiere, dulce, la hierba,
así voy al vacío.
II
En un ocaso
frente al mar, ¿no es más bella
la gris nostalgia?
7:00. Suena la alarma. La pospongo. Me giro en la cama. Abrazo a mi pareja. La beso en el cuello. Emite un pequeño gruñido. “Buenos días” digo. “Buenos días, me contesta.
7:05.
Vuelve a sonar la alarma. La apago. Suspiro. Me estiro. Salgo de la cama. Voy a
la cocina. Me preparo el desayuno. Voy al baño mientras se hacen las tostadas.
Me lavo la cara y las manos. Me visto. Bostezo. Vuelvo al cuarto de baño. Me
lavo los dientes y me peino. Voy a mi habitación. “Me voy. Que tengas un buen
día”, digo. “Igualmente”, me responde. Voy al salón. Cojo la mochila, la
cartera, el móvil, las llaves de casa y las del coche.
7:38.
Salgo de casa. Me aproximo al ascensor. Lo llamo. Subo y pulso el botón de la
planta sótano. Salgo del ascensor, me dirijo al coche. Me subo. Lo arranco.
Salgo del garaje. Enciendo los faros porque aún no ha amanecido. Suspiro.
Enciendo la radio. Mujeres y hombres me dan los buenos días contándome algo de
no sé qué guerra en no sé qué lugar. Han subido los tipos de interés en los
bancos. La cesta de la compra también ha subido. Y el diésel también. Y los
artículos de primera necesidad. Un político le ha dicho a otro no sé qué y no
sé cuántos a otro político, que le ha respondido con otro no sé qué y no sé
cuántos. “¡Pues qué bien!”, me digo. Suspiro de nuevo. Entre tanto, una
vorágine de coches inunda las arterias de la ciudad y debo estar alerta. Miro
el reloj. “Voy bien de tiempo”, me digo.
8:17.
Llego a mi lugar de trabajo. Abro el WhatsApp. Busco el teléfono de mi
pareja. “Ya llegué”, le escribo. Apago la radio. Me bajo del coche y cojo la
mochila. “¡Buenos días!”, me saluda una sonriente compañera de trabajo. “¡A los
buenos días!”, saludo yo con otra sonrisa, aunque no me apetece sonreír. La
mañana ya va despuntando. Entro en mi lugar de trabajo y ficho. Se sucede una
avalancha de buenas caras y holas. Algunos sostienen una taza de café. Otros se
quejan de la carga laboral o de algunos aspectos relacionados con el trabajo.
“Esos son los míos”, pienso. “¿Cuántos de nosotros sonreímos de verdad?”, me
pregunto. Alguien suelta un chiste o cuenta algún chisme y sonrío.
8:30.
Suena la alarma y el trabajo comienza. Voy de aquí para allá con mi mochila. A
veces hago esto y otras aquello. Hoy hay algunas reuniones programadas.
Suspiro. Entre tanto pienso que me gustaría retomar el piano, que me gustaría
aprender algún idioma, a tomar fotografías o a escribir alguna poesía.
10:45.
Primera reunión. Suspiro. Me llega un mensaje al móvil. Factura del banco.
11:30.
Fin de la primera reunión. Vuelvo a mi puesto de trabajo. Correo de no sé
quién. Suspiro. “A ver si saco tiempo y lo respondo”.
12:03.
Hora de desayunar. Dejo mis cosas en mi puesto de trabajo. Suelto algún chiste.
“Me voy a desayunar”, apostillo. Esta vez nadie me acompaña. Salgo solo. Entro
en la cafetería y pido lo de siempre. Suspiro recordando la agenda de hoy. La
camarera me sonríe y hablamos un rato. Es un momento agradable. Devoro mi
tostada con aceite y tomate y me bebo poco a poco mi descafeinado de máquina
con leche. Miro la hora. Las 12:34. “Hora de volver”, me digo. Me acerco a la
barra. Pago en efectivo el importe total del desayuno. Suspiro. “¡Me voy!”,
grito mientras doy la espalda a la barra para salir por la puerta. “¡Que tengas
un buen día!”, me dicen. “¡Igualmente, que te sea leve!”, respondo mientras me
giro y levanto la mano.
12:40.
Vuelta al trabajo. Suspiro. Mensaje al móvil: factura de Internet.
13:00.
Nueva reunión. Compruebo cuánto dinero me queda en la cuenta. No es mucho. Suspiro.
14:00.
Vuelvo a mi puesto de trabajo. Suspiro. “Ya queda poco”, me digo. Y entre tanto
pienso que me gustaría hacer un viaje por Europa del Este, que el sábado debo
ir a ver a mi prima, que está enferma. Y que no se me olvide felicitar al tío
del primo del amigo del cuñado… que es su cumpleaños. Pienso en el correo de
esta mañana. “¿Cuándo le contestaré?”. Suspiro.
15:07.
Fin de la jornada laboral. Suspiro. “¡Menos mal que esta tarde no hay
formación!”. Ficho. Me subo al coche. Enciendo la radio. Mismas voces dando las
mismas noticias. “Salgo”, escribo a mi pareja por WhatsApp”. Suspiro.
Pienso en el día de hoy y en todo lo que me queda por hacer en casa. Entre
tanto, voy por las mismas arterias de antes hasta que, por fin, encuentro un
aparcamiento. Ahora no hace falta que prenda las luces.
15:47.
Llego a casa. Suelto la mochila. Voy al servicio. Me lavo las manos. Voy al
comedor. Hoy mi pareja me ha dejado fideos chinos para comer. Sonrío. Me siento
en el sofá. Enciendo la televisión. Paso de las noticias y me pongo una serie
nueva que estoy viendo. Es sobre la yakuza. Pienso en cuánto me gustaría ir a
Japón, a China o a Mongolia. Sonrío ante la remota posibilidad. Me tumbo. Veo
los mensajes que me han llegado. Nuevo grupo de no sé qué, mi madre diciendo no
sé cuánto, mi pareja diciéndome que tengo que ir a no sé dónde a comprar tal o
cual cosa. Que no me olvide. Suspiro. Cierro los ojos unos minutos…
16:30.
Me despierto. Miro el reloj. Suspiro. Pienso en todo lo que me queda por hacer
y el correo que debo responder. “A ver cuándo lo hago”, me digo. Voy a la
cocina, friego los cubiertos, los platos, las sartenes y las ollas. Pulverizo
quitamanchas sobre la vitrocerámica y la encimera de granito. La limpio. Luego
le toca al suelo. Lo barro y lo limpio. Suspiro. Me pongo de mala leche porque
no me gusta limpiar. “Al menos no has tenido que cocinar”, me digo. “¡Como si
fuera un consuelo!”. Suspiro.
17:16.
Miro la hora. Me siento a trabajar. Suspiro.
19:00.
Termino de trabajar. Miro el reloj. Cojo una bolsa de la cocina. Pienso en que
quiero retomar la escritura. Voy al supermercado. Compro. El cajero me dice el
importe con un semblante indiferente. “¿Quiere bolsa?”, me pregunta. “No,
gracias”, respondo. Meto las cosas sin orden alguno en las bolsas de plástico.
Suspiro.
19:30.
Llego a casa. Guardo cada cosa en su sitio, incluyendo la bolsa. “El correo”,
otra vez. Suspiro. Abro la agenda. Mañana el día también estará cargado.
Mensaje de WhatsApp. “Recoge la ropa”. Cojo la cesta, subo, recojo la
ropa. Suspiro. Entre tanto pienso en las reuniones de esta mañana. Tengo los
cascos y escucho música. Es un grupo nuevo de rock que he encontrado. Suspiro.
Bajo las escaleras. Vuelvo a casa. Doblo la ropa. La guardo. Suspiro.
20:35
Termino de mis quehaceres. No quiero hacer absolutamente nada. Suspiro. Me tiro
en el sofá. Más mensajes de WhatsApp. Mensaje al correo. Es del trabajo.
Suspiro. Dejo el móvil en otro lado. Miro la hora “No me va a dar tiempo a
hacer ejercicio hoy”. Y, francamente, tampoco tengo ganas.
21:17.
Llega mi pareja. Calienta la cena. Mientras tanto, yo llamo a mi madre y a mi
padre. Está todo bien por allí. Por aquí también. “Estoy cumpliendo la
Cuaresma, sí”. De hecho, no estoy comiendo carne. “¿Vienes el fin de semana a
casa?”. Suspiro. Hoy hay tortilla de patatas. Me encanta. Mi pareja y yo nos
miramos. Su cara es de cansancio. Suspira. Suspiro. “¿Qué tal el día?”. “Bien,
trabajando, ¿y el tuyo?”. “Bien. Igual”. Suspiramos. Vemos algo en la
televisión.
22:22.
Nos levantamos. Ella se va a duchar. Yo limpio los cacharros de la cena.
Suspiro. Voy a mi despacho. Preparo las cosas para mañana. Suspiro. Se me ha
olvidado hacer algo del trabajo. “Joder…”. Más WhatsApp. Miro las
noticias y encima ha perdido mi equipo del fútbol. Apago los datos. Suspiro.
“Mañana será otro día”.
22:45.
Me ducho y me lavo los dientes. Suspiro. Vuelvo a pensar en el correo. Me noto
muy algo cansado. Miro la hora. Suspiro.
23:15.
“¡Al fin en la cama!”, pienso. Mi pareja ya se ha dormido. Cojo un libro. “Me
encantaría escribir un libro”. Lo huelo.
Suspiro. Mientras lo leo se me van cerrando, poco a poco, los ojos. Leo
una frase que me gusta. “Mañana la anotaré. Me gustaría tener un cuaderno o un
algo donde apuntar estas citas”. Suspiro. Se me siguen cerrando los ojos.
Pienso que debería retomar el ejercicio. “¿Pero a qué hora? Mañana seguramente
pueda. No procrastinaré más”. Se me siguen cerrando los ojos. Pongo el marca
páginas donde toca hoy. A penas he avanzado cuatro páginas y muy lentamente…
pero el cansancio me puede. Suspiro.
00:06.
Miro la hora. Cierro los ojos. Me giro. Abrazo a mi pareja. Luego nos
separamos.
00:27.
…
7:00.
Suena la alarma. Lo pospongo. Me giro en la cama. Abrazo a mi pareja. La beso
en el cuello. Emite un pequeño gruñido. “Buenos días” digo. “Buenos días, me
contesta.
Ahora,
que nos alejamos de la impetuosa vitalidad de la juventud; que hace tiempo que
nos desprendimos del ufano velo de inmortalidad que clareaba en nuestras
miradas infantiles.
Ahora,
que nos sabemos heridos y vulnerables por el curso de los acontecimientos; que
las visitas de Tánatos suceden con una frecuencia cada vez más impertinente y molesta.
Ahora,
que el invierno va tiñendo nuestras cabezas de nieve; que en las celebraciones
se apilan, en un rincón sepia, las sillas vacías.
Ahora,
que nos ensordece el mudo ruido de aquellas historias ajenas que debían
atravesarnos; que las pantallas y los antidepresivos nos acompañan y sustituyen
los ahogados murmullos de un café a media tarde.
Ahora,
que comprendemos que las delicadas pinceladas en el lienzo acercan al artista a
la conclusión de su obra; que las olas que rompen en la orilla mueren y nunca
retornan.
Ahora,
que entendemos todo esto, mírame. Llora conmigo y abrázame. Antes de que se
agoten las manecillas de nuestros relojes. Antes de que nuestras voces se
pierdan contra las paredes frías o el horizonte inabarcable. Antes de que sólo
seamos un triste recuerdo diluido en la memoria del otro.

Retrato de Anna Ajmátova,
de Nathan Isáyevich Altman
Contempla la invernal luz apagada;
Describe callada
la voz dormida
Que el ayer trae
la abierta y turbia herida,
Melancólica, en
la clara mirada.
Y en la pálida luz, enmudecida,
Sedente estatua
de piernas cruzadas
Que avivas, en
la mañana azulada,
Los moribundos
rescoldos de tu vida.
«Vida», murmura
en ardiente silencio.
Y con su
silencio plantea un enigma.
«Vida», susurra
en dolor placentero
El dolor trémulo
del alma herida.
«Vida», dice,
«ya alegre o taciturna»
«Vida», susurra…
«ante todo… Vida».
El presente poema es un trabajo elaborado para el curso Taller de Literatura Rusa del Siglo XX a través de 6 genios, del Instituto Pushkin de Cádiz.