Estaba yo en la semipenumbra de mi habitación iluminado por una lámpara de mesa mientras yacía tumbado en mi cama con un libro entre mis manos y con un Whisky reposando sobre la pequeña mesilla de noche situada a la izquierda de mi catre.
En mi móvil sonaba una melodiosa canción de Miles Davis... No recuerdo el nombre de cual, pero si estoy seguro de que aquella noche lo único que me embriagaba era el sonido envolvente de la música Jazz.
No acostumbro mucho a oír música Jazz, no siento, actualmente, mucha predilección por el Jazz, pero debo admitir que de vez en cuando no está demás cambiar de estilo musical y escuchar otras cosas.
Hacía años que no escuchaba a Miles Davis, y mucho más, a Charlie Parker, aunque tampoco es que haya sido un fanático de ambos, pero aquella noche, fue especial... Y no solo por la música, por mi extrema relajación o por tener un libro interesante entre mis manos, no... Aquella noche me ví arrastrado de pleno a la década de los 60. Me parecía estar en el interior de un café antiguo, semipenumbroso, como mi habitación, donde era difícil observarle las caras al resto de las personas que entraban y salían intentando armar el menor ruido posible. Los susurros se entremezclaban con el pasar de las páginas de las personas, incluso con las de mi propio libro, creando una cierta atmósfera de tranquilidad y desasosiego que nadie suele sentir en ningún café de ahora. La tenue luz de una lámpara colgada en una pared es lo único que tengo para alumbrar las páginas de mi libro mientras de fondo suena el viejo Jazz de los 60 trayendo a mi mente años de intensa nostalgia... Todos parecen nostálgicos allí, y sin embargo, nadie de allí ha sentido momentos de verdadera nostalgia influidos por la música. Es como si la propia música formara parte de nuestra alma y de ella dependiera nuestr estado de ánimo. Incluso el camarero que sirve copas sin parar a los clientes parece ser un nostálgico. Y a pesar de ser un sentimiento tan extraño el que sentimos, nadie se atreve a salir de allí. No. Nadie sale, pero no cesan de entrar personas en un leve pero continuo e intermitente goteo y lejos de quedarnos sin espacio, el local parece hacerse aún más grande con cada alma que penetra en aquel impío lugar, lleno de intelectuales que debaten incluso con las miradas, de solitarios escritores buscando ese acogedor antro como lugar de paz e inspiración, y de fieles lectores que rasgan y cortan el aire con el pasar de sus páginas, que, tal vez algún día sean de ese escritor que tiene a un par de mesas más hacia allá, pero que es imprevisible en esos momentos.
Y cuando todo iba mejor, cuando el tiempo parecía detenerse bajo la paupérrima luz de una bombilla y solo fluían las notas de Jazz que se adentraban de forma tranquilizadora en nuestros oídos, un sonido seco llamó mi atención y abrí los ojos...
Estaban llamando a la puerta...
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