Pasos en la lejanía se escuchaban por entre las tortuosas calles de la Judería sevillana en una noche donde, si algo abundaba, era el olor al miedo y la lluvia incesante. Los truenos rompían el sonido monótono de los pasos sobre las calles, mientras el agua estallaba con violencia en el suelo, formando charcos similares a espejos, iluminados, cada cierto tiempo, por la palidez de algún relámpago que rasgaba el cielo durante unos segundos, y que quedaba reflejada en la mirada profunda y asustada de un hombre, cuyos ropajes, de cierta tonalidad oscura, eran dignos de un noble castellano, mas, sus facciones, duras como rocas, no podían evitar ocultar el creciente terror que se cocía en sus entrañas.
Apenas le quedaban ya fuerzas para seguir, cuando, a su vista, alcanzó a ver un hermoso almenar junto a una especie de mezquita almohade. Un almenar iluminado intermitentemente por rayos blanquecinos que sacaban a relucir el carácter tétrico de la bella estructura. Giralda, la llamaban los moros, y a ella fue a parar apenas unos segundos para recobrar el aliento, que, vigente quedaba que andaba falto de él en el continuo resuello de su pecho, y en la boqueadas que profería mientras buscaba, cabizbajo, y apoyado en la pared del almenar, un soplo de aire que llenase sus pulmones y le permitieran recobrar las escasas fuerzas que le quedaban antes de continuar su carrera hacia ninguna parte.
A penas estuvo parado unos segundos cuando algo llamó la atención tras su espalda. Una sombra cruzó por detrás suya. Otra más en los siguientes segundos. Se escuchaban los pasos venir y alejarse de él. De la frente mojada del castellano, comenzó a brotar un sudor frío, acompañado de un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo. Otra sombra volvió a cruzar tras su espalda, mientras éste miraba de reojo lo que acaecía tras de sí. Se giró tan deprisa como su cuerpo lo permitía, a la par que, con un hábil gesto de mano, sacó a relucir una espada con empuñadura de oro que fue iluminada por un nuevo rayo que rompió el cielo lluvioso. Nada. No había nada allí. El noble, aún con la espada en la mano, suspiró aliviado tras el breve fulgor del relámpago. "Habrá sido mi imaginación" pensaba, a la par que guardaba, tranquilizado, su espada en la vaina y avanzaba unos pasos hacia el frente, alejándose levemente de la pared de la Giralda.
Una sombra volvió a pasar tras su espalda, y, como movido por un resorte, el hombre volvió a sacar su espada y se giró lo más deprisa que pudo. Una nueva sombra volvió a verse a los pies de la Giralda para desvanecerse más tarde. Pasó otra por detrás suya. Una más. Otra por delante. Percibió algo que se movía por su izquierda. Algo corrió por su derecha y desapareció tras su espalda para, sin previo aviso, volver a aparecer por delante. El hombre, completamente aterrorizado, se giró y fue retrocediendo poco a poco hacia el almenar de nuevo, lanzando improperios y amenazas contra enemigos invisibles a los que tomó por entes sobrenaturales.
-¿Quiénes sois? ¡Dejaos ver!-Gritó desesperado.
Una sombra quedó parada en seco, a varios metros suya. La lluvia continuaba cayendo sobre el suelo, mojando la ropa del castellano, cuya mirada, se centraba en reconocer la extraña figura que permanecía inmóvil a lo lejos. Percibió una especie de destello lejano. Un destello plateado que se acercaba poco a poco y que, sin previo aviso, desapareció de su vista para hundirse en el hombro derecho, haciendo caer su espada contra el suelo, produciendo un ruido sordo y metálico que se perdió junto con el sonido ensordecedor del trueno. Se arrancó de su hombro el objeto culpable de su dolor cuando, en su rostro, se dibujó una expresión terrorífica, casi cadavérica. Sujetaba su mano un puñal pequeño, con una empuñadura negra y una hoja plateada cubierta con su sangre. Dejó caer el puñal al suelo, tal y como había hecho con su espada, para, dolorido, llevarse la mano izquierda hacia el punto donde se había clavado, de forma certera, el arma arrojadiza. Notó en sus dedos la calidez propia de la sangre, y, en su sangre, la frialdad propia de la muerte, a la cual, parecía estar sintiendo ahora mismo. Cerró los ojos para aguantar el dolor que se acentuaba mientras pasaban los segundos, mas, sin duda alguna, en aquel preciso instante, soñó con no haberlos
abierto.
Se posicionaban delante de sí tres hombres, uno de ellos, jugueteando con una daga similar a la que había dejado caer, los otros dos, portando dagas más grandes que la de su compañero, una en cada mano. No podía mirarlos a los ojos. La oscuridad se lo impedía. Portaban una especie de capa con capucha negra, como sus ropajes, similares a los de él, mas, llevaban brazaletes y grebas de cuero propias de los militares.
El hombre continuó retrocediendo hasta chocar contra la pared de la Giralda mientras miraba, completamente asustado, a sus agresores, inmóviles los tres, de pie, observando como lobos hambrientos a su presa herida, pero sin moverse. Sólo la lluvia tenía la osadía de romper el tétrico silencio en aquella noche sevillana.
Una sombra más apareció tras estos, acercándose con el sigilo propio de un felino, con la misma vestimenta que estos, mas, sin portar, en apariencia, arma alguna con la que dañar su ya herido cuerpo. Se adivina bajo la capucha de este, un mentón fuerte y afilado de una tez un tanto morena, cubierto de una especie de barba incipiente, y, bajo la oscuridad de su capucha, se revelaban dos ojos verdes tan centelleantes como el fuego. Sus compañeros le abrieron paso, mientras le miraban. Uno de ellos asintió. El hombre, entonces, avanzó hasta el castellano sin hacer ningún comentario. Sus pisadas sonaban fuertes, como el martillo golpeando el hierro en el yunque, y sus pasos eran firmes y seguros, como los del diablo en el infierno.
Miró el noble desconfiado al hombre que quedaba delante suya, y, con un infinito desprecio, pronunció una palabras con una tonalidad hiriente y asustadiza.
-¿Quiénes sois? ¿Qué queréis de mí?
No obtuvo mayor respuesta que un gruñido del hombre que tenía delante de sí. Intentó escapar, echar a correr, pero sus esfuerzos fueron en vano. El que acababa de llegar, con un gesto tan veloz como el rayo, lo había agarrado del brazo sano y lo había arrojado contra la pared.
-¡Iros al infierno, malditos!-Gritó con más fuerza que nunca el castellano.
-De allí venimos.-Respondió el recién llegado con una media sonrisa maléfica que heló la sangre del noble.
Hizo un leve gesto con el brazo derecho y, de la túnica del hombre, resbaló un cuchillo largo, cuya empuñadura, plateada, contenía rubíes engarzados, semejantes a gotas de sangre, en las cuales, se vio reflejado en rostro aterrado del castellano.
Un grito despertó a toda la plaza a primeras horas de la mañana. No había amainado el temporal, pero el grito bastó para alertar a todos los campesinos que iban a su trabajo. A los pies de la Giralda, descansaba un hombre con expresión de terror en su rostro, totalmente blanco, como el mármol, cuyos labios tenían un color morado y, sus ropas, de tonalidad oscura yacían sobre un charco de sangre enorme, sangre mezclada con el agua caída del cielo la noche anterior, y que se fundía con el líquido rojizo del hombre, de cuyo cuello, seguía saliendo la poca sangre que quedaba de su cuerpo a través de una herida espantosa.
Se congregó una gran multitud de personas para ver al noble castellano que, venido con el Rey Fernando III de Castilla, había muerto degollado a los pies de la Giralda.
Mientras, detrás de la multitud, quieto, con vestimenta negra, contemplaba la escena macabra un hombre custodiado por tres encapuchados más. Un hombre, sonriente, cuyos ojos, verdes, centellearon cuando un relámpago iluminó el cielo sevillano en aquella lúgubre mañana, de la misma forma que lo había hecho otro rayo poco tiempo atrás, durante la noche, en el mismo sitio en el que se posicionaba.
lunes, 14 de noviembre de 2011
domingo, 16 de octubre de 2011
Lágrimas de desconsuelo
Hace demasiado tiempo de eso, pero no lo olvidaré jamás. Fue un día eterno, parecía que nunca iba a acabar, mas, cuando acabo, me pareció todo demasiado efímero. Sigo entrando todos los días en el mismo sitio deseando hablarte, pero sé que no estás ahí. Sé que tu voz ya no acudirá al reclamo de la mía, y que, por más que llore, por más grite tu nombre al cielo, el vació se lo tragará y caerá en el olvido, porque ya no hay nadie para escucharlo. No hay nadie al otro lado. Ya nadie responde. ¿Quién devolverá el beso de mi beso si no es la brisa rozando mis labios? ¿Quién retornará a mi abrazo si no es el viento ignorándome al pasar? Todo es distinto ya. Todo. Todo marcó un antes y un después, y es desgarrador ver cómo todo aquello que soñé contigo se vio inmediatamente pulverizado por la nada, destruyendo mi corazón por dentro, porque es duro ver cómo tu propio mundo se derrumba y pasa a la prisión del recuerdo.
¿Por qué tuviste que darme a probar tus labios si después te irías como si nada? ¿Verdaderamente te importé algo? Cambia tanto el desconsuelo... cambia tanto la nada... aún me acuerdo cuando te observaba de arriba hacia abajo, comiéndote con la mirada, léntamente, igual que el agua erosiona a la roca con su continuo pasar. No me olvido de ninguno de los besos que me diste, porque cada uno me pesa en el corazón como si fuera una cordillera, y en mi mente, se dibuja un recuerdo tan largo como la eternidad de la que ahora se me ha privado y quitado el privilegio, y, sin embargo, me pareció todo tan corto en ese momento... es tan lejano, pero el recuerdo me hace sentirlo tan dolorosamente cerca que, muchas veces, no sé qué es lo que vivo, lo que estoy viviendo, y lo que he dejado de vivir. Era preciso arrojarte fuera de mi mente y de mi alma de una vez por todas, pero, ¿cómo es posible decirle al corazón que deje de latir? ¿Cómo es posible coger el viento con las manos sin que se escape por entre los dedos? ¿Cómo se le pide a ciego que llore? ¿Cómo se le pide a un enamorado que deje de amar?
Te profesé un amor tan religioso que, incluso Dios se sentía ofendido ante tal osadía, ¿ha habido algún hombre que haya sido capaz de elevarte a un altar y adorarte como si fueras una diosa? ¿Ha habido alguien que te haya querido como yo? Pero el tiempo pasa, y no perdona a nadie. Cambiamos, te seguí amando, y no lo entendiste, preferías no pensar en esto, no pensar, ni en la distancia, ni en el tiempo que nos alejaba, mas, ¿cómo puedo culparte si yo también pensaba lo mismo? ¿Cómo no odiarme, si acabé por escuchar a mi corazón demasiado tarde? ¿Cómo no odiarme? ¡Dime! ¿Cómo no odiarme si antepuse la razón a un sentimiento que cambió mi mundo? No. No puedo odiarte. Ni siquiera merezco que me digas nada, pero, es todo tan duro...
Aún así... me pregunto aún, ¿cómo no pedirle a mis ojos que sigan llorando tu ausencia, si es lo único que me llena, y de la única forma de la que puedo vaciarme de este odio corporal? ¿Cómo privarme del consuelo de las lágrimas del desconsuelo? Pero ya es demasiado tarde. Acuden lágrimas a mi pupila para vaciar de odio mi cuerpo, para intentar eliminar un recuerdo que, a cada lágrima vertida, se hace más fuerte y potente, como un volcán en erupción. Son las lágrimas del desconsuelo, la que colman mi alma de consuelo, porque, podré llenar la tierra estéril de ellas, pero, será la última que derrame mi mayor consuelo, y mi mayor desconsuelo, porque en la última de mis lágrimas, va el recuerdo más doloroso y hermoso que jamás soñé, y, por ser la última, será la que más perdure, la que más haga en mí volver la mirada al dañino pasado, y, cómo no, la última que acabará por secarse, porque esa lágrima... ¡esa lágrima durará eternamente!
jueves, 13 de octubre de 2011
Rima "IV" La Tormenta
Oscuras nubes negras son traídas,
Mecidas con violencia por el viento,
Y en el ocaso, ¡puñales de plata!
Degollan al Sol sangriento.
Cubren de luto al azul firmamento
Poniéndole a la Tierra un negro velo,
Teñida queda su faz con las aguas,
Deja el trueno herido al cielo.
¡Hermoso rayo, imponente relámpago!
¡Inspiración quejumbrosa y mortal!
Contigo traes suspiros de Muerte
En el frío de la Tempestad.
miércoles, 5 de octubre de 2011
Rima "VIII"
Cuando te besé, y vi que tus labios ya no estaban,
Vi que tus besos eran mentiras encubiertas,
Aprendí que tu verdad es vana esperanza, y que
La Vida es Sueño... que con la Muerte se despierta.
Por petición expresa de Alicia Moya Cera.
Vi que tus besos eran mentiras encubiertas,
Aprendí que tu verdad es vana esperanza, y que
La Vida es Sueño... que con la Muerte se despierta.
Por petición expresa de Alicia Moya Cera.
domingo, 25 de septiembre de 2011
Cuando dos almas
Cuando dos almas se juntan
y sentir pueden su aliento,
es porque solas estaban,
y solas permanecieron.
Cuando dos almas responden
al fugaz beso de vida,
es porque muertas se hallaban,
como el verso sin la rima.
Cuando dos almas palpitan
con violencia al abrazarse,
es porque la soledad
ha tardado en apagarse.
Cuando dos almas se unen,
sea por distancia o por tiempo,
es porque estuvieron ambas
heridas por los encuentros.
Pero, cuando dos almas, al
responder con un beso
se encuentra el Amor confuso,
ese beso ya es un verso...
y aquel Amor ya es un mundo.
Dedicado a Marta Pérez Villarán
y sentir pueden su aliento,
es porque solas estaban,
y solas permanecieron.
Cuando dos almas responden
al fugaz beso de vida,
es porque muertas se hallaban,
como el verso sin la rima.
Cuando dos almas palpitan
con violencia al abrazarse,
es porque la soledad
ha tardado en apagarse.
Cuando dos almas se unen,
sea por distancia o por tiempo,
es porque estuvieron ambas
heridas por los encuentros.
Pero, cuando dos almas, al
responder con un beso
se encuentra el Amor confuso,
ese beso ya es un verso...
y aquel Amor ya es un mundo.
Dedicado a Marta Pérez Villarán
martes, 20 de septiembre de 2011
Las Tentaciones del Diablo
De nada me sirvió envenenar
ni de mentir a mi débil cuerpo
al contacto dulce de unos labios
que apagaran de mí el sufrimiento.
Apenas probé el néctar del Diablo
cuando, encendiose en mí una llama,
y acudieron ángeles, del Infierno
avivando recuerdos del alma.
Como los espíritus del Hades,
castigados con el fuego eterno
y, como Baudelaire, ¡"Flores del Mal!"
encontré un castigo en cada beso.
Me encuentro, embotados, cuerpo y mente,
¡Espíritu perdido y sin rumbo!
-¿Quién eres? -¿Quién soy? -Soy Confusión.
-Y si lo soy... ¿qué hago en este mundo?
Ruborizado ante la ternura
quedé de los bellos ojos tuyos,
tan limpios, tan pulcros y tan claros...
y, como el Dios de Amor, ¡siempre puros!
Pero a mi desgracia, batallando
prosiguieron mente y corazón,
alejose el Dios de tu mirada,
y Lucifer trajo su canción.
Pero dime, ¡Oh! ¿cómo luchar
contra el infierno y sus Tentaciones?
¿Cómo alejarme del triste verso?
¿Cómo interrumpir mis emociones?
Confundí el Amor con la lascivia,
las falsas sonrisas con el llanto,
¡Besos nostálgicos! Siempre fríos
Privome de tu cálido abrazo.
Fueron tantos besos como mentiras,
y tantas mujeres como engaños,
mas, fueron alivios del dolor
que, al recuerdo, agravaron el daño.
Y fue de la misma forma en la que
mis labios rozaron otros labios,
y el Impulso tumbó la Razón,
¡Igual se inclinó Dios ante el Diablo!
¿Do quedó la corte celestial?
¿Dónde está el Dios de Amor del pasado?
Me contesta una voz a lo lejos...
-Dios está muerto... y tú... ¡olvidado!
Miro a mi alrededor y no hay nada,
estoy tan solo como los muertos,
sin nadie... ¡incluso sin Soledad!
¡Ni siquiera el consuelo del verso!
¡No puedo ni mirarte a los ojos!
¡Ahora maldigo mi fugaz Sino!
¡Sed malditas, sucias Tentaciones!
¡Sed malditas, como mi Destino!
Así, me alejé yo de ti igual que
me alejé de Dios muy poco a poco,
pero, a cada beso... a cada lágrima...
¡Siento que me estoy quedando solo!
Ya ves que de mí no queda nada,
sólo el remordimiento, el frío...
ahora sólo me sacian tus besos...
la caricia al labio confundido.
ni de mentir a mi débil cuerpo
al contacto dulce de unos labios
que apagaran de mí el sufrimiento.
Apenas probé el néctar del Diablo
cuando, encendiose en mí una llama,
y acudieron ángeles, del Infierno
avivando recuerdos del alma.
Como los espíritus del Hades,
castigados con el fuego eterno
y, como Baudelaire, ¡"Flores del Mal!"
encontré un castigo en cada beso.
Me encuentro, embotados, cuerpo y mente,
¡Espíritu perdido y sin rumbo!
-¿Quién eres? -¿Quién soy? -Soy Confusión.
-Y si lo soy... ¿qué hago en este mundo?
Ruborizado ante la ternura
quedé de los bellos ojos tuyos,
tan limpios, tan pulcros y tan claros...
y, como el Dios de Amor, ¡siempre puros!
Pero a mi desgracia, batallando
prosiguieron mente y corazón,
alejose el Dios de tu mirada,
y Lucifer trajo su canción.
Pero dime, ¡Oh! ¿cómo luchar
contra el infierno y sus Tentaciones?
¿Cómo alejarme del triste verso?
¿Cómo interrumpir mis emociones?
Confundí el Amor con la lascivia,
las falsas sonrisas con el llanto,
¡Besos nostálgicos! Siempre fríos
Privome de tu cálido abrazo.
Fueron tantos besos como mentiras,
y tantas mujeres como engaños,
mas, fueron alivios del dolor
que, al recuerdo, agravaron el daño.
Y fue de la misma forma en la que
mis labios rozaron otros labios,
y el Impulso tumbó la Razón,
¡Igual se inclinó Dios ante el Diablo!
¿Do quedó la corte celestial?
¿Dónde está el Dios de Amor del pasado?
Me contesta una voz a lo lejos...
-Dios está muerto... y tú... ¡olvidado!
Miro a mi alrededor y no hay nada,
estoy tan solo como los muertos,
sin nadie... ¡incluso sin Soledad!
¡Ni siquiera el consuelo del verso!
¡No puedo ni mirarte a los ojos!
¡Ahora maldigo mi fugaz Sino!
¡Sed malditas, sucias Tentaciones!
¡Sed malditas, como mi Destino!
Así, me alejé yo de ti igual que
me alejé de Dios muy poco a poco,
pero, a cada beso... a cada lágrima...
¡Siento que me estoy quedando solo!
Ya ves que de mí no queda nada,
sólo el remordimiento, el frío...
ahora sólo me sacian tus besos...
la caricia al labio confundido.
martes, 6 de septiembre de 2011
Corazón perdido
Lágrimas brotan de las almas heridas por el amor desengañado. Mis lágrimas cayeron sobre las rimas de Bécquer, por ser un enamorado rechazado. La oscuridad borraba todo rastro de mi rostro mientras contemplaba, confundido, todo cuando me rodeaba, pero estaba más que seguro que, aunque hubiese luz, mi vista seguiría sin ver más allá del poema que tenía entre mis manos.
No me acuerdo de mucho de esa noche. Sólo me acuerdo que escuchaba voces conocidas de amigos míos hablando de forma animada a mi alrededor. Sólo me acuerdo de que estaba sentado en una silla y la trémula luz de un foco alumbraba el lugar en el que estábamos. Sólo me acuerdo que miraba a las estrellas y no podía parar de dibujar tu cara. De dibujar tu nombre. Sólo me acuerdo del murmullo de la brisa trayéndome, endiabladamente, el sonido de tu nombre colándose por mis oídos, y el suave perfume que tanto te gustaba usar. El rumor de unos besos confundidos entre las palabras de mis amigos que nunca llegaron a impactar sobre mi mejilla... ni a rozar un milímetro de mi cuerpo... ni ha colarse por mi boca para caer por mi garganta. Sólo me acuerdo de que, a pesar de ser una noche de verano, yo sentía frío. Un frío atroz y violento. Me acuerdo que, estaba acompañado, pero ha sido uno de los momentos en los que más solo me sentí. En los que más buscaba pasión y consuelo y no encontré más que risas burlonas y tristeza.
Sólo me acuerdo de que recitaba en voz alta un poema. Las palabras brotaban de mi boca como brota la sangre de la herida abierta, y, a cada palabra que soltaba, más morir me sentía, como si las letras fueran puñales de palta clavándose en mis costados... pero también más necesitado de la poesía. Encontré en aquel poema un refugio para mi alma enamorada y atormentada, pero, las estrofas, antes estructuradas y bien separadas con sus versos, se confundían unas con otras. Apenas sabía dónde empezaba la una y donde acababa la otra, pero, poco a poco, y sin yo quererlo, fue apareciendo una iamgen. Un retrato que me resultó familiar. Un retrato tuyo. Sentí nostalgia y morir. ¿Por qué se comporta el destino conmigo así? Me pregunté, mas, no obtuve más respuesta que el silencio del sordo solitario, y las palabras del poema que me hablaba.
Pero si maldije al poeta por escribir los versos y dibujar tu cara, mi corazón dio las gracias a Dios por encontrarse de tal forma con lo más profundo de tu alma. Así, a medida que avanzaba el poema, mi corazón daba botes dentro de mi pecho al igual que mis ojos saltaban de palabra en palabra para leerla. Se recreaban tanto por verte...
Pero si maldije al poeta por escribir esos versos y hacer el retrato de tu rostro, más maldije su final, porque con la última letra de la última estrofa desapareciste, y la leve compañía de tu dibujo, se desvaneció y me dejó solo, para volver a caer en el abismo de las tinieblas y las sombras del que, probablemente, jamás debí salir para conocerte, por desde que acabé el poema, no sólo salieron más lágrimas de mis ojos, sino que, además, me di cuenta de que había perdido el corazón, y no era porque no lo sintiera latir... sino porque me di cuenta de que se había ido contigo.
[...]
"¡Ay! es verdad lo que me dijo entonces:
verdad que el corazón
lo llevará en la mano..., en cualquier parte...
pero en el pecho no."
Sólo entonces comprendí lo verdaderamente importante que eras en mi vida. Sólo entonces, cuando, mi corazón perdido, huyó de mi pecho.
Dedicado a ti, por robarme el corazón, y dedicado a Bécquer, por traer a mi mente tu recuerdo y por ser mi refugio.
No me acuerdo de mucho de esa noche. Sólo me acuerdo que escuchaba voces conocidas de amigos míos hablando de forma animada a mi alrededor. Sólo me acuerdo de que estaba sentado en una silla y la trémula luz de un foco alumbraba el lugar en el que estábamos. Sólo me acuerdo que miraba a las estrellas y no podía parar de dibujar tu cara. De dibujar tu nombre. Sólo me acuerdo del murmullo de la brisa trayéndome, endiabladamente, el sonido de tu nombre colándose por mis oídos, y el suave perfume que tanto te gustaba usar. El rumor de unos besos confundidos entre las palabras de mis amigos que nunca llegaron a impactar sobre mi mejilla... ni a rozar un milímetro de mi cuerpo... ni ha colarse por mi boca para caer por mi garganta. Sólo me acuerdo de que, a pesar de ser una noche de verano, yo sentía frío. Un frío atroz y violento. Me acuerdo que, estaba acompañado, pero ha sido uno de los momentos en los que más solo me sentí. En los que más buscaba pasión y consuelo y no encontré más que risas burlonas y tristeza.
Sólo me acuerdo de que recitaba en voz alta un poema. Las palabras brotaban de mi boca como brota la sangre de la herida abierta, y, a cada palabra que soltaba, más morir me sentía, como si las letras fueran puñales de palta clavándose en mis costados... pero también más necesitado de la poesía. Encontré en aquel poema un refugio para mi alma enamorada y atormentada, pero, las estrofas, antes estructuradas y bien separadas con sus versos, se confundían unas con otras. Apenas sabía dónde empezaba la una y donde acababa la otra, pero, poco a poco, y sin yo quererlo, fue apareciendo una iamgen. Un retrato que me resultó familiar. Un retrato tuyo. Sentí nostalgia y morir. ¿Por qué se comporta el destino conmigo así? Me pregunté, mas, no obtuve más respuesta que el silencio del sordo solitario, y las palabras del poema que me hablaba.
Pero si maldije al poeta por escribir los versos y dibujar tu cara, mi corazón dio las gracias a Dios por encontrarse de tal forma con lo más profundo de tu alma. Así, a medida que avanzaba el poema, mi corazón daba botes dentro de mi pecho al igual que mis ojos saltaban de palabra en palabra para leerla. Se recreaban tanto por verte...
Pero si maldije al poeta por escribir esos versos y hacer el retrato de tu rostro, más maldije su final, porque con la última letra de la última estrofa desapareciste, y la leve compañía de tu dibujo, se desvaneció y me dejó solo, para volver a caer en el abismo de las tinieblas y las sombras del que, probablemente, jamás debí salir para conocerte, por desde que acabé el poema, no sólo salieron más lágrimas de mis ojos, sino que, además, me di cuenta de que había perdido el corazón, y no era porque no lo sintiera latir... sino porque me di cuenta de que se había ido contigo.
[...]
"¡Ay! es verdad lo que me dijo entonces:
verdad que el corazón
lo llevará en la mano..., en cualquier parte...
pero en el pecho no."
Sólo entonces comprendí lo verdaderamente importante que eras en mi vida. Sólo entonces, cuando, mi corazón perdido, huyó de mi pecho.
Dedicado a ti, por robarme el corazón, y dedicado a Bécquer, por traer a mi mente tu recuerdo y por ser mi refugio.
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