sábado, 2 de marzo de 2013

Habitación 134

Bruno estaba sentado sobre la silla de aquella lujosa habitación de un hotel de San Francisco. Llevaba una camisa blanca remangada, una corbata ancha roja, y un chaleco clásico negro, igual que los pantalones. Su pelo azabache y corto estaba repeinado hacia un lado, y sus ojos castaños oscuros estaban posados y absortos sobre un vaso de whisky que sujetaba con la mano derecha y que estaba apoyado sobre la mesa. No había iluminación mayor que las luces que procedían de las calles. Todo allí estaba en la más completa oscuridad y el más absoluto de los silencios. Fuera sólo se escuchaban coches. Ni si quiera el triste graznido de un ave. Aquella atmósfera le deprimía.

Suspiró y se levantó, no sin antes beber un largo trago de su vaso. Se paseó por la habitación dando vueltas  en círculos buscando algo con lo que entretenerse. Algo con lo que hacer desaparecer esa extraña tensión que le sobrecogía y que le oprimía el pecho. Necesitaba distraerse.

Reconoció en la penumbra una especie de tocadiscos sobre un pequeño escritorio caoba. Esparcidos a su alrededor había varios discos en vinilo de música jazz y blues. Se aproximó a ellos y comenzó a leer y observar sus nombres detenidamente: King Oliver, Eddie Condon, Duke Ellington… Los conocía a todos. Había tenido el placer y el privilegio de saborear su música en varias ocasiones. Alzó el brazo y acabó de beberse el último trago de whisky que quedaba. Ojeó de nuevo los discos y escogió uno de Louis Armstrong que colocó habilidosamente sobre el tocadiscos haciéndolo girar. Situó la punta del tocadiscos sobre el vinilo y se dirigió a la mesa en la que había estado bebiendo anteriormente. Agarró con fuerza una botella de contenido marrón y lo vertió cuidadosamente sobre su vaso cuidando de que no se cayera una sola gota fuera del recipiente. La música comenzó a sonar. Era un blues precioso. Lo había oído multitud de veces en pubs y bares de New York y Chicago. Depositó la botella de nuevo sobre la mesa y bebió un trago largo. Suspiró. y caminó hacia la ventana.

Esta vez el vaso recaía sobre su mano izquierda. La mano derecha estaba apoyada en el dintel de la ventana. Observó la ciudad. Era de noche, pero la ciudad no parecía dormir. Desde allí podía ver el Golden Gate Bridge, construido hacía poco tiempo, iluminado por las farolas y las luces que emanaban de los edificios. La ciudad bullía de vida aún en horas de somnolencia. Bebió contemplando ese hermoso paisaje urbano.

Notó unos brazos cálidos y húmedos envolviéndole la cintura. Sintió después unos labios recorriendo su cuello y miró de reojo hacia atrás. Era Giovannona, su amante. Tenía puesta una bata blanca de terciopelo que parecía ser cara. Sus ojos verdes centelleaban en la oscuridad como si fueran los de un gato callejero y su pelo castaño y mojado caía con sensualidad por sus hombros. Acababa de salir de la ducha.

-¿Ya has acabado de ducharte?-Preguntó Bruno.
-Sí. Ya he terminado.-Contestó. Paseó su dedo índice por el cuello de aquel fornido hombre y éste pareció no sentirse a gusto. Apartó su mirada de la calle e ignorando a Giovannona camino hacia el centro de la habitación. La puerta del cuarto de baño estaba abierta y Bruno miró al suelo mientras bebía un breve trago de su bebida.
-¿Qué te pasa?-Preguntó Giovannona.-Estás distante hoy.

-No me pasa nada.-Contestó Bruno de forma áspera. Sintió después las manos de su amante posadas sobre sus caderas y notó cómo el corazón se el aceleraba.-Para… por favor…
-¿Ya no me encuentras atractiva? ¿Es eso, Bruno?-Aquella hermosa mujer se encontraba ahora susurrando a su oído.
-No, no es eso, Giovannona.
-¿Entonces?
-No sé explicarte lo que me pasa exactamente.-Dijo mirando su vaso.
-Será que has bebido demasiado.
-Será… será... el alcohol nubla la mente del hombre.

La mujer masajeo suavemente los hombros de su amante mientras éste notaba cómo sus músculos se desataban y se relajaban poco a poco. Giovannona siempre había sido sinónimo de felicidad y alegría para él, pero aquella noche era distinta a todas las demás sin duda alguna. Sin previo aviso, sus manos dejaron de tocar los hombros de Bruno y ésta se encaminó a una cama totalmente desecha. Conforme avanzaba dejó caer la bata al suelo. Bruno se giró y contempló su cuerpo desnudo mientras ella se tumbaba en la cama. Sonrió mientras daba un nuevo trago de whisky. Conocía todas y cada una de las sensuales curvas de su bella anatomía. Todas y cada una de sus debilidades. Giovannona también conocía las suyas.

-Tendré que irme a dormir. Ya veo que hoy no estás por la labor de complacer a una dama.-Giovannona sonrió. Las sábanas cubrieron su cuerpo hasta la altura de su pecho y le dio la espalda a Bruno. Escuchó los andares del hombre que se aproximaba a ella lentamente. Sintió sus labios sobre su cuello y ésta se giró para besar suavemente su boca y acariciar su pelo. El corazón parecía que iba a estallarle en el pecho. Tenía el pulso acelerado.

-Voy al baño un momento si me disculpas.-Un último beso cayó por la garganta de Bruno mientras su amante miraba cómo se adentraba en el servicio aún con el vaso a medio acabar en su mano. El blues seguía oyéndose de fondo.

Bruno encendió las luces del servicio y se miró al espejo. No entendía cómo ni por qué había llegado a ese extremo. No sabía siquiera cómo había llegado allí. No se acordaba de casi nada. No se reconocía a sí mismo. Besar a Giovannona, a su Giovannona ayer habría sido motivo de júbilo donde hoy apenas quedaba una pasión gélida de un amor prohibido. Seguramente se debería a la propia naturaleza de su visita. Bebió un trago de whisky para envalentonarse y volvió a contemplar su reflejo. No veía vida en su rostro ojeroso. Apoyó ambas manos sobre el borde del lavabo y agachó su cabeza abatido, buscando una respuesta a todo aquello.- ¿Cómo he llegado a esto?-Se preguntaba. No entendía el origen de su nerviosismo. Había hecho aquello decenas de veces. Tal vez sería porque, lo que iba a hacer ahora, se lo iba a hacer a una persona que de verdad le amaba. Una persona que, para él, había tenido una importancia capital en su vida, había sido su punto de inflexión, su antes y su después. Sus ojos se posaron en el reflejo de su cara demacrada. Suspiró y bebió lo que quedaba de whisky en su vaso en dos sendos y largos y tragos. Dejó el vaso con fuerza sobre el lavabo y, metiéndose una mano en el bolsillo derecho de su pantalón salió del cuarto de baño.

Giovannona le miraba impaciente sentada sobre la cama.

-Has tardado mucho, ¿no crees?
-Demasiado poco, créeme. Demasiado poco.-Contestó con tono melancólico.  

Giovannona dirigió su vista hacia la mano derecha de su amante. Sujetaba una pistola Star de 7,65 milímetros.

-Ahora lo entiendo todo.-Dijo levantándose de la cama y poniéndose la bata de nuevo.- ¿Quién lo manda?
-Don Alessandro Cavaglieri.
-Entiendo.-Contestó agachando la cabeza.
-No deberías haber jugado con quien no debías, Giovannona. Tal vez las cosas hoy serían distintas.-La voz de Bruno se volvió más trágica y triste.
-Tal vez, Bruno, tal vez.-Giovannona se aproximó a él y le miró a los ojos mientras sonreía.
-Perdóname.
-Estás perdonado, amor mío. La culpa es mía. Como tú dices, no debí haber jugado con quien no debía. Si aún me quieres, acabemos con esto.

Giovannona agarró suavemente la cabeza de Bruno y comenzó a besar a su asesino tiernamente en los labios. Disfrutaba de su último beso. Bruno no se atrevió a pararla. Tampoco sintió la necesidad. Ése sería el último beso que daría a la persona que más adoraba en el mundo. Mientras aún andaban fundidos en el beso, Bruno elevó su mano derecha y puso el cañón de su pistola cerca de la sien de Giovannona. Mientras la acariciaba y su corazón ardía de lujuria, contó hasta tres en silencio y apretó el gatillo. Giovannona cayó al suelo totalmente fulminada. Su arma humeaba. Todo había acabado. De la sien de su amante corría un líquido rojo que se mezclaba con su pelo y caía al suelo manchando la habitación con su sangre. El blues había acabado. Aún muerta en medio de la habitación permanecía hermosa como una noche parisina.

Bruno se puso su chaqueta negra, colocó su sombrero sobre su cabeza, y se vistió con su gabardina gris oscuro. Antes de salir le dedicó una última mirada al único amor que había tenido en la vida.

-Hasta siempre, Giovannona.

Bruno cerró la puerta de la habitación 134. Un camarero se aproximó hacía la habitación portando varios platos de comida y una copa sobre una bandeja plateada. Cuando se dispuso a abrir la puerta, Bruno le paró interponiendo su brazo entre la puerta y el individuo trajeado.

-¿Es para la señorita Della Victoria?
-Sí, me ha pedido que le trajera la cena tarde y a su habitación, señor.
-Lamento importunarle, buen hombre, pero la señorita Giovannona Della Victoria se encontraba indispuesta y me ha pedido que le diga que cancele su cena. Ha decidido acostarse. Tenía un fuerte dolor de cabeza. Puede marcharse.
-Vaya…Gracias por avisarme, señor. Buenas noches.
-A usted.-Dijo elevando un poco su sombrero en señal de agradecimiento.

El camarero dio la media vuelta y desapareció por una de las esquinas del pasillo. Bruno bajó las escaleras con tranquilidad y salió a la puerta de aquel hotel, cerca del Golden Gate Bridge en la bulliciosa ciudad de San Francisco. Ya en la calle sacó un puro de su gabardina y lo encendió con una cerilla que traía en una cajita en su bolsillo izquierdo. Aspiró la primera bocanada de humo sin disfrutarla. Ya no tenía a Giovannona a su lado para disfrutar del aroma de su puro. Dirigió un último vistazo a la ventana que daba a la habitación 134. Suspiró y su corazón se llenó de dolor. Había perdido lo que más amaba en el mundo. Para siempre. La había matado con sus propias manos por capricho de don Cavaglieri porque había desobedecido y deshonrado a la familia. Con esos pensamientos y un hondo sentimiento de culpa se hundió en la oscuridad de las calles de San Francisco mientras fumaba y deseaba no haber nacido para presenciar aquella tragedia.-Giovannona.-Se repetía a sí mismo mientras negaba con la cabeza. Bruno agachó su cabeza y continuó andando sumido en el silencio de sus reflexiones mientras daba largas caladas a su puro pensando en qué haría ahora, en todo lo que dejaba atrás… en todo lo que había perdido.

martes, 1 de enero de 2013

La danza de los lobos

Se había hecho de noche. Selene había iniciado su viaje por el cielo, con un carro plateado tirado por bueyes sustituyendo a su hermano Helios que ya había terminado su habitual recorrido.

 Hacía frío. Mucho frío. Las nevadas de los días anteriores al 31 de diciembre habían dejado temperaturas glaciares. Las cumbres de las montañas lucían nevadas, el suelo estaba completamente blanco, y los ríos arrastraban un caudal cristalino abundante propio de las frías noches invernales. 

James miraba por la ventana. Sus hijos jugueteaban frente a una chimenea encendida cuyo fuego comenzaba a morir. No había más leña dentro de la casa. Tendría que salir a por madera para no morir congelados allí dentro. Se aproximó a la entrada de la puerta y cogió un hacha enorme aunque gastada por el tiempo. Sus hijos se aproximaron a él y le dieron sendos y sonoros besos en la mejilla. Su esposa, sonriendo, se acercó a él mientras limpiaba sus manos llenas de carne de pavo sobre el delantal. Había estado preparando la cena. Lo abrazó y le propinó un tierno beso en sus labios carnosos. Sus ojos se cruzaron.-Vuelve pronto, el año acabará enseguida.-Dijo ella.-Tranquila.-Añadió él.-Sólo cortaré un poco de leña en el bosque, creo que en media hora o así estaré ya aquí.-Ambos volvieron a sonreír con ternura y se besaron de nuevo. James abrió la puerta y se marchó.

Aquel hombre llegó al linde del bosque. Tras él, se alzaban, majestuosas, las cimas de las montañas completamente blancas. Sus piernas se hundían casi hasta la rodilla en la nieve. Tiritaba de frío. Lo único que tenía para darse calor era un abrigo grueso y marrón claro y el vaho que su boca despedía en aquella noche helada. En la lontananza, un lobo aulló rompiendo el silencio nocturno, elevando sus quejidos hasta la propia Luna que miraba, impasible, desde sus negros dominios, más allá de la bóveda celeste. Parecía tener hambre, pues, el bramido desgarrado, a pesar de la lejanía, se oía débil, casi moribundo. James no le dio importancia y se aproximó al primer abeto que vio bueno para sus propósitos y comenzó a hundir el hierro del hacha en el tronco del árbol. Los quejidos de aquellos perros salvajes comenzaba a multiplicarse, pero aún sonaban lejanos. Demasiado lejanos como para levantar cualquier sospecha de un ataque. 

James miró al cielo. Había varios trozos de madera repartidos sobre la nieve. Con eso sería suficiente para pasar lo que quedaba de noche. Al día siguiente volvería a por más, y se aseguraría de llenar el almacén de madera de nuevo para evitar cosas como la de esa noche. Miró hacia su casa. Aún salía humo de la chimenea. Sonrió y cogió los trozos de leña con sus dos fornidos brazos y colocó el hacha sobre estos. Mientras tanto, tras las sombras, unos ojos amarillos lo espiaban. Unas fauces de colmillos afilados emitían leves gruñidos tras los árboles mientras observaban a su presa que permanecía tranquila y ajena a cualquier peligro. Pasaban su lengua larga por entre sus dientes. Se relamían ante el distraído manjar que tenían delante. 

James comenzó a andar hacia casa cuando escuchó tras de sí un rugido que llamó su atención. Se giró rápidamente y allí observó una comitiva numerosa de lobos grises que lo miraban con gula. Comprendió de inmediato que él sería su cena. Arrojó los pedazos de madera hacia el suelo nevado y blandió el hacha por el mango agarrándola reciamente. Un nuevo quejido salió de entre los árboles, detrás de los lobos, y de ellos salió un hermoso ejemplar de pelaje blanco y ojos oscuros, de porte noble y de una mirada tan helada que congelaría al propio fuego. La frialdad de sus ojos sólo podían compararse a los glaciales antárticos, y sus colmillos, sus afilados colmillos, eran similares a dagas de marfil. Se paseó entre los lobos y quedó delante del aterrorizado James. Aquella bestia también expulsaba vaho de su hocico a la par que su garganta gruñía con fuerza. Se relamía mostrando su sonrisa maléfica e inquietante. Entonces, y sin previo aviso, el animal blanco, junto con el resto, comenzó a dar vueltas alrededor de su víctima atemorizada. James comenzó a ponerse muy nervioso. Mirase hacia donde mirase había lobos cortando su camino, observándole, calculando sus ataques y la situación en la que estaban. Eran perfectos cazadores que danzaban alrededor de James en plena armonía, como si fuera una coreografía. Ninguno alteraba su ritmo. Ninguno alteraba su monótono recorrido alrededor de su trofeo. Cada vez que James se movía, uno de los animales gruñía y le enseñaba las fauces. 

James perdió la noción del tiempo mientras, con su hacha, señalaba, amenazante hacia sus cazadores. Debía ser más de la medianoche. Su familia ya habría celebrado el fin de año sin él. En estos pensamientos estaba cuando su visión se cruzó con la del lobo blanco, visiblemente más grande que el resto de sus acompañantes. Éste lanzó un aullido y James sintió un profundo dolor a su espalda. Gritó y, con violencia, agarró a uno de los animales que se había enganchado a su espalda y lo lanzó contra el suelo. Su espalda comenzó a manar sangre que caía, caliente sobre la nieve. Varios arañazos y zarpazos eran ahora visibles en su cuerpo. Su pecho subía y bajaba con violencia. El dolor se apoderaba de sus músculos. La cacería había comenzado. La danza se había convertido ahora en una tormenta de saltos, bocados, gruñidos y heridas  para ambos contrincantes. James, la víctima, se negaba a ceder, pero el hambre de los lobos y la promesa de llenar sus estómagos era más fuerte que la esperanza de supervivencia de su presa moribunda. Un lobo gris corrió hacia él de frente y James se preparó para asestarle el golpe fatal con el hacha, pero, de imprevisto, el lobo giró hacia su izquierda y, por la derecha, otro de aquellos inteligentes animales saltó hacia la mano de James y le propinó un fuerte mordisco. El hacha cayó al lado de éste y su mano comenzó a sangrar. Se apretó el miembro afectado con fuerza para aliviar su creciente dolor. Los lobos estaban inmóviles. Sonreían. James dirigió su vista al suelo y comprendió que estaba perdido, aquel sería su final. No podía volver a coger el hacha. No podía bajar sus defensas y exponer sus heridas mortales. Sólo podía correr. Llenó de aire sus pulmones y lanzó un puntapié al primer lobo que vio y comenzó su huida. El lobo gimió de dolor, pero sus compañeros comenzaron una persecución contra su agresor. Se habían separado en dos grupos que corrían a ambos lados de su caza sin atreverse a atacar. James no entendía por qué.

Conforme pasaba el tiempo notó que los lobos aminoraban su marcha y volvieron a formar un solo grupo detrás de él. James vio su casa. Estaba cerca. Sus esperanzas aumentaron. Un esfuerzo más y estaría en casa pero... ¿dónde estaba el lobo blanco? ¿Dónde se había metido? Tras él sólo quedaban los ejemplares grises que continuaban mostrando sus dientes. James negó con la cabeza.-No pienses en eso. Tienes tu casa delante. Ya da igual. Se habrá quedado rezagado.-Pensó. 

Quedaban menos de veinte metros para llegar a su morada. Sonreía. Ya casi estaba... pero algo le hizo precipitarse hacia el suelo de espalda. La nieve helada se coló entre las heridas abiertas de su espalda y sintió un gran escozor. Abrió los ojos y el miedo se apoderó de su rostro. Allí delante estaba el lobo blanco, hundiendo sus garras en el pecho de James. Sus ojos centellearon y sus enormes fauces desgarraron el cuello de su presa. James no podía gritar ya. Sintió una fuerte presión sobre sus brazos y piernas y vio que el resto de lobos ya estaba festejando su festín comiéndose su carne cuando aún estaba vivo. Aquello era espantoso.

Ana se impacientaba. James aún no había vuelto y hacía más de dos horas que se había marchado a por leña. Dentro de la casa comenzaba a hacer frío y la fiel esposa decidió salir a buscar a su marido. Repitió el mismo proceso que su esposo había realizado a la hora de marcharse y observó, a menos de veinte metros de su casa un bulto gigante. Se aproximó hacia aquella masa fofa y no pudo, por menos, que contener sus lágrimas.-¡James!-Gritó mientras abrazaba a su inerte marido. Su rostro se llenó de la sangre procedente del pecho de su cónyuge. Tenía heridas en los brazos, en las piernas, en la garganta... todo su cuerpo estaba lleno de dentelladas. Ana se lamentaba de lo sucedido mientras lloraba sobre el cuerpo de su compañero cuando detrás de ella escuchó un gruñido. Se giró y contempló una manada de lobos grises presididas por un enorme lobo blanco. Sus hocicos estaban rojos. Entonces, sin previo aviso, comenzaron a andar en círculos alrededor suya. Sólo Selene era testigo de aquel baile macabro.

domingo, 2 de diciembre de 2012

The Slenderman

Tristán corría por el bosque sin mayor luz que la de una linterna. Se había perdido por el bosque y era de noche. La luz artificial apenas alcanzaba para iluminar un par de metros más allá de su posición. Miles de ojos le observaban entre la oscuridad, entre la niebla. Se sentía verdaderamente perseguido a pesar de que las miradas que se clavaban en él no eran más que la de animales curiosos, pequeños roedores que se habían sentido atraídos ya fuese por la luz, o ya fuese por la rara presencia de un niño humano de no más de once años. Tiritaba de frío y de terror. La noche invernal se cernía sobre su cabeza y el abrigo rojo que llevaba no era suficiente para aplacar las bajas temperaturas que le calaban los huesos. De su boca salía un vaho que se confundía con la niebla. No veía más que árboles. Árboles y más árboles. Árboles y más árboles. Ahora pensaba en las palabras de su madre -no te alejes mucho, que puedes perderte y no te vamos a buscar.-Decía con una sonrisa. ¿Qué debían estar haciendo sus padres ahora? Se imaginaba a su madre llorando desconsolada en el coche mientras su padre la abrazaba y le mentía diciéndole que todo iba a salir bien. 

Un aullido salió de boca de un lobo. Se oyó bastante lejano, pero Tristán ya se hacía la idea de que esa noche moriría bajo las fauces de alguna de aquellas bestias salvajes. Miraba hacia ambos lados desconcertado, buscando alguna pista que le llevase por el buen camino, pero todo le parecía igual. Los ojos seguían centelleando en la oscuridad, el miedo seguía tomando el corazón del niño, y el frío helaba su garganta y sus pulmones ahogando los escasos gritos que daba.

Entonces comenzó a fallarle la linterna. Un sudor frío recorrió la frente de Tristán que comenzó a golpear con violencia la linterna.

-No, por favor, ahora no, ¡no me falles, por favor!

Echó un nuevo vistazo al bosque. La tenue luz lunar sólo dibujaba rostros maléficos y escenas terroríficas entre las ramas del bosque. Apenas iluminaba el suelo a causa de la niebla que lo envolvía absolutamente todo. Todo parecía ahora más oscuro que antes, y el miedo aumentó en el pecho de Tristán que seguía golpeando la linterna, ahora contra el suelo y de rodillas. Pareció volver a funcionar y, elevándose, iluminó al grupo de árboles que tenía delante cuando vio una silueta que le resultó familiar. Sintió cómo el aire le faltaba en los pulmones. Abrió y cerró los ojos. Allí no había nada. Se tranquilizó. El miedo parecía haberle traicionado. 

-No existes... sólo estás en mi imaginación. No existes, no existes... Sí... eso es... no existes.-Murmuraba.
-¿Estás seguro de ello, Tristán?

El chico se giró de inmediato y cayó al suelo de espaldas. La linterna se desplomó varios metros más allá de donde estaba y su rostro palideció. Ante sus ojos se alzaba la figura de un hombre enorme, delgado, pálido, con un traje de chaqueta negra y sin rostro.

-¡No existes! ¡Déjame! ¡Vete!
-¿Seguro? ¿Si no existiese podría hacer esto?-Una mano de aquel hombre agarró la linterna y la hizo añicos.-Parece que todo es más real ahora, ¿no?
-No existes, no existes.-Tristán se arrastraba por el suelo mirando al monstruo que tenía delante. Su voz era ronca, e irradiaba maldad. Una risa maléfica salió de su garganta.
-Estoy aquí por eso, Tristán, porque dices que no existo. Te has burlado de mí durante años, de las historias que contaban. No les has dado credibilidad y has ridiculizado a los niños que la vivieron, como tú, perdidos en un bosque. ¿Crees que no sé que te reías de ellos cuando visitaban al psicólogo porque tenían pesadillas conmigo? Lo sé todo, Tristán. Lo sé y lo he visto todo. 
-No eres más que un producto de mi imaginación...
-Sigue convenciéndote de que no existo, así le darás emoción al juego. ¿Sabes a qué me gusta jugar, Tristán?-El niño negó con la cabeza.-Al escondite. El que pierde muere, ¿qué te parece si jugamos un poco? Esta noche es perfecta para jugar.-Una risa maléfica salió del hombre.

El niño comenzó a correr por el bosque como si fuera una gacela. Esquivaba los árboles con agilidad y se desplazaba con una velocidad impropia. Aquello no podía estar sucediéndole. No... Aquel ser no podía existir, aquel ser con el que habían intentado asustarlo desde pequeño para que no se escondiera en los bosques, aquel ser del que tanto se había reído no podía ser real. 

-Así que quieres esconderte tú, ¿eh? Está bien... contaré hasta diez, Tristán, y después te buscaré, ¿de acuerdo?-Una nueva risa inundó el bosque de miedo. Los roedores que se habían mostrado curiosos ahora huían a sus madrigueras, y los búhos, ante expectantes volaban sobre la cabeza de Tristán buscando algún agujero en el que refugiarse.
-Uno.-Tristán continuó corriendo sin parar. La respiración era cada vez más dificultosa a causa del aire helado que se colaba por su nariz y hería los pulmones.
-Dos... Tres...-La figura de aquel monstruo parecía estar en todos lados por los que corría y su risa embotaba sus sentidos.
-Cuatro... Cinco...-Tristán alcanzó a ver una casa a lo lejos. Parecía abandonada, pero  se convenció de que allí estaría seguro.
-Seis... Siete...-Tristán abrió la puerta y la cerró con gran estruendo. Allí estaría a salvo. Se colocó bajo una ventana para poder ver lo que pasaba en el bosque.
-Ocho... Nueve... Diez... ¡Allá voy Tristán!-Una risa diabólica salió de su garganta y se coló por todas las ramas del bosque. 

El infante temblaba de miedo, pero algo dentro de sí le decía que allí dentro estaría seguro hasta que amaneciese. Miró por la ventana y vio acercarse la figura del hombre, pero éste pareció no percatarse de su presencia y continuó su marcha en dirección opuesta a la casa. Pasados unos minutos, Tristán se atrevió a levantarse y a inspeccionar. El monstruo no volvería, al menos, por el momento. 

La vivienda estaba completamente a oscuras. No había luces, ni velas, ni nada para iluminarla. Tristán suspiró y continuó su exploración. Todas las habitaciones estaban vacías y el mobiliario era escaso: una cama en una habitación, una armario en otra... decidió subir, con cuidado, los peldaños de una escalera que daban a una planta superior. Allí siguió su búsqueda y dio con un cuarto de baño sucio y mugriento, así como dos habitaciones más similares a las de abajo. Suspiró y miró al techo cuando encontró una nueva habitación. No se había percatado antes de su existencia porque la puerta estaba casi cerrada y no había reparado en tal detalle. Con su mano derecha empujó suavemente la puerta y ésta se abrió no sin un chirrido molestó. Tristán dio dos pasos y su sangre se heló. Su corazón, nervioso, se aceleró hasta el punto de asfixiarse por la velocidad a la que corría su linfa por las arterias. Sus miembros paralizados, sus labios morados, su piel pálida... sus ojos... presenciando aquel terrible espectáculo. Decenas de cuerpos en putrefacción, huesos varios, miembros esparcidos por toda la habitación convertían aquel lugar en un espectáculo infernal. Sintió cómo la bilis le subía por el esófago y le hervía la laringe. Se giró para salir de ahí inmediatamente.

-Parece que has encontrado a tus nuevos amigos, Tristán.-El monstruo estaba delante suya. Tristán tropezó y cayó justo encima de los cuerpos muertos que resultaron ser de niños.- ¿Qué te parece si te unes a ellos? ¡Eso te enseñará a no volverte a reír de Slenderman! 

Unos tentáculos salieron de la espalda del monstruo y penetraron por la boca del chico hasta llegar a la garganta. Comenzó a ahogarlo mientras lo sostenía con sus dos huesudas manos y sus frágiles brazos a un metro alzado del suelo.

-Ya no parece todo tan gracioso, ¿verdad, Tristán? ¿Qué te pasa? ¿Por qué no te ríes ahora? Te noto como ahogado...-La risa tomó toda la habitación mientras los ojos de Tristán se iban vidriando poco a poco. Movía sus pies buscando el suelo y trataba de liberarse de aquel monstruo. Varias lágrimas salieron de sus ojos mientras sentía cómo sus pulmones no recibían el oxígeno necesario para vivir, cómo su sangre comenzaba a fluir lentamente y, como de su corazón descendía la velocidad de sus latidos. Comenzó a cerrar los ojos cuando cayó al suelo y una bocanada de aire penetró por sus pulmones que se ensancharon. Comenzó a toser y a respirar con dificultad. Miró a su alrededor... no había cadáveres y Slenderman tampoco estaba allí. Se levantó y salió al bosque corriendo. Atravesó los árboles con la misma velocidad que antes mientras lloraba. Estaba vivo que no era poco. Su corazón se llenó de esperanza cuando vio, a lo lejos, dos luces y escuchó a dos personas gritando su nombre. Las voces le resultaron familiares.

-¡Mamá! ¡Papá! ¡Estoy aquí!-Tristán aceleró su marcha hasta caer en brazos de su madre que tiró la linterna al suelo y lo abrazó tiernamente.
-Creíamos que te habíamos perdido para siempre. Prométeme que nunca más te escaparás así, ¿de acuerdo?-Tristán asintió.

Su padre le cogió en brazos mientras se dirigían hacia el coche que estaba fuera del bosque, unos cientos de metros más hacia delante en línea recta. Tristán dedicó una última mirada a la arboleda y lo vio allí una última vez. Postrado de pie al lado de un árbol. Mirándolo sin ojos. Llamándolo sin boca. Respirando sin nariz. Riéndose sin garganta... Slenderman...



lunes, 19 de noviembre de 2012

Werther hoy

Werther tenía delante de sí la pantalla de un ordenador portátil con el Tuenti encendido en el oscuro salón de su casa. Estaba recostado en el sofá, ebrio, con varias botellas de alcohol tiradas a su alrededor, cada una con un nombre distinto… esperaba esa respuesta que nunca llega.

Tras suspirar, se llevó la mano a su pantalón y sacó un cigarro. Mientras lo encendía, besó el pitillo, y de él comenzaron a salir las primeras bocanadas de humo que llenaron sus pulmones. Lo miró fijamente antes de soltarlo en un cenicero colapsado de colillas para ponerse a escribir.

Estaba en el perfil de Charlotte, admirando su fotografía principal. Era tan bella… le hipnotizaban aquellos ojos verdes, aquellos cabellos dorados que cada mañana competían en brillo con el sol… pero ella no le hacía caso. No. Él siempre había sido demasiado poco para ella, o eso pensaba Werh, como le llamaba cariñosamente.

Llevó sus manos a teclado. Pinchó en un botón en el que ponía “mensaje privado” y comenzó a pasar sus ágiles dedos por las letras.

“Querida Charlotte… no puedo más… espero que entiendas lo que voy a hacer, pero yo ya no puedo con la desesperación. Tal vez sea porque estoy borracho, pero siento que el alma se me apaga, que nada tiene sentido sin ti, pero tú y Albert estáis demasiado unidos… sí… es mejor para todos, ¿entiendes? Pero bueno… no sé… no sé qué decirte. El alcohol me dificulta escribir. No sé ni lo que digo, pero quiero que sepas que, esté donde esté, te amaré siempre, Charlotte. Un beso de tu Werth…”

Al lado del teclado había una jeringuilla. Werther sonrió y, mientras se inyectaba el líquido mortal en sus venas, puso una canción en su ordenador. Sonaba Smells like teen spirits de Nirvana. Siempre había adorado a Kurt Cobain, y ahora quería acabar como él.

Un pitido salió del portátil interrumpiendo la canción durante unos segundos…

-¿Werth? ¿Qué haces? ¿Qué significa el privado? ¿Estás ahí? Tengo que hablar contigo… He dejado a Albert. Ya te contaré.

Nunca supo nadie de dónde sacó Werther la pistola que acabó con su vida… pero tampoco Charlotte recibiría jamás una respuesta de su Werth. Nunca. 

Publicado en el foro de Verbalina, 

miércoles, 17 de octubre de 2012

Carta de suicidio

Querida Marta...

Las ganas de vivir me abandonan. Mi vida no es más que un cúmulo de desventuras. Recuerdos trágicos de un tiempo pasado que, poco a poco, segundo a segundo, se va haciendo más latente. Más cercano. Parece que fue ayer mismo cuando me ridiculizaron por primera vez, cuando me fije en aquella chica tan perfecta, cuando mis compañeros de clase me animaron a acercarme a ella para acabar destrozando mis sueños. Hice el tonto esa vez. La imagen de ella rechazándome y de toda la clase riéndose de mí me pesan demasiado. Fui un fracasado y siempre lo seré. No hay forma de levantar cabeza: cuando parece que me he levantado, un nuevo pie me vuelve a pisar para hundirme más en el lodo del tiempo. Estoy sucio. Me siento sucio... y todo porque nunca he estado a la altura de ninguna circunstancia.

¿Qué? ¿Que cómo lo sé? Lo noto en cada mirada. Hay destellos de burla en la cara de mis amigos, muecas de asco en la cara de ella, sonrisas sádicas entre mis compañeros de clase, y miradas de decepción y fracaso en la de mis padres. Tal vez sea esta última la que más me duela. No estar a la altura de las circunstancias, saber que has fallado en todas las espectativas que tus padres tenían puestas en ti, en tantos años de esfuerzo, sacrificio, cariño y esperanzas... ¡Todo roto! ¡Demasiadas ilusiones rotas! ¿Y qué decir de ella? ¡Ella sigue sin mirarme! Fui sólo un interés. Solo una marioneta. Una marioneta suicida entre sus manos. Sí. Sólo eso... una mota de polvo en su vida. Un suspiro más, una mirada más... un hombre más. Quise entregarle mi corazón a una mujer a la que amaba por encima de todo. Quise conquistarla, dejarle ver que, aunque yo no era su prototipo, estaba dispuesto a darle todo el amor que quería. Todo el amor que otros hombres no le habían dado, gente que la consideraba mujer de una sola noche pero yo... yo sólo me llevé sus lágrimas. Sus quejas, sus lamentos quedaron, para siempre, cerrados con llave en mi corazón... oyendo hablar de tipos que la trataban como objetos o que pasaban de ella. Palabras que no eran más que puñales desgarrando la carne de mi pecho. Cada nombre que pasaba, cada anécdota que contaba... todo eran puñaladas. Cada lágrima vertida por ella no era más que una miserable gota de sangre predestinada a resbalar sobre mis sábanas para caer en el olvido. ¡Ah! ¡Sí! ¡Tanto amor! ¿Por qué debió de ser así? ¿Por qué debió acabar así? No lo entiendo... Te he escuchado, te he amado tanto, te deseo tanto... Pero yo era demasiado poco para ti. No era un chulo de gimnasio. No. Tú no buscabas un tipo normal que te quisiese. No. Tú tenías que fijarte en un hombre fuerte, tatuado y que no supiese hacer nada, que la única neurona que tuviese estuviese educada en el arte de levantar pesas y de insultar a la gente como yo. No. No es el tipo "intelectual" con el que te imaginas estar. Dudo que matarse en el gimnasio de tal forma, a base de esteroides y proteínas le den para leer, si quiera, un par de versos de Bécquer, y ya no digamos de Platón. Pregúntale quién es Nietzsche, ¿te sabría responder? No... Demasiados versos de Machado se han perdido entre mis páginas. Demasiados poemas de Lorca se han perdido entre mis recuerdos. De ellos sólo quedan cenizas, cenizas vivas que se niegan a morir y que, noche tras noche, vuelven a mi cabeza agonizantes.

Mi propio alma agoniza también. Ella... ¿por qué sigues viniendo a mí? ¡Todo sería mejor si no te hubiese conocido! ¡Todo! Pero ya no puedes salir de mi vida... No. Te suplico que te quedes un rato más, que me sigas hiriendo, que tu recuerdo me siga asesinando lentamente, como si de un muerto en la horca se tratase. Una horca bajo una silla que nunca acaba de volcar. Mirando al infinito, esperando a que en un reloj den las doce para pegarle una patada y quedar colgado del techo mientras me voy asfixiando. ¡Ah! Dulce tortura la de tus ojos. Quédate un poco más... es lo único que me queda de ti.

No debí haberme arriesgado declarándote mi amor. Eso es un hecho que acepté desde tu primer rechazo. Sabía que yo no estaba hecho para ti. Demasiado poco, la verdad, pero... lo tenías que saber. No podía dejar que te escaparas de mi vida sin saberlo y ahora... mira. No estás en mi vida, pero te niegas a salir de ella. Apenas intercambias un par de palabras conmigo en clase o en la calle. Yo, que tantas veces te he escuchado, que tantas veces te he consolado, que tanto, tanto, tanto te he querido, que has sido el objeto del mayor de mis deseos. Pero te niegas a irte de ella, ¿por qué? ¡No sales de mi cabeza! Te maldigo a cada segundo. Desearía que te borraras de mi memoria pero... sólo un segundo más... déjame recordarte un segundo más... y así es siempre. Día tras día, mes tras mes y mazazo tras mazazo. Deseo apartarte de mi vida, pero quiero seguir pensándote, sintiéndote un par de segundos más... Siempre.

Ahora ya no me queda nada. Nada... Todo lo perdí por ti. Todo se fue contigo. Eras demasiado para mí. Podría haber matado al engendro machista que tienes por novio y todo se habría solucionado. Un tiro en la cabeza a la salida del gimnasio y fin a todo. Se acabó. Habría ido a la cárcel, pero, ¿y qué? Un alma destruida sólo desea la soledad. Tal vez allí la habría encontrado y habría salido al tiempo, y habría ido de psicólogo en psicólogo y de rehabilitación en rehabilitación... pero matándole sólo conseguiría que me odiarás más.

Sé que sólo soy una carga para ti. Que no merezco ni que me mires... lo siento. Perdóname por haber entrado en tu vida, pero pronto saldré de ella.  Hace mucho tiempo que el telediario no saca una noticia de un crimen pasional...

Un abrazo, Marta. Te quiero.

Abel.


Basado en el videoclip de "Inseguridad" de Kako Malo, perteneciente a la mixtape de Baghira "Bloddy Halloween II".

jueves, 27 de septiembre de 2012

Ellos


  Escuchaba sus gemidos y sus gruñidos tras las puertas del cuarto de baño. Su indumentaria era la de una persona normal, pero sus rostros eran pálidos y deformes, sus labios morados, y sus pechos estaban carentes de toda vida. No había nada latiendo en ellos. Ni un simple pálpito de una humanidad pasada. Algo que les identificara. Algo que me identificara. No había nada. Sus caras eran iguales a los de mi padre, mi madre, mis amigos... pero ninguno parecía reconocerme, ni yo a ellos. Se habían convertido en monstruos carentes de toda noción y emoción, incapaces de distinguir entre el bien y el mal, guiados sólo por su instinto destructivo. No había cariño en sus miradas, ni amor, ni la dulzura que les había caracterizado. Tampoco odio, ni ira, ni rencor. Sus ojos eran, simplemente, cristales opacos incapaces de mostrar ningún sentimiento más allá de una muerte en vida. Eran verdaderos muertos vivientes.

La puerta estaba atrancada. Eso atrasaría su marcha sobre mí. Cogí el móvil y comencé a marcar números de mi agenda con la esperanza de que hubiera aún alguien como yo. Alguien con vida. Alguien que no estuviese controlado por algo invisible, capaz de arrancar la vida de las personas hasta convertirlas en seres monstruosos e indolentes sin corazón alguno. Sin cerebro, incapaces de razonar. ¿Qué había cambiado en ellos que los había vuelto tan despreciables? 

Apoyé mis manos sobre el lavabo intentando recobrar el aliento y poner en orden mis ideas, pero era imposible. El nerviosismo producido por el miedo impedían a mi corazón latir más despacio y a mis extremidades ser tan eficaces. Sólo pensaba en salir de allí. En sobrevivir al nuevo mundo que se avecinaba. Observé por la ventana. Varios de esos muertos corrían tras una mujer a la que dieron caza acorralándola en un rincón... ¡Es espantoso! La devoran como si fuera un trozo de carne sin más. Como si no fuera una persona... sus bocas, sus amenazantes bocas, lucen ahora llenas de sangre. La vida se apaga poco a poco en esa persona. Chillaba de terror y dolor, mientras ellos seguían devorándola poco a poco mientras su vida se apagaba muy lentamente. Me obligué a apartar la mirada de inmediato. No podía ver aquel espectáculo tan lamentable, y, a pesar de querer ayudarla, en lo más profundo de mi corazón, sabía que hacía lo más sensato. Si hubiera bajado, me habrían cogido, y ahora habría dos cadáveres más. Aún así, me sentía tremendamente mal. ¿Qué habría hecho otra persona en mi lugar? ¿Debía haberle prestado auxilio? ¿Era la razón la que había impedido llamar la atención de aquellos seres, o había sido un acto de cobardía? ¡Ah! ¡Demasiados juicios morales! ¡Demasiadas contradicciones internas ahora!-Has hecho lo correcto.-Me decía a mí mismo.-Ahora sólo queda pelear por tu vida.-Intentaba autoconvencerme de que había obrado bien a pesar de todos los dilemas morales que tenía encima.

Seguí marcando números una y otra vez. Nada. Ni una simple respuesta. Me giré y miré a la puerta. Ya estaban ahí. Escuchaba sus gemidos perfectamente. Sus gruñidos. Como si quisieran comunicarse pero no pudieran articular una simple palabra. Un golpe se escuchó tras la puerta. Otro más. Y otro. Y así sucesivamente, con mayor violencia y sin interrumpirse. Eran varios brazos los que golpeaban la madera que nos separaba. Cedería de un momento a otro. Corrí hacia la ventana para comprobar si podía escapar por allí... pero ellos aún estaban ahí, devorando a su agónica presa. Los gritos tras la puerta aumentaron, así como la magnitud de los golpes, mucho más fuertes ahora. Miré la bañera. No me lo pensé dos veces. Abrí la cortina y me tumbé dentro, esperando a que Dios fuera el juez que determinase mi destino próximo. Corrí la cortina justo en el momento en el que la puerta comenzó a ceder y los muertos entraron en el cuarto. Eran un grupo de tres. Los reconocía perfectamente. Comencé a rezar para que no se percatasen de mi presencia. Caminaban muy lentamente. Se paseaban con una tensa tranquilidad por todo el baño, observando cada objeto como si fuese la primera vez que lo veían. Apreté los dientes con fuerza mientras un sudor frío corría por mi frente. Apenas me atrevía a respirar por miedo a que me descubriesen. Incluso tenía miedo de que escuchasen los latidos de mi corazón, como si el órgano vital fuese un martillo que golpease una plancha de hierro. Estaba realmente atemorizado. No me atrevía a mover un músculo... ni siquiera me atreví a mirar. 

Un grito se escuchó fuera. Los seres del cuarto de baño comenzaron a correr tras escuchar el sonido gutural procedente de la calle. La habitación volvía a estar sola. Me elevé poco a poco y salí de la ducha muy lentamente, sin hacer ruido, como un ágil felino. No había nadie. Un silencio sepulcral invadió toda la casa. Nada. Estaba todo en plena quietud. No se escuchaba nada más que el viento pasando por las ventanas rotas y algún que otro grito aislado muy lejano de donde me encontraba. No había mayor movimiento que las cortinas mecidas por la fría brisa. Me parecieron fantasmas. La sangre se me heló sólo de pensarlo, pero conseguí tranquilizarme... eran sólo eso: pensamientos. También pensé que la humanidad nunca llegaría a un holocausto de esta magnitud. Ya no sabía qué pensar. Todo lo sobrenatural me parecía posible. Todos los diablos me parecían posibles. Todo lo que ayer no tenía sentido, se convertía ahora en miedos que atenazarían el corazón de cualquier ser humano. 

Volví al lavabo. Allí estaba mi móvil. No tenía a nadie más a quien llamar. Suspiré y decidí despejarme un poco antes de salir de allí para no volver. Abrí el grifo para refrescarme el rostro con agua y alejar, así, los recuerdos que atormentaban mi alma y relajarme. Cogí un poco del líquido transparente y me lo eché sobre la cara. Suspiré y elevé mi rostro. Me vi en el espejo. Era diferente al resto. Era de lo poco que quedaba con vida en la Tierra. Probablemente fuera el único. No sabía nada. Estaba cansado. Todos los seres que quería, todos los seres que amaba... eran ahora como ellos. Estaba solo. Solo y desesperanzado, como un náufrago en mitad del océano aferrándose a una tabla como última posibilidad. El agua seguía corriendo. Decidí volver a echármela en la cara e irme después. Suspiré. El agua fría me despejaba, pero me hacía ver que esto era una triste realidad y no una mera pesadilla adolescente. No... aquello no era como una película... era verdad. 

Elevé mi rostro y palidecí. Tras de mí había tres de ellos. Reconocí el rostro de la chica que no socorrí. Estaba clavado en el espejo. Mirándome. Al lado suya, dos hombres tenían las fauces llenas de sangre y mostraban los dientes como lobos hambrientos. El móvil comenzó a sonar. La mujer gritó y sentí un tirón tras mis piernas. El móvil cayó justo delante mía, apenas a un centímetro de mis manos... podía llegar... casi... casi... pero un nuevo tirón me apartó de la esperanza. Intenté zafarme de su tenaz abrazo, alejarme de sus gritos, pero sus brazos eran más fuertes que los míos. La oscuridad me envolvió. Sentí unos colmillos clavándose en mi cuello y no pude reprimir un agónico aullido de dolor. Lo último que escuché tras el móvil fueron varios gritos que se iban acercando... antes de morir y pasar a ser uno de Ellos.

Basado e inspirado en el videoclip de Rayden
"Caminantes" perteneciente a la mixtape de Baghira Bloddy Halloween II.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Nerón Claudio

El emperador Nerón se había parado a descansar a los pies de un árbol. El sofocante calor de aquel atardecer del mes de junio le habían dejado exhausto. Necesitaba recobrar un poco de aire antes de proseguir su huida. Los pocos esclavos que había logrado traer consigo también descansaban a varios metros alejados del emperador.

Un hombre se le acercó sigilosamente portando una bota de agua de cuero marrón. Su cabello castaño y sus facciones fuertes y adultas dejaban ver una edad madura en él, pero un brillo en sus ojos negros atestiguaban un vigor propio de un adolescente. Su rostro aparentaba tranquilidad y serenidad, nada que ver con el nerviosismo y la inquietud que atenazaba el cuerpo del joven Nerón Claudio.

Miró el emperador al hombre y cogió la bota que éste le ofrecía bebiendo un largo trago de agua fresca.

-Epafrodito... he estado pensando en qué pasará si me cogen.-Comentó el princeps* mirando hacia el suelo. De una de las mangas de su toga sacó un estilete y se quedó mirando largo tiempo.
-¿Estáis pensado en el suicidio?
-Estoy pensando en el suicidio. Me busca demasiada gente. No puedo estar tranquilo. Primero está ese Sulpicio Galba, gobernador de la Tarraconense* al que han nombrado princeps, después Vitelio en el Rin, a quien también han nombrado jefe del principado, y también está Salvio Otón, proclamado por la guardia pretoriana.-Nerón cerró los ojos y suspiró. Miró al cielo un breve período de tiempo.-Otón... Marco Salvio Otón... mi amigo, ¿quién lo diría, Epafrodito? Nunca pensé que Otón se sublevaría contra mí... ¡contra un amigo!
-Sólo los dioses pueden saber qué pasa por la mente de los hombres para cometer tal traición, princeps. Sólo los dioses.
-Temo, Epafrodito, que los dioses me han abandonado hace mucho tiempo. Les he dedicado espectáculos en el anfiteatro, les he hecho los mejores sacrificios, ¿y cómo me lo pagan? ¡Me dan la espalda! ¿Por qué, Epafrodito? ¿Por qué?
-No lo sé, princeps. No lo sé. Los dioses son caprichosos.

Epafrodito miró el estilete. Nerón sudaba. Había cierta duda en su mirada...

 No. Nerón no deseaba acabar con su vida. Nerón se negaba a abandonar el mundo de los vivos a pesar de apuntar con el estilete hacia su pecho. Su voluntad de suicidio estaba meditada, pero su deseo de vivir chocaba violentamente con aquella extraña idea. Era demasiada la intensidad con la que Nerón apreciaba la vida, pero eso no pasó desapercibido para su secretario, que prosiguió su conversación con el princeps.

-Debéis de suicidaros, princeps. Así vuestra dignidad y vuestro honor permanecerán intactos. ¡A saber qué pretenden haceros esos bárbaros que se hacen llamar romanos! ¡Porque son bárbaros, princeps! Pero no temáis... vuestro séquito, vuestros acompañantes, os seguirán hasta la muerte. Se suicidarán por su dominus* y con su dominus. No os dejarán solo en esta batalla, princeps. No os dejarán. Su destino se selló cuando decidieron partir con el princeps de Roma, y sufrirán su mismo final.
-Dices la verdad, Epafrodito. Dices la verdad. No hallo mentira alguna en tus palabras. Creo que debo hacerlo, y lo haré. Ven, ¡ayúdame a levantarme! ¡Un princeps de Roma debe morir en pié, por Júpiter!

Epafrodito tendió una mano a Nerón quien la usó como apoyo para levantarse. El princeps de Roma, mirando al cielo, dirigió una dramática oración a los dioses, a quien confiaba su alma. Colocó el estilete sobre su esternón y miró a su secretario.

-Consagré toda mi vida al arte y la cultura. Tú fuiste testigo del amor que profesé por el arte. Ahora me doy cuenta de que la vida es un teatro lleno de actores. La vida es nuestra obra cumbre, Epafrodito. ¡La vida es arte! ¡Como los versos de Virgilio en su Eneida! ¡Como las comedias de Plauto! ¡La vida es un arte, y haré que este final sea digno de una tragedia griega del mismísimo Esquilo!

Nerón empujaba el estilete contra su pecho, pero la carne no cedía ante sus pretensiones. Su cara mostraba esfuerzo, y su mirada, clavada en el cielo, dudas. Pasaban los segundos, y el estilete seguía en el mismo sitio hasta que las temblorosas manos de Nerón apartaron el arma de él y sus ojos se quedaron fijos en Epafrodito.

-No puedo, Epafrodito... no puedo.
-Debéis hacerlo, princeps. Debéis hacerlo.

Epafrodito agarró las manos de Nerón y las colocó de nuevo en su posición anterior: la punta del estilete volvía a reposar sobre el pecho del emperador, pero éste no ejercía fuerza sobre el arma. Sus brazos estaban relajados y sus ojos miraban al suelo. Su rostro estaba rojo del esfuerzo anterior, del debate interno, de esa elección entre vivir huyendo como un delincuente, o morir como un emperador de Roma.

Alguien profirió un grito a lo lejos. Eran soldados enemigos, probablemente mandados por el propio Otón. Nerón miró a sus agresores, aún lejos de él, después, volvió a clavar su mirada en su secretario.

-No puedo, Epafrodito, no puedo... triste es éste final para un artista de mi talla.
-Debéis hacerlo. ¡Aprisa! ¡Se acercan y os han visto, por Júpiter!
-¡No puedo! ¡Ayúdame a morir, Epafrodito! ¡Ayúdame a morir!
-¡Debéis hacerlo sólo, princeps!
-¡Por Júpiter que no puedo! ¡Por favor, Epafrodito! ¡No tengo el valor suficiente! ¡Ayúdame a morir, por los dioses!

Epafrodito observó a los soldados. Uno de aquellos asesinos se había adelantado y estaba ya a poca distancia. Quedaba poco tiempo de reacción. Miró a Nerón. Sus ojos estaban ahora llenos de súplica. Clamaban ambos la misericordia del moribundo exigiendo el fin de su lenta agonía. Sabía que su princeps agonizaba a cada paso que daba el soldado hacia ellos.

-Epafrodito...
-Princeps... no puedo, os lo juro por los dioses.
-Por favor... no me dejes morir como un miserable esclavo, ¡soy princeps de Roma! ¡Merezco una muerte digna de tal! ¡Soy sucesor de César Augusto y de Cayo Julio César! ¡Soy hijo de dioses! ¡No puedo morir en manos de unos traidores!
-¿Preferís que os mate un liberto?
-¡Sólo os suplico ayuda! ¡Mirad, por hay viene!

El soldado se acercaba peligrosamente y profería gritos contra el "imperator" de Roma, dominador del mundo. Nerón empujaba cada vez más el estilete contra su pecho, pero no acababa de culminar su final apoteósico. Miraba a Epafrodito suplicando su ayuda.

-Epafrodito... por favor.-Su secretario negó con la cabeza, pero colocó su mano derecha en estilete. Miró al emperador por última vez.
-Sea tu voluntad, princeps.

Epafrodito presionó intensamente sobre el estilete hasta que acabó por hundirse en el pecho de Nerón y partir su esternón. La sangre comenzó a brotar a borbotones por la herida que le había causado mientras ayudaba a Nerón a recostarse sobre la hierba.

-¡Qué gran artista pierde el mundo!-Gritó Nerón mientras agonizaba.

Apenas tocó el césar el suelo cuando la vida ya había abandonado su cuerpo. Epafrodito le observó. Cerró sus ojos con lentitud y se levantó. Observó al soldado. Estaba quieto ante la escena que acababa de presenciar. Epafrodito volvió a mirar al emperador antes de marcharse.

-El mejor sin duda, princeps. El mejor comediante y el mejor actor que he visto nunca.

Epafrodito no perdió ni un segundo más. Con la ligereza de la gacela comenzó a correr en dirección contraria al soldado que reanudaba su carrera.

A pesar de que en ese instante sólo pensaba en correr para salvar su vida, no pudo evitar que sus últimos pensamientos fueran para Nerón Claudio César Augusto Germánico, princeps de Roma, amante del arte, y asesino infame.


*Princeps: Desde la etapa de Augusto hasta Diocleciano, el título que ostentaba el emperador era el de "princeps" (primer ciudadano), lo que dio lugar a "principado", la nueva forma de gobierno implantada por Augusto tras acabar con el anterior gobierno republicano.
*Tarraconense: región de la España romana.
*Dominus: señor.

Lo que se narra aquí tiene base real, según lo atestiguan historiadores como Tácito. Nerón murió el 9 de junio del año 68, acabando con él la dinastía imperial Julia-Claudia. Nerón huyó de Roma y murió de la forma en la que se describe, pero, debido a la ausencia del marco espacial en el que murió el emperador, se le ha dado este marco para aumentar el dramatismo de la escena que se describe. No debe tomarse todo lo que se escribe aquí como una verdad histórica incuestionable puesto que esto es un escrito y está hecho para divertir, mezclando la ficción y la realidad.