domingo, 27 de abril de 2014

Al horizonte

Harto de llanto, harto de lágrimas. Su boca sólo conocía el monótono sabor salubre de sus ojos. Parecía más un muerto que una persona. Quería dejarlo todo. La vida le pesaba tanto en el corazón como en los hombros. Le angustiaba el paso del tiempo, los finales... pero, sobre todo, los principios y las mitades. Deseaba volver al pasado. Le pesaba tanto daño y sufrimiento, propio y ajeno. Quería cambiar su vida, pero ya era demasiado tarde.

Los errores habían sido muchos. Demasiados, tal vez. Su frente siempre estaba inclinada, como una bestia bajo el yugo. Era todo tristeza, como una isla entre dos océanos. Como un árbol en una llanura desértica. Era todo desolación, una parte más de la intrascendente brevedad de la vida.

A cada paso, notaba el estigma del fracaso. También la amargura de la mínima esperanza. Era presa del ruido que trae el silencio. Era un hijo de Caín, a la par que la descendencia inerte de Abel.

Estaba sentado, mirando el horizonte en un atardecer veraniego. El sol comenzaba a ahogarse en el mar, y él en sus pensamientos. Y así, suspirando, solo, sin destinatario, elevó al cielo la frase maldita. Lo siento.

Sólo lo oyó el indócil viento de poniente. ¿A quién se lo llevaría?

viernes, 11 de abril de 2014

EN BLANCO Y NEGRO

El libro ya está disponible en MEGA. Es de descarga gratuita. Son 12 relatos y 12 fotografías, como se aviso, pero también hay una pequeña sorpresa oculta.

Ponemos a vuestra disposición, además, un correo que también podréis encontrar en las últimas páginas del libro para que nos hagáis llegar vuestras opiniones o cualquier otra cosa que queráis saber sobre el proyecto.

¡Muchas gracias a todos! ¡Un abrazo!

También podéis descargar el libro pinchando en la imagen.

LINK DE DESCARGA: bit.ly/enbyn93
CORREO: enblancoynegro93@gmail.com


Portada de "En Blanco y Negro" 

martes, 25 de marzo de 2014

EN BLANCO Y NEGRO: A veces

El relato que vais a leer a continuación es un extracto de un proyecto literario y fotográfico que saldrá en breve y que llevará el nombre de “En blanco y negro”. Como tal, el proyecto constará de 12 relatos y 12 fotografías, todas ellas realizadas por la fotógrafa Susa Montesinos, coautora del proyecto. Tendrá una amplia variedad temática, y será de descarga directa y gratuita. Espero que os guste y os animéis a descargarlo y leerlo. ¡Gracias por vuestro tiempo!


Fotografía perteneciente al relato
 "A veces" del proyecto "En blanco y negro"
hecha por Susa Montesinos.
A veces no me doy cuenta de que tengo tu voz al alcance de mi mano. No me doy cuenta de que puedo tocar tus suspiros con la yema de mis dedos, respirar el mismo aliento que respiras.

A veces no me doy cuenta de la relatividad del tiempo hasta que te miro. No me doy cuenta de que puedo olvidar que desde que nací estoy muriendo, que puedo obviar toda fecha en esos momentos donde el mundo sigue, pero el tiempo se para.

A veces no me doy cuenta de que puedo beberme tu cuerpo. No me doy cuenta de que he tenido el privilegio de recorrer cada centímetro de tu torso desnudo posando levemente los labios a la altura de tu cintura, iniciando una ascensión lenta hasta llegar a ese abismo sin fondo que es tu boca.

A veces no me doy cuenta de que soy ciego. No me doy cuenta de que una vez observada tu sonrisa, en el mundo, no hay nada más que ver y que, por ende, los ojos que te vieran ya no tienen la necesidad de seguir cumpliendo su cometido y por ello duermen.

A veces no me doy cuenta del miedo a las alturas. No me doy cuenta del vértigo que me provoca el abismo infinito de tu mirada, el paseo mortal que forma el acantilado insalvable de tus caderas.

A veces no me doy cuenta de que soy sordo. No me doy cuenta de que escuchando el torrente limpio de tu voz susurrándome al oído no hay ningún sonido más alrededor, enmudece incluso la música por miedo a hacer el ridículo ante un río de aguas cristalinas.

A veces no me doy cuenta de que eres intangible. No me doy cuenta de que eres un sueño, y que los sueños, sueños son, un fantasma lleno de hermosura y esperanza; y sin embargo no me sorprendo de ello: algo tan bello solo podía existir en el Reino de Morfeo, por ello la muerte no es problema: viviría soñándote eternamente. ¡Y aún así, la eternidad de la inexistencia me parece demasiado corta!

martes, 11 de marzo de 2014

La nada

Ha llegado la hora de enmudecer.
La nada debe volver a la nada.
El muerto ya duerme sobre su caja,
Entendió que la vida es sólo un tránsito.

La vida es un tránsito, nada más,
El final es la única certeza.
Sólo el recuerdo nos mantiene vivos,
Así pues, ¿cuánto tiempo hemos vivido?
El ansiado fin no llega al morir;
Ya al nacer besamos la apoteosis,
Todo cuanto hay en medio es un ensayo
Pues, existir sólo es una enfermedad
Que se cura con el paso del tiempo.
Cualquiera de aquellos que no respiran
Tienen más vida que muchos que laten,
E hicieron suyo el Reino del Olvido.
Hay muertos que miran, andan y lloran,
Hay vivos que duermen y ya no sienten,
¿Cuál de los dos opuestos alcanzó
La vida? ¿Cuál llegó a la inexistencia?
¿Quiénes de los dos, verdaderamente,
Hizo méritos para los recuerdos?
¿Cuál de ellos falló? ¿Quién se desvivió?
¿Quién murió en esa derrota dual?

Es hora de hacer cruces en la frente,
Mirar al cielo, renegar de Dios,
Ha llegado la hora de enmudecer.
La nada debe volver a la nada.

viernes, 28 de febrero de 2014

Sobre la piel de tu espalda

Voy a escribir un poema
Sobre la piel de tu espalda,
Solo por acariciarla,
Por volver la noche eterna.

Sobre la piel de tu espalda
Voy a escribir unos versos,
No se llevarán tus besos,
Sólo pasión descarnada.

Sobre la piel de tu espalda
Voy a escribir mi epitafio;
Dirá la hermosa lápida

Que morí sobre tus labios,
Y que hicimos mi sudario
Sobre la piel de tu espalda.

jueves, 30 de enero de 2014

Elisa

Elisa se encaminaba con el pelotón de fusilamiento a la parte de atrás del cuartelillo de las afueras de Veritas cuatro meses después de ser apresada y dos y medio desde que comenzase aquella absurda guerra civil. En ningún momento se le había dicho por qué había sido apresada, y en ningún momento el juicio fue justo. En una guerra civil ningún juicio es justo. El día que la detuvieron cuatro hombres de negro entraron por la fuerza a su casa y la sacaron con violencia de la misma. Nunca más volvió a verla.

Elisa era periodista. Se dedicaba a sacar la verdad a veces jugándose la vida, y desde que la guerra había estallado jugarse la vida era similar a ganarse el pan de cada día, pero también entendió que el día que el conflicto comenzó la verdad dejó de tener sentido. Tal vez por eso la habían arrestado.

Aquella era la segunda vez que recorría aquel patio. La primera, el día que fue arrestada y la metieron en un calabozo. Nunca supo si en aquel lugar tan extraño había más gente. Nunca vio a nadie más que sus captores y a los guardias ataviados con su típica indumentaria militar, aunque suponía que, siendo el lugar que era y estando en la época que estaban, que hubiera más prisioneros allí sería lo más normal, y Elisa se preguntaba quiénes serían.

Aquella mañana hacía frío. No sabía si era porque estaban a mediados de diciembre o porque intuía su fatídico final o los dos a la vez. La situación era muy extraña, Elisa estaba acostumbrada a coquetear con la muerte a causa de su oficio, pero nunca la había visto así, tan cara a cara, tan de cerca, tan íntimamente como aquel día, porque ese día Elisa sabía que tenía una cita con la Parca donde tendría tiempo de intimar con ella todo el tiempo que quisiera, tendría toda la eternidad para ello. Todo era muy confuso en aquel amanecer.

Elisa pensaba que cuando se va a morir fusilada, el día podría ser todo lo radiante que quisiera, que el sol con su calor podría acariciar sus pálidas mejillas y brillar en lo más alto del cielo que la única tonalidad que existía para la víctima era el gris. O eso creía ella.

Una vez detrás del cuartel, Elisa vio una pared con manchas rojas que parecían recientes. Entonces supo que su existencia, su destino, acababa allí.

El pelotón de fusilamiento detuvo su marcha y ordenó a Elisa que colocara su espalda contra la pared. Cuatro hombres cogieron sus escopetas y la alzaron, apuntando al pecho de la joven mujer. El que parecía ser el militar de mayor rango se acercó a Elisa con una venda blanca y se la ofreció. Miraba al suelo avergonzado. Era un hombre joven y parecía no disfrutar con aquella situación.

-No la necesito.-Dijo Elisa mirando al hombre a los ojos. Eran marrones, como los suyos. El asintió y sólo alcanzó a susurrarle una pregunta mientras se marchaba dándole la espalda.
-¿Sabes por qué estás aquí?
-No
-Bien, porque yo tampoco.
El hombre se giró y encontró confusión en los ojos de Elisa, la misma confusión que había en los suyos. Él tampoco entendía por qué tenía que matar a alguien indefenso e inocente, simplemente seguía órdenes. Si no era él, sería otro, y entonces serían dos los asesinados ese día, Elisa porque sí y él por desobedecer una orden de un superior, pero aquello era una guerra, una guerra civil, una guerra que enfrentaba a familias enteras, a amigos de toda la vida, a padres contra hijos, a hermanos contra hermanos. Era horrible, pero era una guerra, lo extraño y lo horrible estaban a la orden del día.

Elisa pensaba en las palabras del soldado. La habían dejado pensativa, ¿a qué se refería exactamente? ¿A su destino final, o a su destino como soldado? Tal vez las dos opciones eran válidas porque también en la mirada limpia del hombre se vislumbraba un alma destrozada y llena de inseguridad.

-¿Y tú? ¿Por qué estás?-Preguntó Elisa.
-No lo sé.
-Pues yo tampoco.-Respondió Elisa con una media sonrisa. Estaban empatados, y sólo una cosa quedaba clara: ambos iban a perder aquel día. Y fue entonces cuando Elisa se dio cuenta de por qué estaba allí, de por qué estaban allí. El hombre alzó la mano por segunda vez y los soldados cargaron las armas. Elisa elevó la voz. Quería que la escucharan:

-¿Sabes por qué estamos aquí?-Consiguió atraer la atención del militar que la miraba con interés-Porque hay gente que tiene que solucionar con la fuerza lo que no han sabido solucionar con palabras. Estamos aquí por el capricho de unos pocos a los que no les hemos puesto barreras, de unas pocas voces intolerantes que no han conseguido ponerse de acuerdo porque para ellos era más importante el afán de revanchismo, la satisfacción de ver conseguidos sus deseos y sus metas personales, de haber favorecido sus intereses a costa de las ilusiones y las falsas promesas de bienestar común que no han sido cumplidas. Estamos aquí, tú tras un fusil, y yo delante de él porque nos han mentido.-Los soldados miraban a su líder de reojo que estaba a punto de bajar la mano y pronunciar la orden final, pero dejó a Elisa proseguir con su parlamento.-Nos han mentido, y nos hemos creído esa mentira. Vivimos en una época en la que el acto de decir la verdad se convierte en un acto revolucionario.-Elisa era consciente de que había parafraseado a Orwell.-Y la revolución, la verdad, en época de conflicto, se paga con la muerte porque la gente no quiere, la verdad, quiere la mentira, saber que viven bien en la mentira, matando por la mentira porque es lo que les han enseñado, en lo que creen. No hay palabras para una verdad, porque las palabras, la verdad, hoy, han sucumbido.-Elisa suspiró y una lágrima salió por sus ojos marrones conmoviendo a los hombres que tenía delante suya.-Lo que no han conseguido con argumentos, quieren conseguirlo ahora por la fuerza.-El mundo enmudeció. El tiempo parecía haberse parado en aquel instante para escuchar a Elisa.


El militar miró hacia el suelo y bajó la mano. No salió una sola palabra de su boca. Cuatro rugidos se escucharon detrás del cuartel aquella mañana. Nuevas manchas de sangre habían salpicado la parte de atrás del cuartelillo. La verdad había muerto. Y Elisa con ella. 

domingo, 15 de diciembre de 2013

Las lágrimas de Wallada

Ya no habrá más noches en vela esperando a que aparezcas, ni esperando encontrarte. Las lágrimas que se llevaron las calles de Qurtuba cada vez que nos separábamos se mezclarán ahora con las aguas turbias del río deseando no volver a verte nunca más. Tal vez su cauce se lleve tu recuerdo igual que tú te llevaste mi esperanza. Quizá me ayude a olvidarte, a cicatrizar las heridas. Ahora me arrepiento de todas las noches que pasamos juntos, de los besos que me diste, de las promesas que nos hicimos, las palabras que nos intercambiamos, y los poemas que bordé en mis ropas pensando en ti, pero ¡ay de tu suerte, desgraciado, que has cambiado las lunas con una princesa de al-Ándalus por la suciedad de la habitación de una de mis esclavas! Y he de admitirlo: me siento humillada por esto, ¿qué clase de poeta es el que deja de cantarle al jazmín para centrarse en el barro que le rodea? ¿Qué clase de astrólogo deja de admirar el cielo para centrarse en el polvo de la tierra?

¡Ay de mí, que tanto te amé! ¡Qué tonta que fui pensando que junto a ti podría ser feliz! Eres como las bestias, Zaydún, pues sólo ellas pueden relacionarse con lo más bajo y despreciar a lo más alto sin sentir ni un leve cargo de conciencia. Es por ello por lo que me recuerdas a los corceles de los establos: bellos y de nobleza aparente, pero bestias al fin y al cabo, sin razonamiento, sin conocimiento, sin sentimientos… ¡Sin corazón! ¡Y a esto miento, porque hasta el más salvaje de los animales del mundo siente amor al menos una vez en su vida! Y tú no sientes, Zaydún, tú no sientes ni la arena que pisas, ni la pasión a la que te abandonabas cuando apoyabas tu frente contra la mía y dejabas pasar las horas. También eso era mentira como las cartas que me enviabas o los versos que me escribías. ¿Cuándo se te ocurrieron? ¿Antes de acostarte, o después de yacer con mi sierva? ¿Antes de acariciarla, o después de la consumación carnal? ¿A ella también le has hecho promesas de amor eterno? ¿Y qué promesas se le hacen a una esclava? ¿Un verso de un afamado poeta, o la libertad? Dedícale todo lo que quieras, Zaydún, y tus palabras caerán en el vacío igual que cae un muerto del caballo cuando una lanza enemiga atraviesa su costado. ¡Y yo esa lanza la siento, Zaydún! La siento en mi pecho, porque aún te quiero; la siento en mi cabeza, porque tu rostro aún me nubla el juicio; yo también la siento en mi costado, porque cuando me acuerdo de ti, ¡Oh, Zaydún, aún se me corta la respiración! ¡La siento por todo mi cuerpo, porque verdaderamente, me duele lo que me has hecho!


Sólo Allah sabe cuánto me duele todo esto, sólo él sabe cuánto te quise, pero también es consciente de mi anhelo de venganza. Ojalá sientas todo el daño de tus acciones de la misma manera que yo la siento. Ojalá la misma saeta que ha atravesado mi pecho dejándome herida de muerte, también alcance el tuyo y te deje de la misma manera que a mí. Porque me duele el orgullo, porque quiero verte humillado como el vencido suplicando clemencia, porque sólo Allah sabe cuánto te odio, pero, a pesar de todo, porque esto va a dolerme más a mí que a ti, porque te amo, porque te quiero. Porque me has hecho daño y Qurtuba, riéndose de mis lágrimas, me susurra tu nombre. Por favor… Vete. No quiero que vuelvas. Llévate mis lágrimas contigo al Guadalquivir; no las necesito. Por tu culpa, aquí en mis ojos aún tengo de sobra. 

Dedicado a Blanca Estévez