Harto de llanto, harto de lágrimas. Su boca sólo conocía el monótono sabor salubre de sus ojos. Parecía más un muerto que una persona. Quería dejarlo todo. La vida le pesaba tanto en el corazón como en los hombros. Le angustiaba el paso del tiempo, los finales... pero, sobre todo, los principios y las mitades. Deseaba volver al pasado. Le pesaba tanto daño y sufrimiento, propio y ajeno. Quería cambiar su vida, pero ya era demasiado tarde.
Los errores habían sido muchos. Demasiados, tal vez. Su frente siempre estaba inclinada, como una bestia bajo el yugo. Era todo tristeza, como una isla entre dos océanos. Como un árbol en una llanura desértica. Era todo desolación, una parte más de la intrascendente brevedad de la vida.
A cada paso, notaba el estigma del fracaso. También la amargura de la mínima esperanza. Era presa del ruido que trae el silencio. Era un hijo de Caín, a la par que la descendencia inerte de Abel.
Estaba sentado, mirando el horizonte en un atardecer veraniego. El sol comenzaba a ahogarse en el mar, y él en sus pensamientos. Y así, suspirando, solo, sin destinatario, elevó al cielo la frase maldita. Lo siento.
Sólo lo oyó el indócil viento de poniente. ¿A quién se lo llevaría?
domingo, 27 de abril de 2014
viernes, 11 de abril de 2014
EN BLANCO Y NEGRO
El libro ya está disponible en MEGA. Es de descarga gratuita. Son 12 relatos y 12 fotografías, como se aviso, pero también hay una pequeña sorpresa oculta.
Ponemos a vuestra disposición, además, un correo que también podréis encontrar en las últimas páginas del libro para que nos hagáis llegar vuestras opiniones o cualquier otra cosa que queráis saber sobre el proyecto.
¡Muchas gracias a todos! ¡Un abrazo!
También podéis descargar el libro pinchando en la imagen.
LINK DE DESCARGA: bit.ly/enbyn93
CORREO: enblancoynegro93@gmail.com
Ponemos a vuestra disposición, además, un correo que también podréis encontrar en las últimas páginas del libro para que nos hagáis llegar vuestras opiniones o cualquier otra cosa que queráis saber sobre el proyecto.
¡Muchas gracias a todos! ¡Un abrazo!
También podéis descargar el libro pinchando en la imagen.
LINK DE DESCARGA: bit.ly/enbyn93
CORREO: enblancoynegro93@gmail.com
![]() |
| Portada de "En Blanco y Negro" |
martes, 25 de marzo de 2014
EN BLANCO Y NEGRO: A veces
El
relato que vais a leer a continuación es un extracto de un proyecto literario y
fotográfico que saldrá en breve y que llevará el nombre de “En blanco y negro”.
Como tal, el proyecto constará de 12 relatos y 12 fotografías, todas ellas
realizadas por la fotógrafa Susa Montesinos, coautora del proyecto. Tendrá una amplia variedad temática, y será de descarga directa y gratuita. Espero que
os guste y os animéis a descargarlo y leerlo. ¡Gracias por vuestro tiempo!
![]() |
| Fotografía perteneciente al relato "A veces" del proyecto "En blanco y negro" hecha por Susa Montesinos. |
A veces no me doy cuenta de que tengo tu voz
al alcance de mi mano. No me doy cuenta de que puedo tocar tus suspiros con la
yema de mis dedos, respirar el mismo aliento que respiras.
A veces no me doy cuenta de la relatividad
del tiempo hasta que te miro. No me doy cuenta de que puedo olvidar que desde
que nací estoy muriendo, que puedo obviar toda fecha en esos momentos donde el
mundo sigue, pero el tiempo se para.
A veces no me doy cuenta de que puedo beberme
tu cuerpo. No me doy cuenta de que he tenido el privilegio de recorrer cada
centímetro de tu torso desnudo posando levemente los labios a la altura de tu
cintura, iniciando una ascensión lenta hasta llegar a ese abismo sin fondo que
es tu boca.
A veces no me doy cuenta de que soy ciego. No
me doy cuenta de que una vez observada tu sonrisa, en el mundo, no hay nada más
que ver y que, por ende, los ojos que te vieran ya no tienen la necesidad de
seguir cumpliendo su cometido y por ello duermen.
A veces no me doy cuenta del miedo a las alturas.
No me doy cuenta del vértigo que me provoca el abismo infinito de tu mirada, el
paseo mortal que forma el acantilado insalvable de tus caderas.
A veces no me doy cuenta de que soy sordo. No
me doy cuenta de que escuchando el torrente limpio de tu voz susurrándome al
oído no hay ningún sonido más alrededor, enmudece incluso la música por miedo a
hacer el ridículo ante un río de aguas cristalinas.
A veces no me doy cuenta de que eres
intangible. No me doy cuenta de que eres un sueño, y que los sueños, sueños
son, un fantasma lleno de hermosura y esperanza; y sin embargo no me sorprendo
de ello: algo tan bello solo podía existir en el Reino de Morfeo, por ello la
muerte no es problema: viviría soñándote eternamente. ¡Y aún así, la eternidad
de la inexistencia me parece demasiado corta!
martes, 11 de marzo de 2014
La nada
Ha llegado la hora de enmudecer.
La nada debe volver a la nada.
El muerto ya duerme sobre su caja,
Entendió que la vida es sólo un tránsito.
La vida es un tránsito, nada más,
El final es la única certeza.
Sólo el recuerdo nos mantiene vivos,
Así pues, ¿cuánto tiempo hemos vivido?
El ansiado fin no llega al morir;
Ya al nacer besamos la apoteosis,
Todo cuanto hay en medio es un ensayo
Pues, existir sólo es una enfermedad
Que se cura con el paso del tiempo.
Cualquiera de aquellos que no respiran
Tienen más vida que muchos que laten,
E hicieron suyo el Reino del Olvido.
Hay muertos que miran, andan y lloran,
Hay vivos que duermen y ya no sienten,
¿Cuál de los dos opuestos alcanzó
La vida? ¿Cuál llegó a la inexistencia?
¿Quiénes de los dos, verdaderamente,
Hizo méritos para los recuerdos?
¿Cuál de ellos falló? ¿Quién se desvivió?
¿Quién murió en esa derrota dual?
Es hora de hacer cruces en la frente,
Mirar al cielo, renegar de Dios,
Ha llegado la hora de enmudecer.
La nada debe volver a la nada.
viernes, 28 de febrero de 2014
Sobre la piel de tu espalda
Voy a escribir un poema
Sobre la piel de tu espalda,
Solo por acariciarla,
Por volver la noche eterna.
Sobre la piel de tu espalda
Voy a escribir unos versos,
No se llevarán tus besos,
Sólo pasión descarnada.
Sobre la piel de tu espalda
Voy a escribir mi epitafio;
Dirá la hermosa lápida
Que morí sobre tus labios,
Y que hicimos mi sudario
Sobre la piel de tu espalda.
jueves, 30 de enero de 2014
Elisa
Elisa se encaminaba con el pelotón de
fusilamiento a la parte de atrás del cuartelillo de las afueras de Veritas
cuatro meses después de ser apresada y dos y medio desde que comenzase aquella
absurda guerra civil. En ningún momento se le había dicho por qué había sido
apresada, y en ningún momento el juicio fue justo. En una guerra civil ningún
juicio es justo. El día que la detuvieron cuatro hombres de negro entraron por
la fuerza a su casa y la sacaron con violencia de la misma. Nunca más volvió a verla.
Elisa era periodista. Se dedicaba a sacar la
verdad a veces jugándose la vida, y desde que la guerra había estallado jugarse
la vida era similar a ganarse el pan de cada día, pero también entendió que el
día que el conflicto comenzó la verdad dejó de tener sentido. Tal vez por eso
la habían arrestado.
Aquella era la segunda vez que recorría aquel
patio. La primera, el día que fue arrestada y la metieron en un calabozo. Nunca
supo si en aquel lugar tan extraño había más gente. Nunca vio a nadie más que
sus captores y a los guardias ataviados con su típica indumentaria militar,
aunque suponía que, siendo el lugar que era y estando en la época que estaban,
que hubiera más prisioneros allí sería lo más normal, y Elisa se preguntaba
quiénes serían.
Aquella mañana hacía frío. No sabía si era
porque estaban a mediados de diciembre o porque intuía su fatídico final o los
dos a la vez. La situación era muy extraña, Elisa estaba acostumbrada a
coquetear con la muerte a causa de su oficio, pero nunca la había visto así,
tan cara a cara, tan de cerca, tan íntimamente como aquel día, porque ese día
Elisa sabía que tenía una cita con la Parca donde tendría tiempo de intimar con
ella todo el tiempo que quisiera, tendría toda la eternidad para ello. Todo era
muy confuso en aquel amanecer.
Elisa pensaba que cuando se va a morir
fusilada, el día podría ser todo lo radiante que quisiera, que el sol con su
calor podría acariciar sus pálidas mejillas y brillar en lo más alto del cielo
que la única tonalidad que existía para la víctima era el gris. O eso creía
ella.
Una vez detrás del cuartel, Elisa vio una
pared con manchas rojas que parecían recientes. Entonces supo que su
existencia, su destino, acababa allí.
El pelotón de fusilamiento detuvo su marcha y
ordenó a Elisa que colocara su espalda contra la pared. Cuatro hombres cogieron
sus escopetas y la alzaron, apuntando al pecho de la joven mujer. El que
parecía ser el militar de mayor rango se acercó a Elisa con una venda blanca y
se la ofreció. Miraba al suelo avergonzado. Era un hombre joven y parecía no
disfrutar con aquella situación.
-No la necesito.-Dijo Elisa mirando al hombre
a los ojos. Eran marrones, como los suyos. El asintió y sólo alcanzó a
susurrarle una pregunta mientras se marchaba dándole la espalda.
-¿Sabes por qué estás aquí?
-No
-Bien, porque yo tampoco.
El hombre se giró y encontró confusión en los
ojos de Elisa, la misma confusión que había en los suyos. Él tampoco entendía
por qué tenía que matar a alguien indefenso e inocente, simplemente seguía
órdenes. Si no era él, sería otro, y entonces serían dos los asesinados ese
día, Elisa porque sí y él por desobedecer una orden de un superior, pero
aquello era una guerra, una guerra civil, una guerra que enfrentaba a familias
enteras, a amigos de toda la vida, a padres contra hijos, a hermanos contra
hermanos. Era horrible, pero era una guerra, lo extraño y lo horrible estaban a
la orden del día.
Elisa pensaba en las palabras del soldado. La
habían dejado pensativa, ¿a qué se refería exactamente? ¿A su destino final, o
a su destino como soldado? Tal vez las dos opciones eran válidas porque también
en la mirada limpia del hombre se vislumbraba un alma destrozada y llena de
inseguridad.
-¿Y tú? ¿Por qué estás?-Preguntó Elisa.
-No lo sé.
-Pues yo tampoco.-Respondió Elisa con una
media sonrisa. Estaban empatados, y sólo una cosa quedaba clara: ambos iban a
perder aquel día. Y fue entonces cuando Elisa se dio cuenta de por qué estaba
allí, de por qué estaban allí. El hombre alzó la mano por segunda vez y los
soldados cargaron las armas. Elisa elevó la voz. Quería que la escucharan:
-¿Sabes por qué estamos aquí?-Consiguió
atraer la atención del militar que la miraba con interés-Porque hay gente que
tiene que solucionar con la fuerza lo que no han sabido solucionar con
palabras. Estamos aquí por el capricho de unos pocos a los que no les hemos
puesto barreras, de unas pocas voces intolerantes que no han conseguido ponerse
de acuerdo porque para ellos era más importante el afán de revanchismo, la
satisfacción de ver conseguidos sus deseos y sus metas personales, de haber
favorecido sus intereses a costa de las ilusiones y las falsas promesas de
bienestar común que no han sido cumplidas. Estamos aquí, tú tras un fusil, y yo
delante de él porque nos han mentido.-Los soldados miraban a su líder de reojo
que estaba a punto de bajar la mano y pronunciar la orden final, pero dejó a
Elisa proseguir con su parlamento.-Nos han mentido, y nos hemos creído esa
mentira. Vivimos en una época en la que el acto de decir la verdad se convierte
en un acto revolucionario.-Elisa era consciente de que había parafraseado a
Orwell.-Y la revolución, la verdad, en época de conflicto, se paga con la
muerte porque la gente no quiere, la verdad, quiere la mentira, saber que viven
bien en la mentira, matando por la mentira porque es lo que les han enseñado,
en lo que creen. No hay palabras para una verdad, porque las palabras, la
verdad, hoy, han sucumbido.-Elisa suspiró y una lágrima salió por sus ojos
marrones conmoviendo a los hombres que tenía delante suya.-Lo que no han
conseguido con argumentos, quieren conseguirlo ahora por la fuerza.-El mundo
enmudeció. El tiempo parecía haberse parado en aquel instante para escuchar a
Elisa.
El militar miró hacia el suelo y bajó la
mano. No salió una sola palabra de su boca. Cuatro rugidos se escucharon detrás
del cuartel aquella mañana. Nuevas manchas de sangre habían salpicado la parte
de atrás del cuartelillo. La verdad había muerto. Y Elisa con ella.
domingo, 15 de diciembre de 2013
Las lágrimas de Wallada
Ya no habrá más noches en vela esperando
a que aparezcas, ni esperando encontrarte. Las lágrimas que se llevaron las
calles de Qurtuba cada vez que nos separábamos se mezclarán ahora con las aguas
turbias del río deseando no volver a verte nunca más. Tal vez su cauce se lleve
tu recuerdo igual que tú te llevaste mi esperanza. Quizá me ayude a olvidarte,
a cicatrizar las heridas. Ahora me arrepiento de todas las noches
que pasamos juntos, de los besos que me diste, de las promesas que nos hicimos,
las palabras que nos intercambiamos, y los poemas que bordé en mis ropas
pensando en ti, pero ¡ay de tu suerte, desgraciado, que has cambiado las lunas
con una princesa de al-Ándalus por la suciedad de la habitación de una de mis
esclavas! Y he de admitirlo: me siento humillada por esto, ¿qué clase de poeta
es el que deja de cantarle al jazmín para centrarse en el barro que le rodea?
¿Qué clase de astrólogo deja de admirar el cielo para centrarse en el polvo de
la tierra?
¡Ay de mí, que tanto te amé! ¡Qué tonta
que fui pensando que junto a ti podría ser feliz! Eres como las bestias,
Zaydún, pues sólo ellas pueden relacionarse con lo más bajo y despreciar a lo
más alto sin sentir ni un leve cargo de conciencia. Es por ello por lo que me
recuerdas a los corceles de los establos: bellos y de nobleza aparente, pero
bestias al fin y al cabo, sin razonamiento, sin conocimiento, sin sentimientos…
¡Sin corazón! ¡Y a esto miento, porque hasta el más salvaje de los animales del
mundo siente amor al menos una vez en su vida! Y tú no sientes, Zaydún, tú no
sientes ni la arena que pisas, ni la pasión a la que te abandonabas cuando
apoyabas tu frente contra la mía y dejabas pasar las horas. También eso era
mentira como las cartas que me enviabas o los versos que me escribías. ¿Cuándo
se te ocurrieron? ¿Antes de acostarte, o después de yacer con mi sierva? ¿Antes
de acariciarla, o después de la consumación carnal? ¿A ella también le has
hecho promesas de amor eterno? ¿Y qué promesas se le hacen a una esclava? ¿Un
verso de un afamado poeta, o la libertad? Dedícale todo lo que quieras, Zaydún,
y tus palabras caerán en el vacío igual que cae un muerto del caballo cuando
una lanza enemiga atraviesa su costado. ¡Y yo esa lanza la siento, Zaydún! La
siento en mi pecho, porque aún te quiero; la siento en mi cabeza, porque tu
rostro aún me nubla el juicio; yo también la siento en mi costado, porque
cuando me acuerdo de ti, ¡Oh, Zaydún, aún se me corta la respiración! ¡La
siento por todo mi cuerpo, porque verdaderamente, me duele lo que me has hecho!
Sólo Allah sabe cuánto me duele todo
esto, sólo él sabe cuánto te quise, pero también es consciente de mi anhelo de
venganza. Ojalá sientas todo el daño de tus acciones de la misma manera que yo
la siento. Ojalá la misma saeta que ha atravesado mi pecho dejándome herida de
muerte, también alcance el tuyo y te deje de la misma manera que a mí. Porque
me duele el orgullo, porque quiero verte humillado como el vencido suplicando
clemencia, porque sólo Allah sabe cuánto te odio, pero, a pesar de todo, porque
esto va a dolerme más a mí que a ti, porque te amo, porque te quiero. Porque me
has hecho daño y Qurtuba, riéndose de mis lágrimas, me susurra tu nombre. Por
favor… Vete. No quiero que vuelvas. Llévate mis lágrimas contigo al
Guadalquivir; no las necesito. Por tu culpa, aquí en mis ojos aún tengo de
sobra.
Dedicado a Blanca Estévez
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

