No había más luz en la pequeña habitación, que la de unas velas mal dispuestas sobre una mesa vieja y tortuosa. Coja de una pata, la mesa rectangular presentaba un aspecto totalmente lamentable, sucia y con diversos manchones rojizos y con un recipiente donde descansaban, amenazantes, un cuchillo afilado y ensangrentado cuyo mango, de madera marrón, sobre salía del ovalado contenedor negro donde reposaban, con la punta hacia arriba, varios clavos, largos listones de madera fina, y multitud de rollos de cuerda gruesa. Un silencio sepulcral y de ultratumba recorría toda la minúscula habitación casi en la más completa penumbra. A duras penas se podía ver más allá de un metro.
Irrumpió en la habitación un hombre alto y calvo, enfermizamente delgado y pálido, con unas ojeras negras, tan oscuras como sus ojos y con un ropaje semejante al de un enterrador. ¿Sería esa su profesión? Portaba sobre sus hombros una especie de saco grande y ancho que, con gran estruendo, arrojó sobre la mesa, a la par que comenzaba a abrirlo por uno de los laterales. El silencio quedó inmediatamente roto por el rasgar de la tela que, poco a poco, iba mostrando su contenido. Fue primero un brazo blanco, después, una cabeza rubia de mujer con labios amoratados y, finalmente, cuando ya estaba todo el saco abierto, apareció el resto del cuerpo. No llevaba la mujer más atuendo que el de un camisón largo y blanco, y no cesaba de temblar. Apenas podía moverse, y su rostro reflejaba el trance caótico del miedo. Sus ojos, desencajados. Sus manos, temblorosas. Su boca, entreabierta, dejaba escapar una especie de vaho, suspiros por donde la vida se le escapaba por momentos. Y su cuerpo, su hermoso cuerpo, quedaba totalmente rígido y paralizado, sin mayor movimiento que las leves convulsiones de sus temblores que recorrían cada centímetro de su anatomía.
La mano pálida del hombre agarró el cuchillo, y comenzó a pasear su ensangrentada hoja por el cuerpo de la mujer, la cual, se estremecía con el contacto del afilado puñal sacándola de su trance. Ella no cesaba de mirar de un lado para otro, buscando su salvación, algo que pudiera ayudarla a escapar, pero sus miembros continuaban rígidos. Deseaba correr. Gritar. Hacer algo para llamar la atención de alguien, pero, ¿quién la socorrería? ¿Serían vanos sus esfuerzos? No podía mover sus estáticas extremidades aún, y el frío de la habitación, con mucha humedad, impedía el grito de la mujer que respiraba con dificultad. Casi ni se elevaba su pecho. El aire gélido de la estancia helaba sus pulmones causando un horrendo dolor en sus costillas a cada bocanada de aire.
El hombre, ajeno a todo el dolor de la mujer, agarraba fuerte el cuchillo y se aproximaba a la mano derecha, la cual, fue cogida con delicadeza y, tras unos segundos, fue besada con delicadeza. Quedó aquel extraño totalmente extasiado ante los ojos azules de la mujer, ¿es que acaso la había deseado alguna vez? La lujuria era dueño de sus ojos… pero el dolor de su mente y, recobrando la noción del tiempo, el hombre, sin vacilar, hundió su cuchillo en la mano que sujetaba provocando un grito desgarrador. De la mano comenzó a brotar sangre de forma lenta pero continua, y él siguió hundiendo su cuchillo más y más, hasta que, finalmente, la punta se dejó ver después de haber atravesado de parte a parte la mano agarrada.
Grande era el deleite de quien se dedicaba a torturar a la mujer, y gran dolor era el de la mujer que no dejaba de gemir y gritar. En el éxtasis sádico de la acción, el hombre giró el cuchillo mientras lo sacaba de forma tranquila. Acto seguido, depositó el cuchillo de nuevo en el recipiente y cogió ahora dos clavos y un gran trozo de cuerda. Mientras gritaba la mujer y sus manos echaban sangre, el hombre ataba los clavos a la cuerda con una velocidad sobrehumana. Aproximó después los clavos hacia la mano de la mujer, quien, de nuevo, se estremeció con el contacto de la mano fría del hombre quien, poco a poco, introducía los clavos en la profunda herida hecha por el puñal. La mujer volvió a gritar de dolor mientras el hombre introducía los clavos en su mano hasta que pudo sacarlos por la palma de la misma, disponiéndolos ahora en cruz, quedando uno en horizontal y el otro en vertical mientras que la cuerda quedaba en la otra parte de la mano.
Mismo procedimiento siguió con los pies y la mano, cogiendo trozos de cuerda más o menos largos para las diferentes extremidades del cuerpo mientras se recreaba con los gritos de la mujer cuyo aspecto, ahora, parecía mucho más lastimero y lamentable que en momentos anteriores.
Cogió ahora dos listones de madera, los cuales, fueron unidos por varios clavos en su centro con la fuerza que el hombre ejercía a través del mango del puñal, usado antes para abrir las heridas a la mujer, usado ahora como martillo para hundir los clavos en la madera que, igual que los dispuestos en las extremidades, también quedó en forma de cruz. Apenas duró unos segundos este procedimiento cuando comenzó a atar los cabos sueltos de las cuerdas de las extremidades a los listones, quedando cada cabo en uno de los extremos de estos.
Cuando hubo acabado la operación, el hombre tiró de una cuerda y se elevó una mano. Realizó el mismo procedimiento con cada uno de los miembros del cuerpo que estaban atados a una de las cuerdas mientras la mujer chillaba de dolor. Los listones de madera quedaban por encima de la cabeza de la mujer y, usándolos de la manera adecuada, también podía moverla a su antojo.
Los ojos de la mujer, llenos de lágrimas, buscaban la respuesta en los ojos inertes del hombre. Los globos oculares muertos del hombre, se deleitaban ante el horror del rostro de la mujer. Incomprendida ella, él, tranquilo. Se quedó largo tiempo mirando el rostro bañado en lágrimas de la mujer y, elevando una de sus manos, con total delicadeza, le secó las lágrimas de sus ojos mientras negaba con la cabeza. La mujer se estremeció ante el contacto de la mano, fría como la de un muerto, y su corazón se aceleraba ante el odio y la rabia que le causaba esa sensación. No quería estar allí. No quería verle, pero… ¿qué hacer? Cerró los ojos mientras su garganta emitía un leve sollozo acompañado de no pocas lágrimas que seguían cayendo de sus glándulas lacrimales. Ahora parecía relajarse a pesar de que el dolor seguía ahí, acompañándola en sus extremidades maltratadas y agujereadas, como si fuera un Cristo recién crucificado, pero sin cruz alguna.
Sintió la mujer un tirón y al abrir los ojos, observó cómo el hombre la depositaba de nuevo sobre sus hombros y la llevaba hacia otro lugar. Sólo Dios y Lucifer sabían cual, y aquel extraño se parecía más a un enviado de las tinieblas. ¿Es qué no había tenido bastante con aquello? ¿Es qué necesitaba más dolor? El hombre la llevaba por una escalera de caracol, igual de fría, húmeda y mal iluminada que su habitación, la diferencia es que cada vez iba más hacía abajo, como si quisiera descender al infierno con ella. Una eterna bajada al abismo de las tinieblas y la oscuridad, donde el miedo y la rabia hacían que su corazón latiese con violencia debajo de su camisón blanco, el cual, tras la cruel tortura, presentaba ahora diversos manchones de sangre, igual que sus manos y sus pies, totalmente empapados en aquel líquido rojizo semejante a los rubíes y al sol del ocaso.
El hombre paró en seco y se dispuso a abrir una nueva habitación, mucho más grande que la anterior, pero igual de mal iluminada, aunque, esta vez, en vez de con velas, con antorchas. El hombre andaba ahora con tranquilidad y parsimonia mirando la pared, la mujer, mientras tanto, trataba de averiguar dónde la había traído, pero sus ojos llorosos no llegaban a ver más allá de dos metros detrás del hombre.
Tras unos minutos de espera y de sollozo, el hombre se paró bruscamente y bajó a la mujer de sus hombros, aproximándola poco a poco a una pared hasta que quedó colgada de una especie de percha por la parte de los listones, los cuales, habían sido arrastrados durante todo el camino hasta la nueva habitación. La mujer quedó suspendida en el aire durante unos segundos, hasta que sus pies tocaron el frío suelo. Allí olía a putrefacción y a muerte, y presentaba el mismo silencio sepulcral que la anterior habitación y el mismo frío propiciado por una pequeña ventana abierta al fondo de la habitación. Era de noche, mas, no alcanzaba a ver la luna.
El hombre, en ese momento, arrancó las primeras y únicas palabras que ella escucharía, mas, desearía no haber escuchado esa voz nunca. La voz penetrante, tranquila y dolorosa del hombre, penetraba por sus tímpanos provocando un insoportable dolor de cabeza. Una voz que rebotaba en las paredes y producía un eco sobrenatural y terrorífico que heló la sangre de la mujer una vez más.
-Debes de darme las gracias. Acabo de ofrecerte la inmortalidad. Serás mi marioneta preferida. Harás lo que yo te diga y como yo quiera. Serás tranquila y sumisa.
Tras decir estas palabras, el hombre abandonó la habitación. Ella había escuchado la palabra marioneta… ¿marioneta de qué? ¿Marioneta preferida? ¿Es que había más como ella? Cerró los ojos un momento intentando olvidar todo lo acaecido hasta el momento, pero le era imposible. El hedor a muerte de la sala no la dejaba pensar con claridad. Segundos más tarde, escuchó una especie de alarido a su izquierda. Por su derecha otro. Atrás suya varios, Dos por delante. Eran semejantes a los aullidos de lobos. Gritos desgarradores incapaces de pedir ayuda. La mujer decidió abrir los ojos, y estos se llenaron de espanto y horror cuando encontró la sala iluminada por la tétrica luz de la luna, tan pálida como los muertos, llenando de haces de luz la habitación.
Descansaba muerta, a menos de un metro suyo, el cuerpo de una mujer, de la que no quedaba más que el pelo y la calavera, y tanto las manos como los pies, presentaban también los clavos y heridas que ella poseía… casi parecía una marioneta macabra. Una marioneta que no dejaba de mirarla a través de unas cuencas oculares sin ojo alguno, pero sentía como si aquel esqueleto pudiera entrever los más oscuros entresijos de su alma. Los alaridos los provocaban más personas como ella, en su misma y penosa situación agonizante. Algunas estaban ya para morir. Otras, como ella, acababan de ser llevadas y tardarían aún en desaparecer y hundirse en el regalo de la muerte. El privilegio otorgado por el más allá. Un descanso eterno. Pero allí no sólo había mujeres: también había hombres y niños, a cada cual, más macabro y terrorífico.
Desde ese momento estaba condenada a permanecer allí hasta el fin de sus días. Como una marioneta macabra, sin vida propia, sumisa, obediente a cada movimiento, esperando la llegada de la Parca en un lugar donde la noche siempre se cernía sobre las cabezas de aquel enclave, donde no existía más luz que la de la esperanza, y donde no existía más esperanza que la de una muerte cercana, pero, por desgracia para muchos, esquiva. Ahora no era más que un alma en pena, condenada a vagar en aquella sala hasta el día de su trágico final. Tal vez eternamente, mientras el Maestro de Marionetas seguía presenciando aquel espectáculo sádico y sangriento y hacía de ellos lo que quería. ¿Acaso no eran sus marionetas? ¿Acaso no habían perdido sus vidas para dárselas a él?... ¿es que ahora tenían vida quizás? No. Ahora los vivos estaban muertos, y los muertos podían decir que estaban vivos. Ahora no era más que una pieza más de un rompecabezas, una diversión, una actriz en un teatro sin público ni escenario… no era más que una marioneta esperando su trágico final.
domingo, 14 de agosto de 2011
lunes, 16 de mayo de 2011
Eneas
Se alejaba ya el barco sin rumbo de los restos de la humeante ciudad de Troya. Pocos eran los que habían conseguido salir por el puerto evitando las concavas naves de negras velas. Profería aún la ciudad gritos de la cólera de Agamenón, victorioso rey que había vuelto a recuperar a Helena y reducir la hermosa ciudad a escombros. Se respiraba el miedo allí dentro. Gritos de espanto y horror llenaban la recargada atmósfera mientras la ciudad se consumía lentamente en las eternas cenizas del tiempo y el nombre de sus reyes era olvidado para siempre en los libros de Historia. Ardía Troya como si fuese rastrojo, trigo seco de los dorados campos de la Hélade, como un árbol en un jardín de llamas, y, allí, a lo lejos, mientras ardían las murallas y las casas, se veía el monstruo culpable de nuestra desgracia. El caballo con el que fuimos atacados también ardía, mas, deshonroso era que se quedase junto con el cuerpo de los nobles y engañados troyanos, traicionados cruelmente por el destino y el capricho de los dioses del Olimpo. ¿A quién dirigiremos las súplicas? ¿A la sabia Atenea? ¿A la hermosa Afrodita? ¿Al dorado Apolo? ¿Al omnipotente Zeus? Todos y ninguno de ellos nos escucharían.
Podía escuchar el sonido de la risa de Hades en el recibimiento de los caídos que no podrían pagar a Caronte para atravesar el lago y estarían condenados por la eternidad a vagar sin rumbo por las llamas del Averno, porque jamás recibirían un entierro digno por parte de los dánaos al mando de Agamenón. Y aún así... ¡todo había sucedido tan deprisa! ¿Dónde quedará ahora la grandeza de Héctor? ¿Qué será de la tristeza de Príamo? ¿Qué acaeció con el amor de Paris? Todo yace reducido a escombros, cada vez, gracias a Poseidón, menos visible, cada vez, gracias al tiempo, más lejos.
A espaldas mía queda lo que fue una antigua ciudad de tejedores y bravos soldados que ha sido castigada por esta absurda batalla entre héroes y dioses del Olimpo. Nadie jamás volverá a saber de la inexpugnable Troya, ciudad dorada y próspera, patria de Héctor, Paris y Príamo, también tumba de todos ellos.
Surcaban ya el barco las negras aguas del mar en su total plenitud. No quedaba nada atrás. Ya no reflejaba el agua el color anaranjado de las destructoras llamas de la ciudad de Troya. Sólo reflejaba la tristeza de la noche, de una endiablada luna sonriente. Nada delante mía. ¿Qué patria acogerá ahora a los vencidos por la mano de Agamenón, rey de los helenos? Navegar ciego era mejor que navegar sin rumbo, si bien, el ciego es aceptado en cualquier lugar sólo por el hecho de tener una minusvalía, nosotros seríamos rechazados porque no éramos más que unos vencidos, cegados por las lágrimas, mudos por la historia.
Así pues, los pocos hombres que quedaban ajustaron las velas para ir a ninguna parte. A algún sitio donde no hubiera nadie y pudiéramos llorar a nuestros caídos. No quedaba más que atenerse a los augurios y voluntad del rey de los mares: Poseidón, y dejar que éste guiara a la última nave troyana a cualquier lugar del planeta, espero, al fondo del mar para reunirnos con nuestros nobles vencidos.
Cuenten pues, que viví en los tiempos de la Hélade, de Agamenón Atrida, de Ulises, del Pélida Aquiles y su compañero Patroclo, también caídos en las proximidades de la ciudad, así pues, también forman parte de ella, junto con los valientes Príamo, rey de reyes, Héctor, guerrero entre guerreros, el enamorado Paris, y yo, Eneas, pues, si bien mi cuerpo ha conseguido salvarse, mi alma continua allí, ardiendo en las eternas llamas del infierno de la dorada Troya ahora, como mi propio corazón, reducida a la nada.
Podía escuchar el sonido de la risa de Hades en el recibimiento de los caídos que no podrían pagar a Caronte para atravesar el lago y estarían condenados por la eternidad a vagar sin rumbo por las llamas del Averno, porque jamás recibirían un entierro digno por parte de los dánaos al mando de Agamenón. Y aún así... ¡todo había sucedido tan deprisa! ¿Dónde quedará ahora la grandeza de Héctor? ¿Qué será de la tristeza de Príamo? ¿Qué acaeció con el amor de Paris? Todo yace reducido a escombros, cada vez, gracias a Poseidón, menos visible, cada vez, gracias al tiempo, más lejos.
A espaldas mía queda lo que fue una antigua ciudad de tejedores y bravos soldados que ha sido castigada por esta absurda batalla entre héroes y dioses del Olimpo. Nadie jamás volverá a saber de la inexpugnable Troya, ciudad dorada y próspera, patria de Héctor, Paris y Príamo, también tumba de todos ellos.
Surcaban ya el barco las negras aguas del mar en su total plenitud. No quedaba nada atrás. Ya no reflejaba el agua el color anaranjado de las destructoras llamas de la ciudad de Troya. Sólo reflejaba la tristeza de la noche, de una endiablada luna sonriente. Nada delante mía. ¿Qué patria acogerá ahora a los vencidos por la mano de Agamenón, rey de los helenos? Navegar ciego era mejor que navegar sin rumbo, si bien, el ciego es aceptado en cualquier lugar sólo por el hecho de tener una minusvalía, nosotros seríamos rechazados porque no éramos más que unos vencidos, cegados por las lágrimas, mudos por la historia.
Así pues, los pocos hombres que quedaban ajustaron las velas para ir a ninguna parte. A algún sitio donde no hubiera nadie y pudiéramos llorar a nuestros caídos. No quedaba más que atenerse a los augurios y voluntad del rey de los mares: Poseidón, y dejar que éste guiara a la última nave troyana a cualquier lugar del planeta, espero, al fondo del mar para reunirnos con nuestros nobles vencidos.
Cuenten pues, que viví en los tiempos de la Hélade, de Agamenón Atrida, de Ulises, del Pélida Aquiles y su compañero Patroclo, también caídos en las proximidades de la ciudad, así pues, también forman parte de ella, junto con los valientes Príamo, rey de reyes, Héctor, guerrero entre guerreros, el enamorado Paris, y yo, Eneas, pues, si bien mi cuerpo ha conseguido salvarse, mi alma continua allí, ardiendo en las eternas llamas del infierno de la dorada Troya ahora, como mi propio corazón, reducida a la nada.
sábado, 30 de abril de 2011
Claro de Luna
Una muchacha miraba por la ventana hacia un bosque cercano en el gran salón que había en la casa del hombre que la acogía mientras ésta aprendía a tocar el piano.
La estancia no dejaba de ser humilde a la par que lujosa, con grandes ventanales por donde entraba la luz de un claro de luna que bañaba toda la estancia de un blanco místico bastante pálido, tirando más bien para el plateado.
No contaba la estancia con más que un triste piano de cola de un negro brillante situado cerca de la enorme puerta de madera de roble oscura, aunque, con aquella luz, parecía tirar un cabo oscurecido por el tiempo, no así sus picaportes con la forma de un círculo, siendo éstos cobrizos y adquiriendo una tonalidad semidorada, aunque poco brillante en esos pomos esféricos que tenía delante una chimenea apagada y no muy recargada, que tenía en la parte de arriba una especie de cuadro de algún antepasado del dueño de la casa, y, justo delante, una alfombra roja que cubría todo el centro y la mayor parte de la marmólea y blanca sala.
Algo penetró en la habitación y, a pesar de que el sujeto en cuestión casi ni había hecho ruido, la chica se percató de inmediato de que alguien había entrado en la habitación en la que ella misma yacía.
-¿Es usted, señor?
-¿Eh?-Respondió una voz masculina.
-¡Qué si es usted!
-¡Ah!-Volvió a responder la voz.-Sí, sí, soy yo, ¿Qué haces aquí, querida?
-Quería mirar la luna.
El hombre, que tenía una especie de trompetilla acústica en las manos y que antes había estado en su oreja derecha para recibir la voz de la chica, meditó sus palabras y, acto seguido le lanzó una pregunta que, a él mismo le pareció dolorosa.
-Querida... eres ciega.
-Lo sé, señor.-Ella no pareció molestarse, aunque dibujó en su rostro una mueca de amargura.-Lo sé, pero siento tal tentación por verla... me la han descrito tantas veces y me han dicho que es tan bella que... ¡oh! ¡Sí usted supiera, señor! ¡Si usted supiera!.
Ella, inmediatamente, se puso a gimotear y a maldecir su suerte. Nunca vería a aquel satélite hermoso dando vueltas alrededor de la tierra. Nunca vería la belleza oculta de las cosas, pues, de la misma forma que no podía demostrar su odio llorando, tampoco podía ver aquella hermosa forma esférica que, la gran mayorías de las noches, se dejaba ver por el cielo despejado.
Él, no pudo más que acercarse y estrecharla entre sus brazos mientras ésta hundía la cabeza en su pecho, buscando el cobijo de un alma que no podía oír porque era sorda.
Él, miró la luna durante largo tiempo mientras ella continuaba inmóvil entre sus brazos. Verdaderamente, era bella y, a pesar de que no podía oír, si había tenido la suerte de poder ver las maravillas de la naturaleza, cosa que ella no.
Pensó en describirle cómo era el astro, pero, ¿de qué serviría? ¿Qué color era el blanco para un ciego? Y entonces, buscó cómo mostrarle la luna sin tener que usar el horrendo lenguaje que de nada le serviría a su huésped. Entonces, se fijó en las teclas del piano. Marfiles y negras incrustadas en un piano de cola negro. No lo dudó un instante. Sentándose en su banquillo, comenzó a tocar una melodía con todo el amor de su corazón, sin dejar de mirar la luna ni a la mujer a la que acababa de abandonar hacía menos de diez segundos y que, al contacto de la música con sus oídos, elevó la cabeza y se centró en la música que salía del instrumento, a cada golpe más bello, a cada tecla, más pasional.
Él, que sí podía llorar, dejó escapar algunas lágrimas que chocaron ipso facto contra las teclas que iba presionando para crear aquella música que llegaba tan bella a los oídos de su huésped, pero cuyo sonido le estaba prohibido a los suyos y sólo sabía lo que tocaba a través de la vibración de una tapa de madera situada debajo del piano y que le mostraba sólo la duración de las notas... pero él, ya se sabía todas y cada una de las teclas del piano porque las había logrado escuchar más de una vez cuando había adquirido su trompetilla acústica, por tanto, se imaginó todo lo que estaba tocando.
Minutos más tarde, tras haber acabado la melodía, sonó un reloj en la habitación contigua... acababan de dar las doce.
La mujer, anonadada por la bella música que acababa de escuchar, lanzó una pregunta a su protector.
-¡Señor Beethoven, es fantástico! ¿Por qué la ha tocado?
Él, secándose las lágrimas con la manga, articuló una serie de palabras con gran potencia vocal, casi gritando:
-Ya que no puedes ver la luna a través de tus ojos, he querido mostrártela a través de los oídos...
Ella asintió mientras su protector la cogía del brazo para guiarla hasta su cama.
Nunca supo si fue verdad o sólo una ilusión, pero ella, mientras duraba la canción, sintió que podía ver, dibujado en un cielo completamente negro, una especie de círculo blanco. Nunca supo si fue verdad o mentira, pero, por una vez, por una sola vez, le pareció haber podido ver la luna.
Homenaje a la música y a la fuerte influencia que adquiere en nuestra personalidad, sentimientos y modos de vida, siendo ésta un lugar en el que muchas personas se refugían contra el tedio y sufrimiento de varias situaciones en la vida.
"La vida sin música, sería un error."-Friedrich Nietzsche, filósofo alemán.
La estancia no dejaba de ser humilde a la par que lujosa, con grandes ventanales por donde entraba la luz de un claro de luna que bañaba toda la estancia de un blanco místico bastante pálido, tirando más bien para el plateado.
No contaba la estancia con más que un triste piano de cola de un negro brillante situado cerca de la enorme puerta de madera de roble oscura, aunque, con aquella luz, parecía tirar un cabo oscurecido por el tiempo, no así sus picaportes con la forma de un círculo, siendo éstos cobrizos y adquiriendo una tonalidad semidorada, aunque poco brillante en esos pomos esféricos que tenía delante una chimenea apagada y no muy recargada, que tenía en la parte de arriba una especie de cuadro de algún antepasado del dueño de la casa, y, justo delante, una alfombra roja que cubría todo el centro y la mayor parte de la marmólea y blanca sala.
Algo penetró en la habitación y, a pesar de que el sujeto en cuestión casi ni había hecho ruido, la chica se percató de inmediato de que alguien había entrado en la habitación en la que ella misma yacía.
-¿Es usted, señor?
-¿Eh?-Respondió una voz masculina.
-¡Qué si es usted!
-¡Ah!-Volvió a responder la voz.-Sí, sí, soy yo, ¿Qué haces aquí, querida?
-Quería mirar la luna.
El hombre, que tenía una especie de trompetilla acústica en las manos y que antes había estado en su oreja derecha para recibir la voz de la chica, meditó sus palabras y, acto seguido le lanzó una pregunta que, a él mismo le pareció dolorosa.
-Querida... eres ciega.
-Lo sé, señor.-Ella no pareció molestarse, aunque dibujó en su rostro una mueca de amargura.-Lo sé, pero siento tal tentación por verla... me la han descrito tantas veces y me han dicho que es tan bella que... ¡oh! ¡Sí usted supiera, señor! ¡Si usted supiera!.
Ella, inmediatamente, se puso a gimotear y a maldecir su suerte. Nunca vería a aquel satélite hermoso dando vueltas alrededor de la tierra. Nunca vería la belleza oculta de las cosas, pues, de la misma forma que no podía demostrar su odio llorando, tampoco podía ver aquella hermosa forma esférica que, la gran mayorías de las noches, se dejaba ver por el cielo despejado.
Él, no pudo más que acercarse y estrecharla entre sus brazos mientras ésta hundía la cabeza en su pecho, buscando el cobijo de un alma que no podía oír porque era sorda.
Él, miró la luna durante largo tiempo mientras ella continuaba inmóvil entre sus brazos. Verdaderamente, era bella y, a pesar de que no podía oír, si había tenido la suerte de poder ver las maravillas de la naturaleza, cosa que ella no.
Pensó en describirle cómo era el astro, pero, ¿de qué serviría? ¿Qué color era el blanco para un ciego? Y entonces, buscó cómo mostrarle la luna sin tener que usar el horrendo lenguaje que de nada le serviría a su huésped. Entonces, se fijó en las teclas del piano. Marfiles y negras incrustadas en un piano de cola negro. No lo dudó un instante. Sentándose en su banquillo, comenzó a tocar una melodía con todo el amor de su corazón, sin dejar de mirar la luna ni a la mujer a la que acababa de abandonar hacía menos de diez segundos y que, al contacto de la música con sus oídos, elevó la cabeza y se centró en la música que salía del instrumento, a cada golpe más bello, a cada tecla, más pasional.
Él, que sí podía llorar, dejó escapar algunas lágrimas que chocaron ipso facto contra las teclas que iba presionando para crear aquella música que llegaba tan bella a los oídos de su huésped, pero cuyo sonido le estaba prohibido a los suyos y sólo sabía lo que tocaba a través de la vibración de una tapa de madera situada debajo del piano y que le mostraba sólo la duración de las notas... pero él, ya se sabía todas y cada una de las teclas del piano porque las había logrado escuchar más de una vez cuando había adquirido su trompetilla acústica, por tanto, se imaginó todo lo que estaba tocando.
Minutos más tarde, tras haber acabado la melodía, sonó un reloj en la habitación contigua... acababan de dar las doce.
La mujer, anonadada por la bella música que acababa de escuchar, lanzó una pregunta a su protector.
-¡Señor Beethoven, es fantástico! ¿Por qué la ha tocado?
Él, secándose las lágrimas con la manga, articuló una serie de palabras con gran potencia vocal, casi gritando:
-Ya que no puedes ver la luna a través de tus ojos, he querido mostrártela a través de los oídos...
Ella asintió mientras su protector la cogía del brazo para guiarla hasta su cama.
Nunca supo si fue verdad o sólo una ilusión, pero ella, mientras duraba la canción, sintió que podía ver, dibujado en un cielo completamente negro, una especie de círculo blanco. Nunca supo si fue verdad o mentira, pero, por una vez, por una sola vez, le pareció haber podido ver la luna.
Homenaje a la música y a la fuerte influencia que adquiere en nuestra personalidad, sentimientos y modos de vida, siendo ésta un lugar en el que muchas personas se refugían contra el tedio y sufrimiento de varias situaciones en la vida.
"La vida sin música, sería un error."-Friedrich Nietzsche, filósofo alemán.
viernes, 8 de abril de 2011
Océano
No ceso de pelear contra tí, pero las fuerzas ya me van fallando. Llevo más de treinta minutos luchando por mantenerme lejos de tu fiero lazo, pero mis fuerzas están más que agotadas. Tan si quiera tengo ya fuerza para respirar y mis esperanzas se van agotando poco a poco y tú no dejas de moverte con letales vaivenes. No puedo más. ¡No puedo más! Y me dejo hundir, dejo que tus húmedas cadenas me arrastren hasta tu fondo, hasta un fondo que para mí, es totalmente inexistente, algo desconocido... algo misterioso, profundo e insondable. Poco a poco noto como respirar aquí abajo es totalmente en vano, como me va faltando el aire y como mis músculos se van atenazando... pero también relajando, pero no dejo de bajar, soy incapaz de mantenerme cerca de tu superficie y, poco a poco noto como la luz va desapareciendo a mi alrededor. Tu abrazo mortal empieza a hacerse cada vez más potente a menudo que siento cómo mi propio cuerpo se hunde más y más y más lentamente hacia un fondo sin retorno. Empiezo a sentir una gran presión sobre mis oídos y me llevo las manos a la cabeza y empiezo a negar. Comienzo a notar multitud de pinchazos en diversas partes del cráneo, como si la cabeza quisiera estallarme. Mi cuerpo empieza a sufrir convulsiones y el escaso aire que me quedaba en los reducidos pulmones comienza a escapárseme de forma involuntaria, perdiéndose hacia la superficie en forma de difusas burbujas que salen de mi boca que, a su vez, se llena de agua salada llevándola a mi estómago haciéndome más pesado. Una sensación de agobio me invade y entonces saco fuerza de donde no las hay e intento volver a nadar hacia la superficie... pero todas y cada una de mis ralentizadas brazadas son en vano, y no sólo no asciendo; sino que me hundo más. Hago un intento por respirar, pero mis pulmones no reciben aire: reciben agua, un agua que, conforme desciendo, se va volviendo más oscura y fría. El agua que ha tomado mis pulmones y se ha asentado en mi estómago hace que descienda mucho más deprisa y no pueda tan siquiera moverme. Me siento tan agotado, tan pesado... mis músculos, faltos de oxígeno, dejan de pelear y se relajan y vuelven flojos, mis cerebro, empieza a similar lo inevitable, mi corazón, no cesa de latir deprisa y más deprisa. Ya sólo me queda sentir las últimas convulsiones, los últimos intentos por ascender de nuevo, pero ya todo es imposible: todo a llegado a su fin. Noto como un hilito de sangre sale de mi boca y comienza a ascender muy lentamente haca la superficie... mis pulmones, mis órganos... todo mi ser ha sucumbido frente a la presión del momento y del agua y he sido reventado por dentro, aunque, al menos, mi corazón ya casi no late y he dejado de sentir pues, la propia frialdad del agua y la falta de oxígeno en mi cuerpo, han provocado que todo mi ser esté completamente anestesiado... ¿o debería decir muerto? Pero en ese instante, siento una corriente de aire que pasa bajo mi espalda en descenso todavía, y después otra corriente más, y otra más, y otra más, y así, sucesivamente hasta llegar a siete... ¿qué pasa ahora? Intento echar una breve mirada a mi alrededor antes de irme... son tiburones atraídos por mi sangre... pero, misteriosamente, todos y cada uno de ellos, pasan por debajo mía y describen movimientos circulares y elípticos sobre mí y la sangre, pero no se atreven a tocarme, no, simplemente, se van. Unos son tiburones blancos, otros, tiburones tigres, sólo dos eran martillo y uno aparentaba ser normal. Ahora escucho un sonido fuerte. Una especie de alarido llega a mis oídos y se pierde hasta impactar contra mi casi muerto cerebro... ¿qué pasa ahora? Dirijo mi vista hacia la izquierda y tres ballenas azules nadan hacia mí con decisión y completa belleza en sus delicados movimientos. Vuelven a hacer su sonido, como si me estuvieran llamando, como si quisieran que mi alma formase parte de ellos... y es entonces cuando miles de peces de todas las formas y colores empiezan a pasearse por mi lado.. Entonces pienso para mí, que tal agobio y agónica muerte, al menos, trajo después un hermoso espectáculo marítimo al que acababa de unirme hacia poco. Deseé convertirme en pez, en anguila, en tiburón, para poder unirme a ese hermoso mundo desconocido, lleno de colores y de criaturas fantásticas, mas, dentro de mí, y muy a mi pesar, me sentía traicionado por la propia naturaleza, por aquello a lo que había amado y sentido una predilección mágica hasta el punto de haberme sentado en una roca a contemplar la inmensidad de las aguas marítimas, y ahora, mi propia pasión se había convertido en mi verdugo.-¡Océano, Océano!-grité desde mi interior-¿Por qué me has hecho esto?
lunes, 21 de marzo de 2011
Idus Martii
El rumor de la marmolea sala en el Teatro de Pompeyo se había tornado en griterío hacia ya tiempo. Cientos de senadores con sus togas viriles se agolpaban en el medio de la sala mientras seguían gritando y levantando sus puños. Fue entonces cuando lo vi.
Su aspecto era realmente penoso, y su cara reflejaba odio y rabia ante los que atentaban contra él, pero también mostraba la completa ignorancia de lo que ocurría. ¿Qué hacían? ¿Por qué? Buscaba en los ojos de los “padres conscriptos” alguna respuesta, algo que le dijera por qué pasaba aquello, pero lo único que conseguía era que miles de hojas afiladas y brillantes se precipitasen sobre él como si se tratase de una bestia en plena matanza. Todo llovía sobre él. Miles de dagas y puñales, algunos casi tan largos como las gladios militares, otras, tan pequeñas como estrechas ramitas de árbol, pero todas se precipitaban sobre el atemorizado hombre como si fuera una molesta lluvia plateada que, a su paso, arrancaba vestiduras y carne, haciendo derramar sangre de aquel cuerpo robusto.
El hombre, sin poder hacer nada, lanzaba sus antebrazos cubiertos por unos brazaletes de cuero para protegerse de los golpes, mientras que usaba su propio paludamentum púrpura y parte de su toga viril para confundir a los senadores y que estos acuchillasen las vestiduras y no su carne.
Muy pronto el suelo blanco se tiñó de un rojo oscuro que reflejaba la situación si lo mirabas de forma detenida, como si fuera un espejo del mal, un espejo de la muerte reflejando ante sí la figura de los senadores chillando y apuñalando al indefenso hombre mientras éste trataba por todos los medios evadirse de sus mortales cortes que, poco a poco, habían estado llenando sus brazos, pecho, vientre y espalda de heridas, haciendo que su antes inmaculada toga luciera ahora totalmente roja por la sangre que había perdido.
Fue entonces cuando, tras mirarme en aquel espejo sangriento, decidí sacar la daga que llevaba oculta en una de mis mangas y hacer lo que había venido a hacer, pero miles de sentimientos y preguntas me invadieron en aquel instante. ¿Debía hacerlo? ¿Qué sentirían el resto de padres conscriptos? ¿Era aquello lo que debía hacer? ¿No había otra salida?.
Ante tanta duda, dejé que pasase el tiempo y poco a poco me fui acercando cada vez más al grupo, ocultando mi daga a la vista de todos cuando el hombre, tras un forcejeo con varios senadores, consiguió verme y, sonriendo como un loco, vino a abrazarme mientras gritaba mi nombre y pedía auxilio. – ¡Ayúdame!-decía el pobre hombre que cada vez estaba más cerca de mí.
Sentí su cálido abrazo. Sus brazos rodeando mi cuello y un susurro llamando a mi oído. Sus ojos mirándome. Fue entonces cuando lo hice. No tenía constancia de lo que hacía, mis manos se movieron solas. Mi daga atravesó el vientre de ese hombre y su feliz expresión, quedó inmediatamente borrada de su cara por una de incomprensión. Decenas de senadores se cebaron de aquella escena, y, aunque no escuchaba nada, sé que gritaban mi nombre con vehemencia.
No podía mirarle a los ojos, no podía. Sentía miedo e incomprensión. Sentía remordimientos por lo que acababa de hacer. Saqué mi daga de su cuerpo herido mientras, poco a poco se retiraba de mí. A penas duró unos segundos aquel instante, pero a mí me parecieron horas, días, semanas, meses, años, décadas, siglos… ¡milenios! Y su rostro no cesaba de mirarme.
Fue entonces cuando observé que una pequeña lágrima salía de su ojo derecho e iba a impactar sobre mi mano que lucía llena de sangre. De su sangre. Se sentía traicionado pero, ¿cómo no iba a sentirse así si era lo que acabábamos de hacer? Yo me sentía como un verdadero perro traidor, aunque eso nadie lo sabía, yo hacía una buena obra para ellos, pero… ¿y para mí? ¿Era eso una buena obra para mí? Bajé la cabeza en última instancia como símbolo de redención, mas, en sus ojos no había odio hacia mi persona, más bien había misericordia a pesar de que le estaba matando. Entonces, de su boca, de la que comenzaba a manar sangre, salió una frase llena de dolor que pronunció entre jadeos en un griego perfecto mientras se llevaba las manos hacia el vientre, donde le había propinado la puñalada.
-¿Tú también, hijo mío?
Bajé la cabeza a la vez que asentía. Tuve que mirar para otro lado. La cabeza empezó a darme vueltas. Un senador lo volvió a apuñalar por la espalda y entonces, cayó al suelo. Estaba muerto. Sin vida. Había soltado su último aliento conmigo, pues, a pesar del sin fin de puñaladas que había recibido, sólo la mía le había causado verdadero dolor. Sólo la mía le había dolido.
Me senté en un banco de mármol mientras contemplaba la escena. Los senadores habían comenzado a irse de forma ligera, pero aún prevalecían los orgullosos que se aprovechaban de la situación para vanagloriarse, mientras otros, muy pocos, se quedaban, como yo, en unos bancos y llevaban sus manos a la cabeza y la movían en gesto negativo. Otros, se acercaban a estos y les decían consuelos que a mí no me servirían.
Me miré las manos. Empapadas en sangre. De su sangre. De aquél de quien me había perdonado, y yo le había devuelto la moneda con la traición. De aquél que me había llamado hijo sin ser mi padre. Me odiaba. En ese instante me odiaba. Miré al cuchillo. También estaba emborrizado con su sangre, mas, éste reflejaba mi cara que tenía gotas de sangre por la frente y las mejillas. El rostro de un asesino. Sí, eso vi, y eso me mostró el cuchillo, sí, el rostro de un asesino. ¿No lo era acaso? Me llevé la mano izquierda a mi rostro mientras comenzaba a llorar de impotencia, pero eso no me consoló. Apreté con todas mis fuerzas el cuchillo, el mismo cuchillo que lo había matado y sentí, por un instante, unas ganas irrefrenables de cortar mis venas. De irme con él. De pedirle perdón en el más allá. Miré el cuchillo de otra forma… había pasado de ser un órgano ejecutor a la hoja que me daría la liberación a mis males. Pero entonces volví a verme reflejado en él y vi ahora el gesto de un loco. Vi su sangre, ¿merecía yo morir con el mismo cuchillo que había atravesado sus entrañas? ¡De ninguna manera! Merecía ser asesinado con un cuchillo de carnicero como las bestias, en la cruz como los esclavos. Sí, eso merecía. Con gran odio hacia mí, me levanté y arrojé el cuchillo con rabia hacia el suelo mientras gritaba. Produjo un sonido tintineante y rebotó hasta parar unos metros más allá, cerca del cuerpo del hombre vilmente asesinado. Mi grito fue un grito de angustia acompañado de las más amargas lágrimas que jamás solté. Me arrojé al lugar donde había estado sentado y me hice un ovillo mientras lloraba amargamente.
Siempre me habían dicho que él destruiría a la República y volvería a imponer la monarquía, y con ello, los días de terror y tiranía que la habían caracterizado, pero hoy me di cuenta de que no había sido así, que él, no era el verdadero asesino de la República. No. El verdadero asesino fue el Senado sediento de poder y veía en César un problema parar sus intereses. Yo, Marco Junio Bruto, había asesinado a mi existencia, a la República, y el hombre que yace en medio de la sala muerto, era su más firme defensor… ¿Su nombre? César. Cayo Julio César.
En dedicación a Carmen Cruz por su cumpleaños el 15 de Marzo.
viernes, 4 de marzo de 2011
El Impulso de la Tormenta Parte XII
El aura de aquella mujer era sencillamente atrayentes para el débil Alexander que se divertía mirándola fijamente a su cara como si fuera un juguete, una muñeca de porcelana, una flor de azucena entre sus vastas manos... ¡Cómo si su propio aliento pudiera desmenuzarla y no volverla a ver más! Pero... ¿Qué pasaría cuando llegase el amanecer? ¿se iría como otras tantas veces había pasado? ¿se quedaría con él para siempre y la proclamaría como su prometida? No lo sabía... de todas formas, para él, en ese preciso instante, no cabían preguntas y respuestas amargas. No. Todo era celestial, como si pisase los jardines del Edén, como si visitase un palacio cubierto de oro y mármol y el Sol nunca se pusiera en el horizonte, viviendo a cada segundo un intenso y eterno ocaso... Esa hermosa luz muriendo, agonizando, pero que nunca acaba de despuntar del todo, que nunca acaba de morir... ¡Era tal el cúmulo de sensaciones!...
Ángela no cesaba de mirarlo tampoco, mas, ella sabía de sobra que el amenecer llegaría de un momento a otro, que el crepúsculo volvería a alzarse y el Sol bañaría sus cabezas un día más, porque, sencillamente, quisieran, o no quisieran, era ley de vida, y era algo que tenían que vivir... ¡nunca un amanecer había dolido tanto! ¡nunca la luz del Sol había sido tan maldita!. Pero era su destino, mas... ¿qué debía hacer? ¿amargarse por el reciente futuro o disfrutar del momento?...
Él se acercó a ella y comenzó a hablarle de su época, de su familia, y a contarle anécdotas graciosas sobre su infancia:
-...Sí, y entonces cogí mi caballo, ¡Él que se había perdido!...-Ella sonrió. Su voz lo inundaba todo con su potencia. El tiempo se paraba para Ángela cada vez que éste hablaba y se quedaba contemplando cómo aquel desconocido había cautivado su corazón en cuestión de segundos y su voz, su penetrante y dulce voz, no dejaba de hechizarla.
Al acabar la historia, Ángela fue la que tomó el relevo del barón de Röcken con su melodiosa risa. Su carcajada era capaz de silenciar y dejar por los suelos el más idílico canto de las aves del cielo. Era como agua para el sediento, un trozo de Sol en un día frío, un soplo de aire fresco, una brisa, en un día caluroso de verano... ¡Era tal su risa! ¡Su bella risa! No podía contenerse ante aquél espectáculo sonoro, era demasiado para él.
Ambos corazones latían con infinita violencia con la sola presencia del otro, mas, Alexander era el que sentía más fieramente los impulsos de sus sentimientos. Deseaba tomarla, mirarla, abrazarla... ¡besarla! pero tenía tanto miedo... era tal el terror que sentía a hacerle daño que ni osaba mirarla directamente a los ojos, a su océano azul, como si su pecadora mirada pudiera destrozar tal rosa entre cardos. No, su corazón la ansiaba, pero su miedo lo retenía... pero no sabía que la propia Ángela también sentía lo mismo por él, salvo que su amargura era amyor: pronto tendría que irse, abandonarlo, dejarlo a su suerte en todo un mar de incertidumbre, de sentimientos tan honestos... nunca los había sentido, era la primera vez que ella lo sentía y se mostraba demasiado incauta ¿cómo reaccionar? ¿cómo decirle que lo quería? Era todo una amplia herida en su corazón, en su alma pura y casta....
Nunca supieron cuanto tiempo se llevaron aquella noche mirándose, riéndose, amándose... Porque el tiempo, para esas dos almas contradictorios se había detenido... Pero nada podía durar eternamente... Ella sintió un cosquilleo en el estómago y dirigió una mirada de terror hacia el cielo. Una luz se reflejó en sus ojos azules y en su blanco rostro. Cantó la alondra. Un haz de luz comenzaba a caer sobre sus cabezas... Se iniciaba el crepúsculo. Estaba amaneciendo...
Ángela no cesaba de mirarlo tampoco, mas, ella sabía de sobra que el amenecer llegaría de un momento a otro, que el crepúsculo volvería a alzarse y el Sol bañaría sus cabezas un día más, porque, sencillamente, quisieran, o no quisieran, era ley de vida, y era algo que tenían que vivir... ¡nunca un amanecer había dolido tanto! ¡nunca la luz del Sol había sido tan maldita!. Pero era su destino, mas... ¿qué debía hacer? ¿amargarse por el reciente futuro o disfrutar del momento?...
Él se acercó a ella y comenzó a hablarle de su época, de su familia, y a contarle anécdotas graciosas sobre su infancia:
-...Sí, y entonces cogí mi caballo, ¡Él que se había perdido!...-Ella sonrió. Su voz lo inundaba todo con su potencia. El tiempo se paraba para Ángela cada vez que éste hablaba y se quedaba contemplando cómo aquel desconocido había cautivado su corazón en cuestión de segundos y su voz, su penetrante y dulce voz, no dejaba de hechizarla.
Al acabar la historia, Ángela fue la que tomó el relevo del barón de Röcken con su melodiosa risa. Su carcajada era capaz de silenciar y dejar por los suelos el más idílico canto de las aves del cielo. Era como agua para el sediento, un trozo de Sol en un día frío, un soplo de aire fresco, una brisa, en un día caluroso de verano... ¡Era tal su risa! ¡Su bella risa! No podía contenerse ante aquél espectáculo sonoro, era demasiado para él.
Ambos corazones latían con infinita violencia con la sola presencia del otro, mas, Alexander era el que sentía más fieramente los impulsos de sus sentimientos. Deseaba tomarla, mirarla, abrazarla... ¡besarla! pero tenía tanto miedo... era tal el terror que sentía a hacerle daño que ni osaba mirarla directamente a los ojos, a su océano azul, como si su pecadora mirada pudiera destrozar tal rosa entre cardos. No, su corazón la ansiaba, pero su miedo lo retenía... pero no sabía que la propia Ángela también sentía lo mismo por él, salvo que su amargura era amyor: pronto tendría que irse, abandonarlo, dejarlo a su suerte en todo un mar de incertidumbre, de sentimientos tan honestos... nunca los había sentido, era la primera vez que ella lo sentía y se mostraba demasiado incauta ¿cómo reaccionar? ¿cómo decirle que lo quería? Era todo una amplia herida en su corazón, en su alma pura y casta....
Nunca supieron cuanto tiempo se llevaron aquella noche mirándose, riéndose, amándose... Porque el tiempo, para esas dos almas contradictorios se había detenido... Pero nada podía durar eternamente... Ella sintió un cosquilleo en el estómago y dirigió una mirada de terror hacia el cielo. Una luz se reflejó en sus ojos azules y en su blanco rostro. Cantó la alondra. Un haz de luz comenzaba a caer sobre sus cabezas... Se iniciaba el crepúsculo. Estaba amaneciendo...
lunes, 21 de febrero de 2011
El Impulso de la Tormenta Parte XI
Otto caminaba de un lado a otro del espacioso salón. La penumbra se había adueñado de la sala, y tan solo la luz de la chimenea calentaba e iluminaba la fría estancia con sus chisporroteo entre las llamas y su constante crepitar de la madera ardiente. Anna, se encontraba parada, a escasos metros del fuego brillante, mirándolo perdidamente, buscando un consuelo entre las llamas, un aviso, un presagio de que su amo iba a volver sano y salvo... algo en lo que mantener su esperanza y privarle del llanto que, poco a poco, junto con el desconsuelo y la tristeza se iba apoderando de su ser.
Hans, en cambio, reposaba en una silla con un codo apoyado en la mesa mientras con su mano sujetaba la cabeza. También miraba absorto el fuego, sin embargo, éste no buscaba el consuelo de la gimoteante Anna. No. El buscaba respuestas a la desaparición ilógica de su amigo y compañero. En su contra, Ángela Christel, en pie, parecía la más tranquila de los allí congregados, no obstante, su corazón no dejaba de latir con la misma fuerza que un martillo golpea el hierro para darle forma y, cada segundo que pasaba, era un suplicio dentro de su mente. Poco le gustaba a la hermana de Hans exteriorizar sus sentimientos.
-Debemos de hacer algo.-Dijo Otto parándose en seco delante de la chimenea. Juntó sus dos manos gruesas por detrás de la espalda y cerró los ojos buscando una respuesta que no tardó en llegar.
-¿Qué quieres que hagamos, Otto? ¡no podemos salir! llueve a cántaros!.-Gritó Hans.
-¡Es mi señor el que vaga fuera con esta vasta tempestad!.-Gritó el criado volviéndose hacia Hans.
-¡Y es mi amigo el que se está jugando la vida allá fuera!.-Respondió con dureza el hermano de Ángela Christel que se levantó y se encaminó hacia el criado, con el que no tuvo reparo en encararse y mirar por encima del hombro.
Ambos sintieron una delicada manos separándolos por la parte del pecho, mientras escuchaban una fina voz femenina a medio camino entre el sollozo desconsolado y la súplica.
-¡Por favor! ¡mantened la calma! -era la hermosa Anna- ¡no os peléis! ¡os lo suplico! ¡por el amor de Dios!.
Las ojos esmeralda del joven Hans se toparon con los llorosos de Anna que hacían brotar pequeños diamantes de sus glándulas lacrimales que resbalaban por su mejilla y estallaban en su ropa igual que la lluvia contra la apocalíptica vidriera. Hans sintió compasión por ella y volviéndose hacia su sitio se palpó la frente a la par que suspiraba fuertemente.
-Está bien, está bien, está bien. Vamos a serenarnos.-Dijo Hans.-Ahora mismo no hay absolutamente nada que podamos hacer. Llueve a mares y salir ahora es perdernos nosotros también.-Todos asintieron. Incluso Otto, más reaccio ante la pasividad del joven.-Propongo quedarnos aquí hasta que amanezca. La pobre luz del sol ente las nubes nos proporcionará algo más de claridad para buscar a Alexander y volver sanos y salvos con él.
-¿Y quedarnos quietos mientras tanto? ¡jamás! ¡tiene qué haber otra solución! ¡tiene que haberla!.-Gritaba el desconsolado Otto.
-¿Se te ocurre algo mejor a tí?.-Desafió Hans.
Otto apretó los puños de forma fuerte. No. No se le ocurría nada mejor. Por desgracia para él, Hans tenía toda la razón, y hasta el nuevo amanecer, no podrían hacer nada. Se lamentó de todo en silencio mientras bajaba la cabeza y negaba de forma leve, lo que supuso la sonrisa y el regocijo de tanto de Hans como de su hermana, que contemplaba orgullosa como su hermano se había llevado aquella disputa dialéctica como si hubiese sido un juego de niños. Anna se abrazó a su padre y este rompió a llorar.
Si algo tenía asegurado Otto, es que con la primera luz del alba iría a buscar a s señor. Si algo tenía claro Anna, es que no iba a dejar a su padre solo... ¿qué tendrían claro Hans y Christel?...
Hans, en cambio, reposaba en una silla con un codo apoyado en la mesa mientras con su mano sujetaba la cabeza. También miraba absorto el fuego, sin embargo, éste no buscaba el consuelo de la gimoteante Anna. No. El buscaba respuestas a la desaparición ilógica de su amigo y compañero. En su contra, Ángela Christel, en pie, parecía la más tranquila de los allí congregados, no obstante, su corazón no dejaba de latir con la misma fuerza que un martillo golpea el hierro para darle forma y, cada segundo que pasaba, era un suplicio dentro de su mente. Poco le gustaba a la hermana de Hans exteriorizar sus sentimientos.
-Debemos de hacer algo.-Dijo Otto parándose en seco delante de la chimenea. Juntó sus dos manos gruesas por detrás de la espalda y cerró los ojos buscando una respuesta que no tardó en llegar.
-¿Qué quieres que hagamos, Otto? ¡no podemos salir! llueve a cántaros!.-Gritó Hans.
-¡Es mi señor el que vaga fuera con esta vasta tempestad!.-Gritó el criado volviéndose hacia Hans.
-¡Y es mi amigo el que se está jugando la vida allá fuera!.-Respondió con dureza el hermano de Ángela Christel que se levantó y se encaminó hacia el criado, con el que no tuvo reparo en encararse y mirar por encima del hombro.
Ambos sintieron una delicada manos separándolos por la parte del pecho, mientras escuchaban una fina voz femenina a medio camino entre el sollozo desconsolado y la súplica.
-¡Por favor! ¡mantened la calma! -era la hermosa Anna- ¡no os peléis! ¡os lo suplico! ¡por el amor de Dios!.
Las ojos esmeralda del joven Hans se toparon con los llorosos de Anna que hacían brotar pequeños diamantes de sus glándulas lacrimales que resbalaban por su mejilla y estallaban en su ropa igual que la lluvia contra la apocalíptica vidriera. Hans sintió compasión por ella y volviéndose hacia su sitio se palpó la frente a la par que suspiraba fuertemente.
-Está bien, está bien, está bien. Vamos a serenarnos.-Dijo Hans.-Ahora mismo no hay absolutamente nada que podamos hacer. Llueve a mares y salir ahora es perdernos nosotros también.-Todos asintieron. Incluso Otto, más reaccio ante la pasividad del joven.-Propongo quedarnos aquí hasta que amanezca. La pobre luz del sol ente las nubes nos proporcionará algo más de claridad para buscar a Alexander y volver sanos y salvos con él.
-¿Y quedarnos quietos mientras tanto? ¡jamás! ¡tiene qué haber otra solución! ¡tiene que haberla!.-Gritaba el desconsolado Otto.
-¿Se te ocurre algo mejor a tí?.-Desafió Hans.
Otto apretó los puños de forma fuerte. No. No se le ocurría nada mejor. Por desgracia para él, Hans tenía toda la razón, y hasta el nuevo amanecer, no podrían hacer nada. Se lamentó de todo en silencio mientras bajaba la cabeza y negaba de forma leve, lo que supuso la sonrisa y el regocijo de tanto de Hans como de su hermana, que contemplaba orgullosa como su hermano se había llevado aquella disputa dialéctica como si hubiese sido un juego de niños. Anna se abrazó a su padre y este rompió a llorar.
Si algo tenía asegurado Otto, es que con la primera luz del alba iría a buscar a s señor. Si algo tenía claro Anna, es que no iba a dejar a su padre solo... ¿qué tendrían claro Hans y Christel?...
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