domingo, 25 de septiembre de 2011

Cuando dos almas

Cuando dos almas se juntan
y sentir pueden su aliento,
es porque solas estaban,
y solas permanecieron.

Cuando dos almas responden
al fugaz beso de vida,
es porque muertas se hallaban,
como el verso sin la rima.

Cuando dos almas palpitan
con violencia al abrazarse,
es porque la soledad
ha tardado en apagarse.

Cuando dos almas se unen,
sea por distancia o por tiempo,
es porque estuvieron ambas
heridas por los encuentros.

Pero, cuando dos almas, al
responder con un beso
se encuentra el Amor confuso,
ese beso ya es un verso...
y aquel Amor ya es un mundo.

Dedicado a Marta Pérez Villarán

martes, 20 de septiembre de 2011

Las Tentaciones del Diablo

De nada me sirvió envenenar
ni de mentir a mi débil cuerpo
al contacto dulce de unos labios
que apagaran de mí el sufrimiento.

Apenas probé el néctar del Diablo
cuando, encendiose en mí una llama,
y acudieron ángeles, del Infierno
avivando recuerdos del alma.

Como los espíritus del Hades,
castigados con el fuego eterno
y, como Baudelaire, ¡"Flores del Mal!"
encontré un castigo en cada beso.

Me encuentro, embotados, cuerpo y mente,
¡Espíritu perdido y sin rumbo!
-¿Quién eres? -¿Quién soy? -Soy Confusión.
-Y si lo soy... ¿qué hago en este mundo?

Ruborizado ante la ternura
quedé de los bellos ojos tuyos,
tan limpios, tan pulcros y tan claros...
y, como el Dios de Amor, ¡siempre puros!

Pero a mi desgracia, batallando
prosiguieron mente y corazón,
alejose el Dios de tu mirada,
y Lucifer trajo su canción.

Pero dime, ¡Oh! ¿cómo luchar
contra el infierno y sus Tentaciones?
¿Cómo alejarme del triste verso?
¿Cómo interrumpir mis emociones?

Confundí el Amor con la lascivia,
las falsas sonrisas con el llanto,
¡Besos nostálgicos! Siempre fríos
Privome de tu cálido abrazo.

Fueron tantos besos como mentiras,
y tantas mujeres como engaños,
mas, fueron alivios del dolor
que, al recuerdo, agravaron el daño.

Y fue de la misma forma en la que
mis labios rozaron otros labios,
y el Impulso tumbó la Razón,
¡Igual se inclinó Dios ante el Diablo!

¿Do quedó la corte celestial?
¿Dónde está el Dios de Amor del pasado?
Me contesta una voz a lo lejos...
-Dios está muerto... y tú... ¡olvidado!

Miro a mi alrededor y no hay nada,
estoy tan solo como los muertos,
sin nadie... ¡incluso sin Soledad!
¡Ni siquiera el consuelo del verso!

¡No puedo ni mirarte a los ojos!
¡Ahora maldigo mi fugaz Sino!
¡Sed malditas, sucias Tentaciones!
¡Sed malditas, como mi Destino!

Así, me alejé yo de ti igual que
me alejé de Dios muy poco a poco,
pero, a cada beso... a cada lágrima...
¡Siento que me estoy quedando solo!

Ya ves que de mí no queda nada,
sólo el remordimiento, el frío...
ahora sólo me sacian tus besos...
la caricia al labio confundido.

martes, 6 de septiembre de 2011

Corazón perdido

Lágrimas brotan de las almas heridas por el amor desengañado. Mis lágrimas cayeron sobre las rimas de Bécquer, por ser un enamorado rechazado. La oscuridad borraba todo rastro de mi rostro mientras contemplaba, confundido, todo cuando me rodeaba, pero estaba más que seguro que, aunque hubiese luz, mi vista seguiría sin ver más allá del poema que tenía entre mis manos.

No me acuerdo de mucho de esa noche. Sólo me acuerdo que escuchaba voces conocidas de amigos míos hablando de forma animada a mi alrededor. Sólo me acuerdo de que estaba sentado en una silla y la trémula luz de un foco alumbraba el lugar en el que estábamos. Sólo me acuerdo que miraba a las estrellas y no podía parar de dibujar tu cara. De dibujar tu nombre. Sólo me acuerdo del murmullo de la brisa trayéndome, endiabladamente, el sonido de tu nombre colándose por mis oídos, y el suave perfume que tanto te gustaba usar. El rumor de unos besos confundidos entre las palabras de mis amigos que nunca llegaron a impactar sobre mi mejilla... ni a rozar un milímetro de mi cuerpo... ni ha colarse por mi boca para caer por mi garganta. Sólo me acuerdo de que, a pesar de ser una noche de verano, yo sentía frío. Un frío atroz y violento. Me acuerdo que, estaba acompañado, pero ha sido uno de los momentos en los que más solo me sentí. En los que más buscaba pasión y consuelo y no encontré más que risas burlonas y tristeza.

Sólo me acuerdo de que recitaba en voz alta un poema. Las palabras brotaban de mi boca como brota la sangre de la herida abierta, y, a cada palabra que soltaba, más morir me sentía, como si las letras fueran puñales de palta clavándose en mis costados... pero también más necesitado de la poesía. Encontré en aquel poema un refugio para mi alma enamorada y atormentada, pero, las estrofas, antes estructuradas y bien separadas con sus versos, se confundían unas con otras. Apenas sabía dónde empezaba la una y donde acababa la otra, pero, poco a poco, y sin yo quererlo, fue apareciendo una iamgen. Un retrato que me resultó familiar. Un retrato tuyo. Sentí nostalgia y morir. ¿Por qué se comporta el destino conmigo así? Me pregunté, mas, no obtuve más respuesta que el silencio del sordo solitario, y las palabras del poema que me hablaba.

Pero si maldije al poeta por escribir los versos y dibujar tu cara, mi corazón dio las gracias a Dios por encontrarse de tal forma con lo más profundo de tu alma. Así, a medida que avanzaba el poema, mi corazón daba botes dentro de mi pecho al igual que mis ojos saltaban de palabra en palabra para leerla. Se recreaban tanto por verte...

Pero si maldije al poeta por escribir esos versos y hacer el retrato de tu rostro, más maldije su final, porque con la última letra de la última estrofa desapareciste, y la leve compañía de tu dibujo, se desvaneció y me dejó solo, para volver a caer en el abismo de las tinieblas y las sombras del que, probablemente, jamás debí salir para conocerte, por desde que acabé el poema, no sólo salieron más lágrimas de mis ojos, sino que, además, me di cuenta de que había perdido el corazón, y no era porque no lo sintiera latir... sino porque me di cuenta de que se había ido contigo.

[...]
"¡Ay! es verdad lo que me dijo entonces:
verdad que el corazón
lo llevará en la mano..., en cualquier parte...
pero en el pecho no."

Sólo entonces comprendí lo verdaderamente importante que eras en mi vida. Sólo entonces, cuando, mi corazón perdido, huyó de mi pecho.

Dedicado a ti, por robarme el corazón, y dedicado a Bécquer, por traer a mi mente tu recuerdo y por ser mi refugio.

domingo, 14 de agosto de 2011

El Maestro De Marionetas

No había más luz en la pequeña habitación, que la de unas velas mal dispuestas sobre una mesa vieja y tortuosa. Coja de una pata, la mesa rectangular presentaba un aspecto totalmente lamentable, sucia y con diversos manchones  rojizos y con un recipiente donde descansaban, amenazantes, un cuchillo afilado y ensangrentado cuyo mango, de madera marrón, sobre salía del ovalado contenedor negro donde reposaban, con la punta hacia arriba, varios clavos, largos listones de madera fina, y multitud de rollos de cuerda gruesa. Un silencio sepulcral y de ultratumba recorría toda la minúscula habitación casi en la más completa penumbra. A duras penas se podía ver más allá de un metro.

Irrumpió en la habitación un hombre alto y calvo, enfermizamente delgado y pálido, con unas ojeras negras, tan oscuras como sus ojos y con un ropaje semejante al de un enterrador. ¿Sería esa su profesión? Portaba sobre sus hombros una especie de saco grande y ancho que, con gran estruendo, arrojó sobre la mesa, a la par que comenzaba a abrirlo por uno de los laterales. El silencio quedó inmediatamente roto por el rasgar de la tela que, poco a poco, iba mostrando su contenido. Fue primero un brazo blanco, después, una cabeza rubia de mujer con labios amoratados y, finalmente, cuando ya estaba todo el saco abierto, apareció el resto del cuerpo. No llevaba la mujer más atuendo que el de un camisón largo y blanco, y no cesaba de temblar. Apenas podía moverse, y su rostro reflejaba el trance caótico del miedo. Sus ojos, desencajados. Sus manos, temblorosas. Su boca, entreabierta, dejaba escapar una especie de vaho, suspiros por donde la vida se le escapaba por momentos. Y su cuerpo, su hermoso cuerpo, quedaba totalmente rígido y paralizado, sin mayor movimiento que las leves convulsiones de sus temblores que recorrían cada centímetro de su anatomía.

La mano pálida del hombre agarró el cuchillo, y comenzó a pasear su ensangrentada hoja por el cuerpo de la mujer, la cual, se estremecía con el contacto del afilado puñal sacándola de su trance. Ella no cesaba de mirar de un lado para otro, buscando su salvación, algo que pudiera ayudarla a escapar, pero sus miembros continuaban rígidos. Deseaba correr. Gritar. Hacer algo para llamar la atención de alguien, pero, ¿quién la socorrería? ¿Serían vanos sus esfuerzos? No podía mover sus estáticas extremidades aún, y el frío de la habitación, con mucha humedad, impedía el grito de la mujer que respiraba con dificultad. Casi ni se elevaba su pecho. El aire gélido de la estancia helaba sus pulmones causando un horrendo dolor en sus costillas a cada bocanada de aire.

El hombre, ajeno a todo el dolor de la mujer, agarraba fuerte el cuchillo y se aproximaba a la mano derecha, la cual, fue cogida con delicadeza y, tras unos segundos, fue besada con delicadeza. Quedó aquel extraño totalmente extasiado ante los ojos azules de la mujer, ¿es que acaso la había deseado alguna vez? La lujuria era dueño de sus ojos… pero el dolor de su mente y, recobrando la noción del tiempo, el hombre, sin vacilar, hundió su cuchillo en la mano que sujetaba provocando un grito desgarrador. De la mano comenzó a brotar sangre de forma lenta pero continua, y él siguió hundiendo su cuchillo más y más, hasta que, finalmente, la punta se dejó ver después de haber atravesado de parte a parte la mano agarrada.

Grande era el deleite de quien se dedicaba a torturar a la mujer, y gran dolor era el de la mujer que no dejaba de gemir y gritar. En el éxtasis sádico de la acción, el hombre giró el cuchillo mientras lo sacaba de forma tranquila. Acto seguido, depositó el cuchillo de nuevo en el recipiente y cogió ahora dos clavos y un gran trozo de cuerda. Mientras gritaba la mujer y sus manos echaban sangre, el hombre ataba los clavos a la cuerda con una velocidad sobrehumana. Aproximó después los clavos hacia la mano de la mujer, quien, de nuevo, se estremeció con el contacto de la mano fría del hombre quien, poco a poco, introducía los clavos en la profunda herida hecha por el puñal. La mujer volvió a gritar de dolor mientras el hombre introducía los clavos en su mano hasta que pudo sacarlos por la palma de la misma, disponiéndolos ahora en cruz, quedando uno en horizontal y el otro en vertical mientras que la cuerda quedaba en la otra parte de la mano.

Mismo procedimiento siguió con los pies y la mano, cogiendo trozos de cuerda más o menos largos para las diferentes extremidades del cuerpo mientras se recreaba con los gritos de la mujer cuyo aspecto, ahora, parecía mucho más lastimero y lamentable que en momentos anteriores.

Cogió ahora dos listones de madera, los cuales, fueron unidos por varios clavos en su centro con la fuerza que el hombre ejercía a través del mango del puñal, usado antes para abrir las heridas a la mujer, usado ahora como martillo para hundir los clavos en la madera que, igual que los dispuestos en las extremidades, también quedó en forma de cruz. Apenas duró unos segundos este procedimiento cuando comenzó a atar los cabos sueltos de las cuerdas de las extremidades a los listones, quedando cada cabo en uno de los extremos de estos.

Cuando hubo acabado la operación, el hombre tiró de una cuerda y se elevó una mano. Realizó el mismo procedimiento con cada uno de los miembros del cuerpo que estaban atados a una de las cuerdas mientras la mujer chillaba de dolor. Los listones de madera quedaban por encima de la cabeza de la mujer y, usándolos de la manera adecuada, también podía moverla a su antojo.

Los ojos de la mujer, llenos de lágrimas, buscaban la respuesta en los ojos inertes del hombre. Los globos oculares muertos del hombre, se deleitaban ante el horror del rostro de la mujer. Incomprendida ella, él, tranquilo. Se quedó largo tiempo mirando el rostro bañado en lágrimas de la mujer y, elevando una de sus manos, con total delicadeza, le secó las lágrimas de sus ojos mientras negaba con la cabeza. La mujer se estremeció ante el contacto de la mano, fría como la de un muerto, y su corazón se aceleraba ante el odio y la rabia que le causaba esa sensación. No quería estar allí. No quería verle, pero… ¿qué hacer? Cerró los ojos mientras su garganta emitía un leve sollozo acompañado de no pocas lágrimas que seguían cayendo de sus glándulas lacrimales. Ahora parecía relajarse a pesar de que el dolor seguía ahí, acompañándola en sus extremidades maltratadas y agujereadas, como si fuera un Cristo recién crucificado, pero sin cruz alguna.

Sintió la mujer un tirón y al abrir los ojos, observó cómo el hombre la depositaba de nuevo sobre sus hombros y la llevaba hacia otro lugar. Sólo Dios y Lucifer sabían cual, y aquel extraño se parecía más a un enviado de las tinieblas. ¿Es qué no había tenido bastante con aquello? ¿Es qué necesitaba más dolor? El hombre la llevaba por una escalera de caracol, igual de fría, húmeda y mal iluminada que su habitación, la diferencia es que cada vez iba más hacía abajo, como si quisiera descender al infierno con ella. Una eterna bajada al abismo de las tinieblas y la oscuridad, donde el miedo y la rabia hacían que su corazón latiese con violencia debajo de su camisón blanco, el cual, tras la cruel tortura, presentaba ahora diversos manchones de sangre, igual que sus manos y sus pies, totalmente empapados en aquel líquido rojizo semejante a los rubíes y al sol del ocaso.
El hombre paró en seco y se dispuso a abrir una nueva habitación, mucho más grande que la anterior, pero igual de mal iluminada, aunque, esta vez, en vez de con velas, con antorchas. El hombre andaba ahora con tranquilidad y parsimonia mirando la pared, la mujer, mientras tanto, trataba de averiguar dónde la había traído, pero sus ojos llorosos no llegaban a ver más allá de dos metros detrás del hombre.

Tras unos minutos de espera y de sollozo, el hombre se paró bruscamente y bajó a la mujer de sus hombros, aproximándola poco a poco a una pared hasta que quedó colgada de una especie de percha por la parte de los listones, los cuales, habían sido arrastrados durante todo el camino hasta la nueva habitación. La mujer quedó suspendida en el aire durante unos segundos, hasta que sus pies tocaron el frío suelo. Allí olía a putrefacción y a muerte, y presentaba el mismo silencio sepulcral que la anterior habitación y el mismo frío propiciado por una pequeña ventana abierta al fondo de la habitación. Era de noche, mas, no alcanzaba a ver la luna.

El hombre, en ese momento, arrancó las primeras y únicas palabras que ella escucharía, mas, desearía no haber escuchado esa voz nunca. La voz penetrante, tranquila y dolorosa del hombre, penetraba por sus tímpanos provocando un insoportable dolor de cabeza. Una voz que rebotaba en las paredes y producía un eco sobrenatural y terrorífico que heló la sangre de la mujer una vez más.

-Debes de darme las gracias. Acabo de ofrecerte la inmortalidad. Serás mi marioneta preferida. Harás lo que yo te diga y como yo quiera. Serás tranquila y sumisa.

Tras decir estas palabras, el hombre abandonó la habitación. Ella había escuchado la palabra marioneta… ¿marioneta de qué? ¿Marioneta preferida? ¿Es que había más como ella? Cerró los ojos un momento intentando olvidar todo lo acaecido hasta el momento, pero le era imposible. El hedor a muerte de la sala no la dejaba pensar con claridad. Segundos más tarde, escuchó una especie de alarido a su izquierda. Por su derecha otro. Atrás suya varios, Dos por delante. Eran semejantes a los aullidos de lobos. Gritos desgarradores incapaces de pedir ayuda. La mujer decidió abrir los ojos, y estos se llenaron de espanto y horror cuando encontró la sala iluminada por la tétrica luz de la luna, tan pálida como los muertos, llenando de haces de luz la habitación.

Descansaba muerta, a menos de un metro suyo, el cuerpo de una mujer, de la que no quedaba más que el pelo y la calavera, y tanto las manos como los pies, presentaban también los clavos y heridas que ella poseía… casi parecía una marioneta macabra. Una marioneta que no dejaba de mirarla a través de unas cuencas oculares sin ojo alguno, pero sentía como si aquel esqueleto pudiera entrever los más oscuros entresijos de su alma. Los alaridos los provocaban más personas como ella, en su misma y penosa situación agonizante. Algunas estaban ya para morir. Otras, como ella, acababan de ser llevadas y tardarían aún en desaparecer y hundirse en el regalo de la muerte. El privilegio otorgado por el más allá. Un descanso eterno. Pero allí no sólo había mujeres: también había hombres y niños, a cada cual, más macabro y terrorífico.

Desde ese momento estaba condenada a permanecer allí hasta el fin de sus días. Como una marioneta macabra, sin vida propia, sumisa, obediente a cada movimiento, esperando la llegada de la Parca en un lugar donde la noche siempre se cernía sobre las cabezas de aquel enclave, donde no existía más luz que la de la esperanza, y donde no existía más esperanza que la de una muerte cercana, pero, por desgracia para muchos, esquiva. Ahora no era más que un alma en pena, condenada a vagar en aquella sala hasta el día de su trágico final. Tal vez eternamente, mientras el Maestro de Marionetas seguía presenciando aquel espectáculo sádico y sangriento y hacía de ellos lo que quería. ¿Acaso no eran sus marionetas? ¿Acaso no habían perdido sus vidas para dárselas a él?... ¿es que ahora tenían vida quizás? No. Ahora los vivos estaban muertos, y los muertos podían decir que estaban vivos. Ahora no era más que una pieza más de un rompecabezas, una diversión, una actriz en un teatro sin público ni escenario… no era más que una marioneta esperando su trágico final.

lunes, 16 de mayo de 2011

Eneas

Se alejaba ya el barco sin rumbo de los restos de la humeante ciudad de Troya. Pocos eran los que habían conseguido salir por el puerto evitando las concavas naves de negras velas. Profería aún la ciudad gritos de la cólera de Agamenón, victorioso rey que había vuelto a recuperar a Helena y reducir la hermosa ciudad a escombros. Se respiraba el miedo allí dentro. Gritos de espanto y horror llenaban la recargada atmósfera mientras la ciudad se consumía lentamente en las eternas cenizas del tiempo y el nombre de sus reyes era olvidado para siempre en los libros de Historia. Ardía Troya como si fuese rastrojo, trigo seco de los dorados campos de la Hélade, como un árbol en un jardín de llamas, y, allí, a lo lejos, mientras ardían las murallas y las casas, se veía el monstruo culpable de nuestra desgracia. El caballo con el que fuimos atacados también ardía, mas, deshonroso era que se quedase junto con el cuerpo de los nobles y engañados troyanos, traicionados cruelmente por el destino y el capricho de los dioses del Olimpo. ¿A quién dirigiremos las súplicas? ¿A la sabia Atenea? ¿A la hermosa Afrodita? ¿Al dorado Apolo? ¿Al omnipotente Zeus? Todos y ninguno de ellos nos escucharían. 

Podía escuchar el sonido de la risa de Hades en el recibimiento de los caídos que no podrían pagar a Caronte para atravesar el lago y estarían condenados por la eternidad a vagar sin rumbo por las llamas del Averno, porque jamás recibirían un entierro digno por parte de los dánaos al mando de Agamenón. Y aún así... ¡todo había sucedido tan deprisa! ¿Dónde quedará ahora la grandeza de Héctor? ¿Qué será de la tristeza de Príamo? ¿Qué acaeció con el amor de Paris? Todo yace reducido a escombros, cada vez, gracias a Poseidón, menos visible, cada vez, gracias al tiempo, más lejos.

A espaldas mía queda lo que fue una antigua ciudad de tejedores y bravos soldados que ha sido castigada por esta absurda batalla entre héroes y dioses del Olimpo. Nadie jamás volverá a saber de la inexpugnable Troya, ciudad dorada y próspera, patria de Héctor, Paris y Príamo, también tumba de todos ellos.

Surcaban ya el barco las negras aguas del mar en su total plenitud. No quedaba nada atrás. Ya no reflejaba el agua el color anaranjado de las destructoras llamas de la ciudad de Troya. Sólo reflejaba la tristeza de la noche, de una endiablada luna sonriente. Nada delante mía. ¿Qué patria acogerá ahora a los vencidos por la mano de Agamenón, rey de los helenos? Navegar ciego era mejor que navegar sin rumbo, si bien, el ciego es aceptado en cualquier lugar sólo por el hecho de tener una minusvalía, nosotros seríamos rechazados porque no éramos más que unos vencidos, cegados por las lágrimas, mudos por la historia.

Así pues, los pocos hombres que quedaban ajustaron las velas para ir a ninguna parte. A algún sitio donde no hubiera nadie y pudiéramos llorar a nuestros caídos. No quedaba más que atenerse a los augurios y voluntad del rey de los mares: Poseidón, y dejar que éste guiara a la última nave troyana a cualquier lugar del planeta, espero, al fondo del mar para reunirnos con nuestros nobles vencidos.

Cuenten pues, que viví en los tiempos de la Hélade, de Agamenón Atrida, de Ulises, del Pélida Aquiles y su compañero Patroclo, también caídos en las proximidades de la ciudad, así pues, también forman parte de ella, junto con los valientes Príamo, rey de reyes, Héctor, guerrero entre guerreros, el enamorado Paris, y yo, Eneas, pues, si bien mi cuerpo ha conseguido salvarse, mi alma continua allí, ardiendo en las eternas llamas del infierno de la dorada Troya ahora, como mi propio corazón, reducida a la nada.

sábado, 30 de abril de 2011

Claro de Luna

Una muchacha miraba por la ventana hacia un bosque cercano en el gran salón que había en la casa del hombre que la acogía mientras ésta aprendía a tocar el piano.

La estancia no dejaba de ser humilde a la par que lujosa, con grandes ventanales por donde entraba la luz de un claro de luna que bañaba toda la estancia de un blanco místico bastante pálido, tirando más bien para el plateado.

No contaba la estancia con más que un triste piano de cola de un negro brillante situado cerca de la enorme puerta de madera de roble oscura, aunque, con aquella luz, parecía tirar un cabo oscurecido por el tiempo, no así sus picaportes con la forma de un círculo, siendo éstos cobrizos y adquiriendo una tonalidad semidorada, aunque poco brillante en esos pomos esféricos que tenía delante una chimenea apagada y no muy recargada, que tenía en la parte de arriba una especie de cuadro de algún antepasado del dueño de la casa, y, justo delante, una alfombra roja que cubría todo el centro y la mayor parte de la marmólea y blanca sala.

Algo penetró en la habitación y, a pesar de que el sujeto en cuestión casi ni había hecho ruido, la chica se percató de inmediato de que alguien había entrado en la habitación en la que ella misma yacía.

-¿Es usted, señor?
-¿Eh?-Respondió una voz masculina.
-¡Qué si es usted!
-¡Ah!-Volvió a responder la voz.-Sí, sí, soy yo, ¿Qué haces aquí, querida?
-Quería mirar la luna.

El hombre, que tenía una especie de trompetilla acústica en las manos y que antes había estado en su oreja derecha para recibir la voz de la chica, meditó sus palabras y, acto seguido le lanzó una pregunta que, a él mismo le pareció dolorosa.

-Querida... eres ciega.
-Lo sé, señor.-Ella no pareció molestarse, aunque dibujó en su rostro una mueca de amargura.-Lo sé, pero siento tal tentación por verla... me la han descrito tantas veces y me han dicho que es tan bella que... ¡oh! ¡Sí usted supiera, señor! ¡Si usted supiera!.

Ella, inmediatamente, se puso a gimotear y a maldecir su suerte. Nunca vería a aquel satélite hermoso dando vueltas alrededor de la tierra. Nunca vería la belleza oculta de las cosas, pues, de la misma forma que no podía demostrar su odio llorando, tampoco podía ver aquella hermosa forma esférica que, la gran mayorías de las noches, se dejaba ver por el cielo despejado.

Él, no pudo más que acercarse y estrecharla entre sus brazos mientras ésta hundía la cabeza en su pecho, buscando el cobijo de un alma que no podía oír porque era sorda.

Él, miró la luna durante largo tiempo mientras ella continuaba inmóvil entre sus brazos. Verdaderamente, era bella y, a pesar de que no podía oír, si había tenido la suerte de poder ver las maravillas de la naturaleza, cosa que ella no.

Pensó en describirle cómo era el astro, pero, ¿de qué serviría? ¿Qué color era el blanco para un ciego? Y entonces, buscó cómo mostrarle la luna sin tener que usar el horrendo lenguaje que de nada le serviría a su huésped. Entonces, se fijó en las teclas del piano. Marfiles y negras incrustadas en un piano de cola negro. No lo dudó un instante. Sentándose en su banquillo, comenzó a tocar una melodía con todo el amor de su corazón, sin dejar de mirar la luna ni a la mujer a la que acababa de abandonar hacía menos de diez segundos y que, al contacto de la música con sus oídos, elevó la cabeza y se centró en la música que salía del instrumento, a cada golpe más bello, a cada tecla, más pasional.

Él, que sí podía llorar, dejó escapar algunas lágrimas que chocaron ipso facto contra las teclas que iba presionando para crear aquella música que llegaba tan bella a los oídos de su huésped, pero cuyo sonido le estaba prohibido a los suyos y sólo sabía lo que tocaba a través de la vibración de una tapa de madera situada debajo del piano y que le mostraba sólo la duración de las notas... pero él, ya se sabía todas y cada una de las teclas del piano porque las había logrado escuchar más de una vez cuando había adquirido su trompetilla acústica, por tanto, se imaginó todo lo que estaba tocando.

Minutos más tarde, tras haber acabado la melodía, sonó un reloj en la habitación contigua... acababan de dar las doce.

La mujer, anonadada por la bella música que acababa de escuchar, lanzó una pregunta a su protector.

-¡Señor Beethoven, es fantástico! ¿Por qué la ha tocado?

Él, secándose las lágrimas con la manga, articuló una serie de palabras con gran potencia vocal, casi gritando:

-Ya que no puedes ver la luna a través de tus ojos, he querido mostrártela a través de los oídos...

Ella asintió mientras su protector la cogía del brazo para guiarla hasta su cama.

Nunca supo si fue verdad o sólo una ilusión, pero ella, mientras duraba la canción, sintió que podía ver, dibujado en un cielo completamente negro, una especie de círculo blanco. Nunca supo si fue verdad o mentira, pero, por una vez, por una sola vez, le pareció haber podido ver la luna.

Homenaje a la música y a la fuerte influencia que adquiere en nuestra personalidad, sentimientos y modos de vida, siendo ésta un lugar en el que muchas personas se refugían contra el tedio y sufrimiento de varias situaciones en la vida.

"La vida sin música, sería un error."-Friedrich Nietzsche, filósofo alemán.

viernes, 8 de abril de 2011

Océano

No ceso de pelear contra tí, pero las fuerzas ya me van fallando. Llevo más de treinta minutos luchando por mantenerme lejos de tu fiero lazo, pero mis fuerzas están más que agotadas. Tan si quiera tengo ya fuerza para respirar y mis esperanzas se van agotando poco a poco y tú no dejas de moverte con letales vaivenes. No puedo más. ¡No puedo más! Y me dejo hundir, dejo que tus húmedas cadenas me arrastren hasta tu fondo, hasta un fondo que para mí, es totalmente inexistente, algo desconocido... algo misterioso, profundo e insondable. Poco a poco noto como respirar aquí abajo es totalmente en vano, como me va faltando el aire y como mis músculos se van atenazando... pero también relajando, pero no dejo de bajar, soy incapaz de mantenerme cerca de tu superficie y, poco a poco noto como la luz va desapareciendo a mi alrededor. Tu abrazo mortal empieza a hacerse cada vez más potente a menudo que siento cómo mi propio cuerpo se hunde más y más y más lentamente hacia un fondo sin retorno. Empiezo a sentir una gran presión sobre mis oídos y me llevo las manos a la cabeza y empiezo a negar. Comienzo a notar multitud de pinchazos en diversas partes del cráneo, como si la cabeza quisiera estallarme. Mi cuerpo empieza a sufrir convulsiones y el escaso aire que me quedaba en los reducidos pulmones comienza a escapárseme de forma involuntaria, perdiéndose hacia la superficie en forma de difusas burbujas que salen de mi boca que, a su vez, se llena de agua salada llevándola a mi estómago haciéndome más pesado. Una sensación de agobio me invade y entonces saco fuerza de donde no las hay e intento volver a nadar hacia la superficie... pero todas y cada una de mis ralentizadas brazadas son en vano, y no sólo no asciendo; sino que me hundo más. Hago un intento por respirar, pero mis pulmones no reciben aire: reciben agua, un agua que, conforme desciendo, se va volviendo más oscura y fría. El agua que ha tomado mis pulmones y se ha asentado en mi estómago hace que descienda mucho más deprisa y no pueda tan siquiera moverme. Me siento tan agotado, tan pesado... mis músculos, faltos de oxígeno, dejan de pelear y se relajan y vuelven flojos, mis cerebro, empieza a similar lo inevitable, mi corazón, no cesa de latir deprisa y más deprisa. Ya sólo me queda sentir las últimas convulsiones, los últimos intentos por ascender de nuevo, pero ya todo es imposible: todo a llegado a su fin. Noto como un hilito de sangre sale de mi boca y comienza a ascender muy lentamente haca la superficie... mis pulmones, mis órganos... todo mi ser ha sucumbido frente a la presión del momento y del agua y he sido reventado por dentro, aunque, al menos, mi corazón ya casi no late y he dejado de sentir pues, la propia frialdad del agua y la falta de oxígeno en mi cuerpo, han provocado que todo mi ser esté completamente anestesiado... ¿o debería decir muerto? Pero en ese instante, siento una corriente de aire que pasa bajo mi espalda en descenso todavía, y después otra corriente más, y otra más, y otra más, y así, sucesivamente hasta llegar a siete... ¿qué pasa ahora? Intento echar una breve mirada a mi alrededor antes de irme... son tiburones atraídos por mi sangre... pero, misteriosamente, todos y cada uno de ellos, pasan por debajo mía y describen movimientos circulares y elípticos sobre mí y la sangre, pero no se atreven a tocarme, no, simplemente, se van. Unos son tiburones blancos, otros, tiburones tigres, sólo dos eran martillo y uno aparentaba ser normal. Ahora escucho un sonido fuerte. Una especie de alarido llega a mis oídos y se pierde hasta impactar contra mi casi muerto cerebro... ¿qué pasa ahora? Dirijo mi vista hacia la izquierda y tres ballenas azules nadan hacia mí con decisión y completa belleza en sus delicados movimientos. Vuelven a hacer su sonido, como si me estuvieran llamando, como si quisieran que mi alma formase parte de ellos... y es entonces cuando miles de peces de todas las formas y colores empiezan a pasearse por mi lado.. Entonces pienso para mí, que tal agobio y agónica muerte, al menos, trajo después un hermoso espectáculo marítimo al que acababa de unirme hacia poco. Deseé convertirme en pez, en anguila, en tiburón, para poder unirme a ese hermoso mundo desconocido, lleno de colores y de criaturas fantásticas, mas, dentro de mí, y muy a mi pesar, me sentía traicionado por la propia naturaleza, por aquello a lo que había amado y sentido una predilección mágica hasta el punto de haberme sentado en una roca a contemplar la inmensidad de las aguas marítimas, y ahora, mi propia pasión se había convertido en mi verdugo.

-¡Océano, Océano!-grité desde mi interior-¿Por qué me has hecho esto?