domingo, 2 de diciembre de 2012

The Slenderman

Tristán corría por el bosque sin mayor luz que la de una linterna. Se había perdido por el bosque y era de noche. La luz artificial apenas alcanzaba para iluminar un par de metros más allá de su posición. Miles de ojos le observaban entre la oscuridad, entre la niebla. Se sentía verdaderamente perseguido a pesar de que las miradas que se clavaban en él no eran más que la de animales curiosos, pequeños roedores que se habían sentido atraídos ya fuese por la luz, o ya fuese por la rara presencia de un niño humano de no más de once años. Tiritaba de frío y de terror. La noche invernal se cernía sobre su cabeza y el abrigo rojo que llevaba no era suficiente para aplacar las bajas temperaturas que le calaban los huesos. De su boca salía un vaho que se confundía con la niebla. No veía más que árboles. Árboles y más árboles. Árboles y más árboles. Ahora pensaba en las palabras de su madre -no te alejes mucho, que puedes perderte y no te vamos a buscar.-Decía con una sonrisa. ¿Qué debían estar haciendo sus padres ahora? Se imaginaba a su madre llorando desconsolada en el coche mientras su padre la abrazaba y le mentía diciéndole que todo iba a salir bien. 

Un aullido salió de boca de un lobo. Se oyó bastante lejano, pero Tristán ya se hacía la idea de que esa noche moriría bajo las fauces de alguna de aquellas bestias salvajes. Miraba hacia ambos lados desconcertado, buscando alguna pista que le llevase por el buen camino, pero todo le parecía igual. Los ojos seguían centelleando en la oscuridad, el miedo seguía tomando el corazón del niño, y el frío helaba su garganta y sus pulmones ahogando los escasos gritos que daba.

Entonces comenzó a fallarle la linterna. Un sudor frío recorrió la frente de Tristán que comenzó a golpear con violencia la linterna.

-No, por favor, ahora no, ¡no me falles, por favor!

Echó un nuevo vistazo al bosque. La tenue luz lunar sólo dibujaba rostros maléficos y escenas terroríficas entre las ramas del bosque. Apenas iluminaba el suelo a causa de la niebla que lo envolvía absolutamente todo. Todo parecía ahora más oscuro que antes, y el miedo aumentó en el pecho de Tristán que seguía golpeando la linterna, ahora contra el suelo y de rodillas. Pareció volver a funcionar y, elevándose, iluminó al grupo de árboles que tenía delante cuando vio una silueta que le resultó familiar. Sintió cómo el aire le faltaba en los pulmones. Abrió y cerró los ojos. Allí no había nada. Se tranquilizó. El miedo parecía haberle traicionado. 

-No existes... sólo estás en mi imaginación. No existes, no existes... Sí... eso es... no existes.-Murmuraba.
-¿Estás seguro de ello, Tristán?

El chico se giró de inmediato y cayó al suelo de espaldas. La linterna se desplomó varios metros más allá de donde estaba y su rostro palideció. Ante sus ojos se alzaba la figura de un hombre enorme, delgado, pálido, con un traje de chaqueta negra y sin rostro.

-¡No existes! ¡Déjame! ¡Vete!
-¿Seguro? ¿Si no existiese podría hacer esto?-Una mano de aquel hombre agarró la linterna y la hizo añicos.-Parece que todo es más real ahora, ¿no?
-No existes, no existes.-Tristán se arrastraba por el suelo mirando al monstruo que tenía delante. Su voz era ronca, e irradiaba maldad. Una risa maléfica salió de su garganta.
-Estoy aquí por eso, Tristán, porque dices que no existo. Te has burlado de mí durante años, de las historias que contaban. No les has dado credibilidad y has ridiculizado a los niños que la vivieron, como tú, perdidos en un bosque. ¿Crees que no sé que te reías de ellos cuando visitaban al psicólogo porque tenían pesadillas conmigo? Lo sé todo, Tristán. Lo sé y lo he visto todo. 
-No eres más que un producto de mi imaginación...
-Sigue convenciéndote de que no existo, así le darás emoción al juego. ¿Sabes a qué me gusta jugar, Tristán?-El niño negó con la cabeza.-Al escondite. El que pierde muere, ¿qué te parece si jugamos un poco? Esta noche es perfecta para jugar.-Una risa maléfica salió del hombre.

El niño comenzó a correr por el bosque como si fuera una gacela. Esquivaba los árboles con agilidad y se desplazaba con una velocidad impropia. Aquello no podía estar sucediéndole. No... Aquel ser no podía existir, aquel ser con el que habían intentado asustarlo desde pequeño para que no se escondiera en los bosques, aquel ser del que tanto se había reído no podía ser real. 

-Así que quieres esconderte tú, ¿eh? Está bien... contaré hasta diez, Tristán, y después te buscaré, ¿de acuerdo?-Una nueva risa inundó el bosque de miedo. Los roedores que se habían mostrado curiosos ahora huían a sus madrigueras, y los búhos, ante expectantes volaban sobre la cabeza de Tristán buscando algún agujero en el que refugiarse.
-Uno.-Tristán continuó corriendo sin parar. La respiración era cada vez más dificultosa a causa del aire helado que se colaba por su nariz y hería los pulmones.
-Dos... Tres...-La figura de aquel monstruo parecía estar en todos lados por los que corría y su risa embotaba sus sentidos.
-Cuatro... Cinco...-Tristán alcanzó a ver una casa a lo lejos. Parecía abandonada, pero  se convenció de que allí estaría seguro.
-Seis... Siete...-Tristán abrió la puerta y la cerró con gran estruendo. Allí estaría a salvo. Se colocó bajo una ventana para poder ver lo que pasaba en el bosque.
-Ocho... Nueve... Diez... ¡Allá voy Tristán!-Una risa diabólica salió de su garganta y se coló por todas las ramas del bosque. 

El infante temblaba de miedo, pero algo dentro de sí le decía que allí dentro estaría seguro hasta que amaneciese. Miró por la ventana y vio acercarse la figura del hombre, pero éste pareció no percatarse de su presencia y continuó su marcha en dirección opuesta a la casa. Pasados unos minutos, Tristán se atrevió a levantarse y a inspeccionar. El monstruo no volvería, al menos, por el momento. 

La vivienda estaba completamente a oscuras. No había luces, ni velas, ni nada para iluminarla. Tristán suspiró y continuó su exploración. Todas las habitaciones estaban vacías y el mobiliario era escaso: una cama en una habitación, una armario en otra... decidió subir, con cuidado, los peldaños de una escalera que daban a una planta superior. Allí siguió su búsqueda y dio con un cuarto de baño sucio y mugriento, así como dos habitaciones más similares a las de abajo. Suspiró y miró al techo cuando encontró una nueva habitación. No se había percatado antes de su existencia porque la puerta estaba casi cerrada y no había reparado en tal detalle. Con su mano derecha empujó suavemente la puerta y ésta se abrió no sin un chirrido molestó. Tristán dio dos pasos y su sangre se heló. Su corazón, nervioso, se aceleró hasta el punto de asfixiarse por la velocidad a la que corría su linfa por las arterias. Sus miembros paralizados, sus labios morados, su piel pálida... sus ojos... presenciando aquel terrible espectáculo. Decenas de cuerpos en putrefacción, huesos varios, miembros esparcidos por toda la habitación convertían aquel lugar en un espectáculo infernal. Sintió cómo la bilis le subía por el esófago y le hervía la laringe. Se giró para salir de ahí inmediatamente.

-Parece que has encontrado a tus nuevos amigos, Tristán.-El monstruo estaba delante suya. Tristán tropezó y cayó justo encima de los cuerpos muertos que resultaron ser de niños.- ¿Qué te parece si te unes a ellos? ¡Eso te enseñará a no volverte a reír de Slenderman! 

Unos tentáculos salieron de la espalda del monstruo y penetraron por la boca del chico hasta llegar a la garganta. Comenzó a ahogarlo mientras lo sostenía con sus dos huesudas manos y sus frágiles brazos a un metro alzado del suelo.

-Ya no parece todo tan gracioso, ¿verdad, Tristán? ¿Qué te pasa? ¿Por qué no te ríes ahora? Te noto como ahogado...-La risa tomó toda la habitación mientras los ojos de Tristán se iban vidriando poco a poco. Movía sus pies buscando el suelo y trataba de liberarse de aquel monstruo. Varias lágrimas salieron de sus ojos mientras sentía cómo sus pulmones no recibían el oxígeno necesario para vivir, cómo su sangre comenzaba a fluir lentamente y, como de su corazón descendía la velocidad de sus latidos. Comenzó a cerrar los ojos cuando cayó al suelo y una bocanada de aire penetró por sus pulmones que se ensancharon. Comenzó a toser y a respirar con dificultad. Miró a su alrededor... no había cadáveres y Slenderman tampoco estaba allí. Se levantó y salió al bosque corriendo. Atravesó los árboles con la misma velocidad que antes mientras lloraba. Estaba vivo que no era poco. Su corazón se llenó de esperanza cuando vio, a lo lejos, dos luces y escuchó a dos personas gritando su nombre. Las voces le resultaron familiares.

-¡Mamá! ¡Papá! ¡Estoy aquí!-Tristán aceleró su marcha hasta caer en brazos de su madre que tiró la linterna al suelo y lo abrazó tiernamente.
-Creíamos que te habíamos perdido para siempre. Prométeme que nunca más te escaparás así, ¿de acuerdo?-Tristán asintió.

Su padre le cogió en brazos mientras se dirigían hacia el coche que estaba fuera del bosque, unos cientos de metros más hacia delante en línea recta. Tristán dedicó una última mirada a la arboleda y lo vio allí una última vez. Postrado de pie al lado de un árbol. Mirándolo sin ojos. Llamándolo sin boca. Respirando sin nariz. Riéndose sin garganta... Slenderman...



lunes, 19 de noviembre de 2012

Werther hoy

Werther tenía delante de sí la pantalla de un ordenador portátil con el Tuenti encendido en el oscuro salón de su casa. Estaba recostado en el sofá, ebrio, con varias botellas de alcohol tiradas a su alrededor, cada una con un nombre distinto… esperaba esa respuesta que nunca llega.

Tras suspirar, se llevó la mano a su pantalón y sacó un cigarro. Mientras lo encendía, besó el pitillo, y de él comenzaron a salir las primeras bocanadas de humo que llenaron sus pulmones. Lo miró fijamente antes de soltarlo en un cenicero colapsado de colillas para ponerse a escribir.

Estaba en el perfil de Charlotte, admirando su fotografía principal. Era tan bella… le hipnotizaban aquellos ojos verdes, aquellos cabellos dorados que cada mañana competían en brillo con el sol… pero ella no le hacía caso. No. Él siempre había sido demasiado poco para ella, o eso pensaba Werh, como le llamaba cariñosamente.

Llevó sus manos a teclado. Pinchó en un botón en el que ponía “mensaje privado” y comenzó a pasar sus ágiles dedos por las letras.

“Querida Charlotte… no puedo más… espero que entiendas lo que voy a hacer, pero yo ya no puedo con la desesperación. Tal vez sea porque estoy borracho, pero siento que el alma se me apaga, que nada tiene sentido sin ti, pero tú y Albert estáis demasiado unidos… sí… es mejor para todos, ¿entiendes? Pero bueno… no sé… no sé qué decirte. El alcohol me dificulta escribir. No sé ni lo que digo, pero quiero que sepas que, esté donde esté, te amaré siempre, Charlotte. Un beso de tu Werth…”

Al lado del teclado había una jeringuilla. Werther sonrió y, mientras se inyectaba el líquido mortal en sus venas, puso una canción en su ordenador. Sonaba Smells like teen spirits de Nirvana. Siempre había adorado a Kurt Cobain, y ahora quería acabar como él.

Un pitido salió del portátil interrumpiendo la canción durante unos segundos…

-¿Werth? ¿Qué haces? ¿Qué significa el privado? ¿Estás ahí? Tengo que hablar contigo… He dejado a Albert. Ya te contaré.

Nunca supo nadie de dónde sacó Werther la pistola que acabó con su vida… pero tampoco Charlotte recibiría jamás una respuesta de su Werth. Nunca. 

Publicado en el foro de Verbalina, 

miércoles, 17 de octubre de 2012

Carta de suicidio

Querida Marta...

Las ganas de vivir me abandonan. Mi vida no es más que un cúmulo de desventuras. Recuerdos trágicos de un tiempo pasado que, poco a poco, segundo a segundo, se va haciendo más latente. Más cercano. Parece que fue ayer mismo cuando me ridiculizaron por primera vez, cuando me fije en aquella chica tan perfecta, cuando mis compañeros de clase me animaron a acercarme a ella para acabar destrozando mis sueños. Hice el tonto esa vez. La imagen de ella rechazándome y de toda la clase riéndose de mí me pesan demasiado. Fui un fracasado y siempre lo seré. No hay forma de levantar cabeza: cuando parece que me he levantado, un nuevo pie me vuelve a pisar para hundirme más en el lodo del tiempo. Estoy sucio. Me siento sucio... y todo porque nunca he estado a la altura de ninguna circunstancia.

¿Qué? ¿Que cómo lo sé? Lo noto en cada mirada. Hay destellos de burla en la cara de mis amigos, muecas de asco en la cara de ella, sonrisas sádicas entre mis compañeros de clase, y miradas de decepción y fracaso en la de mis padres. Tal vez sea esta última la que más me duela. No estar a la altura de las circunstancias, saber que has fallado en todas las espectativas que tus padres tenían puestas en ti, en tantos años de esfuerzo, sacrificio, cariño y esperanzas... ¡Todo roto! ¡Demasiadas ilusiones rotas! ¿Y qué decir de ella? ¡Ella sigue sin mirarme! Fui sólo un interés. Solo una marioneta. Una marioneta suicida entre sus manos. Sí. Sólo eso... una mota de polvo en su vida. Un suspiro más, una mirada más... un hombre más. Quise entregarle mi corazón a una mujer a la que amaba por encima de todo. Quise conquistarla, dejarle ver que, aunque yo no era su prototipo, estaba dispuesto a darle todo el amor que quería. Todo el amor que otros hombres no le habían dado, gente que la consideraba mujer de una sola noche pero yo... yo sólo me llevé sus lágrimas. Sus quejas, sus lamentos quedaron, para siempre, cerrados con llave en mi corazón... oyendo hablar de tipos que la trataban como objetos o que pasaban de ella. Palabras que no eran más que puñales desgarrando la carne de mi pecho. Cada nombre que pasaba, cada anécdota que contaba... todo eran puñaladas. Cada lágrima vertida por ella no era más que una miserable gota de sangre predestinada a resbalar sobre mis sábanas para caer en el olvido. ¡Ah! ¡Sí! ¡Tanto amor! ¿Por qué debió de ser así? ¿Por qué debió acabar así? No lo entiendo... Te he escuchado, te he amado tanto, te deseo tanto... Pero yo era demasiado poco para ti. No era un chulo de gimnasio. No. Tú no buscabas un tipo normal que te quisiese. No. Tú tenías que fijarte en un hombre fuerte, tatuado y que no supiese hacer nada, que la única neurona que tuviese estuviese educada en el arte de levantar pesas y de insultar a la gente como yo. No. No es el tipo "intelectual" con el que te imaginas estar. Dudo que matarse en el gimnasio de tal forma, a base de esteroides y proteínas le den para leer, si quiera, un par de versos de Bécquer, y ya no digamos de Platón. Pregúntale quién es Nietzsche, ¿te sabría responder? No... Demasiados versos de Machado se han perdido entre mis páginas. Demasiados poemas de Lorca se han perdido entre mis recuerdos. De ellos sólo quedan cenizas, cenizas vivas que se niegan a morir y que, noche tras noche, vuelven a mi cabeza agonizantes.

Mi propio alma agoniza también. Ella... ¿por qué sigues viniendo a mí? ¡Todo sería mejor si no te hubiese conocido! ¡Todo! Pero ya no puedes salir de mi vida... No. Te suplico que te quedes un rato más, que me sigas hiriendo, que tu recuerdo me siga asesinando lentamente, como si de un muerto en la horca se tratase. Una horca bajo una silla que nunca acaba de volcar. Mirando al infinito, esperando a que en un reloj den las doce para pegarle una patada y quedar colgado del techo mientras me voy asfixiando. ¡Ah! Dulce tortura la de tus ojos. Quédate un poco más... es lo único que me queda de ti.

No debí haberme arriesgado declarándote mi amor. Eso es un hecho que acepté desde tu primer rechazo. Sabía que yo no estaba hecho para ti. Demasiado poco, la verdad, pero... lo tenías que saber. No podía dejar que te escaparas de mi vida sin saberlo y ahora... mira. No estás en mi vida, pero te niegas a salir de ella. Apenas intercambias un par de palabras conmigo en clase o en la calle. Yo, que tantas veces te he escuchado, que tantas veces te he consolado, que tanto, tanto, tanto te he querido, que has sido el objeto del mayor de mis deseos. Pero te niegas a irte de ella, ¿por qué? ¡No sales de mi cabeza! Te maldigo a cada segundo. Desearía que te borraras de mi memoria pero... sólo un segundo más... déjame recordarte un segundo más... y así es siempre. Día tras día, mes tras mes y mazazo tras mazazo. Deseo apartarte de mi vida, pero quiero seguir pensándote, sintiéndote un par de segundos más... Siempre.

Ahora ya no me queda nada. Nada... Todo lo perdí por ti. Todo se fue contigo. Eras demasiado para mí. Podría haber matado al engendro machista que tienes por novio y todo se habría solucionado. Un tiro en la cabeza a la salida del gimnasio y fin a todo. Se acabó. Habría ido a la cárcel, pero, ¿y qué? Un alma destruida sólo desea la soledad. Tal vez allí la habría encontrado y habría salido al tiempo, y habría ido de psicólogo en psicólogo y de rehabilitación en rehabilitación... pero matándole sólo conseguiría que me odiarás más.

Sé que sólo soy una carga para ti. Que no merezco ni que me mires... lo siento. Perdóname por haber entrado en tu vida, pero pronto saldré de ella.  Hace mucho tiempo que el telediario no saca una noticia de un crimen pasional...

Un abrazo, Marta. Te quiero.

Abel.


Basado en el videoclip de "Inseguridad" de Kako Malo, perteneciente a la mixtape de Baghira "Bloddy Halloween II".

jueves, 27 de septiembre de 2012

Ellos


  Escuchaba sus gemidos y sus gruñidos tras las puertas del cuarto de baño. Su indumentaria era la de una persona normal, pero sus rostros eran pálidos y deformes, sus labios morados, y sus pechos estaban carentes de toda vida. No había nada latiendo en ellos. Ni un simple pálpito de una humanidad pasada. Algo que les identificara. Algo que me identificara. No había nada. Sus caras eran iguales a los de mi padre, mi madre, mis amigos... pero ninguno parecía reconocerme, ni yo a ellos. Se habían convertido en monstruos carentes de toda noción y emoción, incapaces de distinguir entre el bien y el mal, guiados sólo por su instinto destructivo. No había cariño en sus miradas, ni amor, ni la dulzura que les había caracterizado. Tampoco odio, ni ira, ni rencor. Sus ojos eran, simplemente, cristales opacos incapaces de mostrar ningún sentimiento más allá de una muerte en vida. Eran verdaderos muertos vivientes.

La puerta estaba atrancada. Eso atrasaría su marcha sobre mí. Cogí el móvil y comencé a marcar números de mi agenda con la esperanza de que hubiera aún alguien como yo. Alguien con vida. Alguien que no estuviese controlado por algo invisible, capaz de arrancar la vida de las personas hasta convertirlas en seres monstruosos e indolentes sin corazón alguno. Sin cerebro, incapaces de razonar. ¿Qué había cambiado en ellos que los había vuelto tan despreciables? 

Apoyé mis manos sobre el lavabo intentando recobrar el aliento y poner en orden mis ideas, pero era imposible. El nerviosismo producido por el miedo impedían a mi corazón latir más despacio y a mis extremidades ser tan eficaces. Sólo pensaba en salir de allí. En sobrevivir al nuevo mundo que se avecinaba. Observé por la ventana. Varios de esos muertos corrían tras una mujer a la que dieron caza acorralándola en un rincón... ¡Es espantoso! La devoran como si fuera un trozo de carne sin más. Como si no fuera una persona... sus bocas, sus amenazantes bocas, lucen ahora llenas de sangre. La vida se apaga poco a poco en esa persona. Chillaba de terror y dolor, mientras ellos seguían devorándola poco a poco mientras su vida se apagaba muy lentamente. Me obligué a apartar la mirada de inmediato. No podía ver aquel espectáculo tan lamentable, y, a pesar de querer ayudarla, en lo más profundo de mi corazón, sabía que hacía lo más sensato. Si hubiera bajado, me habrían cogido, y ahora habría dos cadáveres más. Aún así, me sentía tremendamente mal. ¿Qué habría hecho otra persona en mi lugar? ¿Debía haberle prestado auxilio? ¿Era la razón la que había impedido llamar la atención de aquellos seres, o había sido un acto de cobardía? ¡Ah! ¡Demasiados juicios morales! ¡Demasiadas contradicciones internas ahora!-Has hecho lo correcto.-Me decía a mí mismo.-Ahora sólo queda pelear por tu vida.-Intentaba autoconvencerme de que había obrado bien a pesar de todos los dilemas morales que tenía encima.

Seguí marcando números una y otra vez. Nada. Ni una simple respuesta. Me giré y miré a la puerta. Ya estaban ahí. Escuchaba sus gemidos perfectamente. Sus gruñidos. Como si quisieran comunicarse pero no pudieran articular una simple palabra. Un golpe se escuchó tras la puerta. Otro más. Y otro. Y así sucesivamente, con mayor violencia y sin interrumpirse. Eran varios brazos los que golpeaban la madera que nos separaba. Cedería de un momento a otro. Corrí hacia la ventana para comprobar si podía escapar por allí... pero ellos aún estaban ahí, devorando a su agónica presa. Los gritos tras la puerta aumentaron, así como la magnitud de los golpes, mucho más fuertes ahora. Miré la bañera. No me lo pensé dos veces. Abrí la cortina y me tumbé dentro, esperando a que Dios fuera el juez que determinase mi destino próximo. Corrí la cortina justo en el momento en el que la puerta comenzó a ceder y los muertos entraron en el cuarto. Eran un grupo de tres. Los reconocía perfectamente. Comencé a rezar para que no se percatasen de mi presencia. Caminaban muy lentamente. Se paseaban con una tensa tranquilidad por todo el baño, observando cada objeto como si fuese la primera vez que lo veían. Apreté los dientes con fuerza mientras un sudor frío corría por mi frente. Apenas me atrevía a respirar por miedo a que me descubriesen. Incluso tenía miedo de que escuchasen los latidos de mi corazón, como si el órgano vital fuese un martillo que golpease una plancha de hierro. Estaba realmente atemorizado. No me atrevía a mover un músculo... ni siquiera me atreví a mirar. 

Un grito se escuchó fuera. Los seres del cuarto de baño comenzaron a correr tras escuchar el sonido gutural procedente de la calle. La habitación volvía a estar sola. Me elevé poco a poco y salí de la ducha muy lentamente, sin hacer ruido, como un ágil felino. No había nadie. Un silencio sepulcral invadió toda la casa. Nada. Estaba todo en plena quietud. No se escuchaba nada más que el viento pasando por las ventanas rotas y algún que otro grito aislado muy lejano de donde me encontraba. No había mayor movimiento que las cortinas mecidas por la fría brisa. Me parecieron fantasmas. La sangre se me heló sólo de pensarlo, pero conseguí tranquilizarme... eran sólo eso: pensamientos. También pensé que la humanidad nunca llegaría a un holocausto de esta magnitud. Ya no sabía qué pensar. Todo lo sobrenatural me parecía posible. Todos los diablos me parecían posibles. Todo lo que ayer no tenía sentido, se convertía ahora en miedos que atenazarían el corazón de cualquier ser humano. 

Volví al lavabo. Allí estaba mi móvil. No tenía a nadie más a quien llamar. Suspiré y decidí despejarme un poco antes de salir de allí para no volver. Abrí el grifo para refrescarme el rostro con agua y alejar, así, los recuerdos que atormentaban mi alma y relajarme. Cogí un poco del líquido transparente y me lo eché sobre la cara. Suspiré y elevé mi rostro. Me vi en el espejo. Era diferente al resto. Era de lo poco que quedaba con vida en la Tierra. Probablemente fuera el único. No sabía nada. Estaba cansado. Todos los seres que quería, todos los seres que amaba... eran ahora como ellos. Estaba solo. Solo y desesperanzado, como un náufrago en mitad del océano aferrándose a una tabla como última posibilidad. El agua seguía corriendo. Decidí volver a echármela en la cara e irme después. Suspiré. El agua fría me despejaba, pero me hacía ver que esto era una triste realidad y no una mera pesadilla adolescente. No... aquello no era como una película... era verdad. 

Elevé mi rostro y palidecí. Tras de mí había tres de ellos. Reconocí el rostro de la chica que no socorrí. Estaba clavado en el espejo. Mirándome. Al lado suya, dos hombres tenían las fauces llenas de sangre y mostraban los dientes como lobos hambrientos. El móvil comenzó a sonar. La mujer gritó y sentí un tirón tras mis piernas. El móvil cayó justo delante mía, apenas a un centímetro de mis manos... podía llegar... casi... casi... pero un nuevo tirón me apartó de la esperanza. Intenté zafarme de su tenaz abrazo, alejarme de sus gritos, pero sus brazos eran más fuertes que los míos. La oscuridad me envolvió. Sentí unos colmillos clavándose en mi cuello y no pude reprimir un agónico aullido de dolor. Lo último que escuché tras el móvil fueron varios gritos que se iban acercando... antes de morir y pasar a ser uno de Ellos.

Basado e inspirado en el videoclip de Rayden
"Caminantes" perteneciente a la mixtape de Baghira Bloddy Halloween II.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Nerón Claudio

El emperador Nerón se había parado a descansar a los pies de un árbol. El sofocante calor de aquel atardecer del mes de junio le habían dejado exhausto. Necesitaba recobrar un poco de aire antes de proseguir su huida. Los pocos esclavos que había logrado traer consigo también descansaban a varios metros alejados del emperador.

Un hombre se le acercó sigilosamente portando una bota de agua de cuero marrón. Su cabello castaño y sus facciones fuertes y adultas dejaban ver una edad madura en él, pero un brillo en sus ojos negros atestiguaban un vigor propio de un adolescente. Su rostro aparentaba tranquilidad y serenidad, nada que ver con el nerviosismo y la inquietud que atenazaba el cuerpo del joven Nerón Claudio.

Miró el emperador al hombre y cogió la bota que éste le ofrecía bebiendo un largo trago de agua fresca.

-Epafrodito... he estado pensando en qué pasará si me cogen.-Comentó el princeps* mirando hacia el suelo. De una de las mangas de su toga sacó un estilete y se quedó mirando largo tiempo.
-¿Estáis pensado en el suicidio?
-Estoy pensando en el suicidio. Me busca demasiada gente. No puedo estar tranquilo. Primero está ese Sulpicio Galba, gobernador de la Tarraconense* al que han nombrado princeps, después Vitelio en el Rin, a quien también han nombrado jefe del principado, y también está Salvio Otón, proclamado por la guardia pretoriana.-Nerón cerró los ojos y suspiró. Miró al cielo un breve período de tiempo.-Otón... Marco Salvio Otón... mi amigo, ¿quién lo diría, Epafrodito? Nunca pensé que Otón se sublevaría contra mí... ¡contra un amigo!
-Sólo los dioses pueden saber qué pasa por la mente de los hombres para cometer tal traición, princeps. Sólo los dioses.
-Temo, Epafrodito, que los dioses me han abandonado hace mucho tiempo. Les he dedicado espectáculos en el anfiteatro, les he hecho los mejores sacrificios, ¿y cómo me lo pagan? ¡Me dan la espalda! ¿Por qué, Epafrodito? ¿Por qué?
-No lo sé, princeps. No lo sé. Los dioses son caprichosos.

Epafrodito miró el estilete. Nerón sudaba. Había cierta duda en su mirada...

 No. Nerón no deseaba acabar con su vida. Nerón se negaba a abandonar el mundo de los vivos a pesar de apuntar con el estilete hacia su pecho. Su voluntad de suicidio estaba meditada, pero su deseo de vivir chocaba violentamente con aquella extraña idea. Era demasiada la intensidad con la que Nerón apreciaba la vida, pero eso no pasó desapercibido para su secretario, que prosiguió su conversación con el princeps.

-Debéis de suicidaros, princeps. Así vuestra dignidad y vuestro honor permanecerán intactos. ¡A saber qué pretenden haceros esos bárbaros que se hacen llamar romanos! ¡Porque son bárbaros, princeps! Pero no temáis... vuestro séquito, vuestros acompañantes, os seguirán hasta la muerte. Se suicidarán por su dominus* y con su dominus. No os dejarán solo en esta batalla, princeps. No os dejarán. Su destino se selló cuando decidieron partir con el princeps de Roma, y sufrirán su mismo final.
-Dices la verdad, Epafrodito. Dices la verdad. No hallo mentira alguna en tus palabras. Creo que debo hacerlo, y lo haré. Ven, ¡ayúdame a levantarme! ¡Un princeps de Roma debe morir en pié, por Júpiter!

Epafrodito tendió una mano a Nerón quien la usó como apoyo para levantarse. El princeps de Roma, mirando al cielo, dirigió una dramática oración a los dioses, a quien confiaba su alma. Colocó el estilete sobre su esternón y miró a su secretario.

-Consagré toda mi vida al arte y la cultura. Tú fuiste testigo del amor que profesé por el arte. Ahora me doy cuenta de que la vida es un teatro lleno de actores. La vida es nuestra obra cumbre, Epafrodito. ¡La vida es arte! ¡Como los versos de Virgilio en su Eneida! ¡Como las comedias de Plauto! ¡La vida es un arte, y haré que este final sea digno de una tragedia griega del mismísimo Esquilo!

Nerón empujaba el estilete contra su pecho, pero la carne no cedía ante sus pretensiones. Su cara mostraba esfuerzo, y su mirada, clavada en el cielo, dudas. Pasaban los segundos, y el estilete seguía en el mismo sitio hasta que las temblorosas manos de Nerón apartaron el arma de él y sus ojos se quedaron fijos en Epafrodito.

-No puedo, Epafrodito... no puedo.
-Debéis hacerlo, princeps. Debéis hacerlo.

Epafrodito agarró las manos de Nerón y las colocó de nuevo en su posición anterior: la punta del estilete volvía a reposar sobre el pecho del emperador, pero éste no ejercía fuerza sobre el arma. Sus brazos estaban relajados y sus ojos miraban al suelo. Su rostro estaba rojo del esfuerzo anterior, del debate interno, de esa elección entre vivir huyendo como un delincuente, o morir como un emperador de Roma.

Alguien profirió un grito a lo lejos. Eran soldados enemigos, probablemente mandados por el propio Otón. Nerón miró a sus agresores, aún lejos de él, después, volvió a clavar su mirada en su secretario.

-No puedo, Epafrodito, no puedo... triste es éste final para un artista de mi talla.
-Debéis hacerlo. ¡Aprisa! ¡Se acercan y os han visto, por Júpiter!
-¡No puedo! ¡Ayúdame a morir, Epafrodito! ¡Ayúdame a morir!
-¡Debéis hacerlo sólo, princeps!
-¡Por Júpiter que no puedo! ¡Por favor, Epafrodito! ¡No tengo el valor suficiente! ¡Ayúdame a morir, por los dioses!

Epafrodito observó a los soldados. Uno de aquellos asesinos se había adelantado y estaba ya a poca distancia. Quedaba poco tiempo de reacción. Miró a Nerón. Sus ojos estaban ahora llenos de súplica. Clamaban ambos la misericordia del moribundo exigiendo el fin de su lenta agonía. Sabía que su princeps agonizaba a cada paso que daba el soldado hacia ellos.

-Epafrodito...
-Princeps... no puedo, os lo juro por los dioses.
-Por favor... no me dejes morir como un miserable esclavo, ¡soy princeps de Roma! ¡Merezco una muerte digna de tal! ¡Soy sucesor de César Augusto y de Cayo Julio César! ¡Soy hijo de dioses! ¡No puedo morir en manos de unos traidores!
-¿Preferís que os mate un liberto?
-¡Sólo os suplico ayuda! ¡Mirad, por hay viene!

El soldado se acercaba peligrosamente y profería gritos contra el "imperator" de Roma, dominador del mundo. Nerón empujaba cada vez más el estilete contra su pecho, pero no acababa de culminar su final apoteósico. Miraba a Epafrodito suplicando su ayuda.

-Epafrodito... por favor.-Su secretario negó con la cabeza, pero colocó su mano derecha en estilete. Miró al emperador por última vez.
-Sea tu voluntad, princeps.

Epafrodito presionó intensamente sobre el estilete hasta que acabó por hundirse en el pecho de Nerón y partir su esternón. La sangre comenzó a brotar a borbotones por la herida que le había causado mientras ayudaba a Nerón a recostarse sobre la hierba.

-¡Qué gran artista pierde el mundo!-Gritó Nerón mientras agonizaba.

Apenas tocó el césar el suelo cuando la vida ya había abandonado su cuerpo. Epafrodito le observó. Cerró sus ojos con lentitud y se levantó. Observó al soldado. Estaba quieto ante la escena que acababa de presenciar. Epafrodito volvió a mirar al emperador antes de marcharse.

-El mejor sin duda, princeps. El mejor comediante y el mejor actor que he visto nunca.

Epafrodito no perdió ni un segundo más. Con la ligereza de la gacela comenzó a correr en dirección contraria al soldado que reanudaba su carrera.

A pesar de que en ese instante sólo pensaba en correr para salvar su vida, no pudo evitar que sus últimos pensamientos fueran para Nerón Claudio César Augusto Germánico, princeps de Roma, amante del arte, y asesino infame.


*Princeps: Desde la etapa de Augusto hasta Diocleciano, el título que ostentaba el emperador era el de "princeps" (primer ciudadano), lo que dio lugar a "principado", la nueva forma de gobierno implantada por Augusto tras acabar con el anterior gobierno republicano.
*Tarraconense: región de la España romana.
*Dominus: señor.

Lo que se narra aquí tiene base real, según lo atestiguan historiadores como Tácito. Nerón murió el 9 de junio del año 68, acabando con él la dinastía imperial Julia-Claudia. Nerón huyó de Roma y murió de la forma en la que se describe, pero, debido a la ausencia del marco espacial en el que murió el emperador, se le ha dado este marco para aumentar el dramatismo de la escena que se describe. No debe tomarse todo lo que se escribe aquí como una verdad histórica incuestionable puesto que esto es un escrito y está hecho para divertir, mezclando la ficción y la realidad.


domingo, 26 de agosto de 2012

El juego de la ruleta

Yuri y yo estábamos en la pequeña tienda de tela sobre dos sillas de madera. Detrás mía, al fondo, había un baúl donde reposaban nuestros enseres: dos puñales, dos escopetas y un solo revólver. El otro lo sujetaba Yuri. Lo miraba taciturno, casi somnoliento, encima de la mesa.

 Era de noche, pero seguían escuchándose tiros y gritos de forma esporádica dentro del campamento ruso. Yuri me miró y suspiró.

-Otra derrota más. Ya he perdido la cuenta de las veces que los alemanes nos han aplastado. Esto se nos está yendo de las manos.-Dijo rompiendo el silencio.
-Sí. Tienes razón. Nuestras tropas apenas pueden hacer algo contra los alemanes, y cada día que pasa es un día más que están desmoralizados. Un día más de sufrimiento, hambre y frío para ellos. Creo que hicimos mal en meternos en esta guerra.

Escuchamos una explosión bastante lejana. La paupérrima luz que procedía de una vela situada en uno de los picos de la mesa titiló durante unos efímeros segundos. Yuri y yo miramos por la apertura de la tienda. No parecían haber sido nuestros soldados. Tampoco parecía haber ocurrido cerca de nuestras trincheras, porque dentro del campamento no se le dio mucha importancia, aunque todos preguntaban qué había sido aquel estruendo.

Yuri y yo nos miramos. Coloqué los dos brazos sobre la mesa y fui yo quien suspiró esta vez. Yuri negaba con la cabeza en repetidas ocasiones. Le vi abrir el revolver y comenzar a sacar balas del tambor. Sacó cinco de seis.

-¿Qué haces?-Le pregunté.
-Voy a recuperar mi honra.-Me contestó.
-¿Haciendo qué?

Yuri me observó. Cerró el revolver y prosiguió su diálogo con una voz dolorida.

-Se lo he visto hacer a numerosos cargos del ejército durante las derrotas que hemos tenido. Cogen un revólver y dejan dentro una bala. Le dan un golpe al tambor para que ruede un poco y, cuando se para, deben apuntarse a la sien y disparar. Si no hay bala, no ocurre nada y la pistola pasa al otro hombre que debe realizar el mismo gesto hasta que uno de los dos dé con la bala y muera. Puedes hacer dos cosas durante tu propio turno: apuntar y disparar a tu acompañante, o dispararte tú. En el caso de que decidas dispararle, tienes que dispararte tú después en tu mismo turno. ¿Me has entendido?
-Sí, te he entendido.-Contesté temiéndome lo peor.
-Lo llaman el "juego de la ruleta".
-Curioso juego, ¿no crees? Acabando con la vida de las personas.
-Nosotros también matamos personas en la guerra. Últimamente tengo la certeza de que todo es un juego. Un juego del destino que se dedica a burlarse de nosotros, y yo estoy cansado de que el destino se burle de mí.
-En un juego la gente gana algo, Yuri, ¿cómo puedes llamar a eso juego? ¿Cómo puedes llamar juego a la guerra?
-En la guerra hay victorias y derrotas, ¿se te ha olvidado? Hay vencedores y vencidos, como en todo juego. Aquí también salimos ganando, Mijaíl, aquí también.-Le miré sin comprender a dónde quería llegar.-El que no libere la muerte, tendrá el premio de la vida. En tal caso, el que pierda, verá limpiada su honra, o, como mínimo, no será pisoteada más. El otro puede hacerse con los bienes del que muera, y viendo la escasez de armas será un lujo, por parte del que sobreviva, tener dos escopetas, dos puñales, dos pistolas y el doble munición. Mijaíl, ganamos los dos, tanto el que muere como el que vive, ¿no lo ves?

Negué con la cabeza. No quería escuchar sus palabras. Aquello no podía estar pasando. Yuri me miró esperando una respuesta de mis propios labios. Me observaba como un lobo a su presa malherida esperando rematarla hincando sus dientes en la débil carne del moribundo. Pero yo me negaba.

-No, Yuri, no jugaremos. Guarda eso y vamos a dormir, mañana será otro día.
-¿Qué mañana, Mijaíl? ¿Qué mañana?-gritó estallando en ira, golpeando la mesa con la mano que tenía libre. La luz volvió a temblar de nuevo ante los puñetazos de Yuri. Parecía que ella también le tenía miedo.-¡Para nosotros ya no hay mañana! ¡Mira a tu alrededor! ¡No hay nada! ¡Nada! ¿Me oyes? ¡Nada! ¡La guerra está perdida! ¡Un día moriremos, tal vez a las puertas de la mismísima Moscú con dos tiros en la cabeza, pero moriremos! ¡Seremos pasto de los gusanos! ¡No tenemos mañana! ¡La guerra nos consumirá! ¡El campo de batalla será nuestra maldita tumba! ¿Quieres morir así? ¿Eh? ¿Como un perro tirado en el barro? ¿Como los animales? ¿Quieres eso, o morir como un hombre?-Su voz sonaba ahora más apagada, pero un frío sudor, y un temblor, recorrían la mano en la que sostenía el arma. Me miraba de forma inquisitorial. Me tendió la pistola esperando a que la cogiese.-Acabemos con esto, Mijaíl.-dijo con más tranquilidad.-Acabemos con esto, y el que gane, que prosiga su vida.

Suspiré. Tenía razón. Para nosotros no existía un mañana, y si lo había, no estaba carente de vergüenza, como si llevásemos la palabra "derrota" escrita con sangre en nuestra frente. Cogí el arma con ambas manos y la miré. No quería morir, pero tampoco quería la vida que llevaba. No quería que me señalasen como a un cobarde inútil y humillado. No quería que me recordasen por haber conducido a la derrota y la muerte a un pelotón de hombres inocentes. Tal vez por eso decidí jugar.

Temblando, puse el cañón sobre mi sien. Volví a mirar a Yuri. Puede que esa fuera la última vez que le viese. Cerré los ojos. Apreté el gatillo sigilosamente retrasando, todo lo que podía, el momento final. Se escuchó un chasquido. Nada. Suspiré aliviado y tendí el revólver a mi contrincante. Éste realizó los mismos gestos que yo. A pesar de todo, adiviné en su fría mirada azul que él tampoco deseaba abandonar este mundo. Apretó el gatillo. Nada. Seguía con vida...

Cerré los ojos. El sudor empapaba mi frente. Ambos habíamos superado el primer asalto, pero cuanto más pasaba el tiempo, más me pesaba el arma, y más se reducían nuestras posibilidades de vivir. Apunté con el cañón a mi sien de nuevo. Deseé con todo mi corazón que no estuviera la bala alojada en la recámara para el nuevo disparo. Apreté el gatillo. Nada. Respiré con alivio y le pasé la pistola a Yuri. La aceptó y no se mostró tan vacilante esta vez. Incluso me miraba con una sonrisa. Apretó el gatillo y... nada. Me tocaba a mí de nuevo...

Los nervios invadieron cada centímetro de mi cuerpo. El tiempo que pasó hasta que me volví a colocar el cañón de la pistola sobre mi cabeza me resultó eterno. Tras ello, me mostré bloqueado. No sabía que hacer. El miedo atenazaba mis músculos y provocaba convulsiones en todo mi ser. Miré a Yuri. Parecía impacientarse. El tiempo se había ralentizado para mí. Miré la tienda, otra vez. La propia lentitud con la que mi mente procesaba la imagen de los objetos me causaba mareos y vértigo. La tienda me pareció enorme en aquel momento. Observé a Yuri de nuevo. Parecía estar gritándome algo que no entendía. Golpeaba la mesa insistentemente con ambas manos mientras me miraba con odio. No escuchaba lo que decía. No existía el sonido para mí en aquel instante.

-¡Haz lo que tengas que hacer! ¡Hazlo ya, maldita sea! ¡Vamos! ¡Hazlo! ¡Te estoy diciendo que lo hagas! ¡Hazlo!

Mi muñeca se giró y el cañón se encontraba ahora apuntando a la cabeza de Yuri. Este contuvo la respiración. Le miré aún mareado. Mi dedo índice se deslizaba por el gatillo, echándolo cada vez más hacia atrás, cada vez más, cada vez más...

Se escuchó un chasquido. El humo salía del cañón del revólver. Yuri estaba tendido boca arriba. La bala le había perforado el lóbulo frontal. Su silla estaba tirada en el suelo. Yo estaba de pié. No recordaba en ningún momento haber hecho tal acción, pero ésa era la postura que tenía ahora. La luz se apagó. Caí rendido sobre la silla respirando con suma dificultad. Estaba vivo, como quería, pero me faltaba el aire. Miré el revólver. Yo podría haber sido el cadáver, pero la suerte, el destino, caprichoso, había querido que Yuri ocupase mi lugar. Arrojé el revólver al suelo y coloqué la cabeza sobre los brazos encima de la mesa ocultando mi rostro.

En Yuri no había un ápice de odio ni de ira. No. No había expresión en su rostro. La sangre emborrizaba su cara, pero sus ojos, aún abiertos, no irradiaban sentimiento alguno. Supuse que eso era así porque era lo que él deseaba desde un primer momento. Morir. Morir para evitar caer en la humillación. Para evitar que lo señalasen con el dedo y escupieran sobre su persona palabras como vergüenza o derrota. Y yo seguía vivo. Allí. Observando a Yuri. A un Yuri sin vida. Una vida que yo le había arrebatado con su propio revólver.

Suspiré. Yuri tenía razón. Aquello era un juego con vencedores y vencidos, y el destino, el cruel destino, se reía de nosotros una y otra vez. La vida era un juego de muerte, y Yuri había perdido la partida.

viernes, 10 de agosto de 2012

Una última llamada

Intentaba verla tras la ventana de su cuarto en aquella mañana gris de otoño. El frío atenazaba mis músculos y calaba mis huesos traspasando mi chaqueta marrón de cuero raída por el tiempo. A mis pies, descansaba Colmillo Blanco, un husky siberiano que había encontrado hace tiempo en la calle metido en una cajita de cartón. Recuerdo que le puse así porque estaba leyéndome "Colmillo Blanco", una novela del célebre escritor Jack London cuyo protagonista era un lobo que se llamaba igual que el título del libro. Si hubiera sido hembra, le habría puesto Kiche, como la madre de Colmillo. Estaba jugueteando con una mochila despintada, de mis tiempos en el instituto. 

Pasaron las horas hasta que vi una figura femenina andar delante de la ventana que vigilaba. Era ella. La persona a la que esperaba ver. Suspiré, me armé de valor y me dirigí hacia una cabina telefónica que había justo delante de la puerta de su casa. Desde allí también se veía su ventana. Eché algunas monedas y comencé a presionar los números de su móvil. Me los sabía de memoria de la cantidad de noches que había pasado mirando aquellas cifras sin aparente coherencia entre ellas, pero de un gran significado para mí. El teléfono comenzó a emitir pitidos. Estaba comunicando. Observé por la ventana y la vi cogiendo su móvil, un Nokia blanco. Miró con cara rara el número. Suspiré y me mordí el labio inferior deseando que no pasara de él, que lo cogiera... pero en vez de eso, bajó el móvil y miró al techo. Miré hacia el suelo exhalando todo el aire que había en mis pulmones mientras dirigía el teléfono hacia la cavidad de la que lo había extraído. Estaba abatido. Cerré los ojos intentando pensar que no estaba allí y que eso no había ocurrido. Casi había colgado cuando escuché una voz femenina al otro lado del teléfono. Elevé rápidamente la mirada y mis ojos se dirigieron hacia la ventana donde estaba ella. Había cogido el móvil. Estaba sentada encima de su cama, como solía colocarse cuando la llamaban. 

-¿Sí? ¿Quién es?

No podía responder. Me había quedado sin habla. Todo lo que le tenía que decir se había evaporado en el aire. Colmillo Blanco me dedicó una mirada tranquilizadora desde el suelo, pero de poco me sirvió. Mis labios no se separaban más que para tomar aire por la boca y no eran capaces de articular palabra.

-¿Hola? ¿Hay alguien ahí? 

Tenía tantas cosas que decirle que no sabía por donde empezar. Se me trababa la lengua, las ideas se negaba a ordenarse, los pensamientos se escapaban... no era capaz de decir nada.

-¿Hola? ¿Hola? ¿Sí?

Seguí mirando por su ventana. Se despegó el móvil de su oreja y miró la pantalla extrañada. Colgó. Un pitido nuevo salió del auricular del teléfono. Ella depositó con cuidado su móvil sobre la cama. Se dirigió hacia el armario y cogió ropa. Acto seguido, salió de su habitación para cambiarse. 

Suspiré. Agarré mi mochila y le hice un gesto a Colmillo Blanco. Éste se levantó con agilidad y caminó tras de mí casi sin despegarse. El olía mi decepción y mi nostalgia, mi amargura y mi soledad, mi tristeza y mi angustia... pero se negaba a irse de mi lado. Siempre había sido un perro muy bueno y fiel, y se lo agradecía. Suya era la mejor compañía en tiempos como éste. Era un alma pacífica y tranquila. Cada vez que me había echo falta alguien para que me escuchase, él estaba ahí, y sus lametones, a menudo, eran mejores que cualquier consejo, consuelo o abrazo de muchas personas con las que me había cruzado. Me quería más que a mucha gente a las que consideraba amigas Yo también le quería. Lo cierto es que teníamos una conexión especial.

Caminamos hacia un banco que había al otro lado de la calle, dentro de una especie de parquecito con muchos árboles, repleto de columpios para los niños pequeños que jugaban alegres desde muy temprano mientras sus padres, con caras largas y de somnolencia, los vigilaban de los peligros que pudieran acecharles. 

La gente me miraba mal. La verdad, es que no era para menos. Tenía una ropa similar a la de un vagabundo, y a ello había que sumarle un pelo sin peinar y semilargo, y una barba de diez días sin afeitar y desigual. No me importaba, la verdad, a pesar de vivir en un mundo lleno de apariencias. Ella salió de su piso con una sudadera negra con capucha y el pelo recogido en una coleta. Dobló la esquina de su calle y no la volví a ver.

No sé cuánto tiempo pasé allí, mirando su piso, admirando su ventana, sólo sé que, cuando elevé la mirada, el sol estaba ocultándose y con una intensa tonalidad naranja y Colmillo Blanco jugueteaba, tumbado en el suelo, con una hoja marrón que había caído recientemente de un árbol... y ella estaba entrando en su casa. La observé por última vez en la ventana. Suspiré. Miré a Colmillo, quien también me dedicó una mirada, y no pude por menos que sonreír. Acaricié su cabeza mientras él movía las orejas como gesto de aprobación y placer. 

Me levanté y cogí la mochila para colgármela del hombro derecho. Colmillo Blanco se quedó observando mis movimientos desde el suelo con gesto vigilante. 

-Ven, Colmillo. Nos vamos. Tenemos que hacer un viaje muy largo. 

Colmillo se levantó de un salto y caminó a mi izquierda. 

Nos dirigíamos hacia el horizonte, donde el sol había comenzado a ocultarse ya de nuestra vista. Cuando estábamos ya alejados decidí volverme para mirar su ventana por última vez. La luz estaba encendida. No conseguía verla, pero sabía que estaba allí. 

Ya no tenía nada que hacer en aquel lugar. Mi tiempo allí se había acabado. Continué andando. No sabía adónde iba. La verdad es que tampoco me importaba. Sólo sabía que teníamos que hacer un viaje largo. Muy largo. Sin fin. Siempre dirigiéndome hacia el horizonte, por donde el sol nace y el sol muere. Y Colmillo Blanco lo sabía, pero ahí continuaba. Al lado mía.