sábado, 28 de noviembre de 2015

Cuarto Menguante

Hay una lágrima blanca en el luto del cielo
Ahogada en un velatorio de luz.
Al verte tengo ahora la certeza de que
Eres como el amor perdido,
El presente olvidado: pues, aún Creciente,
Para mí, ya nunca serás Nueva,
Y aunque llegases Llena
No eclipsarías la soledad,
De la que ni tú, ni yo, somos ajenos
En el dolor de mi Cuarto Menguante.



Dibujo realizado por A. Rasgado

martes, 13 de octubre de 2015

Brindis

Hay quien alza el vaso lleno de champagne,
Por esas ocasiones que da la vida.
También los hay que lo hacen con un cubata
En la derecha, un cigarro en la izquierda,
En un bar, al aire libre; ron, ginebra,
Whisky, cerveza o Coca-Cola Light;
A veces con un chupito de tequila:
Arriba, abajo, al centro y adentro.
Aunque otras hay que hacerlo con simple agua
Por culpa de una puta úlcera estomacal.

Pero yo brindo con sangre de mis venas,
Vertiendo la depresión en una copa
Por las veces que el mundo me queda grande.


Fotografía tomada por Ana Rasgado

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Allons enfants de la Patrie!

Declaro la guerra civil entre mi corazón y mi mente en este momento. Que salgan los tanques, corra mi sangre, muera la muerte en mi vida; fusilen al sentido común.
¡Hondeen el romanticismo! Suspendan las antiguas revueltas, ¡proclamad nuevas revoluciones! Condenad el llanto, exaltados de la sonrisa: ¡no habrá amnistía para la razón y el sentimiento en la refriega!
Dad golpes de Estado en vuestro pecho, derrocad el gobierno de la congoja, ¡que el amor tome las calles ahora que la utopía es nuestra aliada! ¡Apátridas de la felicidad, uníos a las filas de la esperanza! I want you to Love Army!, reza un cartel de propaganda con el tío Sam señalándote; al fondo de la calle devastada, unos milicianos han gritado un ¡No pasarán! Contra el miedo y la tristeza. Hoy los tambores de guerra traen música de alegría; hoy, todas las voces de todas partes son amigas.
Pero sobre todo, que a este partisano de la Resistencia, no dejen de besarle tus labios. Y que tus labios no dejen de traerle la luz de las mañanas cuando, presa del desamparo, cae herido en combate.

jueves, 27 de agosto de 2015

Diario de cronopio. Diario de fama

 Cuando un fama escribe en su diario empieza con un “Hoy, miércoles, día…” y luego escribe todo lo que ha hecho con otros famas. También describe sobre su último viaje a París, donde vio la Torre Eiffel y se quejó de la vida bohemia de la ciudad, aunque sea un ávido doctor de Baudelaire.
La tinta con la que escribe es azul. La cogen del mar y redactan siempre con pulcritud y elegancia; no obstante, nunca anotan nada interesante aunque hayan sido partícipes de una grandiosa anécdota, porque no quieren que ningún cronopio despistado lea su diario.
Estos famas suelen escribir en bares del centro todos los días de diez a once de la mañana mientras beben, tranquilamente, una copa de vino tinto.
Por otra parte, un cronopio no escribe, sino que garabatea cosas que sólo otros cronopios entienden, y siempre comienzan sus manuscritos con un “cronopio, cronopio…”.
No hablan sobre ningún viaje porque no han podido hacerlo, pero sí sobre todos esos que les gustarían hacer, y lo harán de manera desorganizada; por ello, nunca se quejan (ni se quejarán) de París.
Su tinta es verde, más asequible que las azules porque sólo tienen que arrancar algunos hierbajos esmeralda que crecen en cualquier jardín.
Sólo escriben los miércoles en su casa de nueve a once de la noche tras bailar un tango, pero al día siguiente, felices, quedarán con otros cronopios chillones y joviales, e irán formando una algarabía a los bares del centro y contarán sus reflexiones nocturnas, mientras los famas, enfadados, buscarán cualquier otro lugar en Buenos Aires para beber y quejarse de París, lejos de la vitalidad y la alegría que emanan los cronopios.

En homenaje a Julio Cortázar y a sus Historias de cronopios y famas. 

viernes, 17 de julio de 2015

Atardecer

Fotografía tomada por Ana Rasgado
Ven. Hoy te traigo un atardecer, pero necesito que guardes silencio. Acércate. Siéntate sobre las nubes, si quieres. No hagas ruido, podrías asustar al naranja y alterar su monótona peregrinación hacia el horizonte. No te muevas, no hables, no parpadees, no respires… sólo mira cómo llegan las sombras. Las siluetas de la vida ya se confunden. Las imágenes nítidas empiezan a volverse turbias, y los pájaros vuelan a sus nidos como si un halcón los persiguiera. Y mientras tanto nosotros, en la más absoluta de las inopias, continuamos haciendo dibujos y círculos sobre la tierra, sentados en cualquier rincón del mundo.

 Las hormigas contemplan nuestras figuras como si fuéramos verdaderos dioses, y tratan de descubrir qué significado tienen los trazos abstractos que escriben nuestros dedos. Cautivados también nosotros durante el crepúsculo, clavamos las pupilas en los jirones de algodón dulce que navegan sobre nuestras cabezas. Ahora somos nosotros los que tratamos de desentrañar los jeroglíficos que nos plantean; las hormigas que pretenden interpretar el mensaje divino, escrito con haces de luz que se cuelan por las ventanas del cielo, aunque, poco a poco, mientras se esconde, es él quien nos define a nosotros, quien nos describe y acaricia. 

jueves, 18 de junio de 2015

Cien años

Cien años de espera van,
Con la misma triste banda sonora,
Con el mismo rostro taciturno
Y los mismos pájaros negros
Sobre el tejado de un sauce llorón.
Cien años de lágrimas,
Cien años de rostro nostálgico y agachado,
Con la misma mirada vidriada,
El mismo tapiz de tierra mojada ante ti
Con la misma dignidad de siempre.
Cien años de silencio, pero
Cien años de bullicio,
Cien años de gritos
Que no han dejado de ser ahogados,
Pero no han dejado de ser cien años de dolor.
Cien años de psicólogos de sombras,
Cien años de visitas, y, por lo tanto,
Cien años de balbuceos incomprensibles,
Cien años de estancia y quebranto,
Cien años de susurros indefinidos.

 















Cien años de soledad,
Pero también cien años de flores,
Y a tus cien años de espera,
Vendrán otros cien de requiebros
Con doscientos años de amores. 

martes, 19 de mayo de 2015

Carpe Diem, que tempus fugit*

Cuando me imagino el tiempo, veo un reloj de pared redondo con dos manecillas negras, una más larga para el minutero, y otra más pequeña para la hora, algo afiladas, con un mecanismo impecable e imparable, funcionando a la perfección con su monótono tic-tac. Y siempre son las once y veinte.





Avanza lentamente, sin prisas. El reloj lo controla todo, pero su avance es continuo, ininterrumpido y, lo peor de todo: es imperceptible.
A la una y media el reloj comienza a sangrar por las manecillas que van dejando un reguero rojo conforme continúa su paciente marcha, y sólo se escucha un silencio roto. En el círculo blanco, numerado por sus bordes, empiezan a aparecer varias gotas de sangre y se forman pequeños riachuelos de color carmesí que corren en vertical desde las agujas hacia abajo. Una hora más tarde, los afluentes son tan numerosos que nadie podría contarlos, y tanto el minutero como la hora, siguen con sus desfiles.
A las dos y media aparece una cabeza en el reloj. Ha entrado por una rendija y llora. Está justo entre las dos y las tres. La hora le acaricia los pelos de la nuca y su frío le eriza el vello.
Poco a poco la manecilla pequeña se va a acercando hacia la cabeza, y entonces la aguja parece más una guillotina negra que la parte visible del mecanismo del reloj.
El minutero avanza y el tic-tac se hace más agudo, fundiéndose con el agitado latir del corazón de la víctima que piensa, ¿aproveché bien el tiempo? Ahora todo parece demasiado breve para pensarlo, aunque tiene quince minutos antes de que den las tres y quede decapitado.
Cuando me imagino las tres, en punto, o las tres y cuarto, no hay cabeza ninguna. No se asusten. El reloj sigue su curso. No hay líneas rojas: son ya un recuerdo y todo es completamente blanco. El tic-tac sigue siendo tan monótono como siempre y las horas vuelven a ser igual de largas.

No obstante, a las seis volverá este espectáculo macabro porque hay una nueva ejecución del tiempo con una víctima que volverá a preguntarse lo mismo que la anterior y todos los que la precedieron: ¿aproveché bien el tiempo? 

Frase de Paula Díaz Roldán