viernes, 28 de febrero de 2014

Sobre la piel de tu espalda

Voy a escribir un poema
Sobre la piel de tu espalda,
Solo por acariciarla,
Por volver la noche eterna.

Sobre la piel de tu espalda
Voy a escribir unos versos,
No se llevarán tus besos,
Sólo pasión descarnada.

Sobre la piel de tu espalda
Voy a escribir mi epitafio;
Dirá la hermosa lápida

Que morí sobre tus labios,
Y que hicimos mi sudario
Sobre la piel de tu espalda.

jueves, 30 de enero de 2014

Elisa

Elisa se encaminaba con el pelotón de fusilamiento a la parte de atrás del cuartelillo de las afueras de Veritas cuatro meses después de ser apresada y dos y medio desde que comenzase aquella absurda guerra civil. En ningún momento se le había dicho por qué había sido apresada, y en ningún momento el juicio fue justo. En una guerra civil ningún juicio es justo. El día que la detuvieron cuatro hombres de negro entraron por la fuerza a su casa y la sacaron con violencia de la misma. Nunca más volvió a verla.

Elisa era periodista. Se dedicaba a sacar la verdad a veces jugándose la vida, y desde que la guerra había estallado jugarse la vida era similar a ganarse el pan de cada día, pero también entendió que el día que el conflicto comenzó la verdad dejó de tener sentido. Tal vez por eso la habían arrestado.

Aquella era la segunda vez que recorría aquel patio. La primera, el día que fue arrestada y la metieron en un calabozo. Nunca supo si en aquel lugar tan extraño había más gente. Nunca vio a nadie más que sus captores y a los guardias ataviados con su típica indumentaria militar, aunque suponía que, siendo el lugar que era y estando en la época que estaban, que hubiera más prisioneros allí sería lo más normal, y Elisa se preguntaba quiénes serían.

Aquella mañana hacía frío. No sabía si era porque estaban a mediados de diciembre o porque intuía su fatídico final o los dos a la vez. La situación era muy extraña, Elisa estaba acostumbrada a coquetear con la muerte a causa de su oficio, pero nunca la había visto así, tan cara a cara, tan de cerca, tan íntimamente como aquel día, porque ese día Elisa sabía que tenía una cita con la Parca donde tendría tiempo de intimar con ella todo el tiempo que quisiera, tendría toda la eternidad para ello. Todo era muy confuso en aquel amanecer.

Elisa pensaba que cuando se va a morir fusilada, el día podría ser todo lo radiante que quisiera, que el sol con su calor podría acariciar sus pálidas mejillas y brillar en lo más alto del cielo que la única tonalidad que existía para la víctima era el gris. O eso creía ella.

Una vez detrás del cuartel, Elisa vio una pared con manchas rojas que parecían recientes. Entonces supo que su existencia, su destino, acababa allí.

El pelotón de fusilamiento detuvo su marcha y ordenó a Elisa que colocara su espalda contra la pared. Cuatro hombres cogieron sus escopetas y la alzaron, apuntando al pecho de la joven mujer. El que parecía ser el militar de mayor rango se acercó a Elisa con una venda blanca y se la ofreció. Miraba al suelo avergonzado. Era un hombre joven y parecía no disfrutar con aquella situación.

-No la necesito.-Dijo Elisa mirando al hombre a los ojos. Eran marrones, como los suyos. El asintió y sólo alcanzó a susurrarle una pregunta mientras se marchaba dándole la espalda.
-¿Sabes por qué estás aquí?
-No
-Bien, porque yo tampoco.
El hombre se giró y encontró confusión en los ojos de Elisa, la misma confusión que había en los suyos. Él tampoco entendía por qué tenía que matar a alguien indefenso e inocente, simplemente seguía órdenes. Si no era él, sería otro, y entonces serían dos los asesinados ese día, Elisa porque sí y él por desobedecer una orden de un superior, pero aquello era una guerra, una guerra civil, una guerra que enfrentaba a familias enteras, a amigos de toda la vida, a padres contra hijos, a hermanos contra hermanos. Era horrible, pero era una guerra, lo extraño y lo horrible estaban a la orden del día.

Elisa pensaba en las palabras del soldado. La habían dejado pensativa, ¿a qué se refería exactamente? ¿A su destino final, o a su destino como soldado? Tal vez las dos opciones eran válidas porque también en la mirada limpia del hombre se vislumbraba un alma destrozada y llena de inseguridad.

-¿Y tú? ¿Por qué estás?-Preguntó Elisa.
-No lo sé.
-Pues yo tampoco.-Respondió Elisa con una media sonrisa. Estaban empatados, y sólo una cosa quedaba clara: ambos iban a perder aquel día. Y fue entonces cuando Elisa se dio cuenta de por qué estaba allí, de por qué estaban allí. El hombre alzó la mano por segunda vez y los soldados cargaron las armas. Elisa elevó la voz. Quería que la escucharan:

-¿Sabes por qué estamos aquí?-Consiguió atraer la atención del militar que la miraba con interés-Porque hay gente que tiene que solucionar con la fuerza lo que no han sabido solucionar con palabras. Estamos aquí por el capricho de unos pocos a los que no les hemos puesto barreras, de unas pocas voces intolerantes que no han conseguido ponerse de acuerdo porque para ellos era más importante el afán de revanchismo, la satisfacción de ver conseguidos sus deseos y sus metas personales, de haber favorecido sus intereses a costa de las ilusiones y las falsas promesas de bienestar común que no han sido cumplidas. Estamos aquí, tú tras un fusil, y yo delante de él porque nos han mentido.-Los soldados miraban a su líder de reojo que estaba a punto de bajar la mano y pronunciar la orden final, pero dejó a Elisa proseguir con su parlamento.-Nos han mentido, y nos hemos creído esa mentira. Vivimos en una época en la que el acto de decir la verdad se convierte en un acto revolucionario.-Elisa era consciente de que había parafraseado a Orwell.-Y la revolución, la verdad, en época de conflicto, se paga con la muerte porque la gente no quiere, la verdad, quiere la mentira, saber que viven bien en la mentira, matando por la mentira porque es lo que les han enseñado, en lo que creen. No hay palabras para una verdad, porque las palabras, la verdad, hoy, han sucumbido.-Elisa suspiró y una lágrima salió por sus ojos marrones conmoviendo a los hombres que tenía delante suya.-Lo que no han conseguido con argumentos, quieren conseguirlo ahora por la fuerza.-El mundo enmudeció. El tiempo parecía haberse parado en aquel instante para escuchar a Elisa.


El militar miró hacia el suelo y bajó la mano. No salió una sola palabra de su boca. Cuatro rugidos se escucharon detrás del cuartel aquella mañana. Nuevas manchas de sangre habían salpicado la parte de atrás del cuartelillo. La verdad había muerto. Y Elisa con ella. 

domingo, 15 de diciembre de 2013

Las lágrimas de Wallada

Ya no habrá más noches en vela esperando a que aparezcas, ni esperando encontrarte. Las lágrimas que se llevaron las calles de Qurtuba cada vez que nos separábamos se mezclarán ahora con las aguas turbias del río deseando no volver a verte nunca más. Tal vez su cauce se lleve tu recuerdo igual que tú te llevaste mi esperanza. Quizá me ayude a olvidarte, a cicatrizar las heridas. Ahora me arrepiento de todas las noches que pasamos juntos, de los besos que me diste, de las promesas que nos hicimos, las palabras que nos intercambiamos, y los poemas que bordé en mis ropas pensando en ti, pero ¡ay de tu suerte, desgraciado, que has cambiado las lunas con una princesa de al-Ándalus por la suciedad de la habitación de una de mis esclavas! Y he de admitirlo: me siento humillada por esto, ¿qué clase de poeta es el que deja de cantarle al jazmín para centrarse en el barro que le rodea? ¿Qué clase de astrólogo deja de admirar el cielo para centrarse en el polvo de la tierra?

¡Ay de mí, que tanto te amé! ¡Qué tonta que fui pensando que junto a ti podría ser feliz! Eres como las bestias, Zaydún, pues sólo ellas pueden relacionarse con lo más bajo y despreciar a lo más alto sin sentir ni un leve cargo de conciencia. Es por ello por lo que me recuerdas a los corceles de los establos: bellos y de nobleza aparente, pero bestias al fin y al cabo, sin razonamiento, sin conocimiento, sin sentimientos… ¡Sin corazón! ¡Y a esto miento, porque hasta el más salvaje de los animales del mundo siente amor al menos una vez en su vida! Y tú no sientes, Zaydún, tú no sientes ni la arena que pisas, ni la pasión a la que te abandonabas cuando apoyabas tu frente contra la mía y dejabas pasar las horas. También eso era mentira como las cartas que me enviabas o los versos que me escribías. ¿Cuándo se te ocurrieron? ¿Antes de acostarte, o después de yacer con mi sierva? ¿Antes de acariciarla, o después de la consumación carnal? ¿A ella también le has hecho promesas de amor eterno? ¿Y qué promesas se le hacen a una esclava? ¿Un verso de un afamado poeta, o la libertad? Dedícale todo lo que quieras, Zaydún, y tus palabras caerán en el vacío igual que cae un muerto del caballo cuando una lanza enemiga atraviesa su costado. ¡Y yo esa lanza la siento, Zaydún! La siento en mi pecho, porque aún te quiero; la siento en mi cabeza, porque tu rostro aún me nubla el juicio; yo también la siento en mi costado, porque cuando me acuerdo de ti, ¡Oh, Zaydún, aún se me corta la respiración! ¡La siento por todo mi cuerpo, porque verdaderamente, me duele lo que me has hecho!


Sólo Allah sabe cuánto me duele todo esto, sólo él sabe cuánto te quise, pero también es consciente de mi anhelo de venganza. Ojalá sientas todo el daño de tus acciones de la misma manera que yo la siento. Ojalá la misma saeta que ha atravesado mi pecho dejándome herida de muerte, también alcance el tuyo y te deje de la misma manera que a mí. Porque me duele el orgullo, porque quiero verte humillado como el vencido suplicando clemencia, porque sólo Allah sabe cuánto te odio, pero, a pesar de todo, porque esto va a dolerme más a mí que a ti, porque te amo, porque te quiero. Porque me has hecho daño y Qurtuba, riéndose de mis lágrimas, me susurra tu nombre. Por favor… Vete. No quiero que vuelvas. Llévate mis lágrimas contigo al Guadalquivir; no las necesito. Por tu culpa, aquí en mis ojos aún tengo de sobra. 

Dedicado a Blanca Estévez 

domingo, 10 de noviembre de 2013

El silencio de una carta sin destinatario

El silencio de una carta sin destinatario.
El amor de un perfume, ajeno, oliendo en mi ropa,
Ese recuerdo extraviado que lleva tu nombre,
Aquellos labios que nunca rozarán mi boca,
Noches, y noches, y noches de total insomnio,
Días y días de sueños, de ilusiones rotas,
Momentos de total desesperanza o consuelo,
Aquellas palabras heridas que ya no importan,
El desconocimiento de pensarte inmortal,
La amargura de saber que en mi vida te agotas,
Las lágrimas, por la mejilla de la esperanza,
Esas contradicciones que del alma brotan,
Aquella sonrisa que florece con tu recuerdo,
Las veces que, ausente, te observo en mi memoria,
Esa vez, que fuiste un verso triste de Neruda,
La vez que fuiste una mañana verde de Lorca,
Esa vez que fuiste el camino para Machado,
El agua de Bécquer que brotó de la estéril roca,
La mediocridad de escribirte y que no lo sepas,
Y llorar… Porque te quiero… Pero no te importa.

jueves, 10 de octubre de 2013

O Fortuna

Vivo en medio de un mar de niebla atado a un mástil. Sólo se me ha permitido contemplar tu silueta oscura sobre un trono hecho de cráneos procedentes de tus víctimas. Ningún dios se atreve a juzgarte. Ningún dios puede juzgarte. Estás por encima de todo y de todos. Tu reino invisible, a veces tenebroso, a veces luminoso, lo acapara todo. Nadie puede escapar de ti. Te odian y te aman a partes iguales. Maldicen tu nombre, ensalzan tu nombre; pero tú sólo te ríes contemplando las pasiones humanas, los halagos y los insultos de quienes te reclaman como suya, pero ellos... ¡Ellos no saben que son tus esclavos! ¡Ellos no saben que eres la regidora de los destinos de todo cuanto hay en la Tierra! Con un sólo suspiro eres capaz de destruir una vida. Con una sola caricia eres capaz de devolver a alguien de la muerte. Eres única, poderosa, sabia, omnipotente; una diosa fría, carente de piedad, totalmente inmisericorde, absolutamente intransigente. Eres caprichosa. Te diviertes jugando con la vida de los hombres, riéndote de sus súplicas, castigando a los que te alaban.

En mi espalda, desnuda, sólo siento tu cruel látigo arrancando mi carne, pero no quedan heridas de esta inacabable penitencia. No hay cicatrices, no hay sangre, no hay llagas en mi piel, sin embargo, el dolor nunca se va, y tu fusta sigue estrellándose sobre mi costado y este desconsuelo parece no cesar nunca. Los únicos vestigios que quedan de esta cruenta humillación es el destello en mis ojos del odio, evidencias de tu juego despiadado e impío. El grito enmudecido que puedo elevar hasta el cielo sale de mi corazón, allí donde montaste tu imperio, y hoy sólo quedan los restos de la impotencia a la que me tienes sometido, mientras una furia, una rabia ardiente, toman lo poco que queda de mí. Y aún así... ¡Te pido clemencia! ¿Y qué obtengo por respuesta? Una carcajada fría e imperturbable desde tu macabro trono. 

Te gusta verme sufrir. Lo sé. Tu rueda gira, y gira, y gira, y se acerca y se aleja cuando quieres. La tienes cerca de mi cuello, ¿por qué no lo aplastas ya y acabas con todo? Eres demasiado caprichosa... te perfumas con mi sufrimiento, y yo no puedo hacer nada. Soy tu siervo.

Has levantado imperios de la nada que, al día siguiente, has reducido al mismo polvo. Te distrae saber que tus esclavos se creen eternos, pero a tus ojos perciben que todo cuanto han hecho tiene un plazo al que tú misma pusiste fecha, pero ellos... No lo advierten. Igual están arriba de tu rueda que pueden perecer bajo ella con un simple parpadeo. 

¡Toda la humanidad llora conmigo, diosa Fortuna! ¡Calma mi angustia o termina conmigo de una vez! ¡Me arrebataste a quien más quería, me quitaste lo que más anhelaba! Sólo soy un esclavo tuyo, de tu cruel voluntad, ¿no puedes dejar de hacerme sufrir? ¡Emperatriz del mundo! ¡Ya no tengo nada! ¡Nada! Dime ahora... ¿Qué más quieres de mí?

Inspirado en el Carmina Burana "O Fortuna" (¡Oh Fortuna!), cantos goliardos alemanes escritos en latín medieval entre los siglos XII y XIII


sábado, 10 de agosto de 2013

Cuéntame

Me tumbo en la cama con una sonrisa y me pongo a pensar en la cantidad de cosas que tiene que contarme la Luna. La cantidad de besos que ha tenido que ver. La cantidad de hermosos momentos que ha tenido que contemplar. Si el mundo le preguntara, ¿qué tendría que contarle? Habrá sido testigo de las pasiones más ocultas, de los placeres más prohibidos, de los amores más eternos, y de los besos más fugaces. ¿Cuántas historias se han fraguado bajo tu luz sin que fuésemos conscientes de que nos mirabas desde allí arriba? Seguro que no soy el único que te pregunta por esas anécdotas, que en el mundo hay más nostálgicos que dejan volar su imaginación inventándose cosas que nunca sucedieron, pero en sus corazones, esos recuerdos existen. Llevan nombre y apellido, incluso fechas inexistentes que anotan en el calendario del olvido con ilusión y alegría. ¿Verdad que es bonito?

¡Cuéntame una historia! Cuéntame la historia de un tal Romeo y una tal Julieta, que me han dicho que es preciosa. Cuéntame esa historia que escribió un inglés embaucado por tus destellos hace mucho tiempo y que tiene por protagonista a esos dos jóvenes, y una tal Noche por único espectador. Cuéntame ese cuento indeciso, que empieza sin un "érase una vez" y acaba sin un "fueron felices". Cuéntame como un romance destruyó a dos personas y unió a dos familias enfrentadas. Cuéntame cómo el Amor triunfó sobre la Muerte. Cuéntame a cuántos borrachos has visto recitar poemas, hacer el tonto por una chica. Cuéntame cuántas chicas has visto reírse de un borracho por hacer el tonto, cuántas sonrieron porque, a pesar de todo, lo darían todo por ese ebrio rapsoda. Cuántos rechazos, cuántas aceptaciones, cuántas luchas, cuantas decepciones, cuántas esperanzas, ¡cuánto amor has visto!

Cuéntame todos los paseos que se han dado por el borde de un río. Cuántos besos dulces se han perdido en un mar de agua salada. Cuéntame cuantas gotas de agua salada han acabado por provocar la noche más dulce.

Cuéntame a cuántos mudos diste voz, a cuántos hombre de voz viste quedarse mudos. Cuéntame cuántos ciegos vieron la luz, y dime, ¿quiénes, por una luz quedaron ciegos? Cuéntame cuántos tímidos se han vuelto valientes, cuántos valientes se volvieron cobardes.

Cuéntame, ¿cuántos suspiros se han perdido en el cielo? ¿Cuántas peleas de enamorados has visto? ¿Cuántas reconciliaciones? ¿Cuánto dolor y cuánto alivio? Seguramente necesitarías del infinito para contarlo.

Me gustaría saber en cuántas fiestas has estado deslumbrando con tu vestido blanco, pero has pasado siempre desapercibida porque nunca nadie se ha fijado en ti, pero te da lo mismo. Te dedicas a sonreír, a ver todas las situaciones, tan cerca y tan lejos. Eres la única espectadora de todo, una reina solitaria sobre un trono de estrellas cubierta por un manto negro.

Y ¿qué quieres que yo te diga? Lo mejor es que me calle ya, que deje de hablar, que acabo de olvidar si estaba hablando de la la Luna, o de dos ojos que ilusionan. De una mujer que enamora con una fecha inexistente en mi calendario del olvido.

Dedicado a Andrea Fernández

domingo, 23 de junio de 2013

Domingo sombrío

Hoy es un domingo triste. Miro por la ventana a la calle esperando, inútilmente, que vuelvas. Es algo que, tal vez, tengo asumido, pero que nunca aceptaré. No. No puedo pensar que ya no estás aquí, que tu retorno es imposible, que eras demasiado hermosa para este mundo, que Dios te quería junto con su corte celestial para ser un lucero más en el infinito firmamento.

Hoy es un domingo triste. Satanás te tenía envidia porque fuiste motivo de perdición para muchos, porque fuiste el precedente y la causa de mi descenso a la locura. Porque tu cuerpo se convirtió en el mayor sinónimo de pecado de mi universo, y el Ángel Caído no pudo soportar que una nueva reina le arrebatase su trono.

Hoy es un domingo triste. Me di cuenta de que todo es un mal sueño. Todo cuanto nos rodea. Todas las ilusiones son falsas. No hay un mañana que nos redima. Sólo existe el hoy, y para ti se acabó. Para mí se acabó.

Hoy es un domingo triste. Desde que te vi metida en el ataúd en tu funeral supe que había un solo cadáver, pero dos corazones habían dejado de latir. Uno estaba destinado a dormir para siempre. El otro a seguir cabalgando entre tempestades imperecederas a espera de reunirse contigo allá donde estés.

Hoy es un domingo triste. ¿Por qué te fuiste tan pronto? ¿Por qué me has dejado solo? Ya no oiré tu voz. No. Se me ha privado de ese privilegio tan pronto... ¿Me dejarías que te llevase flores? Te llevaré lirios blancos. Sé que eran tus favoritos, pero no puedo mentirte. Sólo el hecho de ver tu nombre grabado en una fría lápida de mármol me causa miedo. No sería capaz, mi alma, de visitarte sabiendo que ya no puedes salir a oler los brotes níveos.

Hoy es un domingo triste. El tiempo pesa sobre mi espalda. El tiempo desgarra mi corazón. Ya no estás. Ya no estás. Tu nombre se repite en mi cabeza, me nubla el juicio, me empaña los ojos de lágrimas, suelta perlas por mis mejillas, impactan en el suelo igual que impactó mi alma en tu féretro. Aún la veo, pálida y destrozada, con la cabeza apoyada sobre tu pecho, intentando devolverte a la vida inútilmente con sus sollozos. Llévatela contigo, por favor. No va a ser feliz aquí, en este mundo material, terrenal, en este mundo limitado por lo físico. No. Deja que vuele contigo allí donde los Arcángeles cantan, donde el tiempo se detiene, allí donde siempre seremos jóvenes.

Hoy es un domingo triste. Ya no puedo ver tus ojos. La vida me resulta tediosa. ¿Se enfadarían los ángeles si decido unirme a ti? ¿Se enfadarían si quiero dejar de soñar? Tengo ganas de despertarme junto a ti de nuevo. De abrazarte como te he abrazado en este largo sueño hasta que decidiste irte.

Hoy es un domingo triste. Miro por la ventana. No vuelves. Siento frío... pero necesito abrirla. Quiero sentir el aire, tus manos incorpóreas acariciando mi rostro por última vez. El cielo es precioso desde que estás allí, ¿lo sabías?

Hoy es un domingo triste. Es mi último domingo. Espérame despierta allí donde el sol y la luna juegan abrazados. Donde ninguno de los dos se pone. Espérame. Quiero verte. Espérame. Ya me voy contigo. No te vayas aún... Espérame...

Inspirada en la canción "Gloomy Sunday", popularmente conocida como "la canción húngara de los suicidios". Compuesta por el pianista Reszo Seress, escrita por el poeta Leszlo Javor, popularizada en 1941 por la cantante Billie Holiday. 

Versión de Sarah McLachlan