miércoles, 30 de septiembre de 2015

Allons enfants de la Patrie!

Declaro la guerra civil entre mi corazón y mi mente en este momento. Que salgan los tanques, corra mi sangre, muera la muerte en mi vida; fusilen al sentido común.
¡Hondeen el romanticismo! Suspendan las antiguas revueltas, ¡proclamad nuevas revoluciones! Condenad el llanto, exaltados de la sonrisa: ¡no habrá amnistía para la razón y el sentimiento en la refriega!
Dad golpes de Estado en vuestro pecho, derrocad el gobierno de la congoja, ¡que el amor tome las calles ahora que la utopía es nuestra aliada! ¡Apátridas de la felicidad, uníos a las filas de la esperanza! I want you to Love Army!, reza un cartel de propaganda con el tío Sam señalándote; al fondo de la calle devastada, unos milicianos han gritado un ¡No pasarán! Contra el miedo y la tristeza. Hoy los tambores de guerra traen música de alegría; hoy, todas las voces de todas partes son amigas.
Pero sobre todo, que a este partisano de la Resistencia, no dejen de besarle tus labios. Y que tus labios no dejen de traerle la luz de las mañanas cuando, presa del desamparo, cae herido en combate.

jueves, 27 de agosto de 2015

Diario de cronopio. Diario de fama

 Cuando un fama escribe en su diario empieza con un “Hoy, miércoles, día…” y luego escribe todo lo que ha hecho con otros famas. También describe sobre su último viaje a París, donde vio la Torre Eiffel y se quejó de la vida bohemia de la ciudad, aunque sea un ávido doctor de Baudelaire.
La tinta con la que escribe es azul. La cogen del mar y redactan siempre con pulcritud y elegancia; no obstante, nunca anotan nada interesante aunque hayan sido partícipes de una grandiosa anécdota, porque no quieren que ningún cronopio despistado lea su diario.
Estos famas suelen escribir en bares del centro todos los días de diez a once de la mañana mientras beben, tranquilamente, una copa de vino tinto.
Por otra parte, un cronopio no escribe, sino que garabatea cosas que sólo otros cronopios entienden, y siempre comienzan sus manuscritos con un “cronopio, cronopio…”.
No hablan sobre ningún viaje porque no han podido hacerlo, pero sí sobre todos esos que les gustarían hacer, y lo harán de manera desorganizada; por ello, nunca se quejan (ni se quejarán) de París.
Su tinta es verde, más asequible que las azules porque sólo tienen que arrancar algunos hierbajos esmeralda que crecen en cualquier jardín.
Sólo escriben los miércoles en su casa de nueve a once de la noche tras bailar un tango, pero al día siguiente, felices, quedarán con otros cronopios chillones y joviales, e irán formando una algarabía a los bares del centro y contarán sus reflexiones nocturnas, mientras los famas, enfadados, buscarán cualquier otro lugar en Buenos Aires para beber y quejarse de París, lejos de la vitalidad y la alegría que emanan los cronopios.

En homenaje a Julio Cortázar y a sus Historias de cronopios y famas. 

viernes, 17 de julio de 2015

Atardecer

Fotografía tomada por Ana Rasgado
Ven. Hoy te traigo un atardecer, pero necesito que guardes silencio. Acércate. Siéntate sobre las nubes, si quieres. No hagas ruido, podrías asustar al naranja y alterar su monótona peregrinación hacia el horizonte. No te muevas, no hables, no parpadees, no respires… sólo mira cómo llegan las sombras. Las siluetas de la vida ya se confunden. Las imágenes nítidas empiezan a volverse turbias, y los pájaros vuelan a sus nidos como si un halcón los persiguiera. Y mientras tanto nosotros, en la más absoluta de las inopias, continuamos haciendo dibujos y círculos sobre la tierra, sentados en cualquier rincón del mundo.

 Las hormigas contemplan nuestras figuras como si fuéramos verdaderos dioses, y tratan de descubrir qué significado tienen los trazos abstractos que escriben nuestros dedos. Cautivados también nosotros durante el crepúsculo, clavamos las pupilas en los jirones de algodón dulce que navegan sobre nuestras cabezas. Ahora somos nosotros los que tratamos de desentrañar los jeroglíficos que nos plantean; las hormigas que pretenden interpretar el mensaje divino, escrito con haces de luz que se cuelan por las ventanas del cielo, aunque, poco a poco, mientras se esconde, es él quien nos define a nosotros, quien nos describe y acaricia. 

jueves, 18 de junio de 2015

Cien años

Cien años de espera van,
Con la misma triste banda sonora,
Con el mismo rostro taciturno
Y los mismos pájaros negros
Sobre el tejado de un sauce llorón.
Cien años de lágrimas,
Cien años de rostro nostálgico y agachado,
Con la misma mirada vidriada,
El mismo tapiz de tierra mojada ante ti
Con la misma dignidad de siempre.
Cien años de silencio, pero
Cien años de bullicio,
Cien años de gritos
Que no han dejado de ser ahogados,
Pero no han dejado de ser cien años de dolor.
Cien años de psicólogos de sombras,
Cien años de visitas, y, por lo tanto,
Cien años de balbuceos incomprensibles,
Cien años de estancia y quebranto,
Cien años de susurros indefinidos.

 















Cien años de soledad,
Pero también cien años de flores,
Y a tus cien años de espera,
Vendrán otros cien de requiebros
Con doscientos años de amores. 

martes, 19 de mayo de 2015

Carpe Diem, que tempus fugit*

Cuando me imagino el tiempo, veo un reloj de pared redondo con dos manecillas negras, una más larga para el minutero, y otra más pequeña para la hora, algo afiladas, con un mecanismo impecable e imparable, funcionando a la perfección con su monótono tic-tac. Y siempre son las once y veinte.





Avanza lentamente, sin prisas. El reloj lo controla todo, pero su avance es continuo, ininterrumpido y, lo peor de todo: es imperceptible.
A la una y media el reloj comienza a sangrar por las manecillas que van dejando un reguero rojo conforme continúa su paciente marcha, y sólo se escucha un silencio roto. En el círculo blanco, numerado por sus bordes, empiezan a aparecer varias gotas de sangre y se forman pequeños riachuelos de color carmesí que corren en vertical desde las agujas hacia abajo. Una hora más tarde, los afluentes son tan numerosos que nadie podría contarlos, y tanto el minutero como la hora, siguen con sus desfiles.
A las dos y media aparece una cabeza en el reloj. Ha entrado por una rendija y llora. Está justo entre las dos y las tres. La hora le acaricia los pelos de la nuca y su frío le eriza el vello.
Poco a poco la manecilla pequeña se va a acercando hacia la cabeza, y entonces la aguja parece más una guillotina negra que la parte visible del mecanismo del reloj.
El minutero avanza y el tic-tac se hace más agudo, fundiéndose con el agitado latir del corazón de la víctima que piensa, ¿aproveché bien el tiempo? Ahora todo parece demasiado breve para pensarlo, aunque tiene quince minutos antes de que den las tres y quede decapitado.
Cuando me imagino las tres, en punto, o las tres y cuarto, no hay cabeza ninguna. No se asusten. El reloj sigue su curso. No hay líneas rojas: son ya un recuerdo y todo es completamente blanco. El tic-tac sigue siendo tan monótono como siempre y las horas vuelven a ser igual de largas.

No obstante, a las seis volverá este espectáculo macabro porque hay una nueva ejecución del tiempo con una víctima que volverá a preguntarse lo mismo que la anterior y todos los que la precedieron: ¿aproveché bien el tiempo? 

Frase de Paula Díaz Roldán

lunes, 27 de abril de 2015

Un punto amarillo

Veo un espejismo en el horizonte, y deseo aferrarme a él.
Hay un punto amarillo allí en medio al que tengo que llegar como sea, aunque es bastante extraño: si avanzo dos pasos, él también retrocede dos pasos; si lo miro durante mucho tiempo me quedaré ciego, pero si no lo observo estaré desorientado y no sabré llegar al lugar que me marca. En definitiva, es inalcanzable.
Sin embargo... si me invade el desánimo y me siento, abatido, sobre la arena, él sigue ahí también, y a menudo pienso que también se sienta al borde de su cama de agua para hacerme compañía; si decido andar intentando buscar una solución, él también camina y da tantos pasos como yo: ni uno más y ni uno menos, los mismos. Por así decirlo, me acompaña en la travesía; va junto a mí, pero no conmigo: me persigue y lo persigo, y a veces creo que nos buscamos, pero no deseamos encontrarnos porque de hacerlo, quién sabe si hallaríamos la verdad del uno en el otro.
Veo un espejismo en el horizonte, y deseo aferrarme a él.
Es un punto amarillo allí en medio, que poco a poco, mientras cae el sol y reflotan mis miedos, se despide y desaparece. Tendremos que reencontrarnos mañana porque ahora hay demasiados puntos amarillos: todos huyen cuando me acerco, y todos traen esperanza.


viernes, 20 de marzo de 2015

Una página

Cada persona del mundo debería escribir una página:
Luego juntaríamos todos los pedazos y…
¡Tendríamos el libro más grande de la Historia!
Y no puede haber excusas:
Nada de “mi vida no es interesante”, nada.
Nada de “yo no tengo nada que contar”, nada.
Nada de “no sé expresarme”, nada.
Nada de “yo no sirvo para esto”, nada.
Nada de edades, ni sexos, ni religiones. ¡Nada!
Todos tenemos algo que contar;
Todos somos únicos e irrepetibles,
¿Por qué negar lo que nos hace especiales?
Pero pongámoslo por escrito:
Da lo mismo si es un párrafo,
Una fotografía,
Los restos de un pintalabios,
Un dibujo
O el simple garabato de un recién nacido.
¡Todo vale!
Ahora lleguemos más lejos:
Cortemos todo en pequeños pedazos de cielo,
Hagamos nubes con los espacios en blanco,
No dejemos márgenes ni nada por el estilo,
Y pintemos o escribamos
Dentro de las letras
Que son demasiado grandes,
¡Todo es horror vacui!
Imaginemos que es la portada de una catedral barroca
Y bajo ningún concepto, podemos dejar nada
Al vacío, en blanco,
Pero dentro de la catedral
No hay dios,
O si lo hay,
Pero no conocemos su nombre,
Ni el quiere decírnoslo…
Esa portada sería de todos,
Y todos estaríamos representados
En esa portada,
En las naves de la catedral.
En esa catedral de árboles por columnas,
De cascadas por vidrieras
Y ríos con peces rojos nadando entre ellos;
De una techumbre celeste que
Cambia de color con el tiempo:
Naranja, escarlata,
Negro, azul marino…
Con esferas relampagueantes de fondo,
Velas colgando del techo,
Velas plateadas de destello dorado
Y una montaña como altar.
Allí cabe todo el mundo,
Y por eso allí
Dejaremos nuestro libro…
Pero vayamos más lejos;
Ahora cojamos las páginas
Y recortémoslas
En pedazos diminutos:
Cada página será cortada
Con unas tijeras
Por todas las personas:
Los niños desgarrarán el papel,
Los ancianos no entenderán,
Y algunos lo harán con desgana,
Sin embargo, lo harán.
Y una vez hecho eso,
Pegaremos los pedacitos
En ese libro al azar:
Así, cada página representará
A una persona,
Y cada persona tendrá pedazos
De otras páginas
Y por lo tanto,
De otras personas,
Y así todos tendremos
Parte de todas las personas
Y seremos
Parte de todas las personas:
Esa algarabía
De nombres,
De palabras,
De imágenes,
De garabatos,
Y de todo,
Será nuestro Libro Sagrado,
Y lo pondremos
En la catedral
Y en la catedral cabremos todos
Sus muros y su techo son infinitos,
Y cada uno de nosotros
Será ese dios mudo
Del que nadie conoce su nombre,
Pero no hará falta conocerlo:
Todos seremos libres
Aunque
Nada tendrá sentido,
Pero
Ahora mira a tu alrededor
Y dime…
¿Alguna vez lo tuvo?