martes, 31 de mayo de 2016

Muerte y nacimiento

Imagen de Internet de Beksinski, artista polaco
“Parece como si la muerte estuviera meciendo a un recién nacido…”.*

Yo soy la mano que te mece para que duermas.
También soy el sueño que acompaña a los que duermen,
El miedo o el deseo de los que van a dormir;
Tu más fiel compañera y el vaivén de tu cuna.

Yo soy el único camino y el indeseado;
Guié tus primeros pasos; te he acompañado
Desde que tus ojos se abrieron por vez primera,
Y estaré cuando los cierres por última vez.

Yo soy el tiempo que se va para no volver:
El tiempo perdido, el tiempo ganado, la vida
Que corre, el tránsito… pero tiempo, al fin y al cabo:
Tiempo huido en el afluente donde yo soy mar.

Yo soy el final de una partida de ajedrez,
Y aun así, estoy presente en toda tu partida,
Apartado, sin necesidad de intervenir:
Sin ser peón, rey, o jugador, yo decido.

Yo soy tu obstáculo y tu éxito; cada momento,
Cada segundo, cada idea, cada romance,
Cada acción e impulso definitivo te acerca
Un poco más hacia mí sin llegarte a dar cuenta.

Yo soy aquello de lo que tanto habéis hablado,
Eso mismo que tanto os repugna, de lo que
Huís sin saber que, de mí, no se puede huir:
Por más lejos que estéis, mía es siempre la ventaja.

Yo soy el último muro, tu fiel compañera,
Siempre presente: sin irme, sin abandonarte,
Más fuerte que cualquier fe, mi Muerte, porque a mí
No hay signo en el mundo que pueda vencerme.



Jaque Mate. 

*Título, subtítulo e imagen escogidos por David Casanova Rodríguez

sábado, 30 de abril de 2016

Queda lejos

Mensaje de WhatsApp. Antes de abrirlo le doy un sorbo al tinto y me quedo mirando la pantalla rota del móvil; es una noticia. Me encojo de hombros y pulso sobre el enlace de la misma; salta un anuncio publicitario de Flooxer o algo así, y tras conseguir acceder al contenido encuentro un titular que dice: “Muere el último pediatra de Alepo en un bombardeo a su hospital: ‘Él siempre estaba allí. Se preocupaba por las personas’”.
El cuerpo de la noticia es demasiado breve como para rendir homenaje a uno de los héroes de verdad que quedaban en el mundo; igual de breve que la información proporcionada acerca de las 27 personas que murieron con él durante el ataque; igual de breve que la indignación de Europa tras ver la fotografía de Aylan antes de que nos echáramos en los brazos de partidos extremistas y xenófobos, antes de que aceptáramos el iracundo discurso del odio, del patrioterismo –que no patriotismo-, de esos que ayer estaban en silencio y ahora salen de su cueva y sus fauces vomitan palabras de cólera y psicosis. Pero no dejan de ser datos: los muertos son datos; los afines a este discurso ahora aumentan su porcentaje y son números; sin embargo, ¿cómo se mide el miedo de los que sufren? Sólo serán un eco perdido en los confines del mundo, porque aquello nos queda lejos…
¿Pero no es la historia de Rashid la misma que la de Zlata hace 20 años? ¿No es la misma que la de María hace 80? ¿Esa historia no podría ser la de cualquiera? Pero eso también queda lejos y la memoria está dormida.
También es breve mi indignación; cierro el móvil, bebo y suspiro; vuelvo la cabeza hacia donde están mis amigos y continúo la conversación como si nada hubiera ocurrido. Total. Yo no puedo hacer nada y mañana juega el Betis contra el Barça y nos va a caer la del pulpo. Y sin embargo, ¿cuántas lágrimas no bañarán los escombros hasta que vuelva la Esperanza? ¿También yo moriré en un bombardeo o por el contrario, habré de cruzar una frontera para encontrarme con Ella? Pero todo eso no me preocupa porque queda lejos. Muy lejos aún.

La Sexta, “Muere el último pediatra de Alepo en un bombardeo a su hospital: ‘Él siempre estaba allí. Se preocupaba por las personas’”, publicado el 29 de mayo de 2016: 

 

jueves, 31 de marzo de 2016

¿Qué haremos?

Un empresario habla sobre igualdad laboral durante una entrevista de trabajo. Alaba la equidad entre hombres y mujeres dentro de su empresa. Critica el comportamiento machista y censura el heteropatriarcado, a la mujer como objeto; ante él, una fémina castaña de ojos verdes. Posee una figura perfecta. Mientras soporta el monólogo progresista de su interlocutor lee un contrato donde firma cobrar un 20% menos que sus compañeros varones por el mismo trabajo. El hombre sonríe: “dígame, ¿está usted libre mañana por la noche?”, pregunta. “No. Lo siento, estoy casada y tengo dos hijos”. Contesta la mujer de forma educada. Devolviendo el gesto. “Puta de mierda…” piensa el empresario mientras la luna creciente que se formaron en sus labios se transforma en una menguante hasta formar un horizonte de frustración imperceptible en su rostro.
“¡Tendamos puentes!” dijo una voz que se llevó murmullos de aprobación. “¡Construyamos un muro!” exclamó alguien. Y su grito quedó ahogado bajo el éxtasis de un mar de conformidad; miles de gargantas que sintieron el pavor del lenguaje del miedo.
En otros mares menos abstractos también se ahogan gritos, pero son gritos diferentes: aullidos de miseria y llanto, pobreza, desgracia y dolor… lamentos de muerte enmudecidos por el azul de un Mare Nostrum que se ha ido convirtiendo, poco a poco, en una fosa común mecida por las olas.
Je suis Charlie… Pray for ParisDías en los que la seguridad, la inocencia y la risa murieron: el mundo ya no era tan invulnerable; los problemas lejanos estaban más cerca y la intranquilidad latió con fuerza en el pecho de los indiferentes; lo que parecía tan extraño se había vuelto real; la desconfianza brotaba por las esquinas y el miedo humedecía los ojos del que ayer permanecía ajeno: todo es distinto cuando el horror llama a la puerta, cuando se personifica y se nota su frío abrazo.
En la otra parte del planeta, ese frío abrazo es la cotidianidad del que resiste estoicamente, con heroicidad. Alguien para quien el sonido y las consecuencias de una Kalashnikov no son excepcionales; para quien la supervivencia es un día a día; para quien, en muchas ocasiones, cruzar esa fosa común significa tener alguna oportunidad para ver las estrellas otra noche más, lejos de la humareda de las bombas y el polvo de los escombros: el silencio y unos segundos en el telediario, narrando su anónima tragedia y la de otros muchos con menos suerte, son su homenaje; sin embargo, para los medios no serán más que datos: números de cadáveres, desaparecidos o exiliados. Nada que hacer cuando el dolor es un factor común para aquella parte del mundo que sufre.
¡Kenia! ¿Dónde están tus estudiantes? ¿Qué ha sido de las niñas que raptó el Boko Haram? ¿Alguien recuerda los atentados en Ankara o Beirut? ¿Existe el recuerdo de aquella familia palestina que fue quemada viva en su casa? No hay noticias de los desaparecidos de Iguala; el Ébola sólo fue un problema cuando cruzó las fronteras de la miseria y al otro lado se conoció el dolor de lo miserable; ¿es que se ha dictado que el clasismo mediático exista también entre los que perecen?
Un chico de quince años viste una camiseta que ha cosido su homólogo asiático en alguna fábrica perdida percibiendo un salario de penuria; una chica llama a su novio desde un móvil hecho con coltán congoleño, extraído por un joven en una de esas minas donde los vapores tóxicos acechan su cada vez más corta esperanza de vida.
Un grado más es una esperanza menos. Sube el mar, bajan los salarios, aumenta el paro, crece la pobreza… pero no hay inconvenientes en acabar con la naturaleza mientras la bolsa de Wall Street no se desplome y el tablero de ajedrez siga teniendo piezas sacrificables para su rey. Nada importa mientras sigamos teniendo petróleo, aunque ello le cueste la cabeza a alguien.
No obstante: cuando la contaminación y la sequía hayan acabado con el agua; cuando no queden árboles y el aire se vuelva irrespirable; cuando no haya animales ni plantas que comer y nos demos cuenta de que el dinero ni se come, ni se bebe, ni se respira… ¿Qué haremos?



lunes, 29 de febrero de 2016

Los hombres de papel

Los hombres de papel nacen en una fábrica sin misión específica alguna. Solo escribirse; sin embargo, algunos no llegan a garabatear una sola letra. Por suerte, son los menos y muchos tienen una vida longeva, y muchas cosas que contar.
A pesar de que son de papel, tienen conciencia y sentimientos, aunque algunos empiecen a escribirse por los pies. Adoran la nostalgia y sonríen cuando leen las anécdotas que han escrito en su rodilla derecha, en uno de los muslos, o en parte del cuello cuando ya van rellenándose.
Aunque sonríen, he de decir que no tienen boca. Ni nariz, ni orejas… son rostros planos preparados para apuntar cosas. En verdad, todo en ellos es plano para favorecer el arte de la escritura; si bien, los hay más gruesos, más delgados, más altos o más bajos… pero todos son, en esencia, planos.
Ningún hombre de papel tiene género. Los llamo hombres porque yo lo soy, así que realmente cada uno puede llamarlos como quiera; su interior no está definido más que por lo que viven; en su fuero interno, han despreciado las reglas que los determinaban según la forma.
El color que utilizan es indiferente, aunque reflejan su personalidad: rojo para los pasionales y los más iracundos; verde para los esperanzados; azul para los serios y tranquilos; negro para los pesimistas y elegantes… aunque, por otro lado, no están atados a ninguno de manera específica: usan unos más que otros, pero pueden emplearlos de manera aleatoria, dependiendo del día. Pero hay algo que tienen en común: cuando quieren eliminar algo con tippex o borrador, saben que, aunque todo parezca corregido, tienen una marca imborrable pero imperceptible que los acompañará siempre. Y muy pocos serán conscientes de esa marca si no les hablan de ella. Así intentan suprimir el daño que algo les causa… pero les acompañará toda la vida.
No existen clases sociales entre los hombres de papel. Unos son grandes magnates con ambiciones más grandes que sus fortunas; otros, gente que no tiene absolutamente nada. Por ende, unos pueden vivir mejor que otros, pero ninguno se ve ni se siente superior porque la misión de todos sigue siendo la misma: escribirse. Y ellos ni poseen, ni comen, ni beben, ni respiran… solo se escriben porque es para lo que han nacido. Pero no hay que confundirse: ellos no están vacíos: están llenos de pensamientos y vida, de recuerdos... son, muy sensibles a los daños ajenos, muy espirituales, muy profundos y reflexivos… y ese es su combustible.
Pero también a los hombres de papel les llega su hora. Y esa hora llega cuando ya están completamente escritos. Aún pueden aguantar el máximo tiempo posible en un rincón, apurando los pocos huecos que le quedan antes de desaparecer.
El final para todos es el mismo, independientemente de la forma y el contenido que tengan. A unos los rompen y los descuartizan en pequeños pedacitos antes de tirarlos a la basura o de reciclarlos para hacer confeti casero. Es posible que este último final sea el que les resulte más cómodo porque mueren rodeados de rostros conocidos. Gente con las que han compartido papel y tinta. 
Con otros hacen avioncitos y los hacen volar un pequeño trayecto, pero muy ilusionante; van a estrellarse, y a pesar de que ése puede ser su último viaje… les da igual. Mejor así: muchos no son conscientes ni de que se van porque continúan escribiendo. A otros, simplemente los arrugan y hacen con ellos una bola; los individuos más serios los arrojan, inconscientemente, a la papelera; los más joviales los usan como pelota y se divierten encestándolos en repetidas ocasiones. Tienen muchas maneras de acabar, muy diferentes; no obstante, el final para todos es el mismo: un negro cubo de basura donde pueden llegar a coincidir con otros hombres de papel que ya estaban allí antes.
Una vez llegado el fin, la gran mayoría los recuerda durante un tiempo, pero antes o después, todos acabamos cayendo en el olvido. Sin embargo, ¿hasta qué punto lo que “hemos escrito” nos ha hecho inmortales? ¿Hasta qué punto, hombres y mujeres de papel, lo que hemos compartido nos ha hecho felices?


Dibujo realizado por J. Encina

domingo, 31 de enero de 2016

Las olas del mar

El vaivén de las olas choca contra las rocas, arranca la gravilla y se lleva la arena con su espuma al fondo del mar. De la misma forma, el tiempo se lleva nuestros problemas; de la misma manera, tenues reminiscencia de lo que fuimos van y retornan; chocan y devoran pequeños pedazos de nuestra biografía que devuelven y depositan en las cavidades arcillosas antes de retirarse. Así discurre todo.
Los charcos de las hendiduras acabarán por ser absorbidos; los que no, se evaporarán, se irán con el aire y nunca más volveremos a verlos.
Conforme se anda por la orilla se va dejando un rastro. Si caminamos juntos es un solo el camino que se forma al borde del mar. Si me detengo y observo las pisadas la violencia del agua las va borrando poco a poco: al principio eran nítidas; luego tristes huellas, y pasados unos segundos, ya no son nada. Es como si nunca hubieran existido y la espuma se las hubiera tragado.
Al otro lado, lo que la vista ofrece no es más esperanzador: bajo los nubarrones grises, nuestras sendas se han bifurcado: mientras tú avanzas, yo continuo quieto. Las iracundas olas ya empiezan a borrar tus pisadas y a mojar mis pies descalzos. A enfriar el alma desnuda. Puedo continuar tras tus pasos, pero ya no serán nuestros pasos. El agua seguirá deshaciendo tras de ti el mismo vestigio que yo iré dejando y la brisa irá consumiendo; es la curiosa forma que tiene la eternidad de decir que todo se ha acabado. Es la hermosa forma que tiene la infinitud del mar, la inmensa e incomprensible infinitud del mar, de decir que a pesar de todo, el mundo continúa y nuestro camino debe seguir aunque sea por separado. Y de ello, el mar es el único testigo.

 
Fotografía tomada por J. Encina

jueves, 31 de diciembre de 2015

Gracias por su tiempo

Estimado lector:

En primer lugar, me veo en la obligación de darle las gracias por leer esto porque podría estar haciendo cualquier otra cosa distinta, y quizá incluso más divertida. Pero está ahora mismo aquí, en este blog, leyendo esta entrada y por ello le doy las gracias, sin embargo; mi agradecimiento no va ligado solo y exclusivamente al mero hecho de leer; también guarda una enorme relación con el tiempo que ha invertido aquí.
Conforme usted avanza sobre estas líneas, sabe un poco más sobre mí, pero también me ha regalado un pequeño pedazo de su tiempo, me ha dedicado un pequeño retal de su muerte a medida que ha ido leyendo. Así que estamos más o menos igual que antes: yo he escrito esto, no sólo para divertirle, sino para hacerle reflexionar, y espero que a usted le esté gustando; pero no es menos cierto que el tiempo que yo he invertido aquí, en el teclado de mi Acer anotando cada coma, retrocediendo, copiando, pegando o reescribiendo, es proporcional al tiempo que usted va a pasar leyendo esto: de una forma u otra, ambos nos estamos muriendo con el mismo texto, pero de formas diferentes y con el estilo personal de cada uno.
Es probable que esta especie de monólogo epistolar fuese más agradable o divertido mientras tomamos un café o una cerveza, lo que se le antoje. Y no se preocupe que a ésta invito yo. Así que siéntese y relájese o haga lo que el cuerpo le pida; el dinero que puedo invertir en estas cosas (y muchas otras) acabará por volver algún día. O no. Quién sabe. Pero existe una buena posibilidad de que sí. Aunque también existe la posibilidad de que sea usted quien me invite, y el que, en otra ocasión, me hable a corazón abierto como ahora trato de hacerlo yo.
¿Le han regalado algo alguna vez? Seguro que sí. A todos, o casi todos nos han regalado algo alguna vez. Y cuanto más caro y bueno, mejor. Sin embargo, no hemos pensado en el tiempo y la dedicación de quien lo ha comprado para agradarnos: la persona que más nos conoce, habrá necesitado menos tiempo; la que menos, habrá necesitado más, no obstante: todo se reduce a lo mismo: el tiempo invertido en el regalo, la persona que le comprende mejor, habrá tardado menos tiempo en adquirirlo, pero se ha llevado más tiempo para conocerle; en el caso contrario, quien menos le haya tratado, habrá tardado más en obtenerlo por entenderle menos.
Por esta regla de tres, lo que se regala, no es el objeto material; es el tiempo de esa persona, un pedacito de su vida y de su muerte que nos lo ha dedicado sólo a nosotros. Y a diferencia del dinero, el tiempo que se va, nunca vuelve.
Por ello, no piense que este ratito pierde valor, ¡todo lo contrario! Me agrada saber que está compartiendo su tiempo conmigo. Digo compartiendo porque quisiera que estas líneas hayan tenido algún efecto sobre usted y no lo considere una pérdida de tiempo. La cerveza o el café que me he podido tomar con usted también han sido agradables, sin duda alguna. Deberíamos quedar más veces si la experiencia le ha gustado. A mí personalmente sí.
Espero que le hayan servido de algo estas letras. Ya sabe. Agradezca cada segundo que las personas pasan junto a usted, porque ese tiempo es de ambos, y solo de ambos, de nadie más. Un pedazo de muerte que se va, arrancada del pecho y los relojes de este mundo sin que seamos conscientes de ellos. Una raya en el agua o un trozo de aire que alguien ha querido compartir con usted, una inversión en felicidad y gozo sólo equiparable a la buena compañía, a su buena compañía. Y la de nadie más.
Ahora, si me lo permite, debo irme. No se preocupe por el precio de lo que hayamos tomado. Ya le dije que invitaba yo. Podrá devolvérmelo en un futuro.

Gracias por su tiempo.


Una persona normal y corriente

sábado, 28 de noviembre de 2015

Cuarto Menguante

Hay una lágrima blanca en el luto del cielo
Ahogada en un velatorio de luz.
Al verte tengo ahora la certeza de que
Eres como el amor perdido,
El presente olvidado: pues, aún Creciente,
Para mí, ya nunca serás Nueva,
Y aunque llegases Llena
No eclipsarías la soledad,
De la que ni tú, ni yo, somos ajenos
En el dolor de mi Cuarto Menguante.



Dibujo realizado por A. Rasgado