jueves, 10 de octubre de 2013

O Fortuna

Vivo en medio de un mar de niebla atado a un mástil. Sólo se me ha permitido contemplar tu silueta oscura sobre un trono hecho de cráneos procedentes de tus víctimas. Ningún dios se atreve a juzgarte. Ningún dios puede juzgarte. Estás por encima de todo y de todos. Tu reino invisible, a veces tenebroso, a veces luminoso, lo acapara todo. Nadie puede escapar de ti. Te odian y te aman a partes iguales. Maldicen tu nombre, ensalzan tu nombre; pero tú sólo te ríes contemplando las pasiones humanas, los halagos y los insultos de quienes te reclaman como suya, pero ellos... ¡Ellos no saben que son tus esclavos! ¡Ellos no saben que eres la regidora de los destinos de todo cuanto hay en la Tierra! Con un sólo suspiro eres capaz de destruir una vida. Con una sola caricia eres capaz de devolver a alguien de la muerte. Eres única, poderosa, sabia, omnipotente; una diosa fría, carente de piedad, totalmente inmisericorde, absolutamente intransigente. Eres caprichosa. Te diviertes jugando con la vida de los hombres, riéndote de sus súplicas, castigando a los que te alaban.

En mi espalda, desnuda, sólo siento tu cruel látigo arrancando mi carne, pero no quedan heridas de esta inacabable penitencia. No hay cicatrices, no hay sangre, no hay llagas en mi piel, sin embargo, el dolor nunca se va, y tu fusta sigue estrellándose sobre mi costado y este desconsuelo parece no cesar nunca. Los únicos vestigios que quedan de esta cruenta humillación es el destello en mis ojos del odio, evidencias de tu juego despiadado e impío. El grito enmudecido que puedo elevar hasta el cielo sale de mi corazón, allí donde montaste tu imperio, y hoy sólo quedan los restos de la impotencia a la que me tienes sometido, mientras una furia, una rabia ardiente, toman lo poco que queda de mí. Y aún así... ¡Te pido clemencia! ¿Y qué obtengo por respuesta? Una carcajada fría e imperturbable desde tu macabro trono. 

Te gusta verme sufrir. Lo sé. Tu rueda gira, y gira, y gira, y se acerca y se aleja cuando quieres. La tienes cerca de mi cuello, ¿por qué no lo aplastas ya y acabas con todo? Eres demasiado caprichosa... te perfumas con mi sufrimiento, y yo no puedo hacer nada. Soy tu siervo.

Has levantado imperios de la nada que, al día siguiente, has reducido al mismo polvo. Te distrae saber que tus esclavos se creen eternos, pero a tus ojos perciben que todo cuanto han hecho tiene un plazo al que tú misma pusiste fecha, pero ellos... No lo advierten. Igual están arriba de tu rueda que pueden perecer bajo ella con un simple parpadeo. 

¡Toda la humanidad llora conmigo, diosa Fortuna! ¡Calma mi angustia o termina conmigo de una vez! ¡Me arrebataste a quien más quería, me quitaste lo que más anhelaba! Sólo soy un esclavo tuyo, de tu cruel voluntad, ¿no puedes dejar de hacerme sufrir? ¡Emperatriz del mundo! ¡Ya no tengo nada! ¡Nada! Dime ahora... ¿Qué más quieres de mí?

Inspirado en el Carmina Burana "O Fortuna" (¡Oh Fortuna!), cantos goliardos alemanes escritos en latín medieval entre los siglos XII y XIII


sábado, 10 de agosto de 2013

Cuéntame

Me tumbo en la cama con una sonrisa y me pongo a pensar en la cantidad de cosas que tiene que contarme la Luna. La cantidad de besos que ha tenido que ver. La cantidad de hermosos momentos que ha tenido que contemplar. Si el mundo le preguntara, ¿qué tendría que contarle? Habrá sido testigo de las pasiones más ocultas, de los placeres más prohibidos, de los amores más eternos, y de los besos más fugaces. ¿Cuántas historias se han fraguado bajo tu luz sin que fuésemos conscientes de que nos mirabas desde allí arriba? Seguro que no soy el único que te pregunta por esas anécdotas, que en el mundo hay más nostálgicos que dejan volar su imaginación inventándose cosas que nunca sucedieron, pero en sus corazones, esos recuerdos existen. Llevan nombre y apellido, incluso fechas inexistentes que anotan en el calendario del olvido con ilusión y alegría. ¿Verdad que es bonito?

¡Cuéntame una historia! Cuéntame la historia de un tal Romeo y una tal Julieta, que me han dicho que es preciosa. Cuéntame esa historia que escribió un inglés embaucado por tus destellos hace mucho tiempo y que tiene por protagonista a esos dos jóvenes, y una tal Noche por único espectador. Cuéntame ese cuento indeciso, que empieza sin un "érase una vez" y acaba sin un "fueron felices". Cuéntame como un romance destruyó a dos personas y unió a dos familias enfrentadas. Cuéntame cómo el Amor triunfó sobre la Muerte. Cuéntame a cuántos borrachos has visto recitar poemas, hacer el tonto por una chica. Cuéntame cuántas chicas has visto reírse de un borracho por hacer el tonto, cuántas sonrieron porque, a pesar de todo, lo darían todo por ese ebrio rapsoda. Cuántos rechazos, cuántas aceptaciones, cuántas luchas, cuantas decepciones, cuántas esperanzas, ¡cuánto amor has visto!

Cuéntame todos los paseos que se han dado por el borde de un río. Cuántos besos dulces se han perdido en un mar de agua salada. Cuéntame cuantas gotas de agua salada han acabado por provocar la noche más dulce.

Cuéntame a cuántos mudos diste voz, a cuántos hombre de voz viste quedarse mudos. Cuéntame cuántos ciegos vieron la luz, y dime, ¿quiénes, por una luz quedaron ciegos? Cuéntame cuántos tímidos se han vuelto valientes, cuántos valientes se volvieron cobardes.

Cuéntame, ¿cuántos suspiros se han perdido en el cielo? ¿Cuántas peleas de enamorados has visto? ¿Cuántas reconciliaciones? ¿Cuánto dolor y cuánto alivio? Seguramente necesitarías del infinito para contarlo.

Me gustaría saber en cuántas fiestas has estado deslumbrando con tu vestido blanco, pero has pasado siempre desapercibida porque nunca nadie se ha fijado en ti, pero te da lo mismo. Te dedicas a sonreír, a ver todas las situaciones, tan cerca y tan lejos. Eres la única espectadora de todo, una reina solitaria sobre un trono de estrellas cubierta por un manto negro.

Y ¿qué quieres que yo te diga? Lo mejor es que me calle ya, que deje de hablar, que acabo de olvidar si estaba hablando de la la Luna, o de dos ojos que ilusionan. De una mujer que enamora con una fecha inexistente en mi calendario del olvido.

Dedicado a Andrea Fernández

domingo, 23 de junio de 2013

Domingo sombrío

Hoy es un domingo triste. Miro por la ventana a la calle esperando, inútilmente, que vuelvas. Es algo que, tal vez, tengo asumido, pero que nunca aceptaré. No. No puedo pensar que ya no estás aquí, que tu retorno es imposible, que eras demasiado hermosa para este mundo, que Dios te quería junto con su corte celestial para ser un lucero más en el infinito firmamento.

Hoy es un domingo triste. Satanás te tenía envidia porque fuiste motivo de perdición para muchos, porque fuiste el precedente y la causa de mi descenso a la locura. Porque tu cuerpo se convirtió en el mayor sinónimo de pecado de mi universo, y el Ángel Caído no pudo soportar que una nueva reina le arrebatase su trono.

Hoy es un domingo triste. Me di cuenta de que todo es un mal sueño. Todo cuanto nos rodea. Todas las ilusiones son falsas. No hay un mañana que nos redima. Sólo existe el hoy, y para ti se acabó. Para mí se acabó.

Hoy es un domingo triste. Desde que te vi metida en el ataúd en tu funeral supe que había un solo cadáver, pero dos corazones habían dejado de latir. Uno estaba destinado a dormir para siempre. El otro a seguir cabalgando entre tempestades imperecederas a espera de reunirse contigo allá donde estés.

Hoy es un domingo triste. ¿Por qué te fuiste tan pronto? ¿Por qué me has dejado solo? Ya no oiré tu voz. No. Se me ha privado de ese privilegio tan pronto... ¿Me dejarías que te llevase flores? Te llevaré lirios blancos. Sé que eran tus favoritos, pero no puedo mentirte. Sólo el hecho de ver tu nombre grabado en una fría lápida de mármol me causa miedo. No sería capaz, mi alma, de visitarte sabiendo que ya no puedes salir a oler los brotes níveos.

Hoy es un domingo triste. El tiempo pesa sobre mi espalda. El tiempo desgarra mi corazón. Ya no estás. Ya no estás. Tu nombre se repite en mi cabeza, me nubla el juicio, me empaña los ojos de lágrimas, suelta perlas por mis mejillas, impactan en el suelo igual que impactó mi alma en tu féretro. Aún la veo, pálida y destrozada, con la cabeza apoyada sobre tu pecho, intentando devolverte a la vida inútilmente con sus sollozos. Llévatela contigo, por favor. No va a ser feliz aquí, en este mundo material, terrenal, en este mundo limitado por lo físico. No. Deja que vuele contigo allí donde los Arcángeles cantan, donde el tiempo se detiene, allí donde siempre seremos jóvenes.

Hoy es un domingo triste. Ya no puedo ver tus ojos. La vida me resulta tediosa. ¿Se enfadarían los ángeles si decido unirme a ti? ¿Se enfadarían si quiero dejar de soñar? Tengo ganas de despertarme junto a ti de nuevo. De abrazarte como te he abrazado en este largo sueño hasta que decidiste irte.

Hoy es un domingo triste. Miro por la ventana. No vuelves. Siento frío... pero necesito abrirla. Quiero sentir el aire, tus manos incorpóreas acariciando mi rostro por última vez. El cielo es precioso desde que estás allí, ¿lo sabías?

Hoy es un domingo triste. Es mi último domingo. Espérame despierta allí donde el sol y la luna juegan abrazados. Donde ninguno de los dos se pone. Espérame. Quiero verte. Espérame. Ya me voy contigo. No te vayas aún... Espérame...

Inspirada en la canción "Gloomy Sunday", popularmente conocida como "la canción húngara de los suicidios". Compuesta por el pianista Reszo Seress, escrita por el poeta Leszlo Javor, popularizada en 1941 por la cantante Billie Holiday. 

Versión de Sarah McLachlan





domingo, 2 de junio de 2013

Charles Baudelaire

Me señalan con el dedo, pero lo único cierto es que soy el vivo reflejo de una humanidad en decadencia. Estoy en un bar cualquiera de París en un naranja atardecer, bebiendo vino, esperando a que caiga la noche para disfrutar del solitario anonimato que otorga la oscuridad para entrar a cualquier fumadero de opio y olvidar que existo, mientras el mundo sigue su curso ajeno a mis sufrimientos, a sus propios sufrimientos. No soy más que el producto egocentrista de una sociedad enferma, jerarquizada en sus propias normas, donde el principal maestro de la moral se convierte, por detrás vuestra, en la viva imagen del pecado que condena. Sí. Ese mismo al que alabáis porque es respetuoso se mofa a vuestras espaldas con sus viles actos.

¿A cuántos como yo habéis marcado con el signo de Caín, y a cuántos habéis aplaudido mientras se reían de vosotros? No queráis saberlo. Lo cierto es que los mismos que me condenan, son los mismos que después me saludan afablemente, los mismos que frecuentan burdeles a deshora para desvirgar a cualquier jovencita indigente a cambio de un par de monedas con las que saciar su hambre, los que fuman hachís de madrugada para evadirse de los problemas, son los mismos que rechazan mis actos, pero también son los mismos que se deleitan leyendo mi poesía decadentista a espaldas del mundo mientras, de cara al universo, desprecian todas y cada una de las líneas escritas a pesar sus posteriores felicitaciones. No sean ingenuos: los mejores versos los he escrito entre las piernas de una puta sifilítica del peor antro de la ciudad después de dilapidar no sé cuántas monedas en jarras de vino y pipas de opio, pero, París, no te escandalices. El mejor placer no ha sido el de fumar hachís, ni el de embriagarme de vino. Tampoco el de acostarme con cualquier ramera de tres al cuarto. El mejor placer que he tenido ha sido el de probar unos labios que nunca llegaron a besarme, la misma mujer que yació junto a mí cada noche, pero nunca calentó mi cama, la única que, sin mirarme siquiera, ha provocado un incendio en mi corazón, y no existe suficiente agua en el mundo para extinguirlo, ni hay tantas mujeres en la tierra para saciar mi deseo de pasión carnal suscitado por ese Ángel Caído.

Pueda que ésa sea la mejor droga que nunca haya probado, y lo cierto es que no la he probado, pero ¿qué más da? Aún tengo tiempo de soñarte entre calada y calada, entre sorbo y sorbo, entre noche y noche, entre página y pagina. Pero, París, no te escandalices, al fin y al cabo, tú eres peor que yo, y, al fin y al cabo, la culpa de mi descenso a la locura la tienes tú. No te sientas celosa ni culpable, si a pesar de haberme impuesto la marca de los condenados sigo recorriendo tus entrañas cada noche, y cada noche vivo y muero en tus entrañas, amaneciendo día sí y día también en cualquier burdel de mala muerte con botellas y más botellas de vino tiradas por el suelo, apestando a hachís, con fatiga y dolor de cabeza, con el cuerpo destrozado y sin recuerdo alguno de la noche, tan sólo con unas líneas escritas en un papel manchado.

La noche ya está aquí, y el vino se ha apurado. París, es hora de que tu gente me vuelva a  señalar con el dedo con la más absoluta de las hipocresías mientras te recorro. Ha llegado la hora de repudiar la verdad en la oscuridad una vez más. París, no te escandalices, no te enceles. Voy a dedicarte los versos más hermosos esta noche entre las piernas de cualquier prostituta de tus suburbios.



Dedicado al poeta francés Charles Baudelaire (1821-1867) autor de "Las flores del mal". 

martes, 30 de abril de 2013

Tempus Fugit

No sé si lo que estoy viendo es un rojo crepúsculo o un lento amanecer escarlata. Sólo sé que esta es la sexta botella de alcohol que descorcho con el estruendo propio de un borracho y que parte del contenido cae en el suelo y que apenas me preocupo. Soy insensible a la algidez del cristal en mi boca, y al cálido sabor del alcohol pasando por mi garganta. Mi cuerpo está allí, pero mi mente anda perdida en alguna otra parte.

No recuerdo si lo que estoy viviendo es una rememoración confusa o una vaga realidad, o una especie de locura pasajera. El pasado parece mostrarse nítido hoy, ayer es caos, mañana... nada. Sólo sé que estoy explotando desgracias remotas que ya creía extintas para sentir que existo, aunque de una forma u otra sabía que nunca se acabarían de ir y en algún momento el dolor tendría que florecer de nuevo, de la misma forma que renacen los odios y rencores de antaño, porque las heridas del espíritu tienen la mala costumbre de ser antiguas y longevas, y de una memoria infinita, imposibles de olvidar, aunque el tiempo ayude a trasladarla de lugar en nuestro pecho. Hay cosas que pasan de la más absoluta de las nimiedades a la más importante de las razones de vivir, y lo que ayer fue una razón de vivir, mañana puede gozar de una indiferencia más pasmosa, y eso, al fin y al cabo, para todo ser humano consciente de las mutaciones que sufre el tiempo, es lacerante, pero no menos cierto es que acaba poniéndolo todo en su lugar, y al volver la vista atrás todo queda impregnado del matiz gris de la nostalgia que nos lleva a pensar que toda era pasada fue mejor. ¡Incluso los errores, los problemas parecen más pequeños que entonces! 

El tiempo pasa. Se agota. Y todo lo que se va, no vuelve. Reflexiono todo esto con un largo trago a la botella. Las oportunidades que dejaste pasar nunca volverán, pero su omisión siempre tendrá un peso sofocante sobre nuestra espalda, sobre nuestra conciencia, sobre nuestro corazón. La memoria siempre estará ahí para recordarte que has fallado, pero es de agradecer. Sin ella no me habría dado cuenta que es preferible la indigencia material a permanecer huérfano de corazón. Sin ella, no me habría dado cuenta de que estás siempre en mis pensamientos porque es inevitable. Ha pasado el tiempo, pero, imperecederamente, sigues habitando en lo más profundo de mi alma, y reniegas de irte. Eres la causa prima por la que estoy clavando mis pupilas en un disco dorado mientras, mentalmente, te dibujo entre las nubes con tu característica sonrisa. Así me doy cuenta de que hay cosas que nunca pasarán porque forman parte de nosotros, y que, por más que mueran, están condenadas a renacer eternamente, a existir en lo más hondo del recuerdo, como el hielo sobre una montaña cuando vuelve a soplar el frío invernal sobre sus picos rocosos, porque si algo odio de todo esto es que el momento se volvió estático cuando el instante se tornó gélido, como la botella que sujeto. Pero todo eso da igual. Al fin y al cabo, todo pasa, y, por desgracia, no serás una realidad, sino un recuerdo predilecto dentro de mis evocaciones mentales. 

El sol se apaga ya en la lontananza. El horizonte lo devora con lentitud. Los quejidos de los pájaros traen el rumor agonizante del astro gigantesco que pinta el cielo de rojo sangre. Las estrellas comienzan a salir a ver la solemne caída del día. Todo acaba. Todo pasa. Todo vuelve. La luz muere, pero mañana volverá a salir, aunque todo tenga su fin. De eso estoy seguro. El tiempo corre. Y bajo ningún concepto se detiene.

jueves, 14 de marzo de 2013

Charcos


Me gusta mirar en los charcos porque me parecen el reflejo de un mundo paralelo al de aquí. Allí todo cambia. Lo pequeño parece grande, lo lejano está más cercano, lo claro se vuelve más oscuro, lo secundario allí es único.

Cuando miras en él, a través de él, la realidad parece cambiar, y las verdades pasan a ser mentiras. Sólo tiene cabida la nostalgia de los recuerdos, la contradicción de un universo lleno de posibilidades y de sueños rotos que jamás podrán ya cumplirse.

Allí me veo reflejado. Te veo reflejada, dulce tormento, y converso contigo como si te tuviera delante de mí. Explícame, ¿por qué otro y no yo? Aún tengo la esperanza de oír una contestación de tus labios, pero tu rostro permanece inmutable. Dime, ¿en qué falle? Pero hoy decides parpadear y sonreír. Permaneces muda ante mis preguntas. Háblame, ¿qué hice mal? Ni si quiera hallo la respuesta en tus ojos opacos. No eres más que un fantasma del pasado incapaz de articular alguna palabra que alivie mi incertidumbre… Pero eres tan hermosa que la sola alusión de tus rasgos basta para alegrarme, para evocar los recuerdos más felices que he vivido contigo, junto a ti. Bella herida abierta… no te vas nunca de mi memoria. Te tengo siempre presente. Tal vez por eso te veo ahí reflejada. Tal vez es eso lo que quiero, que no te vayas nunca, que no me abandones jamás, pero no eres más que un espíritu, un aura incorpórea e intangible.

Todo es de una ilusión casi ofensiva, demasiado vano para ser verdadero, demasiado real para ser ficción, pero todo está impregnado de una esencia nostálgica que me resulta incluso irrespetuosa con el ayer. Y creo que se debe a que me parece un mañana, pero sé que no son más que reminiscencias de un tiempo pretérito que ya no volverá.

Me gusta mirar en los charcos, a través de los charcos, porque te veo, nos veo juntos, pero tantas esperanzas tan malévolamente auto infundadas hacen verdaderos estragos en cualquier corazón.

Me gusta mirar en los charcos, a través de los charcos porque desviando la vista se apaga una creación efímera que ya nunca volverá porque, realmente, nunca existió más que en el interior de cualquier conciencia, inducida por la esquizofrenia de un suceso ficticio aún latente en el presente, siempre vivo, siempre muerto… siempre agonizante, eterno, con un principio inexistente, con un final inventado.

Me gusta mirar en los charcos, a través de los charcos porque te veo, pero, ¿a quién quiero engañar? No me hacen falta gotas agua de lluvia acumuladas para pensarte porque siempre te tengo presente. Me gusta mirarte en los charcos, porque igual que el llanto de Dios; te evaporas y es como si nunca hubieras existido, pero dentro de mí, algo sabe que estás ahí, que siempre estuviste ahí, y que algún día volverás a tomar forma, como los pensamientos en los que te deseo. Como los charcos en los que te miro.

sábado, 2 de marzo de 2013

Habitación 134

Bruno estaba sentado sobre la silla de aquella lujosa habitación de un hotel de San Francisco. Llevaba una camisa blanca remangada, una corbata ancha roja, y un chaleco clásico negro, igual que los pantalones. Su pelo azabache y corto estaba repeinado hacia un lado, y sus ojos castaños oscuros estaban posados y absortos sobre un vaso de whisky que sujetaba con la mano derecha y que estaba apoyado sobre la mesa. No había iluminación mayor que las luces que procedían de las calles. Todo allí estaba en la más completa oscuridad y el más absoluto de los silencios. Fuera sólo se escuchaban coches. Ni si quiera el triste graznido de un ave. Aquella atmósfera le deprimía.

Suspiró y se levantó, no sin antes beber un largo trago de su vaso. Se paseó por la habitación dando vueltas  en círculos buscando algo con lo que entretenerse. Algo con lo que hacer desaparecer esa extraña tensión que le sobrecogía y que le oprimía el pecho. Necesitaba distraerse.

Reconoció en la penumbra una especie de tocadiscos sobre un pequeño escritorio caoba. Esparcidos a su alrededor había varios discos en vinilo de música jazz y blues. Se aproximó a ellos y comenzó a leer y observar sus nombres detenidamente: King Oliver, Eddie Condon, Duke Ellington… Los conocía a todos. Había tenido el placer y el privilegio de saborear su música en varias ocasiones. Alzó el brazo y acabó de beberse el último trago de whisky que quedaba. Ojeó de nuevo los discos y escogió uno de Louis Armstrong que colocó habilidosamente sobre el tocadiscos haciéndolo girar. Situó la punta del tocadiscos sobre el vinilo y se dirigió a la mesa en la que había estado bebiendo anteriormente. Agarró con fuerza una botella de contenido marrón y lo vertió cuidadosamente sobre su vaso cuidando de que no se cayera una sola gota fuera del recipiente. La música comenzó a sonar. Era un blues precioso. Lo había oído multitud de veces en pubs y bares de New York y Chicago. Depositó la botella de nuevo sobre la mesa y bebió un trago largo. Suspiró. y caminó hacia la ventana.

Esta vez el vaso recaía sobre su mano izquierda. La mano derecha estaba apoyada en el dintel de la ventana. Observó la ciudad. Era de noche, pero la ciudad no parecía dormir. Desde allí podía ver el Golden Gate Bridge, construido hacía poco tiempo, iluminado por las farolas y las luces que emanaban de los edificios. La ciudad bullía de vida aún en horas de somnolencia. Bebió contemplando ese hermoso paisaje urbano.

Notó unos brazos cálidos y húmedos envolviéndole la cintura. Sintió después unos labios recorriendo su cuello y miró de reojo hacia atrás. Era Giovannona, su amante. Tenía puesta una bata blanca de terciopelo que parecía ser cara. Sus ojos verdes centelleaban en la oscuridad como si fueran los de un gato callejero y su pelo castaño y mojado caía con sensualidad por sus hombros. Acababa de salir de la ducha.

-¿Ya has acabado de ducharte?-Preguntó Bruno.
-Sí. Ya he terminado.-Contestó. Paseó su dedo índice por el cuello de aquel fornido hombre y éste pareció no sentirse a gusto. Apartó su mirada de la calle e ignorando a Giovannona camino hacia el centro de la habitación. La puerta del cuarto de baño estaba abierta y Bruno miró al suelo mientras bebía un breve trago de su bebida.
-¿Qué te pasa?-Preguntó Giovannona.-Estás distante hoy.

-No me pasa nada.-Contestó Bruno de forma áspera. Sintió después las manos de su amante posadas sobre sus caderas y notó cómo el corazón se el aceleraba.-Para… por favor…
-¿Ya no me encuentras atractiva? ¿Es eso, Bruno?-Aquella hermosa mujer se encontraba ahora susurrando a su oído.
-No, no es eso, Giovannona.
-¿Entonces?
-No sé explicarte lo que me pasa exactamente.-Dijo mirando su vaso.
-Será que has bebido demasiado.
-Será… será... el alcohol nubla la mente del hombre.

La mujer masajeo suavemente los hombros de su amante mientras éste notaba cómo sus músculos se desataban y se relajaban poco a poco. Giovannona siempre había sido sinónimo de felicidad y alegría para él, pero aquella noche era distinta a todas las demás sin duda alguna. Sin previo aviso, sus manos dejaron de tocar los hombros de Bruno y ésta se encaminó a una cama totalmente desecha. Conforme avanzaba dejó caer la bata al suelo. Bruno se giró y contempló su cuerpo desnudo mientras ella se tumbaba en la cama. Sonrió mientras daba un nuevo trago de whisky. Conocía todas y cada una de las sensuales curvas de su bella anatomía. Todas y cada una de sus debilidades. Giovannona también conocía las suyas.

-Tendré que irme a dormir. Ya veo que hoy no estás por la labor de complacer a una dama.-Giovannona sonrió. Las sábanas cubrieron su cuerpo hasta la altura de su pecho y le dio la espalda a Bruno. Escuchó los andares del hombre que se aproximaba a ella lentamente. Sintió sus labios sobre su cuello y ésta se giró para besar suavemente su boca y acariciar su pelo. El corazón parecía que iba a estallarle en el pecho. Tenía el pulso acelerado.

-Voy al baño un momento si me disculpas.-Un último beso cayó por la garganta de Bruno mientras su amante miraba cómo se adentraba en el servicio aún con el vaso a medio acabar en su mano. El blues seguía oyéndose de fondo.

Bruno encendió las luces del servicio y se miró al espejo. No entendía cómo ni por qué había llegado a ese extremo. No sabía siquiera cómo había llegado allí. No se acordaba de casi nada. No se reconocía a sí mismo. Besar a Giovannona, a su Giovannona ayer habría sido motivo de júbilo donde hoy apenas quedaba una pasión gélida de un amor prohibido. Seguramente se debería a la propia naturaleza de su visita. Bebió un trago de whisky para envalentonarse y volvió a contemplar su reflejo. No veía vida en su rostro ojeroso. Apoyó ambas manos sobre el borde del lavabo y agachó su cabeza abatido, buscando una respuesta a todo aquello.- ¿Cómo he llegado a esto?-Se preguntaba. No entendía el origen de su nerviosismo. Había hecho aquello decenas de veces. Tal vez sería porque, lo que iba a hacer ahora, se lo iba a hacer a una persona que de verdad le amaba. Una persona que, para él, había tenido una importancia capital en su vida, había sido su punto de inflexión, su antes y su después. Sus ojos se posaron en el reflejo de su cara demacrada. Suspiró y bebió lo que quedaba de whisky en su vaso en dos sendos y largos y tragos. Dejó el vaso con fuerza sobre el lavabo y, metiéndose una mano en el bolsillo derecho de su pantalón salió del cuarto de baño.

Giovannona le miraba impaciente sentada sobre la cama.

-Has tardado mucho, ¿no crees?
-Demasiado poco, créeme. Demasiado poco.-Contestó con tono melancólico.  

Giovannona dirigió su vista hacia la mano derecha de su amante. Sujetaba una pistola Star de 7,65 milímetros.

-Ahora lo entiendo todo.-Dijo levantándose de la cama y poniéndose la bata de nuevo.- ¿Quién lo manda?
-Don Alessandro Cavaglieri.
-Entiendo.-Contestó agachando la cabeza.
-No deberías haber jugado con quien no debías, Giovannona. Tal vez las cosas hoy serían distintas.-La voz de Bruno se volvió más trágica y triste.
-Tal vez, Bruno, tal vez.-Giovannona se aproximó a él y le miró a los ojos mientras sonreía.
-Perdóname.
-Estás perdonado, amor mío. La culpa es mía. Como tú dices, no debí haber jugado con quien no debía. Si aún me quieres, acabemos con esto.

Giovannona agarró suavemente la cabeza de Bruno y comenzó a besar a su asesino tiernamente en los labios. Disfrutaba de su último beso. Bruno no se atrevió a pararla. Tampoco sintió la necesidad. Ése sería el último beso que daría a la persona que más adoraba en el mundo. Mientras aún andaban fundidos en el beso, Bruno elevó su mano derecha y puso el cañón de su pistola cerca de la sien de Giovannona. Mientras la acariciaba y su corazón ardía de lujuria, contó hasta tres en silencio y apretó el gatillo. Giovannona cayó al suelo totalmente fulminada. Su arma humeaba. Todo había acabado. De la sien de su amante corría un líquido rojo que se mezclaba con su pelo y caía al suelo manchando la habitación con su sangre. El blues había acabado. Aún muerta en medio de la habitación permanecía hermosa como una noche parisina.

Bruno se puso su chaqueta negra, colocó su sombrero sobre su cabeza, y se vistió con su gabardina gris oscuro. Antes de salir le dedicó una última mirada al único amor que había tenido en la vida.

-Hasta siempre, Giovannona.

Bruno cerró la puerta de la habitación 134. Un camarero se aproximó hacía la habitación portando varios platos de comida y una copa sobre una bandeja plateada. Cuando se dispuso a abrir la puerta, Bruno le paró interponiendo su brazo entre la puerta y el individuo trajeado.

-¿Es para la señorita Della Victoria?
-Sí, me ha pedido que le trajera la cena tarde y a su habitación, señor.
-Lamento importunarle, buen hombre, pero la señorita Giovannona Della Victoria se encontraba indispuesta y me ha pedido que le diga que cancele su cena. Ha decidido acostarse. Tenía un fuerte dolor de cabeza. Puede marcharse.
-Vaya…Gracias por avisarme, señor. Buenas noches.
-A usted.-Dijo elevando un poco su sombrero en señal de agradecimiento.

El camarero dio la media vuelta y desapareció por una de las esquinas del pasillo. Bruno bajó las escaleras con tranquilidad y salió a la puerta de aquel hotel, cerca del Golden Gate Bridge en la bulliciosa ciudad de San Francisco. Ya en la calle sacó un puro de su gabardina y lo encendió con una cerilla que traía en una cajita en su bolsillo izquierdo. Aspiró la primera bocanada de humo sin disfrutarla. Ya no tenía a Giovannona a su lado para disfrutar del aroma de su puro. Dirigió un último vistazo a la ventana que daba a la habitación 134. Suspiró y su corazón se llenó de dolor. Había perdido lo que más amaba en el mundo. Para siempre. La había matado con sus propias manos por capricho de don Cavaglieri porque había desobedecido y deshonrado a la familia. Con esos pensamientos y un hondo sentimiento de culpa se hundió en la oscuridad de las calles de San Francisco mientras fumaba y deseaba no haber nacido para presenciar aquella tragedia.-Giovannona.-Se repetía a sí mismo mientras negaba con la cabeza. Bruno agachó su cabeza y continuó andando sumido en el silencio de sus reflexiones mientras daba largas caladas a su puro pensando en qué haría ahora, en todo lo que dejaba atrás… en todo lo que había perdido.