La noche extendía su negra mano por entre la maleza y la arboleda del bosque donde Otto y Alexander se habían dispuesto a cazar.
Fuera de la linde del sendero, trotaban sendos caballos de belleza sin igual, ambos blancos pero con manchas distintivas uno del otro, y sobre su grupa llevaban a los dos pintorescos cazadores que traían varias presas pequeñas cazadas, conejos en su mayoría y alguna que otra paloma que, junto con la gallina y el cordero sacrificado hace unos días, tendrían una menesterosa cena digna de la mesa de los reyes antiguos, o incluso un banquete similar a las antiguas bacanales romanas.
Andaban ambos sobre sus caballos en un silencio casi sepulcral marcado, tan sólo, por el relincho y resoplido de los caballos y de la respiración ante la cargada atmósfera neblinosa que envolvía todo cuanto podía verse en una especie de manto grisáceo con aspecto de algodón y que humedecía el ambiente. Tan espesa era esta niebla que no alcazaban a ver nada más allá que quedara fuera del hocico de sus gallardas montura, aunque, no obstante, no dejaba de ser un espectáculo bello aunque sobrenatural: pocas veces había visto Otto echarse una niebla como ésa en medio de aquel bosque frondoso haciendo que, dicho fenómeno, carente de interés para muchos, resultara misterioso e inquietante para el veterano criado de los Wescher quien contemplaba atónito la situación.
Alexander, en antítesis, quedaba absorto en sus más profundos pensamientos haciendo que la imagen de la muchacha a la que sólo había visto dos veces, se dibujara con claridad en su mente.-Tan perfecta... tan hermosa- pensaba Alexander-y tan inalcanzable que sólo Dios y el viento pueden acariciarte el rostro y colarse por el laberinto dorado que son tus cabellos.
Mas, por un instante, ambos perdieron la visión del que tenían al lado y el horror se apoderó de la faz de Otto, quien comenzó, desesperadamente, a llamar a su señor y a espolear al caballo para dar con él.
Pero en aquel instante, comenzó a llover.
Era la primera vez que Otto veía llover aún cuando las nubes de neblina y vapor reposaban en la tierra... También fue la primera vez que vio irrumpir en el cielo un misterioso haz de luz que cayó a varios cientos de metros más allá de su posición. Pero si de algo estaba seguro el fiel Otto, es que era la primera vez que veía aquel extraño fenómeno lumínico que lo dejó, si cabe, más aterrado pero también maravillado, pero no sería la útlima vez que sus ojos oscuros contemplasen aquel espectáculo que sólo aparecía cuando llovía.
lunes, 31 de enero de 2011
miércoles, 26 de enero de 2011
El Impulso de la Tormenta Parte VI
El impaciente Otto recorría las estancias del castillo vigilando que todo estuviera en orden mientras su hija continuaba limpiando las cocinas y demás dependencias del emplazamiento.
Tras finalizar su ronda particular por el que había sido su hogar desde siempre, se aproximó a la vidriera del salón.
Todo estaba más luminoso gracias al Sol del amanecer cuyos rayos traspasaban la vidriera creando una especie de cuadro de luces en el suelo gracias a los vistosos colores de la apocalíptica pero bella vidriera.
No estaba la chimenea encendida como era habitual en aquellos días tan gélidos y la mesa aún no estaba predispuesta para el abundante desayuno del barón quien había vuelto a salir la noche anterior.
Otto lo sabía y cada vez que lo volvía a ver le echaba una dura reprimenda a pesar de que sabía que el rebelde noble volvería a pecar de inocente y desecharía sus consejos una vez más, así, el tiempo le había dado la razón a su sabiduría y cordura y no había vuelto a mencionar nada más del asunto después de la cuarta salida pues, sabía del empeño de Alexander en encontrar a una dama que nadie más había visto y que había bajado del cielo en forma de rayo.
Estaba cansado ya de las mismas palabras y de la misma contestación insolente, mas, él también había sido joven y soñador y en el fondo de su corazón entendía al barón de Röcken y comprendía sus absurdas y frecuentes bravatas nocturnas. Todo para encontrar a algo que no yacía entre los vivos y que muy probablemente fuera producto de su imaginación... O eso pensaba Otto.
Escudriñando la vidriera, se percató de la presencia de una sombra de ropajes oscuros y caballo blanco que se movía a la velocidad del suspiro y que entraba por la puerta principal: era él, Álexander van Wecher, el barón de Röcken que volvía de otra de sus aventuras bajo el lluvioso manto de la noche.
Otto contempló impasible como el dueño del castillo dejaba al corcel en la caballería con mucho cuidado y como tras ello subía deprisa las escalinatas que conducían al vestíbulo del salón donde descansaba Otto.
Apenas unos minutos más tarde, el barón entró por la puerta grande del vestíbulo totalmente empapado pero con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Buenos días, Otto! -Dijo el entusiasmado Alexander.
-Gratos son, mi señor. Ya veo que volvéis contento de vuestra andadura nocturna, ¿Puedo preguntar a qué se debe?-Preguntó Otto mientras se encaminaba a una silla y se sentaba de forma lenta.
-Sí; la he visto esta noche. ¡Estaba tan hermosa como siempre!-Dijo el barón colocándose justo al lado de su criado.
-Interesante.
-¿No me crees?-Masculló Alexander a medio camino entre la voz y el susurro mientras se sentaba al lado de su criado.
-No puedo creer en lo que no veo, señor.-Contestó Otto.
-Entonces dime, Otto ¿Cómo es que creemos en Dios si no lo vemos?-Dijo Alexander con una sonrisa diabólica que pillo de improvisto a Otto.
-Es fe. Es por fe en lo que creemos.-Respondió con sequedad.
-Entonces, por el Altísimo, Otto, amigo mío, te suplico que me creas: ¡la he visto y es tan real como tú o yo!-rebatió con vehemencia-Si fuera una diosa de la antiguedad, sería Afrodita.
-¡Blasfemáis!
-¡Para nada! Acompáñame esta noche si quieres y te la mostraré.-Dijo Alexander.
-Tengo mejores cosas que hacer que perseguir mujerzuelas.-Declaró Otto rotundamente.
-Salgamos a cazar pues; las despensas están vacías, según me comentó Anna, y necesito de un fuerte y experimentado brazo que me acompañe. ¿Qué me dices a eso, Otto?.
-Si lo veis con buenos ojos... Tendré que ir, además, esta noche nos visitarán vuestro amigo Hans Thiele y su hermana, la señorita Ángela Christel y sería descortés no ofrecerles una buena comida recién cazada.
-¡Toda la razón, Otto! Nos veremos abajo dentro de media hora si así lo véis bien: quiero ponerme ropas secas antes de partir.-Exclamó Alexander mientras se levantaba y caminaba en dirección hacia sus aposentos con cierta alegría en el cuerpo.
-Bien lo veo si así lo precisáis.
Tras la retirada del joven nobilita, Otto contempló el cielo desde donde estaba sentado y se fijó en los nubarrones que se dirigían hacia el castillo de forma lenta pero ininterrumpida... Habría que darse prisa o les llovería, aunque algo dentro de su corazón, le decía que la intención de Alexander no era la de cazar... Y mucho menos, la de volver por la noche.
Tras finalizar su ronda particular por el que había sido su hogar desde siempre, se aproximó a la vidriera del salón.
Todo estaba más luminoso gracias al Sol del amanecer cuyos rayos traspasaban la vidriera creando una especie de cuadro de luces en el suelo gracias a los vistosos colores de la apocalíptica pero bella vidriera.
No estaba la chimenea encendida como era habitual en aquellos días tan gélidos y la mesa aún no estaba predispuesta para el abundante desayuno del barón quien había vuelto a salir la noche anterior.
Otto lo sabía y cada vez que lo volvía a ver le echaba una dura reprimenda a pesar de que sabía que el rebelde noble volvería a pecar de inocente y desecharía sus consejos una vez más, así, el tiempo le había dado la razón a su sabiduría y cordura y no había vuelto a mencionar nada más del asunto después de la cuarta salida pues, sabía del empeño de Alexander en encontrar a una dama que nadie más había visto y que había bajado del cielo en forma de rayo.
Estaba cansado ya de las mismas palabras y de la misma contestación insolente, mas, él también había sido joven y soñador y en el fondo de su corazón entendía al barón de Röcken y comprendía sus absurdas y frecuentes bravatas nocturnas. Todo para encontrar a algo que no yacía entre los vivos y que muy probablemente fuera producto de su imaginación... O eso pensaba Otto.
Escudriñando la vidriera, se percató de la presencia de una sombra de ropajes oscuros y caballo blanco que se movía a la velocidad del suspiro y que entraba por la puerta principal: era él, Álexander van Wecher, el barón de Röcken que volvía de otra de sus aventuras bajo el lluvioso manto de la noche.
Otto contempló impasible como el dueño del castillo dejaba al corcel en la caballería con mucho cuidado y como tras ello subía deprisa las escalinatas que conducían al vestíbulo del salón donde descansaba Otto.
Apenas unos minutos más tarde, el barón entró por la puerta grande del vestíbulo totalmente empapado pero con una sonrisa de oreja a oreja.
-¡Buenos días, Otto! -Dijo el entusiasmado Alexander.
-Gratos son, mi señor. Ya veo que volvéis contento de vuestra andadura nocturna, ¿Puedo preguntar a qué se debe?-Preguntó Otto mientras se encaminaba a una silla y se sentaba de forma lenta.
-Sí; la he visto esta noche. ¡Estaba tan hermosa como siempre!-Dijo el barón colocándose justo al lado de su criado.
-Interesante.
-¿No me crees?-Masculló Alexander a medio camino entre la voz y el susurro mientras se sentaba al lado de su criado.
-No puedo creer en lo que no veo, señor.-Contestó Otto.
-Entonces dime, Otto ¿Cómo es que creemos en Dios si no lo vemos?-Dijo Alexander con una sonrisa diabólica que pillo de improvisto a Otto.
-Es fe. Es por fe en lo que creemos.-Respondió con sequedad.
-Entonces, por el Altísimo, Otto, amigo mío, te suplico que me creas: ¡la he visto y es tan real como tú o yo!-rebatió con vehemencia-Si fuera una diosa de la antiguedad, sería Afrodita.
-¡Blasfemáis!
-¡Para nada! Acompáñame esta noche si quieres y te la mostraré.-Dijo Alexander.
-Tengo mejores cosas que hacer que perseguir mujerzuelas.-Declaró Otto rotundamente.
-Salgamos a cazar pues; las despensas están vacías, según me comentó Anna, y necesito de un fuerte y experimentado brazo que me acompañe. ¿Qué me dices a eso, Otto?.
-Si lo veis con buenos ojos... Tendré que ir, además, esta noche nos visitarán vuestro amigo Hans Thiele y su hermana, la señorita Ángela Christel y sería descortés no ofrecerles una buena comida recién cazada.
-¡Toda la razón, Otto! Nos veremos abajo dentro de media hora si así lo véis bien: quiero ponerme ropas secas antes de partir.-Exclamó Alexander mientras se levantaba y caminaba en dirección hacia sus aposentos con cierta alegría en el cuerpo.
-Bien lo veo si así lo precisáis.
Tras la retirada del joven nobilita, Otto contempló el cielo desde donde estaba sentado y se fijó en los nubarrones que se dirigían hacia el castillo de forma lenta pero ininterrumpida... Habría que darse prisa o les llovería, aunque algo dentro de su corazón, le decía que la intención de Alexander no era la de cazar... Y mucho menos, la de volver por la noche.
lunes, 24 de enero de 2011
El Impulso de la Tormenta Parte V
Y era otra noche lluviosa más aunque esta destacaba por ser bastante más cerrada y neblinosa.
Las gotas de lluvia golpeaban delicadamente los hombros de Alexander quien vagaba sin rumbo fijo por el tenebroso mar de hierba y árboles de aquel bosque, buscando una y otra vez señales que pudieran delatar la posición de La Dama de la Tormenta, como él la llamaba. Buscaba un resplandor amarillento, un aura dorada, unos pasos, unas marcas características de ellas... Aunque sólo fueran unas vagas pisadas en la tierra húmeda que poco a poco e iba haciendo fango, o alguna señal o indicio que mostrara que ella había estado por aquellas lúgubres sendas.
Era la sexta noche que el barón de Röcken salía sin consentimiento de su criado Otto y con Heracles, el mejor caballo de sus caballerizas, y por sexta vez regresaría sin frutos a su hogar.
No había cesado de contemplar el cielo cubierto de nubes durante esos seis días y los seis días había visto ese relámpago lumínico tan delicado, dulce y característico de esa mujer a la que no logró encontrar.
Estaba ya el barón de Röcken al límite de sus fuerzas cuando decidió dar la vuelta de nuevo y marcharse a dormir cuando de repente, desde el cielo, sin previo aviso, cayó un nuevo haz de luz a unos metros suyas y entonces la vió.
Se quedó tan blanco como la cal y su rostro dibujó una semisonrisa de felicidad con la que iluminó las facciones de su cara. Ya era tarde para pedirle algo porque se marchaba ya. Ya se había transformado en polvo dorado pero al menos, esa noche, la había vuelto a ver tras seis días de búsqueda continuada. La larga expedición había resultado ser fructuosa aquella noche y al día siguiente estaba dispuesto a volver. Después de aquella noche, estaba dispuesto a lo que fuera con tal de que aquel ente maravilloso fuera suyo, pero ¿Quién sería de quién? Alexander había conseguido robarle la mirada... Pero la Dama de la Tormenta le había robado el corazón...
Las gotas de lluvia golpeaban delicadamente los hombros de Alexander quien vagaba sin rumbo fijo por el tenebroso mar de hierba y árboles de aquel bosque, buscando una y otra vez señales que pudieran delatar la posición de La Dama de la Tormenta, como él la llamaba. Buscaba un resplandor amarillento, un aura dorada, unos pasos, unas marcas características de ellas... Aunque sólo fueran unas vagas pisadas en la tierra húmeda que poco a poco e iba haciendo fango, o alguna señal o indicio que mostrara que ella había estado por aquellas lúgubres sendas.
Era la sexta noche que el barón de Röcken salía sin consentimiento de su criado Otto y con Heracles, el mejor caballo de sus caballerizas, y por sexta vez regresaría sin frutos a su hogar.
No había cesado de contemplar el cielo cubierto de nubes durante esos seis días y los seis días había visto ese relámpago lumínico tan delicado, dulce y característico de esa mujer a la que no logró encontrar.
Estaba ya el barón de Röcken al límite de sus fuerzas cuando decidió dar la vuelta de nuevo y marcharse a dormir cuando de repente, desde el cielo, sin previo aviso, cayó un nuevo haz de luz a unos metros suyas y entonces la vió.
Se quedó tan blanco como la cal y su rostro dibujó una semisonrisa de felicidad con la que iluminó las facciones de su cara. Ya era tarde para pedirle algo porque se marchaba ya. Ya se había transformado en polvo dorado pero al menos, esa noche, la había vuelto a ver tras seis días de búsqueda continuada. La larga expedición había resultado ser fructuosa aquella noche y al día siguiente estaba dispuesto a volver. Después de aquella noche, estaba dispuesto a lo que fuera con tal de que aquel ente maravilloso fuera suyo, pero ¿Quién sería de quién? Alexander había conseguido robarle la mirada... Pero la Dama de la Tormenta le había robado el corazón...
viernes, 21 de enero de 2011
El Impulso de la Tormenta Parte IV
Andaba Otto de un lado para otro totalmente nervioso mirando a ambos lados del sendero que conducía del castillo al extenso bosque embarrado. Una joven mujer de cabellos castaños y ojos expresivos y marrón claro seguía al criado con la mirada mientras mantenía las manos unidas sobre su delgado vientre.
-Padre -dijo la hermosa joven con voz dulce- habrá salido, no os lo toméis a mal, es joven y...
-¡Es joven, es joven!-exclamó Otto- ¡Anna, por el Altísimo, tiene labores que atender, y le juré a su madre, que Dios la tenga en su seno y gracia, que cuidaría siempre de él!
-¿Cuándo acaeció eso?-Preguntó un tanto atemorizada Anna.
-¿Qué? ¡En su lecho de muerte, hija mía! ¡Ni si quiera habías nacido! Pero nacerías pronto, angelito mío.
El padre se colocó delante de su hija y la miró con mirada tierna, pero aún nerviosa. Anna se dedicó a sonreír tímidamente y a mirar al suelo cuando adivinó en la linde del bosque, una extraña figura que surgía de entre los matorrales con un hermoso corcel blanco con una mancha en su hocico. El gallardo animal se dirigía con decisión y trote ligero a la posición en la que se encontraban padre e hija, criado y criada.
Anna hizo un tímido gesto con la mano señalando a su señor que se acercaba mientras su padre se giraba de forma enérgica y veloz para recibir y reprimir el comportamiento del joven e impulsivo barón de Röcken. La hermosa Anna, a penas puedo articular un susurro ante la presencia de su señor ante el que bajó la cabeza haciendo que su padre tuviera el honor y privilegio de abrir la conversación y darle una pequeña reprimenda al alocado Alexander van Wescher.
-¡Señor! ¡Señor! ¡A buenas horas llegáis! ¡Ya temíamos por vuestra vida!-Gritó enérgicamente Otto mientras acariciaba la cabeza del caballo y sujetaba las riendas del animal.
-¡Otto! No te esperaba, la verdad. Contestó el joven con una sonrisa a la vez que desmontaba de su ilustre montura.
-¿Qué no me esperabais? ¡Señor! ¡Nos habéis dado un susto de muerte! Espero que tengáis buen motivo para justificar vuestro comportamiento y haber realizado esta especie de aventura que habéis vivido.
-La tengo; ya sé qué es el rayo. -Dijo Alexander mientras sonreía y comenzaba a quitarle la montura al caballo.
Otto miró boquiabierto a su señor y durante unos segundos pareció quedarse sin palabras; como si su mente no estuviera ni allí, ni en condiciones de pensar, pues, aún estaba meditando las palabras de su señor barón cuando, con una leve negación, empezó a hablar con un leve toque de ironía.
-¡Qué misterio! ¡Un rayo de luna os enturbia la mente! Decidme pues, ¿Qué es ese rayo de luz? ¿Lucifer o un solitario haz de luz lunar?
-Ni lo uno, ni lo otro, Otto. -El joven sonrió complacido al dejar sin palabras a su criado y reanudo inmediatamente su parlamento tras contemplar, divertido, la cara de confusión que ponía su siervo-Es una mujer. Un ángel caído del cielo y con gallarda hermosura.
-¿Qué? ¡Deliráis! ¡La lluvia os ha trastornado sin lugar a dudas! ¿Qué clase de mujer podría caer del cielo y andar sola a esas oscuras horas?
-Un ángel.-Respondió Alexander con suma tranquilidad.
Mientras andaba con la montura a cuestas hacia el castillo, Alexander relataba y discutía su comportamiento y lo que vio anoche con el incrédulo Otto que no daba crédito a lo que sus oídos escuchaban. Le parecía todo una blasfemia y pensaba que el cansancio y la lluvia habrían hecho enfermar a su señor, y así, pues, se adentraron hacia el patio del castillo con esa especie de conversación matutina.
Anna, se quedó rezagada, y, como era habitual en ella, se quedó observando el suelo.
Muchas cosas la ruborizaban, y, a pesar de no creer todo lo que había salido de boca de Alexander, pues, parecía más un cuento de hadas que una historia verídica, ella estaba segura de que allá dentro, en el tenebroso bosque, habría visto algo que lo había trastornado, y no sólo la mente; también el corazón.
Ella, como mujer, se había dado cuenta. Sus ojos mostraban un brillo característico y parecía que nada pudiera enfadarle ni herirle a pesar de vivir ahora en una eterna herida de la que mucho costaba cicatrizar, pero pocos salían de ahí.
-Padre -dijo la hermosa joven con voz dulce- habrá salido, no os lo toméis a mal, es joven y...
-¡Es joven, es joven!-exclamó Otto- ¡Anna, por el Altísimo, tiene labores que atender, y le juré a su madre, que Dios la tenga en su seno y gracia, que cuidaría siempre de él!
-¿Cuándo acaeció eso?-Preguntó un tanto atemorizada Anna.
-¿Qué? ¡En su lecho de muerte, hija mía! ¡Ni si quiera habías nacido! Pero nacerías pronto, angelito mío.
El padre se colocó delante de su hija y la miró con mirada tierna, pero aún nerviosa. Anna se dedicó a sonreír tímidamente y a mirar al suelo cuando adivinó en la linde del bosque, una extraña figura que surgía de entre los matorrales con un hermoso corcel blanco con una mancha en su hocico. El gallardo animal se dirigía con decisión y trote ligero a la posición en la que se encontraban padre e hija, criado y criada.
Anna hizo un tímido gesto con la mano señalando a su señor que se acercaba mientras su padre se giraba de forma enérgica y veloz para recibir y reprimir el comportamiento del joven e impulsivo barón de Röcken. La hermosa Anna, a penas puedo articular un susurro ante la presencia de su señor ante el que bajó la cabeza haciendo que su padre tuviera el honor y privilegio de abrir la conversación y darle una pequeña reprimenda al alocado Alexander van Wescher.
-¡Señor! ¡Señor! ¡A buenas horas llegáis! ¡Ya temíamos por vuestra vida!-Gritó enérgicamente Otto mientras acariciaba la cabeza del caballo y sujetaba las riendas del animal.
-¡Otto! No te esperaba, la verdad. Contestó el joven con una sonrisa a la vez que desmontaba de su ilustre montura.
-¿Qué no me esperabais? ¡Señor! ¡Nos habéis dado un susto de muerte! Espero que tengáis buen motivo para justificar vuestro comportamiento y haber realizado esta especie de aventura que habéis vivido.
-La tengo; ya sé qué es el rayo. -Dijo Alexander mientras sonreía y comenzaba a quitarle la montura al caballo.
Otto miró boquiabierto a su señor y durante unos segundos pareció quedarse sin palabras; como si su mente no estuviera ni allí, ni en condiciones de pensar, pues, aún estaba meditando las palabras de su señor barón cuando, con una leve negación, empezó a hablar con un leve toque de ironía.
-¡Qué misterio! ¡Un rayo de luna os enturbia la mente! Decidme pues, ¿Qué es ese rayo de luz? ¿Lucifer o un solitario haz de luz lunar?
-Ni lo uno, ni lo otro, Otto. -El joven sonrió complacido al dejar sin palabras a su criado y reanudo inmediatamente su parlamento tras contemplar, divertido, la cara de confusión que ponía su siervo-Es una mujer. Un ángel caído del cielo y con gallarda hermosura.
-¿Qué? ¡Deliráis! ¡La lluvia os ha trastornado sin lugar a dudas! ¿Qué clase de mujer podría caer del cielo y andar sola a esas oscuras horas?
-Un ángel.-Respondió Alexander con suma tranquilidad.
Mientras andaba con la montura a cuestas hacia el castillo, Alexander relataba y discutía su comportamiento y lo que vio anoche con el incrédulo Otto que no daba crédito a lo que sus oídos escuchaban. Le parecía todo una blasfemia y pensaba que el cansancio y la lluvia habrían hecho enfermar a su señor, y así, pues, se adentraron hacia el patio del castillo con esa especie de conversación matutina.
Anna, se quedó rezagada, y, como era habitual en ella, se quedó observando el suelo.
Muchas cosas la ruborizaban, y, a pesar de no creer todo lo que había salido de boca de Alexander, pues, parecía más un cuento de hadas que una historia verídica, ella estaba segura de que allá dentro, en el tenebroso bosque, habría visto algo que lo había trastornado, y no sólo la mente; también el corazón.
Ella, como mujer, se había dado cuenta. Sus ojos mostraban un brillo característico y parecía que nada pudiera enfadarle ni herirle a pesar de vivir ahora en una eterna herida de la que mucho costaba cicatrizar, pero pocos salían de ahí.
miércoles, 19 de enero de 2011
El Impulso de la Tormenta Parte III
Heracles corría como si fuera un demonio impulsado por los latigazos del propio Lucifer por aquel austero y sombrío paisaje.
La noche, que todo lo tornaba en misterioso, estaba totalmente cerrada y tan siquiera el fulgor de alguna estrella podía notarse en el cielo porque los nubarrones de tormenta habían cubierto absolutamente todo el cielo y nada se dejaba ver entre su aura oscura y grisácea que despedía miles y miles de gotas de agua de forma continua y fuerte.
Los árboles dibujaban en la noche un sin fin de formas sepulcrales, muchas de ellas terroríficas y góticas, pero, al fin y al cabo, todas ellas siniestras. Todas las formas parecían sacadas de un libro de terror y donde había árboles secos que servían de leños, ahora parecía que todos eran rostros agónicos situados entre la inmediación de la vida y la muerte. Los silbidos del viento traían consigo los lamentos de muerte arrancados de las ramas de los árboles al pasar entre ellos, y de vez en cuando, se le sumaba al tétrico espectáculo el aullido de algún lobo o el chirriante sonido de alguna bestia nocturna.
A pesar de todo, Alexander seguía expectante a todo cuanto le rodeaba, sintiendo como la fría lluvia le mojaba sus ropas y su hermoso pelo despeinado por la velocidad hasta llegar a los huesos y despertar la confusión y la curiosidad hacia lo extraño en su corazón que se reflejaban en su fiero rostro cuya clara mirada no cesaba de posarse en todo cuanto se movía.
Anduvo perdido varias horas hasta que, lo que parecía ser el Sol del crepúsculo, empezó a despuntar y clareó un poco el oscuro paisaje nocturno.
La luna, dama de la noche, se iba a acostarse ya y el astro rey asomaba ya por entre alguna de las nubes de invierno; pero seguía lloviendo con una potencia sobrenatural y la tierra había comenzado a vomitar toda aquel agua que no había podido ser absorbida dejando un enfangado paisaje vespertino.
Mas, ya con toda esperanza perdida, siguió Alexander en su búsqueda y fue a topar con una especie de claro minúsculo, formado apenas por un par de metros y justo al lado suya, había una gran superficie de agua que el barón Wescher de Röcken había identificado con un estanque cercano a su casa, lo que le hizo suponer que estaba en el corazón del bosque... Pero su corazón se paró y su rostro perdió todo color ante la sorpresa que se llevó.
No, no fue el estanque revuelto cuyas aguas cristalinas estaban ahora ennegrecidas a causa del barro y de las gotas de lluvia que seguían cayendo sin cesar. No. no fue la lluvia ni el paisaje; fue una presencia que nunca antes había visto.
Esa persona era una mujer alta que portaba un vestido de seda blanco totalmente seco y que estaba acompañada por un aura mágica y dorada que destellaba en todo el paisaje haciendo que lo muerte pareciese vivo de una extraña forma. Sus cabellos dorados y semi rizados emitían un leve brillo que iluminaba y volvía cálida parte de la gélida y oscura atmósfera del amanecer, mientras que sus ojos... Sus ojos eran unas puertas del alma hermosas: eran de un azul profundo con más claridad que los luceros y de mayor profundidad que los amplios e infinitos mares, parecían unos lagos gemelos en calma, un pedazo de cielo en una mirada... Unos ojos que no parecerían ojos si no fuera por la pupila, pues el hermoso iris de aquella joven muchacha eran unos verdaderos zafiros que no le hacían falta las luces de nada para brillar ya que constituían un hermoso destello azulado por si mismos.
¿Era aquello un ángel, o un demonio? Sea lo que fuera, Alexander sintió especial atracción hacia ella y tras bajarse de su gallardo caballo avanzó unos pasos. Era aquello, sin duda, un ángel caído, y poco le importaba al barón que fuera un diablo con forma de mujer, que un bello guardián de las puertas del cielo o un alma en pena, pues, había quedado prendido de su belleza tan sólo mirándola.
-¿Quién eres?-preguntó Alexander.-¿Cuál es tu nombre?
Pero ella no contestó... Por que básicamente, ya no estaba allí. Se había evaporado. Se había ido, y lo había echo de una forma fantasmagórica pues, el rayo de luz que la había traído, también vino a buscarla como si propiedad suya fuese, y ella, sumisa, dejó que el haz de luz la transportase de nuevo hacia el cielo del que había caído. Y ella se alejaba amórfamente... El bello cuerpo de la mujer se transformaba ahora en una especie de vapor plateado que subía sin detenerse.
Miró Alexander, cómo se alejaba la hermosa fémina que acababa de ver, y, aunque no pudo saber su nombre, el asintió convencido mientras se subía al caballo y retomaba su camino de marcha a su castillo con la lluvia cayendo con violencia sobre él.
-Te llamaré... La Dama de la Tormenta, ángel caído. Tus ojos constituirán mi legado, tus cabellos, mi tesoro... Y tu aliento... Será mi único motivo de existencia. Volveré, Dama de la Tormenta, volveré a buscarte... Ángel Caído.
lunes, 17 de enero de 2011
El Impulso de la Tormenta Parte II
Aquella noche parecía que la cosa estaba algo más calmada. La lluvia no irrumpía con tanta fuerza en los techos del castillo de Alexander quien, por una noche más, no podía dormir y se quedó postrado en un amplio y cómodo sillón de tela roja en medio de un gran salón.
La estancia era iluminada por la luz de una moribunda chimenea casi sin leños que echar y la semipenumbra dejaba entre ver varias antorchas y candelabros predispuestos de forma ordenada por la habitación siendo todos ellos de cobre. En las inmediaciones del ya mencionado salón, descansaba una gran mesa rectangular que cubría un amplio espacio de la sala y quedaba custodiado por dos sillas; una a cada extremo siendo ambas de madera de roble muy delicadamente pulidas con hermosos adornos en los banzos que acababan en una especie cabeza de dragón y en los enormes espaldares de la silla sobresalía por la parte de arriba lo que parecía ser una cabeza de lobo con las fauces abiertas.
Había tres puertas en la sala; la principal, una puerta rectangular acabada en semicírculo y que presentaba un gigantesco picaporte de oro con la forma de un cisne que contrastaba con el elegante tono marrón oscuro de la puerta, y para acabar, dos humildes portecillas, una de las cuales, daba a la cocina y la otra a una estancia mayor que conducía al cuarto de los criados.
Custodiaban la puerta principal, dos tapices con la heráldica familiar bordado en él con hilo de oro y fondo azul, destacando también el hermoso tapiz que yacía arriba de la chimenea cuya figura era la de un dragón que parecía volar. Y si algo seguro hay, es que la familia de Alexander van Wescher era muy aficionada a los cuentos de trovadores y juglares y a la fantástica mitología germana, razón por la cual, en aquella habitación habían hecho al lado derecho una especie de vidriera que cubría una mínima parte y daba directamente al jardín del castillo.
La vidriera representaba un pasaje del Apocalipsis donde se veía un halo de luz bajando desde el cielo y varios ángeles descendiendo del mismo con una espada en ristre y bajo estos, una especie de herida en la corteza del suelo del que salía un dragón acompañado de algunas llamas y cuatro jinetes tras de sí.
Contemplaba Alexander absorto dicha imagen y reflexionaba sobre ella cuando de repente, y sin creerlo, vio bajar del cielo un haz de luz semejante al de la lujosa vidriera y su cuerpo se estremeció instantáneamente.
Relacionaba todo cuanto acababa de acaecer en su mente y a su cabeza venían varios versículos del Apocalipsis y se temió lo peor; tal vez los ángeles estuvieran bajando del cielo para librar una nueva batalla contra el mal y los demonios que se propagaban a través de las mentes y corazones de los hombres haciéndolos malvados y crueles con su prójimo. Pero algo dentro de sí llamó su atención y sintió plena curiosidad por saber que era aquello que sus ojos habían visto; si era un ángel o un demonio, quería verlo con sus propios ojos aunque ello le costase la vida.
Armose el valiente barón de Röcken y sin que nadie se percatara de su presencia por los pasillos, descendió deprisa como el haz de luz que acababa de ver y se precipitó corriendo hasta las caballerizas del castillo situadas justo en una esquina del patio donde estaban los jardines.
Allí, entre las pajas que comían las bestias y el relincho de los animales sorprendidos ante la presencia de su señor, buscó su corcel, un corcel blanco con una pequeña mancha marrón en su hocico y de crines larga y hermosas que era llamado cariñosamente por si amo como "Heracles", puesto así por la majestuosidad que mostraba en el trote el potente animal y por la velocidad que alcanzaba en campo través.
Una vez ensillado, golpeó suavemente la cabeza de su montura y se subió sigilosamente cruzando primero una pierna por encima del animal. Tras ésto, golpeó con los estribos a su montura y ésta, lejos de desbocarse, se colocó a dos patas para mostrar si cabe aún más la pureza de su sangre mientras lanzaba al aire un desgarrador relincho semejante a un fiero grito de guerra de los antiguos teutones.
-¡Corre Heracles! ¡Corre más raudo que el viento!-Animó Alexander a su montura.
sábado, 15 de enero de 2011
El Impulso de la Tormenta
I
Aquel joven robusto y de cabellos negros como la boca de una cueva miraba al exterior desde un pequeño ventanal situado a varios metros sobre la mojada superficie terrestre en un pequeño torreón de piedra grisácea.
Sus ojos marrón claro oteaban el horizonte buscando respuestas a los extraños fenómenos de la noche lluviosa a la par que la lluvia se estrellaba contra la superficie rocosa de la torre del castillo en que vivía. Y es que el joven barón de Röcken vivía espectante ese momento.
No había luna alguna en el cielo; todo era un cúmulo de nubes grisáceas tapando todo rayo de luz que pudiera provenir de los astros nocturnos. ¿Todo? No... Todos no.
En mitad de la noche, mientras la lluvia se veía reflejada los ojos claros de Alexander, el barón de Röcken, una especie de rayo plateadoo surcó los cielos hasta dejarse caer en un bosque de forma rápida pero delicada, como si el cielo quisiera depositar una muñeca de porcelana en la tierra de forma instantánea pero que esta no se rompiera.
¡Era tan extraño! Un haz de luz aquella noche tan negra, tan oscura, tan lluviosa... ¡Una noche mágica para todos! ¿Para todos? ¿O sólo para Alexander?
El joven barón se giró ipso facto al escuchar el singular ruido de unos zapatos por las cercanas escaleras que conducían de la torre a las inmediaciones del castillo y vicebersa.
El eco se hacía cada vez más evidente y cercano aunque seguía siendo igual de lento que en sus comienzos. Los truenos rompían con gran estruendo el eco de la monórrima melodía de los zapatos al entrar en contacto con el suelo mientras que, muy de vez en cuando, un rayo partía el cielo en dos y su hermoso destello se colaba por el estrecho ventanal de la torre y la lluvia seguía muriendo al contacto con la roca mate del feudo y constituían una especie de fondo musical torpe que no cesaba ni un momento de sonar como si fuera un tambor repicando ante la ejecución de un reo bajo garrote vil.
Segundos más tarde, al caer un rayo e iluminar la fría estancia, una gruesa puerta de madera se abrió y dió paso a un hombre bastante mayor que lucía una frente despejada y que no tenía más pelo que el que le colgaba de la nuca y que no suponían más que un pequeño brote de cabellos blancos semejantes a una brizna de hierba alta en medio de un prado.
Los ojos marrón oscuro de aquel alma escueta que respondía al nombre de Otto escudriñaron la pequeña sala y estudiaban con precisión al hombre que reposaba cerca del ventanal.
Otto llevaba una especie de candelabro cuyas velas iban muriendo conforme pasaba el raudo tiempo y cuya anterior vida quedaba resumida a pequeñas gotas de cera que silvaban al caer al suelo frío del castillo.
-Señor... ¿Qué haceis aquí? ¡Vamos a dormir que ya es tarde! -Aconsejó Otto.
-No puedo dormir, Otto.
-¿Por qué causa?
Alexander miró por la ventana una vez más mientras pronunciaba unas palabras a su fiel y servicial criado:
-He visto caer del cielo un haz de luz, Otto, y esto ocurre cada vez que llueve.
-¿Y le dáis importancia a ello? ¡Será un rayo que cae del cielo! ¡Pasa siempre!
-¡No era un rayo! ¡Es imposible que fuera un rayo! ¡Ni serpenteaba ni fulgía de forma amenazante como él! ¡No! Era como una mujer...-Contestó Alexander mientras volvía lentamente su mirada hacia Otto.
-¿Qué? ¡Desvariáis! ¡Una mujer decís! -Exclamó Otto sorprendido llevándose su mano derecha libre hacia su costado.-Señor, vamos a dormir, es tarde y el cansancio le hace ver cosas que no son.
-Sí no es una meujer, entonces es un ángel caído.-Dijo convencido Alexander.
-Señor, el único ángel caído que existe es Lucifer y que Dios lo aleje de aquí. Está cansado. Vamos.
Otto hizo una señal para bajar y agarró de forma amistosa a su señor por el brazo mientras este caminaba de forma lenta cuando de repente, el barón de Röcken quedó petrificado ante su criado y le lanzó una pregunta:
-Dime pues, ¿Qué crees que es?
-Será un rayo de luna, señor.
-Sí... Un rayo de luna... Claro...
La decepción se apoderó del rostro de Alexander mientras bajaba cabizbajo tras la delgada figura de su criado y amigo. Pero dentro de sí, había algo que negaba las racionales palabras de Otto. -No. -Pensó Alexander- Tiene que ser otra cosa...
Y con este pensamiento, Alexander van Wescher, barón de Röcken, se dirigió lentamente hacia sus aposentos en el castillo para comenzar una larga e insómnica noche donde el pensamiento sería el principal protagonista... Y su principal tortura.
martes, 4 de enero de 2011
El Ocaso de los Sentimientos
Moría la luz en el reciente ocaso del Sol y se teñía el cielo de un cierto tono rojizo que contrastaba con el vaiven de las olas azules que encontraban su final apoteósico a los pies de un rocoso y fuerte acantilado de diversos tonos grisáceos.
Las nubes blancas habían comenzado a adquirir cierta tonalidad oscura dentro de su blanco inmaculado y quedaban reflejadas en la plenitud del mar cristalino que sobrepasaba los límites insospechados del conocimiento humano y se perdía más allá del horizonte, donde el ojo humano no alcanzaba a ver más que una fina línea abstracta donde mar y cielo se fundían y tocaban como el abrazo de dos amantes obligados a estar separados por la distancia y el tiempo de forma casi perpetua.
Quedaba en el recuerdo del Sol semi oculto, la imagen de una persona solitaria, con los brazos en cruz, disfrutando del momento y llenando sus pulmones con la brisa marina vespertina. Estaba peligrosamente cerca del borde del abismo y sus ojos cerrados y su boca sonriente parecían delatar aquel instante de gozo y placer. Aquel instante de libertad.
Sólo interrumpía el silencio el mar en constante movimiento, el choque de sus olas con el acantilado, el graznido de una bandada de gaviotas que cruzó el firmamento y, en menor medida, la respiración del extraño individuo cuyo pecho subía y bajaba al son de sus exhalaciones y al ritmo del choque de las olas.
Se mostraba tan complacido que parecía que nada en el mundo podría enturbiar su aparente calma, su libertad. Aquel espíritu libre se asemejaba al mástil de una bandera; tan solo y tan lleno de significado, tan libre como los pájaros del cielo, más inmenso que el mar en toda su magnitud. Tan minúsculo y tan grande... ¡Cómo si fuera el rey del mundo! Como si nada aconteciera a su alrededor, tan solo paz y tranquilidad, ansia de libertad y el disfrute de aquel breve, pero intenso momento que tenía el privilegio de vivir, como si fuera un barco pirata sin gobierno alguno, como si no tuviera más patria que el mar y más himno que entonar que el viento que se colaba entre sus semi largos y lacios cabellos masculinos de un negro intenso.
-¿Para qué tanta guerra y tanto por fiar si tenemos todo un océano de sensaciones? -Pensaba aquel alma en calma- ¿Para qué tanta lucha si no entienden la bondad de la humanidad? ¿De qué sirve tanto lujo si no saben apreciar los pequeños placeres?
Entornó los ojos mientras miraba como el anaranjada Sol comenzaba a darle paso a la joven Luna y como las primeras estrellas empezaban a minar el enrarecido cielo de tonalidades oscuras y anaranjadas. Parecían diamantes engarzados en el pecho de una hermosa mujer, y no eran más que luminosos puntos en el cielo que quedaban grabados en la retina de sus ojos verdes.
-¿Para qué tanta rebelión si no entendemos la libertad de la naturaleza?-Susurró mientras bajaba sus brazos a la par que una perla se resbalaba desde sus ojos hasta sus mejillas para acabar muriendo a los pies desnudos de aquel chico, mojando levemente una brizna de hierba tan verde como sus ojos. Tal vez no entendería nunca el significado de la palabra libertad, pero sin duda alguna, en aquel preciso instante, él se sintió libre, y anhelo ser la naturaleza para poder volar o ser agua para perderse en la lontananza, como una gaviota... O como una minúscula lágrima que engrandeciera el ya de por sí majestuoso mar.
Las nubes blancas habían comenzado a adquirir cierta tonalidad oscura dentro de su blanco inmaculado y quedaban reflejadas en la plenitud del mar cristalino que sobrepasaba los límites insospechados del conocimiento humano y se perdía más allá del horizonte, donde el ojo humano no alcanzaba a ver más que una fina línea abstracta donde mar y cielo se fundían y tocaban como el abrazo de dos amantes obligados a estar separados por la distancia y el tiempo de forma casi perpetua.
Quedaba en el recuerdo del Sol semi oculto, la imagen de una persona solitaria, con los brazos en cruz, disfrutando del momento y llenando sus pulmones con la brisa marina vespertina. Estaba peligrosamente cerca del borde del abismo y sus ojos cerrados y su boca sonriente parecían delatar aquel instante de gozo y placer. Aquel instante de libertad.
Sólo interrumpía el silencio el mar en constante movimiento, el choque de sus olas con el acantilado, el graznido de una bandada de gaviotas que cruzó el firmamento y, en menor medida, la respiración del extraño individuo cuyo pecho subía y bajaba al son de sus exhalaciones y al ritmo del choque de las olas.
Se mostraba tan complacido que parecía que nada en el mundo podría enturbiar su aparente calma, su libertad. Aquel espíritu libre se asemejaba al mástil de una bandera; tan solo y tan lleno de significado, tan libre como los pájaros del cielo, más inmenso que el mar en toda su magnitud. Tan minúsculo y tan grande... ¡Cómo si fuera el rey del mundo! Como si nada aconteciera a su alrededor, tan solo paz y tranquilidad, ansia de libertad y el disfrute de aquel breve, pero intenso momento que tenía el privilegio de vivir, como si fuera un barco pirata sin gobierno alguno, como si no tuviera más patria que el mar y más himno que entonar que el viento que se colaba entre sus semi largos y lacios cabellos masculinos de un negro intenso.
-¿Para qué tanta guerra y tanto por fiar si tenemos todo un océano de sensaciones? -Pensaba aquel alma en calma- ¿Para qué tanta lucha si no entienden la bondad de la humanidad? ¿De qué sirve tanto lujo si no saben apreciar los pequeños placeres?
Entornó los ojos mientras miraba como el anaranjada Sol comenzaba a darle paso a la joven Luna y como las primeras estrellas empezaban a minar el enrarecido cielo de tonalidades oscuras y anaranjadas. Parecían diamantes engarzados en el pecho de una hermosa mujer, y no eran más que luminosos puntos en el cielo que quedaban grabados en la retina de sus ojos verdes.
-¿Para qué tanta rebelión si no entendemos la libertad de la naturaleza?-Susurró mientras bajaba sus brazos a la par que una perla se resbalaba desde sus ojos hasta sus mejillas para acabar muriendo a los pies desnudos de aquel chico, mojando levemente una brizna de hierba tan verde como sus ojos. Tal vez no entendería nunca el significado de la palabra libertad, pero sin duda alguna, en aquel preciso instante, él se sintió libre, y anhelo ser la naturaleza para poder volar o ser agua para perderse en la lontananza, como una gaviota... O como una minúscula lágrima que engrandeciera el ya de por sí majestuoso mar.
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