jueves, 4 de julio de 2024

(Otros) dos haikus

 III

Ocaso rojo.

Duele el cielo naranja;

Junto a mí... nadie

 

IV

Tiemblan las aguas

sobre el ancho mar; pero

su fondo es calma.



viernes, 31 de mayo de 2024

Apatía

Lo siento. No me apetece sonreír ni poner buena cara. Tampoco soy capaz de arrancar de mi pecho todo lo que me hace daño. No soy capaz de que mi cabeza deje de rumiar. Quiero estar solo y en mi casa. O paseando junto a la ría mientras escucho música. Pero quiero estar solo. 

Perdóname. No quiero hacerte daño ni hacerte sufrir. Pero es que no tengo ganas de nada. No es por ti y perdona si te contesto mal. Siento si me muestro lacónico y taciturno. Pero no quiero hablar. 

Estoy aburrido y cansado. Pero mi cansancio y mi aburrimiento no es el que dices que es. Es, más bien, algo psicológico; de aquí, de la cabeza. Es una apatía mental. Es una incomprensión hacia lo que me rodea. Es la sensación de que el mundo va demasiado deprisa para mí. Y yo me veo más y más alejado de todo y de todos. Y a veces me siento solo. Supongo que es normal.

Y no. Tampoco quiero hablar con nadie de lo que me pasa. Ni siquiera sé lo que me pasa. Y tampoco sé qué lo provoca. Así, aunque quisiera, no te lo podría contar. Y tampoco quiero hablar de ello. Déjame en paz. Por favor.


martes, 30 de abril de 2024

Canta

Canta, que la pena ha echado raigambre

en la tez de guitarras andaluzas,

y las cuerdas ahora buscan excusas

para cantarle a la luna su hambre

 y dar salida a las notas reclusas.

 

Canta, que al alba el jilguero maldice,

sobre la arboleda, el salir del sol,

 Que dice que es opaco el resplandor

cuando quema todas las cicatrices,

reseca la boca y daña la voz.

domingo, 31 de marzo de 2024

Dos haikus

I

Como la brisa

hiere, dulce, la hierba,

así voy al vacío.


II

En un ocaso

frente al mar, ¿no es más bella

la gris nostalgia?

jueves, 29 de febrero de 2024

Otra vez

         7:00. Suena la alarma. La pospongo. Me giro en la cama. Abrazo a mi pareja. La beso en el cuello. Emite un pequeño gruñido. “Buenos días” digo. “Buenos días, me contesta.

7:05. Vuelve a sonar la alarma. La apago. Suspiro. Me estiro. Salgo de la cama. Voy a la cocina. Me preparo el desayuno. Voy al baño mientras se hacen las tostadas. Me lavo la cara y las manos. Me visto. Bostezo. Vuelvo al cuarto de baño. Me lavo los dientes y me peino. Voy a mi habitación. “Me voy. Que tengas un buen día”, digo. “Igualmente”, me responde. Voy al salón. Cojo la mochila, la cartera, el móvil, las llaves de casa y las del coche.

7:38. Salgo de casa. Me aproximo al ascensor. Lo llamo. Subo y pulso el botón de la planta sótano. Salgo del ascensor, me dirijo al coche. Me subo. Lo arranco. Salgo del garaje. Enciendo los faros porque aún no ha amanecido. Suspiro. Enciendo la radio. Mujeres y hombres me dan los buenos días contándome algo de no sé qué guerra en no sé qué lugar. Han subido los tipos de interés en los bancos. La cesta de la compra también ha subido. Y el diésel también. Y los artículos de primera necesidad. Un político le ha dicho a otro no sé qué y no sé cuántos a otro político, que le ha respondido con otro no sé qué y no sé cuántos. “¡Pues qué bien!”, me digo. Suspiro de nuevo. Entre tanto, una vorágine de coches inunda las arterias de la ciudad y debo estar alerta. Miro el reloj. “Voy bien de tiempo”, me digo.

8:17. Llego a mi lugar de trabajo. Abro el WhatsApp. Busco el teléfono de mi pareja. “Ya llegué”, le escribo. Apago la radio. Me bajo del coche y cojo la mochila. “¡Buenos días!”, me saluda una sonriente compañera de trabajo. “¡A los buenos días!”, saludo yo con otra sonrisa, aunque no me apetece sonreír. La mañana ya va despuntando. Entro en mi lugar de trabajo y ficho. Se sucede una avalancha de buenas caras y holas. Algunos sostienen una taza de café. Otros se quejan de la carga laboral o de algunos aspectos relacionados con el trabajo. “Esos son los míos”, pienso. “¿Cuántos de nosotros sonreímos de verdad?”, me pregunto. Alguien suelta un chiste o cuenta algún chisme y sonrío.

8:30. Suena la alarma y el trabajo comienza. Voy de aquí para allá con mi mochila. A veces hago esto y otras aquello. Hoy hay algunas reuniones programadas. Suspiro. Entre tanto pienso que me gustaría retomar el piano, que me gustaría aprender algún idioma, a tomar fotografías o a escribir alguna poesía.

10:45. Primera reunión. Suspiro. Me llega un mensaje al móvil. Factura del banco.

11:30. Fin de la primera reunión. Vuelvo a mi puesto de trabajo. Correo de no sé quién. Suspiro. “A ver si saco tiempo y lo respondo”.

12:03. Hora de desayunar. Dejo mis cosas en mi puesto de trabajo. Suelto algún chiste. “Me voy a desayunar”, apostillo. Esta vez nadie me acompaña. Salgo solo. Entro en la cafetería y pido lo de siempre. Suspiro recordando la agenda de hoy. La camarera me sonríe y hablamos un rato. Es un momento agradable. Devoro mi tostada con aceite y tomate y me bebo poco a poco mi descafeinado de máquina con leche. Miro la hora. Las 12:34. “Hora de volver”, me digo. Me acerco a la barra. Pago en efectivo el importe total del desayuno. Suspiro. “¡Me voy!”, grito mientras doy la espalda a la barra para salir por la puerta. “¡Que tengas un buen día!”, me dicen. “¡Igualmente, que te sea leve!”, respondo mientras me giro y levanto la mano.

12:40. Vuelta al trabajo. Suspiro. Mensaje al móvil: factura de Internet.

13:00. Nueva reunión. Compruebo cuánto dinero me queda en la cuenta. No es mucho. Suspiro.

14:00. Vuelvo a mi puesto de trabajo. Suspiro. “Ya queda poco”, me digo. Y entre tanto pienso que me gustaría hacer un viaje por Europa del Este, que el sábado debo ir a ver a mi prima, que está enferma. Y que no se me olvide felicitar al tío del primo del amigo del cuñado… que es su cumpleaños. Pienso en el correo de esta mañana. “¿Cuándo le contestaré?”. Suspiro.

15:07. Fin de la jornada laboral. Suspiro. “¡Menos mal que esta tarde no hay formación!”. Ficho. Me subo al coche. Enciendo la radio. Mismas voces dando las mismas noticias. “Salgo”, escribo a mi pareja por WhatsApp”. Suspiro. Pienso en el día de hoy y en todo lo que me queda por hacer en casa. Entre tanto, voy por las mismas arterias de antes hasta que, por fin, encuentro un aparcamiento. Ahora no hace falta que prenda las luces.

15:47. Llego a casa. Suelto la mochila. Voy al servicio. Me lavo las manos. Voy al comedor. Hoy mi pareja me ha dejado fideos chinos para comer. Sonrío. Me siento en el sofá. Enciendo la televisión. Paso de las noticias y me pongo una serie nueva que estoy viendo. Es sobre la yakuza. Pienso en cuánto me gustaría ir a Japón, a China o a Mongolia. Sonrío ante la remota posibilidad. Me tumbo. Veo los mensajes que me han llegado. Nuevo grupo de no sé qué, mi madre diciendo no sé cuánto, mi pareja diciéndome que tengo que ir a no sé dónde a comprar tal o cual cosa. Que no me olvide. Suspiro. Cierro los ojos unos minutos…

16:30. Me despierto. Miro el reloj. Suspiro. Pienso en todo lo que me queda por hacer y el correo que debo responder. “A ver cuándo lo hago”, me digo. Voy a la cocina, friego los cubiertos, los platos, las sartenes y las ollas. Pulverizo quitamanchas sobre la vitrocerámica y la encimera de granito. La limpio. Luego le toca al suelo. Lo barro y lo limpio. Suspiro. Me pongo de mala leche porque no me gusta limpiar. “Al menos no has tenido que cocinar”, me digo. “¡Como si fuera un consuelo!”. Suspiro.

17:16. Miro la hora. Me siento a trabajar. Suspiro.

19:00. Termino de trabajar. Miro el reloj. Cojo una bolsa de la cocina. Pienso en que quiero retomar la escritura. Voy al supermercado. Compro. El cajero me dice el importe con un semblante indiferente. “¿Quiere bolsa?”, me pregunta. “No, gracias”, respondo. Meto las cosas sin orden alguno en las bolsas de plástico. Suspiro.

19:30. Llego a casa. Guardo cada cosa en su sitio, incluyendo la bolsa. “El correo”, otra vez. Suspiro. Abro la agenda. Mañana el día también estará cargado. Mensaje de WhatsApp. “Recoge la ropa”. Cojo la cesta, subo, recojo la ropa. Suspiro. Entre tanto pienso en las reuniones de esta mañana. Tengo los cascos y escucho música. Es un grupo nuevo de rock que he encontrado. Suspiro. Bajo las escaleras. Vuelvo a casa. Doblo la ropa. La guardo. Suspiro.

20:35 Termino de mis quehaceres. No quiero hacer absolutamente nada. Suspiro. Me tiro en el sofá. Más mensajes de WhatsApp. Mensaje al correo. Es del trabajo. Suspiro. Dejo el móvil en otro lado. Miro la hora “No me va a dar tiempo a hacer ejercicio hoy”. Y, francamente, tampoco tengo ganas.

21:17. Llega mi pareja. Calienta la cena. Mientras tanto, yo llamo a mi madre y a mi padre. Está todo bien por allí. Por aquí también. “Estoy cumpliendo la Cuaresma, sí”. De hecho, no estoy comiendo carne. “¿Vienes el fin de semana a casa?”. Suspiro. Hoy hay tortilla de patatas. Me encanta. Mi pareja y yo nos miramos. Su cara es de cansancio. Suspira. Suspiro. “¿Qué tal el día?”. “Bien, trabajando, ¿y el tuyo?”. “Bien. Igual”. Suspiramos. Vemos algo en la televisión.

22:22. Nos levantamos. Ella se va a duchar. Yo limpio los cacharros de la cena. Suspiro. Voy a mi despacho. Preparo las cosas para mañana. Suspiro. Se me ha olvidado hacer algo del trabajo. “Joder…”. Más WhatsApp. Miro las noticias y encima ha perdido mi equipo del fútbol. Apago los datos. Suspiro. “Mañana será otro día”.

22:45. Me ducho y me lavo los dientes. Suspiro. Vuelvo a pensar en el correo. Me noto muy algo cansado. Miro la hora. Suspiro.

23:15. “¡Al fin en la cama!”, pienso. Mi pareja ya se ha dormido. Cojo un libro. “Me encantaría escribir un libro”. Lo huelo.  Suspiro. Mientras lo leo se me van cerrando, poco a poco, los ojos. Leo una frase que me gusta. “Mañana la anotaré. Me gustaría tener un cuaderno o un algo donde apuntar estas citas”. Suspiro. Se me siguen cerrando los ojos. Pienso que debería retomar el ejercicio. “¿Pero a qué hora? Mañana seguramente pueda. No procrastinaré más”. Se me siguen cerrando los ojos. Pongo el marca páginas donde toca hoy. A penas he avanzado cuatro páginas y muy lentamente… pero el cansancio me puede. Suspiro.

00:06. Miro la hora. Cierro los ojos. Me giro. Abrazo a mi pareja. Luego nos separamos.

00:27.

7:00. Suena la alarma. Lo pospongo. Me giro en la cama. Abrazo a mi pareja. La beso en el cuello. Emite un pequeño gruñido. “Buenos días” digo. “Buenos días, me contesta.

 

miércoles, 31 de enero de 2024

Ahora, que nos sabemos heridos

Ahora, que nos alejamos de la impetuosa vitalidad de la juventud; que hace tiempo que nos desprendimos del ufano velo de inmortalidad que clareaba en nuestras miradas infantiles.

Ahora, que nos sabemos heridos y vulnerables por el curso de los acontecimientos; que las visitas de Tánatos suceden con una frecuencia cada vez más impertinente y molesta.

Ahora, que el invierno va tiñendo nuestras cabezas de nieve; que en las celebraciones se apilan, en un rincón sepia, las sillas vacías.

Ahora, que nos ensordece el mudo ruido de aquellas historias ajenas que debían atravesarnos; que las pantallas y los antidepresivos nos acompañan y sustituyen los ahogados murmullos de un café a media tarde.

Ahora, que comprendemos que las delicadas pinceladas en el lienzo acercan al artista a la conclusión de su obra; que las olas que rompen en la orilla mueren y nunca retornan.

Ahora, que entendemos todo esto, mírame. Llora conmigo y abrázame. Antes de que se agoten las manecillas de nuestros relojes. Antes de que nuestras voces se pierdan contra las paredes frías o el horizonte inabarcable. Antes de que sólo seamos un triste recuerdo diluido en la memoria del otro.

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Ante todo... Vida

Retrato de Anna Ajmátova, de Nathán Isáyevich Altman, pintor cubista.
Retrato de Anna Ajmátova,
de Nathan Isáyevich Altman

Contempla la invernal luz apagada;

Describe callada la voz dormida

Que el ayer trae la abierta y turbia herida,

Melancólica, en la clara mirada.

 

Y en la  pálida luz, enmudecida,

Sedente estatua de piernas cruzadas

Que avivas, en la mañana azulada,

Los moribundos rescoldos de tu vida.

 

«Vida», murmura en ardiente silencio.

Y con su silencio plantea un enigma.

«Vida», susurra en dolor placentero

 

El dolor trémulo del alma herida.

«Vida», dice, «ya alegre o taciturna»

«Vida», susurra… «ante todo… Vida».


El presente poema es un trabajo elaborado para el curso Taller de Literatura Rusa del Siglo XX a través de 6 genios, del Instituto Pushkin de Cádiz. 

jueves, 1 de agosto de 2019

Cuando me haya ido


Cuando me haya ido dejaré tras de mí un triste recuerdo que el futuro y la rutina se encargarán de ir demoliendo hasta que no queden más que las ruinas. Se situarán ante mi tumba familiares y amigos con lágrimas en los ojos, dándome un último adiós. Serán testigos de cómo la angosta boca de un nicho me fagocita y desaparezco tras una lápida. Nunca más me verán ni yo les veré a ellos.
En las primeras semanas –quizás meses e incluso años-, te aproximarás. Me llevarás flores. Las depositarás en una pequeña jarra mientras me recuerdas. Al otro lado, sin embargo, yo me descompongo poco a poco y confirmo que el tiempo es una ilusión que solo padecen los vivos. Para un cadáver el tiempo llega a ser tan relativo que ni existe; pero para ti esa asfixiante relatividad supone una herida abierta que la misma ilusión irá cicatrizando. Yo perteneceré a esa ilusión que se desvanece.
Al principio todo será un torbellino de emociones. Me amarás porque me quisiste; me odiarás porque me fui; y te odiarás  porque no alcanzas a comprender nada. Sin embargo, llegará el día en el que solo sea, para ti, un recuerdo en sepia y el intervalo entre una visita y otra se prolongue indefinidamente. Cada vez traerás menos lirios. Iré desapareciendo de tu mente y tu corazón hasta transformarme en una imagen borrosa, como un anciano con cataratas. Quizás encuentres alguna fotografía y te invada la nostalgia. Quizá mi nombre aflore en alguna conversación. Alguien comenzará alguna anécdota, probablemente iniciada por un “te acuerdas cuando…”, y sentirás un leve vacío. Pero nada más. Nada comparado con el sufrimiento inicial que engullía tu corazón en las tinieblas. Aun así, todo habrá cambiado.
Es posible que, con el tiempo –décadas, incluso siglos-, probablemente cuando tú tampoco estés, sea objeto de estudio de alguna profesora universitaria de Historia. Expondrá la fotografía de una tumba reconstruida. Y dará inicio a una explicación en breves líneas. “Aunque fragmentada, la lápida de mármol –o de granito- del sujeto en cuestión al que nos referimos fue hallada en un estado aceptable. Todos los pedazos que encontramos estaban en el mismo cementerio, lo que nos hace suponer que el mismo fue abandonado y descartamos el expolio. Conocemos su nombre y tanto la fecha de su nacimiento como de su defunción, acompañada del epitafio Tus familiares y amigos no te olvidan. Por las características generales de la inhumación, así como por la simbología encontrada, sospechamos que el enterramiento fue realizado siguiendo el ritual católico. Esta información se complementa con los datos encontrados en varios archivos, donde hemos logrado extraer su acta de bautismo y confirmación. No obstante, se han encontrado algunos textos, atribuidos a este sujeto, tanto en soporte digital como en papel, que nos hacen sospechar de sus sentimientos religiosos. Aunque encontramos frecuentes referencias a una fe primigenia, es cierto que nuestro objeto de estudio alternó fases de creencia con otras de incredulidad, por lo que podemos confirmar que su vida estuvo marcada por la duda. La ausencia de una última voluntad o documentación complementaria ha provocado que no supiéramos cuáles fueron sus sentimientos finales…”. Los alumnos de primera fila, aunque somnolientos, toman nota. Otros simplemente juegan o están al tanto de sus dispositivos electrónicos. La explicación de la profesora seguramente no les interese. Pero ahí no seré un recuerdo, ni siquiera en sepia. Ni siquiera una imagen borrosa. Solo un documento de análisis que reconstruya el pasado. Una parte más del contexto. Parte de la intrahistoria que rodea a las grandes historias. Solo eso. Nada más.
Tampoco esto puede considerarse una tragedia. Para entonces todo el mundo que me quería habrá desaparecido. Persistirá el dualismo entre vida y muerte para las generaciones venideras mientras nos extinguimos. Continuará aquel proceso natural al que denominamos vida. El tiempo se mantendrá como una ficción necesaria para los vivos.
Pero, a decir verdad, todo esto es una mera suposición. No solo porque aún no he muerto, porque no sé si alguien iría a mi entierro o lloraría, llorarías ante mi sepultura. Tan siquiera porque la hipótesis de la lección de historia parezca surrealista. Es una mera suposición, no solo porque parte de una imagen nefasta de algo que no ha ocurrido y podría no ocurrir así, sino porque puede que sea yo el visitante desgarrado. Puede que sea yo el que, derrumbado, bese el frío mineral mientras implora al Cielo. Porque ese día tendré una certeza absurda e irracional, pero absoluta, de que existe algo que nos trasciende. Y puede que eso sea así porque el nombre y los apellidos que figuran en la lápida sean los tuyos.

jueves, 31 de enero de 2019

Absurdo

Pongamos que mis dedos hojearan, detenidamente, un libro. Supongamos que ese libro es Memorias de la casa muerta, aunque podría haber sido Tokio Blues, o Kafka en la orilla. Podría ser cualquier libro, realmente. Pero lo importante es que leía con gusto, tumbado en mi sofá. Fue entonces cuando comencé a sentir cierta sensación de incómoda extrañeza. No tenía nada que ver la posición, ni era culpa del libro, ni de la edición, ni del cansancio. Yo observaba las letras y mi cerebro repetía los fonemas. A veces incluso conseguía construirme una imagen coherente de lo que leía; sin embargo, algo interfería en el proceso de transmisión mental de datos. No era la primera vez que me sucedía, pero otras veces había conseguido disiparlo sin problemas.
Cuando esa sensación me asaltaba, sentía una necesidad imperiosa de cerrar el libro y pasear. Aquello suponía, para mí, un estímulo importante. Me limitaba a ir de un lado a otro o a buscar un parque mientras reflexionaba, como los peripatéticos atenienses, pero sin acompañante con quien dialogar. Pero aquella vez fue distinto.
Cuando observaba las letras, me daba cuenta de que podía comprender perfectamente el significado que emanaba de sus conexiones; y cuando miraba las palabras, lograba entenderlas sin problemas. Tampoco presentaba dificultades al leer las oraciones o sus párrafos, pero tenía la insoportable sensación de que algo se me escapaba. Esto, sin duda alguna, difería de las ocasiones anteriores, cuando la lectura suponía un auténtico deleite. Pero aquel momento era distinto a cualquier otro que hubiera experimentado.
Sentía como una especie de angustia, y me repetía una y otra vez que ahí había algo que estaba pasando por alto, que había más datos, más información de la que realmente estaba procesando. Tuve un primer impulso de hacerme preguntas. ¿Debía fijarme en la clase social de los protagonistas?, ¿existía entre ellos una jerarquía que dividía y diferenciaba a los hombres por su naturaleza humana?, ¿o es que Dostoyevski pretendía señalar que incluso en el espíritu de los peores delincuentes todavía  era capaz de percibir una tenue luz de humanidad? A todas aquellas cuestiones solo pude responder con silencio.
Luego pensé que, quizá, la clave de todo aquel asunto no estuviera en el contenido, sino en la forma en la que lo percibía, en la existencia de una especie de abstracción entre el libro y yo. En una especie de hilo conductor que nos unía. Entonces miraba la hoja, sin articular movimiento alguno, esperando un fogonazo de lucidez entre mis cavilaciones. Suponía que si me quedaba quieto, en estado contemplativo, podría obtener alguna respuesta. Pero todo aquello comenzó a parecerme inútil. De hecho, más que inútil, diría que absurdo. Podría pasar la mano entre mi vista y el ejemplar y no habría roto nada. No había ninguna conexión imaginaria entre el libro y yo, y este no quería hablarme, ni Dostoyevski guardaba un significado oculto, ni había hilos imaginarios, ni velos de Maya, ni códigos o abstracciones por descifrar. Allí solo estábamos el libro entre mis manos, yo, y un momento absurdo.
Podrían haber pasado años, días, semanas, o segundos. Una vez cerrado y depositado el libro sobre mi mesa, me di cuenta de que nada había cambiado, pero todo, a la vez, era diferente. El libro seguía siendo un libro; la mesa seguía siendo una mesa; mis pensamientos seguían siendo mis pensamientos; el momento seguía siendo el que era; yo seguía siendo yo. Pero la grasa de mis dedos había contribuido a acelerar el deterioro del libro; la mesa soportaba el peso del mismo; mis pensamientos habían virado hacia otra dirección más provechosa tras darme cuenta de lo inútil de mis cavilaciones; yo había envejecido unos minutos. Y todo ello en medio de una interconexión, unida por tres factores: yo y mi conciencia de la situación, de los objetos..., como único ser pensante en la habitación, capaz de percibir e imaginar; el contexto, el instante en el que todo había sucedido; y, por supuesto, el hálito nauseabundo de lo absurdo, que lo había emponzoñado todo y me había hecho sentir dentro de una espiral deforme, donde el vértigo, y no mi voluntad, se había convertido en dueño de aquel instante.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Mi amor, mi vida


Mi amor. Mi vida. Aún no te tengo entre mis brazos y ya comienzo a quererte. A decir verdad, ni siquiera eres un proyecto. Solo emerges de mis pensamientos muy de vez en cuando, pero no puedo evitar imaginarte jugando, corriendo, sonriendo o tomándote un helado. Y sin embargo, ¿sería lo suficiente mal padre como para arrancarte del vacío y traerte al sufrimiento?

Tú solo eres un pequeño ángel que planea allá, al otro lado, entre el antes, el después y el ahora, ajeno a todo lo que sucede aquí. Pero dime, ¿cómo podría quedarme tranquilo viéndote aquí, iniciando tu marcha hacia un final absurdo e inevitable? ¿Qué haría si te sucediera algo, si llegase el día en el que no viera aparecer tu figura por la puerta nunca más? ¿Qué clase de bálsamo podría curar semejante angustia y miseria? Te imagino postrado en una cama, tosiendo, y se me encoge el pecho. No sé lo que tienes ni qué remedio puedo proporcionarte para aliviar tu dolor, solo camino pasillo arriba y pasillo abajo buscando respuestas en medio de un bloqueo e ideas en bucle.

Pero tampoco puedo evitar ser egoísta. No puedo dejar de verte en una cuna, con los puñitos cerrados, el rostro sonrosado y tus ojos clavados en los míos mientras sonríen tus encías; te veo girar la cabeza con un casco azul y una bicicleta blanca mientras te alejas en dirección al ocaso, calle arriba. “¡Mira, papá!”, me gritas. “¡Sin manos!”. En las aceras hay naranjos en flor. Casas encaladas custodian tu pasacalles.

Mi amor, mi vida... ¿Qué hacer, qué decirte? Perdóname. Ahora mismo solo alcanzo a pensarte y ya me dueles. Créeme que me angustia, que sufro y padezco. El hecho de traerte aquí, a morder el ilustre pecado de la existencia, ya me resulta insoportable. ¿Sería mejor padre si te dejase allí, donde nunca pasa nada, en el vacío? Allí jugaríamos sin temor; me enseñarías tus dibujos. “¡Anda, qué bonito!”, exclamaría, aunque sólo fueran cuatro rayas azules sobre un folio inmaculado. “Este eres tú”, respondes, señalando con el dedo índice. Estás melleto. “Y esta es mamá”. Sales corriendo a jugar con tus amigos a una plaza que está justo delante de nuestra ventana.

Haríamos allí todo lo que aquí me da miedo que hiciéramos. Supongo que no tengo la seguridad de traerte. Te admito que me da pánico no ser un buen referente para ti. Me daría miedo acabar pasándote todas mis fobias y frustraciones, verte llorar por cualquier motivo o saber que hay una posibilidad de que te marches antes que yo.

Mi amor, mi vida...Espérame allí. Ámame. No importa que no te haya visto antes. Te reconoceré porque en tus ojos no habrá sitio para el odio y el rencor. En tus manos sostendrás un juguete y me mirarás con curiosidad, con un brillo en los ojos. Y entonces yo lloraré. “Te estaba esperando”. Dirás mientras me abrazas. “¡No perdamos tiempo! ¡Vamos a jugar!”.

viernes, 31 de agosto de 2018

Las bienaventuranzas de Marméladov


Marméladov charlaba con Raskólnikov en una taberna de San Petersburgo antes del asesinato de la vieja y su hermana, aunque más que a una conversación se asistía a una especie de monólogo entre un borracho y un aspirante a asesino. Los alcoholizados clientes del lugar se divertían con los desvaríos y las confesiones del pobre exfuncionario, del miserable Marméladov, quien no cesaba en su parafernalia.
Conforme más se encontraba bajo el influjo del brebaje de Baco, más evidentes se hacían sus mortales heridas y protoberancias, y emergían de su boca conforme afloraban a su conciencia. Los feligreses, como público de un espectáculo romano circense, disfrutaban de la humillación, en parte autoinflingida, del miserable Marméladov; pero a Marméladov aquello le daba lo mismo. Señalaba a la botella y amargamente afirmaba ante su interlocutor y el tasquero que no bebía por gusto, sino para provocarse sufrimiento. Podría decirse que aquella práctica era una penitencia para él. Ciertamente, Marméladov era un ser digno de compasión.
Raskólnikov escuchaba. El exfuncionario hablaba de su vida, de su antigua posición y de su descenso hacia aquel infierno: las hienas mostraban sus dientes con las pupilas dilatadas y el aliento pestilente a causa de la ingesta de alcohol. 
Pero, como se había dicho antes, Marméladov no bebía por placer, sino por refugio, para sufrir, porque para aquel el sufrimiento era ya una guarida donde el maltrato a su conciencia también proporcionaba cierta desinhibición, cierto placer digno de un miserable o un masoquista psicológico.
En ese estado de embriaguez el fantasma de la elocuencia desató la lengua de Marméladov. Y Marméladov habló. Habló ante un auditorio ingrato que, sin embargo, consiguió cautivar con su dialéctica mística, como si el mismo Cristo se hubiera precipitado desde los Cielos y le hubiera inspirado. Así, hasta el final, los borrachos que actuaban de público y jurado quedaron enmudecidos.
En aquel momento el maltratado exfuncionario y miserable Marméladov parecía más un profeta bíblico que un ruso alcoholizado. Expresaba una voluntad divina basada en un nuevo perdón hacia los impíos, hacia los puercos y los indignos; contraposición bestial frente los castos y puros que ya albergaban la esperanza del Reino de Dios. Porque Marméladov sufría y se creía, se sabía indigno de la Salvación. Y sin embargo de su boca, y no de la de un moralista, hubieron de salir palabras de esperanza, que si bien, se pronunciaron en un discurso, podrían sintetizarse en:
“Bienaventurados los que se creyeron indignos de Dios, porque el Altísimo los acogerá entre sus brazos”.
“Bienaventurados los que aman, porque en su Amor, el Padre perdonó sus pecados”.
Pero a pesar del aura, aquello seguía siendo en una taberna y no Jesucristo en la Montaña. Marméladov continuaba igual de miserable, Raskólnikov aún era un aspirante a asesino y los borrachos volvieron a mofarse. La dicha había pasado de largo, ¡como si se hubiera gritado en medio del desierto! Sería, quizá, porque aquellos miserables se sentían, efectivamente, indignos, y en su risa se escondía un amargo interrogante que sólo las carcajadas podían hacerlo llevadero. Porque, al fin y al cabo, ¿cómo nosotros, los impuros, podríamos pensar, si quiera, que tenemos un hueco en el Reino de los Cielos?

Inspirado en el monólogo de Marméladov, aparecido en Dostoyevski, F.M. (2004). Crimen y castigo, Rodesa: La Maison de l'écriture, p. 21-22. Traducción de R. Cansinos Assens.

martes, 31 de julio de 2018

Derecho a la tristeza


Me resultan molestas las lecciones de moral de la gente que niega el sufrimiento sobre la faz de la tierra. Me molestan sus ademanes, las palabras que salen de su boca, arrastrándose bajo una falsa sonrisa. Degustan sus sílabas vacuas. Se recrean en ellas con una mirada más vacía aún, con ese pequeño alarde de superioridad que da la condescendencia o el maestro pedante que se pavonea ante sus alumnos porque cree transmitirles una verdad absoluta. Pequeños filósofos parafraseadores de aquellas frases virales descontextualizadas de Paulo Coelho que circulan por las redes sociales; pequeños filósofos parafraseadores de mentalidad positiva que achacan todo a la voluntad sin un análisis de la circunstancia. 

Somos capitanes de nuestro barco”, comentan, cuando la veracidad de esta sentencia lleva inherente un “eres el único culpable de tu situación”. Ilusos... niegan todo el espíritu de la libertad, que sólo es válida cuando les va bien. Han anulado el vértigo de la decisión y lo han confundido con el placer. Y en ninguna parte está escrito que la libertad sea placentera. Ni lo contrario, de hecho. Sólo que hay que asumirla por medio de la verdad. La Verdad nos hará libres, dice el Evangelio de San Juan, capítulo 8, versículo 32. ¿Y estos la poseen? ¿La posee quien niega el sufrimiento, quien niega esa otra mitad de la vida? ¿Alguien posee la Verdad de verdad?

No importa la vivencia de la persona que está delante; no importa qué les ha llevado a su estado de ánimo; no importa su tristeza, vetada, por cierto, en esos círculos emocionales. El ser taciturno es un ser errado para estos adalides de la felicidad. Y uno no puede por menos que sorber su café o lo que tenga delante y suspirar, cuando no fruncir el ceño y mirar a un punto fijo con la cabeza agachada o apretar la mandíbula en una mordida donde lo único que se mastica son las palabras del sabio maestro que lanza su sermón. Y siempre escuchando indolentes, asintiendo e hinchando su ego con cada “sí, tienes razón”. Y en el fondo, ese tienes razón no soluciona ni uno solo de nuestros conflictos. Continúan ahí, algo más escondidos, pero continúan ahí porque, en el fondo, la palabrería barata no contribuye a arreglar nada. ¡Nada! Pero no hay que preocuparse: estos rostros tan alegres por Facebook y tan felices cara a cara, por dentro, guardan un dolor similar al nuestro. Solo que no lo admiten en el momento. Todo el mundo tiene una parte de su ser destrozado. Todo el mundo tiene el derecho a la tristeza y al derrumbamiento, aunque nos digan que no. Aunque, hipócritamente, digamos que no.

miércoles, 28 de febrero de 2018

De la compasión y el orgullo


Supongo que aborrecí la compasión porque odiaba verme como un ser digno de lástima. Había ocasiones donde la pena, la caricia de la mano amiga, me resultaba más humillante que el odio de un adversario. Me decía a mí mismo que ese comportamiento, casi suplicante, era para perros y enfermos. Y ese pensamiento me atormentaba y engullía por dentro; me arrojaba, carente de piedad, a una habitación sin vanos, hermética, cuya sobria y estéril edificación sólo podían ser fruto de mis manos. Y en ese rincón me confinaba a un aislamiento autoinflingido. Y sin embargo, allí no estaba realmente solo: la soledad me carcomía por dentro; todos mis miedos me visitaban y acrecentaban mi pesar. Cada uno tenía un color distinto: rojo, amarillo, negro, gris... dependiendo de la fuerza y la nitidez con la que llegasen. Elevaban el nivel de ansiedad; ponían de relieve mis complejos que llegaban con la intención de golpearme una y otra vez. Y todo eso me volvía agresivo e insensible; me cegaba y era incapaz de ver más allá del daño.
La soledad y la impotencia eran rasgos que me agobiaban, aunque realmente no estuviera solo. La mano amiga siempre me acompañaba aunque yo no la quisiera ver o la despreciase porque me hería su afán de consuelo. Pero sabía que estaba ahí. A veces la tomaba, y me enjugaba las lágrimas, y me sentía a caballo entre la vergüenza y la rabia por haber despreciado -¡por haber herido!- unas manos dulces que también estaban llenas de cicatrices. Me cuestionaba, una y otra vez, si alguna de esas cicatrices las había provocado yo.
Supongo que el orgullo mal usado me hería, y a veces aún me hiere, irracionalmente, más que cualquier otro motivo, porque nada me hirió más que lo que dejé que me hiriese, que aquello que consideraba ridiculamente superfluo e insignificante me acabase superando. E, infantilmente, culpaba a mi alrededor cuando la hemorragia la tenía dentro y manaba dolor y, a cada segundo que pasaba, el corte se iba ahondando un poco más, llegando a lugares que jamás había sentido que existían.
Supongo que aborrecí la compasión porque, en el fondo de mi ser, la estaba pidiendo a gritos.


domingo, 31 de diciembre de 2017

Repaso

 He sentido el dolor y el desamparo brotando como un manantial en mi pecho; la soledad me ha desgarrado el alma; sin embargo, a veces mis lágrimas eran de júbilo y me olvidaba de la tristeza cuando doblaba las esquinas.
He madurado para seguir siendo un niño: me da miedo el camino largo y penumbroso que tengo frente a mí, y, aunque soy consciente de que debo andarlo solo, agradezco la caricia de la mano amiga cuando aparta la niebla de la incertidumbre y la vereda parece más clara.
He sentido ira y rabia; cuando Trump reconoció la capital de Jerusalén, volví a ponerme al cuello mi kufiyya y me dolió Palestina. He sido cobarde y valiente y he reído y llorado a partes iguales.
Las adversidades volvieron a vencerme. Algunos de mis retos eran demasiado grandes y los desestimé por canciones dulces y risas de niños que volvieron a llenarme de ilusión. Las armas, las sigo teniendo puestas porque espero un nuevo combate del que aún no sé si saldré victorioso, como de otros tantos que gané cuando ya me daba por derrotado.
Me he perdido, me he buscado y me he encontrado para volverme a perder. Me convencí de que soy un apátrida porque amo al mismo mundo que a veces odio, lloro y sufro; sin embargo, siempre supe que eso no era así porque en el fondo de mi ser identifiqué mi patria con unos brazos que no me abrazaban y una boca que nunca me besó; pero sonreí porque vi mi hogar hiriendo el largo horizonte y así supe que siempre tendría a alguien esperándome al final del trayecto.
He leído para aliviarme e intentar comprender el mundo. He reflexionado hasta desvelarme, haciéndome preguntas tortuosas que no llevaban a ninguna parte; la ausencia de una verdad absoluta me ha angustiado, y, sin embargo, ahora el mundo me parece más bello y grande que nunca. Tras convencerme de que todo era absurdo, me tocó encontrarle un sentido al sinsentido para volver a tener una razón que yo mismo desarmé y no quiero poseer.
He visto y oído y hablado. Me han contado penas y alegrías; me han fallado y he fallado; he aprendido que los fuertes también se vienen abajo; entre alegrías y penas me han contado proyectos e ilusiones: de historias entusiastas salidas de labios que no eran míos he vivido experiencias fantásticas cicatrizadas en el tiempo, provenientes de pieles y lenguas ajenas.
Yo, en fin, como el poeta, confieso que he vivido; pero, lo más importante de todo no son ni las mentiras y ni las verdades que nos han transformado la vida, sino que, todo lo que he vivido, lo he vivido contigo. Por eso, quiero que te quedes para que, juntos, aprendamos a contar las gotas del mar.

Un abrazo y Feliz Año Nuevo


El hombre de papel

martes, 31 de octubre de 2017

El Ave Fénix

Resurgir.
La vida y la muerte perfectamente unidos.
Arder en llamas mientras se asciende al cielo;
El pecho henchido:
Siempre hacia delante,
Siempre hacia arriba,
Siempre orgulloso,
Siempre volando hacia el sol.
El estremecimiento,
El grito de agonía,
En fin... reducirse a cenizas...
Nacimiento,
Vida,
Muerte,
Y Renacer:
Otra meta,
Otro cielo y otro sol,
Otra vez un vuelo orgulloso,
Otra vez arder en llamas,
Otra vez el éxtasis del fuego;
El ansia de vivir condensada en un mito:
Imparable,
Inagotable;
La transformación,
El cambio perpetuo,
El renacimiento del ser en sí mismo,
La propia vida llamando a la propia vida.
El ciclo.
El Resurgir.
El Ave Fénix.

domingo, 1 de octubre de 2017

Ahora desearía

Ahora desearía
que vinieras a abrazarme;
que tus brazos me rodeen
y yo me sienta invencible
dentro de la oscuridad;
que los miedos y mis monstruos
huyan atemorizados
al contacto de tus dedos,
finos, dulces... en mi espalda;
desearía soñar
que soy un niño de nuevo;
que ríe, y juega, y se cae,
y llora, y se maravilla
con cada descubrimiento;
que aprende nuevas canciones
y se divierte con juegos,
entre notas y promesas,
que salen de una boca:
la tuya;
y curan una mirada:
la mía.
Y entonces, entre colores,
entre las luces y sombras
de una realidad dormida,
el bostezo del espíritu
anuncia el fin del tormento.
El fin de mi soledad.


jueves, 31 de agosto de 2017

Pedazos de eternidad

 Somos pedazos de eternidad arrojados a las atlánticas aguas del tiempo; gotas de agua con nombre y apellidos que proceden del mismo mar, que se evaden de él formando olas que sueñan con llegar a la costa.
Así nos estrellamos, y juntos y juntas emponzoñamos de espuma la orilla que, inmutable, presencia nuestra expansión por entre sus granos de arena. De este modo llegamos al mediodía, a la medianoche de nuestras vidas cuando, tras invadirlo todo, empezamos a retroceder lenta e imperceptiblemente; nuestro plenilunio dura unos segundos y nuestra luna mengua; nuestro sol agoniza en un rojo atardecer.
Sólo cuando nos vamos retirando, poco a poco, algunos y algunas descubren que todo estaba vacío; que en realidad nunca hemos abandonado el mar al que pertenecemos, y que éste nos recibe, nuevamente, con sus inmensos brazos azules. Nada sigue igual, aunque, inevitablemente, nada permanece diferente.
Pero entonces todo vuelve a su cauce y la vida sigue fluyendo, inconsciente, como si nada hubiera ocurrido.  

sábado, 5 de agosto de 2017

Rebelión

 Me posiciono frente al espejo y frente a él doy comienzo a mi rebelión.
-¿Contra qué? ¿Contra quién?- Me pregunto.
-Contra mí mismo.- Respondo.
Y, sin embargo, estoy ahí delante y no me reconozco. Mis ojos desafían mi mirada; ya he visto esos iris castaños antes, aunque no encuentro nada en ellos que me resulte familiar.
Mi entrecejo fruncido; mi boca entreabierta; mis puños apretados; el resuello, las contracciones de mi diafragma... todo eso es igual que ayer, pero no consigo establecer una relación de parentesco.
Nada ha cambiado, aunque todo parece distinto.
-¿Quién eres?-Me cuestiono.
-Soy yo.-Respondo.
-¿Y quién eres tú?-Me interrogo.
-No lo sé...-Añado.
Bajo la cabeza lentamente. Otra vez he sido derrotado por mí mismo. Por mi propia sombra.
Soy y no soy a la vez. Aunque... ¿quién soy?
El diálogo, como siempre, vuelve a pararse en el mismo punto que en ocasiones precedentes. La cólera sigue encendida en mi pecho; mis preguntas siguen sin responderse y mi rebelión sin consumarse.
Le doy la espalda a mi interlocutor y él actúa de manera similar. Con paso vacilante abandono mi habitación. Mi reflejo también se aleja. Ninguno de los dos nos volvemos para mirarnos; el eco de mis pisadas es el eco de sus pisadas. No importa que la conversación se haya interrumpido de manera abrupta: cuando regrese volveré a estar ahí, listo para un nuevo asalto con las mismas reflexiones irresolubles:
-¿Quién soy?
-No lo sé.
-¿Qué haces?
-Rebelarme.
-¿Contra quién?
-Contra mí.
-¿Y quién eres tú?

-Absolutamente nadie...

miércoles, 31 de mayo de 2017

Ocurrió...

 Ocurrió que tus pequeñas manitas cogieron mi delgado dedo índice y tu sonrisa traviesa ocultó cualquier miedo a la oscuridad.
Ocurrió que, mientras andábamos por el ancho pasillo, tropecé con tu mirada limpia e inocente y entonces toda mi tristeza y mi rabia fueron menguando.
Ocurrió que yo te pedí un beso, y tú me lo diste en la mejilla.
Ocurrió que tu risa inundó hasta el último rincón del salón y mi pecho cuando te abracé porque te parecía divertido.
Ocurrió que aquel día entendí lo que era el amor sin condiciones cuando comenzaste a partir una palomita que cogiste de un bolt repleto de ellas y la compartiste entre todos los presentes.
Ocurrió que tus dedos minúsculos fragmentaban la golosina salada en pequeños pedazos. Había muchas dentro del tarro, pero para ti era más importante que nadie se quedase sin su porción, aunque tú te quedases sin la tuya.
Ocurrió que mi alma lloró de felicidad cuando vio en ti dulzura, bondad y cariño, sin más trabas ni límite que tu pequeño e infantil cuerpo.
Ocurrió que en cada gesto, cada mirada que tenías... encontré la redención a mi soledad en la figura de quien menos esperé.
Ocurrió que aquel día comprendí por qué sólo siendo un niño se es digno de entrar al Reino de los Cielos.

domingo, 30 de abril de 2017

Vámonos lejos

Tu esternón es el único camino que quiero recorrer con mis dedos;
Mi boca suicida desea acercarse peligrosamente al abismo de tus labios.
Ven.
Rodéame con tus brazos y volvamos locos a los relojes;
detengamos el tiempo si fuera posible;
Consigamos que la quietud se inestabilice y dure un instante;
Muramos juntos por cada hora vencida;
Veamos perdidas las miradas de la gente perdida;
Perdámonos en nuestras miradas;
Encontrémonos en una miríada de miradas perdidas;
Llévame al lugar en el que el océano y el cielo se confunden,
Y hagamos que la Tierra sea sólo una anécdota.
Ven...
Vayámonos lejos;
Vámonos lejos;
Tan lejos como quieras y haga falta;
Pero vámonos juntos...